La sociedad del cansancio – Byung-chul Han

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2 comentarios en “La sociedad del cansancio – Byung-chul Han”

  1. BARRA RUATTA ABELARDO MARI

    A continuación presento una crítica a ciertas posiciones de Byung-Chul Hang desde el desarrollo de mi libro CONTRA AYUDA SER FELICES EN LA INCORRECCIÓN (libro que invito a leer por su actualidad en estas épocas de discursos de autoayuda que se desentienden de la política y su construcción de la realidad).
    La felicidad sin carne: una crítica a Byung-Chul Han
    O de cómo el budismo coreano se vistió de Hegel para vender tranquilidad a intelectuales cansados
    1. El diagnóstico de Han: el dolor de la positividad
    Byung-Chul Han ha construido una obra vasta y coherente. Su diagnóstico del presente es, en muchos aspectos, agudo. Sostiene que la sociedad contemporánea ya no es disciplinaria (como pensaba Foucault), sino que ha devenido en una sociedad del rendimiento. Ya no hay un Gran Otro que prohibe; hay un imperativo interno que exige: «Sé capaz. Puedes. Logra.» El sujeto no es un súbdito sometido a mandatos externos, sino un proyecto que debe optimizarse constantemente. La violencia ya no es represiva, sino neuronal. Nos violentamos a nosotros mismos en la creencia de que estamos siendo libres.
    Este diagnóstico es certero. Han capta algo real: la fatiga de una época que nos exige ser felices, productivos, exitosos, y que convierte la infelicidad en una falla moral. El depresivo no es un enfermo; es un fracasado. El burnout no es una consecuencia del sistema; es una debilidad personal.
    Hasta aquí, Han es un crítico formidable.
    El problema comienza cuando propone una salida.
    2. La felicidad contemplativa: la negación del deseo
    La solución de Han es, en esencia, una variante contemporánea de la mística negativa. Propone una vida contemplativa, una quietud que se opone a la hiperactividad del rendimiento. Habla de dejarse ser, de no hacer, de vaciar la subjetividad de sus impulsos. El camino hacia la felicidad, para Han, no pasa por la satisfacción del deseo, sino por su disolución.
    En La sociedad del cansancio, celebra el aburrimiento profundo como aquello que permite la emergencia de lo realmente creativo. En La desaparición de los rituales, añora la épocas en que los rituales (religiosos, comunitarios) encauzaban la existencia y le daban un ritmo, un sentido. En Filosofía del budismo zen, no lo disimula: su inspiración es claramente orientalista, meditativa, liberadora en términos de vaciamiento.
    Pero aquí aparece la primera gran contradicción de su pensamiento.
    Si el problema es la exigencia de rendimiento, la solución ¿es el no-rendimiento? Si el problema es la positividad (el puedo que aplasta), ¿la solución es la negatividad de la quietud? Han propone un sujeto que deja de desear, que deja de proyectarse, que deja de querer. Un sujeto que, al final, se parece sospechosamente a un muerto en vida.
    La felicidad, para Han, es la ausencia de infelicidad. No es un goce; es una tranquilidad. No es un exceso; es una medida. No es un desborde; es un cauce.
    Y allí radica su error fundamental.
    3. El error ontológico: confundir la enfermedad con la cura
    Han parte de una constatación real: el sujeto del rendimiento sufre. El burnout, la depresión, la ansiedad, la fatiga crónica son las patologías de nuestra época. Y diagnostica que la causa de ese sufrimiento es la exigencia de felicidad.
    Pero comete un error lógico elemental: confunde la exigencia con la búsqueda. Que el capitalismo nos exija ser felices (para consumir, para producir, para optimizarnos) no significa que la felicidad en sí misma sea el problema. El problema es la instrumentalización de la felicidad por parte del sistema, no el deseo de ser felices.
    Han propone, entonces, dejar de desear. No querer nada. Aceptar lo que viene. Serenarse. Contemplar.
    Pero ¿no es esta la misma receta que la autoayuda espiritualista que él mismo critica? La autoayuda dice: «Acepta tu realidad, cambia tu actitud, deja de quejarte». Han dice: «Deja de querer, deja de proyectarte, abandona la obsesión por el logro». La una proviene de la psicología positiva; la otra, de la tradición budista. Pero ambas confluyen en lo mismo: la domesticación del deseo.
    La diferencia es que la autoayuda es vulgar y Han es sofisticado. Pero la sustancia es análoga: el individuo debe modificar su interioridad en lugar de modificar las condiciones materiales que le exigen rendimiento.
    4. La aporía de la quietud: ¿cómo se lucha?
    Si Han tiene razón, y el problema es la hiperactividad del rendimiento, entonces deberíamos retirarnos. Deberíamos cultivar el aburrimiento. Deberíamos dejar de querer. Deberíamos contemplar.
    Pero entonces: ¿cómo se combate el sistema que produce ese rendimiento? Han es explícitamente pesimista respecto a la acción colectiva. En La sociedad del cansancio, desprecia la política como una forma más de actividad frenética. En Topología de la violencia, sostiene que la violencia sistémica es tan difusa que no hay un enemigo claro contra el cual luchar. El neoliberalismo no tiene un centro; se ejerce desde cada uno de nosotros sobre nosotros mismos.
    La salida, entonces, no es política. Es espiritual. No es colectiva. Es individual. No es transformación del mundo. Es transformación de la actitud frente al mundo.
    Y aquí Han se vuelve profundamente conservador. Porque si la única salida es la quietud contemplativa, entonces todo intento de cambiar el sistema es, en el mejor de los casos, una ilusión; en el peor, una manifestación más de la hiperactividad que nos enferma.
    El filósofo coreano-alemán termina, sin proponérselo, justificando el statu quo. Si no podemos luchar, si luchar es parte de la enfermedad, entonces lo único que nos queda es aceptar. Ajustar nuestra subjetividad. Dejar de desear. Contemplar el desastre con la serenidad del que ha comprendido la vacuidad del mundo.
    No hace falta decir que esta posición es cómoda para los poderes fácticos. Un individuo quieto, sereno, contemplativo, que ha abandonado el deseo, no amenaza a nadie. No va a tomar una fábrica. No va a bloquear una calle. No va a derrocar un gobierno. Se va a sentar en un cojín y a meditar sobre la impermanencia de todas las cosas.
    Muy bonito. Muy inútil.
    5. La felicidad que Han no entiende
    ¿Qué es la felicidad, entonces, si no es esa calma absoluta que propone Han?
    La felicidad no es la ausencia de infelicidad. La felicidad es un exceso. Es un desborde. Es una intensidad. Es un momento en que el cuerpo y el mundo se encuentran en una sintonía tan plena que el sujeto se olvida de sí mismo.
    No es la quietud. Es el movimiento. No es el vacío. Es la plenitud. No es el desapego. Es el apego a aquello que vale la pena.
    Los momentos más felices de la vida humana no son los de la contemplación serena. Son los del éxtasis: el orgasmo, la risa compartida, la música que nos atraviesa, la belleza que nos deja sin aliento, la comida que nos reconcilia con el mundo, el abrazo del ser amado, la embriaguez de la danza. Son momentos de pérdida de control, no de control. Son momentos de entrega, no de distancia.
    Han quiere un sujeto que se observe a sí mismo con la frialdad de un científico. Pero el sujeto feliz es el que se olvida de sí mismo porque está demasiado ocupado viviendo.
    La felicidad no es un estado; es un acontecimiento. Y los acontecimientos, por definición, son imprevisibles. No se programan. No se logran mediante una técnica meditativa. Surgen. O no. Y cuando surgen, nos transforman.
    La propuesta de Han es, en el fondo, una propuesta anti-acontecimiento. Es un intento de controlar la vida para que no duela. Pero la vida que no duele tampoco goza. Es una vida anestesiada. Una vida de museo. Una vida que, al final, es indistinguible de la muerte.
    6. El quietismo y el privilegio de clase
    Hay una dimensión política que Han omite sistemáticamente: la posición de clase.
    ¿Quién puede permitirse la vida contemplativa? ¿Quién puede aburrirse profundamente horas enteras sin que le pase factura? ¿Quién puede abandonar la obsesión por el logro sin perder el acceso a la salud, la vivienda, la alimentación?
    El trabajador precario, la madre soltera, el migrante, el desempleado, el enfermo: todos ellos están atrapados en la lógica del rendimiento no porque la hayan elegido, sino porque no tienen otra opción. Si no rinden, no comen. Si no se optimizan, quedan excluidos. Su sufrimiento no es el de la hiperactividad voluntaria; es el de la necesidad.
    La crítica de Han se dirige a un sujeto de clase media, intelectual, que puede darse el lujo de pensar en el burnout como un problema filosófico. Para las mayorías populares, el problema no es el exceso de trabajo, sino su defecto. No es la hiperactividad, sino el desempleo. No es la exigencia de ser felices, sino la imposibilidad de serlo.
    Han no tiene nada que decirles a esos millones de seres humanos. Su felicidad contemplativa es un lujo de ricos. Y su desprecio por la acción política es un privilegio de quienes ya tienen asegurada su existencia.
    7. La alternativa: una felicidad materialista
    Frente a Han, propongo una concepción materialista, inmanente, hedonista y política de la felicidad.
    En primer lugar, materialista: la felicidad depende de condiciones materiales concretas. No se puede ser feliz con el estómago vacío. No se puede ser feliz sin techo. No se puede ser feliz enfermo y sin atención médica. Antes de la introspección, vienen las conquistas materiales.
    En segundo lugar, inmanente: la felicidad no remite a ninguna trascendencia. No es un estado del alma separada del cuerpo. Es una experiencia carnal, una modulación del deseo, una configuración de la sensibilidad. Se juega en la piel, no en la conciencia pura.
    En tercer lugar, hedonista: la felicidad es placer. No cualquier placer, sino el placer de existir, de desear, de crear, de compartir. El dolor no es un camino hacia la iluminación; es un límite que hay que suprimir o, al menos, minimizar.
    En cuarto lugar, política: la felicidad no es un asunto individual. Es una construcción colectiva, una organización social, una distribución justa de la riqueza y el poder. No se puede ser feliz en un mundo injusto. La infelicidad de los otros me atraviesa. Mi serenidad egoísta no es verdadera porque está construida sobre el sufrimiento ajeno.
    La contra-ayuda que hemos desarrollado en este libro se inscribe en esa tradición. No se trata de anestesiarnos con técnicas meditativas, sino de despertar a la conflictividad del mundo. No se trata de aceptar lo existente, sino de transformarlo. No se trata de domesticar el deseo, sino de liberarlo de las cadenas que lo aprisionan.
    8. Conclusión: Han, un pesimista bello e inútil
    Byung-Chul Han es un pensador agudo, erudito, elegante. Sus libros se leen con placer. Sus imágenes son evocadoras. Su diagnóstico del presente es, en gran medida, convincente.
    Pero su propuesta es una evasión. Bajo la aparente radicalidad de su crítica a la sociedad del rendimiento, se esconde una mistificación: la idea de que la quietud contemplativa es la respuesta a la hiperactividad. Es el mismo error que comete el budismo cuando promete la liberación mediante el desprendimiento. Es el mismo error que comete la autoayuda cuando promete la felicidad mediante la resignación.
    Han no nos ayuda a luchar. Nos ayuda a soportar. Y esa es una ayuda que no necesitamos.
    Necesitamos, en cambio, una filosofía de la insurgencia hedonista. Necesitamos pensar la felicidad no como una calma, sino como una revuelta. Necesitamos recuperar el deseo como fuerza transformadora. Necesitamos articular el placer individual con la justicia social.
    Eso es lo que hemos intentado en CONTRA AYUDA- SER FELICIES EN LA INCORRECCIÓN . Y por eso, con todo el respeto que le debemos a la obra de Han, nos vemos obligados a apartarnos de ella.
    No es que esté completamente equivocado. Es que se detiene en la mitad del camino. Y en filosofía, como en la vida, detenerse a mitad del camino puede ser más peligroso que no haber comenzado

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