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COMO POLLO SIN CABEZA

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¿La argamasa que une, en este mundo nuestro, la miríada de opiniones, aspiraciones y actos de sus moradores es la contradicción? ¿Es, por otro lado, el mundo de hoy distinto del de ayer, por más lejano que lo datemos? Todo parece darle la razón al latino Plauto (254-184 a.C.), quien, en su comedia Asinaria, afirmó que “lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro” (‘Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit’). No creemos caer en el catastrofismo si consideramos que el planeta Tierra gira y gira en su órbita inexorablemente como un gigantesco matadero de seres vivos, como un colosal degolladero de hombres, en que los mismos hombres ofician de victimas y de victimarios. ¿Cómo se llama a la voluntad de exterminio de la propia especie? El filólogo clásico Francisco de Socas[i], a propósito de la Roma en que vivió Séneca (Corduba, 4 a.C.-Roma, 65 d.C.), escribe que “en toda la clase ilustrada de la Roma antigua late una ideología republicana, un amor a la “libertas” una y otra vez proclamado por muchos senadores y caballeros. Ese republicanismo era elegante y tenía unos fundamentos morales recios, pero pertenecía al mundo ideal y poético; en el mundo de las cosas cercanas y reales se aceptaba el régimen monárquico y se vivía en él con todas las consecuencias (algo así como en el mundo de hoy muchos viven los ideales igualitarios o los afanes ecológicos como un vago proyecto dentro de un mundo rabiosa y vorazmente capitalista). El tiranicidio se había vuelto un artefacto político inútil. Los hombres ya no luchaban por su libertad sino por el amo que mejor pagara”.

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La cordura en su sitio

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Estoy pensando sobre la cama, antes de dormir, con un libro entre mis manos que he cerrado porque estoy cansado. Y aunque soy el mismo hombre de esta misma mañana, me encuentro totalmente confundido, y quizá por la falta de energía, por el cansancio acumulado durante el día, observo mi vida con cierto abatimiento. No soy un hombre triste, tampoco es que sea muy alegre, aunque sí soy divertido. Pero soy un hombre libre para pensar lo que quiero, lo que necesito, considero prioritario y lo que observo que es necesario justificar ante lo que dejo de pensar en el mismo momento en que me enzarzo en un diálogo inevitable que va de un lado a otro de mi propia existencia. Este tipo de contradicciones me salvan a menudo de la quema. Cuando caigo en la derrota, me siento vigoroso; cuando me ataca la vena del amor, me deslizo por la tangente del deseo; cuando me llaman, no estoy, y cuando creen que he desaparecido, soy yo el que llamo. Y sin embargo, no lo hago por una cuestión de honor o de tiempo calculado, no lo hago por llamar la atención, sino todo lo contrario, porque me guío de unos impulsos interiores que desconocen los demás y que yo asumo como propios. ¿Estoy loco por comportarme así?, ¿estoy desencaminado por situarme en una orilla donde no llega ningún barco y los audaces aventureros que se atreven a desembarcar son seres solitarios que viven en caminos dispersos y cruces diferentes de una ciudad llamada vida? Sea lo que sea, aislado de una razón universal donde prevalece la subsistencia por la subsistencia y con el dinero al frente como valor único, este tipo de revelaciones caóticas son las que nos salvan de la locura, las que nos salvan del suicidio, las que nos salvan del amor convulso y egoísta, las que nos acercan a Dios mientras pensamos que no creemos, las que nos hacen rechazar cualquier gobierno mientras creemos que somos ciudadanos serios y hombres responsables cuando los demás no comprenden una lógica inexistente que para nosotros es ley de vida. Es la vida contradictoria que nos anima a seguir adelante. A escribir, pese a no obtener grandes resultados. A perseverar con la poesía, aunque quedemos al margen, sin apenas espectadores ni lectores que lean lo que pensamos. A perseguir un eco contradictorio que nos mantiene en vilo y nos hace mejores –mucho mejores– que la mayoría, y nos hace distintos a casi todos, sin que tengamos las manos manchadas de sangre mientras insistimos en una dignidad contradictoria que une la honestidad con la inteligencia, el saber con el desengaño y el poder y la fuerza con la rebeldía y la desgana. Así somos unos cuantos poetas en este mundo, así unos pocos artistas dispersos, así algunos anónimos ciudadanos cuando el resto siente su contradicción a flor de piel, como una falta o un pecado, como un error o un defecto, e intenta controlarla con mensajes dominantes y certeros, como si fueran dictados por un vigoroso policía kármico que dice lo que está bien y está mal con el fin de enderezar el rumbo. Pero, si la contradicción es lo que mantiene la cordura en su sitio, las contradicciones son las que mantienen las diferentes locuras, agazapadas, dentro de nosotros. Solo así el karma poético –el de la vida–, el karma religioso –el de Dios– o el karma materialista –el de la subsistencia– tienen sentido en el cosmos de una contradicción universal que me identifica para reconocerme con esa idea de mí y del mundo que a primera hora de la mañana era tan fresca y ahora, de noche, parece tan pesada.

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Esa mirada de Olvido

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Antes de una hora debo entregar la foto escogida. Mi prestigio profesional está extendido sobre la mesa del estudio. He leído su poesía reunida: Esa polilla que delante de mí revolotea (2008) y el último poemario suyo que he encontrado: Confía en la gracia (2020). También tengo una recopilación de textos sobre ella, de diez autores, realizada por Amelia Gamoneda: De la percepción del verde, Escuchas de la poesía de Olvido García Valdés, que incluye su discurso de recepción del XXXI Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Lo que no tengo a mano es La cámara lúcida de Barthes, se lo presté a alguien, mal hecho, pero recuerdo perfectamente que él pedía que existiera una Historia de las Miradas, algo que ahora me vendría muy bien. De las diez fotos seleccionadas que tengo delante, la que más me convence es la de Alonso & Marful. Es un retrato de estudio, muy poderoso, ella está mirando de lado, quizá un poco triste, y transmite fuerza y determinación. Pero en estos momentos lo determinante es mi mirada, y yo solo soy un fotógrafo, un “ojo que piensa”, frente a la contundencia de su voz. Alguien capaz de escribir: por el corredor va el mirlo entre dos alas, me paraliza.

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PANEM ET CIRCENSES

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            El reciente mundial de fútbol ha vuelto a poner de manifiesto cuán maleables son las masas y con qué poco es posible confundirlas a fin de que se conduzcan de una determinada manera. A propósito de ello, el exprofesor y helenista catalán Jaume Codina i Munné (Barcelona, 1948) ha dado a conocer, a través de la red social Facebook, una frase reveladora del doctor en Geología y profesor de Ciencias Naturales Arturo de la Torre Carrillo, fallecido durante la pandemia del COVID-19: “El fútbol es la mayor arma de lobotomización masiva”. Solo acudiendo a la ciencia es posible que logremos entender qué sucede en el cuerpo de las sociedades en que vivimos para que sus miembros se muevan como descabezados seres, o robotizados ingenios, por no decir simples marionetas carentes de albedrío o ‘élan vital’ (concepto debido al filósofo francés Henri Bergson -1859-1941-). Sin embargo, nada más distante de las disciplinas científicas que el fútbol, también llamado ‘deporte’, por más que las instancias de poder (superestructura, en términos marxistas) lo hayan alejado de tal naturaleza para convertirlo en una auténtica arma de confrontación entre individuos, sociedades, países y hasta clases sociales, por mor de la infición inoculada por la ‘ideología’ inocente del balompié, y que consiste en convertirlo en expresión ‘masiva’ de estatales/nacionales alegrías, decepciones y carencias, por la vía de las imposiciones dictatoriales (con o sin amputación de facto de las fórmulas en apariencia democráticas), los enardecimientos patrióticos (banderas, himnos, manos en pecho, lágrimas de cocodrilo, versiones tergiversadas de la historia…), las comparaciones injuriosas, el aguzamiento, hasta el paroxismo, de la soberbia patria, la imputación al ‘Otro’ de la miseria propia, de las pérdidas de soberanía territorial -omitiendo, claro, la verdadera negación de la soberanía interior…

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LA VIDA TRÁGICA DE UNA MENTE PORTENTOSA

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​Uno de los grandes psiquiatras españoles del siglo XX, Carlos Castilla del Pino (1922-2009), es paradigma de una biografía despiadada compatible con una bibliografía portentosa y una excelencia profesional indiscutible. Su vida y su obra, largas y prolijas, son muestra de desmesura en sus aspiraciones y en sus logros, al tiempo que nos alertan de la confusión en que vivimos los humanos, ora nos guiemos por la razón, ora por la emoción, pues, al cabo, en el crisol del inconsciente nada parece acordarse a una lógica ni menos a un patrón moral o sucedáneo de doctrina conductual. Parafraseando al pintor español Francisco de Goya (1746-1828), que tituló uno de sus aguafuertes “el sueño de la razón produce monstruos”, en el caso de personalidades como Carlos Castilla del Pino el sueño es un monstruo que casi nunca entra en razón: la inteligencia no siempre está de acuerdo con la emotividad, la bondad o la justedad, porque saber mucho no hace a nadie mejor ni generoso o solidario o empático con el prójimo.

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