La Palabra Río
Por Claudio Asaad
Gratitud y dolor
«El plan es ofrecer al otro un respiro ante el dolor del mundo. No la felicidad sino un descanso físico ante la enorme responsabilidad de los cuerpos hacia el dolor»
John Berger (ensayo Esa belleza)
A los amados.Nunca ausentes
¿Hay una estrella, al menos allá afuera? Es otra noche de sala cerrada, el olor de tu propio cuerpo confundido atraviesa el espacio del aire como una mosca desesperada por encontrar una salida. Tus piernas tampoco pueden. No avanzan por más impulso y deseo empujando hacia el punto donde toda posibilidad se rinde o tambalea en busca de un equilibrio dubitativo. Después se puede. La enfermedad te trajo este dolor, el sufrimiento cultivando la carne con su simiente despojada de toda razón, de cualquier sentido.
Horadar la vida no es fácil. Menos el deseo, la demanda de vivir corre a la velocidad de la luz que acecha en el umbral de las palabras, en el atento amor que vigila sereno tu respiración. Los amados no dejan caer el velo del fin. Leen las señales agazapados en un silencio paciente. Gestualidad para reponer lo que la herida barre.
Horadar ese conjuro no es asunto de la vida. La muerte no tiene lugar cuando se ha colmado el hogar del latido del tiempo a favor del mañana.
Esta puerta no se cierra mientras, tempestad mediante, el viento la obligue al incansable ir y venir de la sombra a lo claro, de lo gélido al calor de un fuego que aún arde.
Dormir no es morir. Una pausa en la diatriba del tiempo. Fisurar el espiral que ahorca la paciencia.
Mirar la desesperación. Recostarse al lado y esperar. Comprender es después de todo acontecimiento tentado por el abismo.
Mientras tanto, fatigado y con apariencia de vencido vivir cada gota de emoción, cada abrazo recuperador del coraje abatido. No es una opción: tomar distancia de la zona de peligro.
Cada puedo cotidiano inaugura la novedad.
Desde cero, no. A veces hay que confundir la continuidad, seguir otro camino. Escuchar. Mantenerse de este lado de la vida, donde pulsa la noble imperfección de lo inefable. Sutura de lo lastimado por obra del andar.
Menos mal el miedito transgresor guiñando el ojo, por si acaso, fallan las cintas rojas, las oraciones, los círculos de sal, la infusión con aroma a recuerdo.
Lo sagrado está a una palma de lo inasible. Un terror diferente rema en la noche. ¿Habrá estrellas afuera? El lenguaje del dolor se incomoda en mi garganta, gime sin intensidad. Abruma para adentro. Ruge para rasgar el sinfín de lo que regresa para no irse.
Menos mal la intermitencia de los párpados, la liberación del suspiro, los finales en blanco y negro. La celebración inesperada que arrulla, lo efímero y su rasguño, para siempre.
ELIAS



