De orilla a orilla
Por Jorge Rodríguez Hidalgo
LA VIDA TRÁGICA DE UNA MENTE PORTENTOSA
Uno de los grandes psiquiatras españoles del siglo XX, Carlos Castilla del Pino (1922-2009), es paradigma de una biografía despiadada compatible con una bibliografía portentosa y una excelencia profesional indiscutible. Su vida y su obra, largas y prolijas, son muestra de desmesura en sus aspiraciones y en sus logros, al tiempo que nos alertan de la confusión en que vivimos los humanos, ora nos guiemos por la razón, ora por la emoción, pues, al cabo, en el crisol del inconsciente nada parece acordarse a una lógica ni menos a un patrón moral o sucedáneo de doctrina conductual. Parafraseando al pintor español Francisco de Goya (1746-1828), que tituló uno de sus aguafuertes “el sueño de la razón produce monstruos”, en el caso de personalidades como Carlos Castilla del Pino el sueño es un monstruo que casi nunca entra en razón: la inteligencia no siempre está de acuerdo con la emotividad, la bondad o la justedad, porque saber mucho no hace a nadie mejor ni generoso o solidario o empático con el prójimo.
De una precocidad propia de las mentes privilegiadas, Castilla del Pino desafió desde la niñez cuantas disposiciones educativas, sentimentales y sociales se aprestaban a retratar al hombre del futuro… que luego no sería. Nacido en el seno de una familia gaditana acomodada, con un padre mayor, conservador, una madre que hubo de abandonar su vocación musical -estudiaba piano- para dedicarse a la formación de los hijos, en un ambiente familiar marcadamente confesional dentro de una sociedad tan provinciana como reaccionaria, Carlos Castilla mostró enseguida que sus pasos en la vida iban a transitar sendas propias: no fue arquitecto, como quería su padre, sino que optó por la medicina, además de interesarse vivamente por la investigación científica.
Gran admirador de la obra del Nobel de Medicina y científico español Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), creó en 1938, en plena adolescencia, junto a su amigo E. Bermejo, su propio laboratorio, el “Instituto de Biología Animal”. La muerte de su padre le dejó el camino expedito para marchar a Madrid a estudiar la carrera de Medicina. Fue en la capital de España donde Castilla entró en contacto con la disciplina de la psiquiatría al entrar como alumno interno en el Departamento de Psiquiatría del Hospital Provincial de Madrid, dirigido por el eminente psiquiatra Juan José López Ibor (1906-1991). Tras completar sus estudios y doctorarse con una tesis titulada “Fisiología y patología de la percepción óptica del movimiento” (1947), opositó a los Servicios Provinciales de Psiquiatría e Higiene Mental de Córdoba (Andalucía), donde estuvo hasta su jubilación.
Un hecho importante en su biografía y en su pensamiento es la contienda fratricida acaecida en España entre 1936-1939. Castilla vio como los dos bandos enfrentados (los llamados “rojos” y “nacionales”) asesinaban a miembros de su familia. Aunque, como se ha dicho, su padre y el ambiente en que se crió eran conservadores, y, por lo tanto, afectos a la “nueva” ideología aportada por los “nacionales” -ya franquistas-, Castilla del Pino abrazó las ideas de izquierda (“los conservadores de los años veinte hacían compatible su conservadurismo político con su progresismo ideológico”, llegó a afirmar) e incluso militó en el Partico Comunista de España (PCE) hasta 1980, en que se afilió al Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Su adscripción al bando de los perdedores de la Guerra Civil española fue el motivo por el que la dictadura del general Francisco Franco nunca le concedió la cátedra a la que opositaba pese a ganarla sobradamente por conocimientos y méritos académicos y profesionales.
Hombre prolífico y de vivo interés por todos los aspectos científicos y sociales, Carlos Castilla es autor de 21 libros de psiquiatría, 6 ensayos, 186 monografías neuropsiquiátricas publicadas en revistas especializadas, 2 novelas y una autobiografía en 2 volúmenes (“Pretérito imperfecto” y “Casa del olivo”). Las grandes influencias que marcaron su obra provienen de la fenomenología, así como desde la psicopatología hasta el análisis existencial: Husserl, Max Scheler y Heidegger. El libro con el que se dio a conocer es el titulado “Un estudio sobre la depresión”, al que siguió “Fundamentos de antropología dialéctica”, que abrió un nuevo frente social en la psiquiatría y en la conciencia pública española al señalar la importancia que en el desarrollo de las patologías y su curación tiene el contexto social, político, filológico y económico.
Tras el advenimiento de la democracia en España, el primer gobierno socialista de Felipe González le concedió en 1983, a propuesta de la Universidad de Córdoba, la cátedra extraordinaria de Psiquiatría y Dinámica Social en la Facultad de Medicina de la ciudad andaluza. Años más tarde, en 2003, fue designado académico de la Real Academia Española, ocupando el sillón “Q”.
Por muy somero que sea el recordatorio, nos da una idea de la importancia de la obra y la profesión de Carlos Castilla del Pino. Sin embargo, nada está dicho acerca de su modo de ser ni sus más íntimos pensamientos en lo tocante a opiniones sobre los hijos, la familia, la amistad, la vida en sociedad… Si, como decía el poeta sevillano Antonio Machado, había dos Españas, Carlos Castilla del Pino es una de las figuras de la España perdedora de la guerra, de mente abierta al ancho mundo de la ciencia y a la diversidad de posiciones, opiniones… El statu quo de su tiempo tenía como autoridad indiscutible al psiquiatra Antonio Vallejo-Nájera (1889-1960), el apodado “Mengele español” o “Mengele de la psiquiatría franquista”, es decir, un hombre alineado con la miserable política de la dictadura de anihilamiento de “perturbados” políticos, “desviados” sexuales, disidentes políticos y enfermos mentales que suponían un oprobio y una asechanza para el régimen, además de una carga para el Estado. El sesgo social de las investigaciones de Castilla del Pino era una afrenta para quienes veían en el disenso (aunque fuera científico, intelectual… o afectivo) un intento inadmisible de subversión al orden establecido.
En los últimos años de su vida, Carlos Castilla del Pino ofreció una entrevista de carácter íntimo al periodista español Arcadi Espada (1957) en que reveló opiniones que parecen, a primera vista, contradecir al hombre de trayectoria profesional e intelectual avanzada, al hombre comprometido con la sociedad de su tiempo, al hombre golpeado por la tragedia familiar. Porque el psiquiatra Castilla del Pino, el fenomenólogo, el neuropsiquiatra, el padre, el amigo, el hombre cabal parecía haber perdido el contacto con “su” realidad o negar a su círculo más cercano cuanto había sido fruto de su trabajo e interés en el ámbito de la ciencia y de la sociedad.
Vayamos por partes. En su autobiografía, Castilla explica sin ambages la visión que el niño Carlos tenía de sus padres. Afirma, por ejemplo, que “las humillaciones que yo sufrí por esmirriado y torpe en la sádica relación interpersonal existente entre los niños -en la práctica, se puede afirmar que el niño que no es sádico es porque no puede, dados los extremos de crueldad a que se llega en la infancia-, aprendí a resolverlas por mí mismo. Cuando una vez, supongo que, a los cinco o seis años, llegué llorando porque había recibido de otro niño algo mayor una bofetada o lo que fuera, me cogió de la mano, me hizo volver a donde el niño estaba, se ocultó y presenció la actuación a que me obligaba: irme directamente al niño y propinarle un puñetazo”. El padre, que a tanto se atrevió, murió pocos años después, lo que “me supuso, de entrada, un sentimiento de desprotección”. Pero la desaparición del hombre que también le compelía a “cortarme el pelo al cero” le facilitaba la posibilidad “de aspirar a ser médico sin que nadie me lo estorbara”, de modo que “viví la ausencia de mi padre como una liberación”. Carlos Castilla recuerda que pocas veces fue feliz en la casa familiar, que él califica de “sombría y aterradora”.
Aunque distinta de la de su padre, la opinión de Castilla sobre su madre es amarga: “La conocí viviendo siempre para el cuidado de la casa. Ella misma cocinaba, ayudada por mi niñera, Joaquina. Era una persona de mal carácter, desabrida, a la que yo había de querer a pesar de ella misma. Su preocupación por la limpieza y el orden hacía incómoda la permanencia en casa. […] Yo era el preferido de mi madre, por ser el menor y el único varón. […] Lejos de mi madre (en el colegio, luego en la universidad), sentía por ella una mezcla de ternura y gratitud… […] me hacía el propósito de corresponder a mi madre en su desvelo por mí, me imponía ser atento con ella, dejarla que se entregase a la expresión material de su cariño. Me era imposible”. Castilla se lamenta de que “ni siquiera de adulto haya resuelto este conflicto con mi madre”, lo cual “me ha demostrado mi incapacidad para madurar afectiva y emocionalmente en mi relación, real e imaginaria, con ella (y con algunas otras figuras de mi familia, en las que el hecho de saberlas ligadas forzosamente a mí y, al mismo tiempo, no desearlo daba paso a una agresividad visible o soterrada sobre las mismas)”.
Carlos Castilla del Pino tuvo siete hijos, a cinco de los cuales sobrevivió. Las causas de las muertes de los descendientes fueron el suicidio, el SIDA, el cáncer y un accidente de moto. En la entrevista concedida a Arcadi Espada para “El País Semanal”, en 2002, aseguraba que la muerte de sus hijos “no ha sido el máximo dolor de mi vida. A mí me ha afectado más, mucho más en mi vida, el no haber obtenido la cátedra de psiquiatría en 1960 que la circunstancia de la muerte del hijo. La pérdida de la docencia significó primero una frustración, y al mismo tiempo un ostracismo. […] Me afectó mucho. Mientras que cuando mi hija se quitó la vida…, yo inmediatamente me dije que esto no debía vencerme. Me blindé”. Y aún va más allá, si cabe, cuando aclara que “a mí me han gustado los niños mientras descubren el mundo con la magia del andar, del tocar, y del hablar, pero ya después, a partir de los seis, siete años, ya no me han interesado. Soy muy susceptible ante lo que significa la perturbación del reposo del guerrero, y, desde luego, los hijos son un incordio. Lo tremendo del caso es que tanto mi mujer como yo nos casamos con la idea de no tener hijos, porque pensábamos en la carrera intelectual y ella en sus lecturas. […] El primer deber de un hombre es ser feliz. […] Cuando los hijos ya son mayores, muchas veces se tornan conflictivos. Yo lo estoy viendo en la consulta cada día. Vienen padres machacados por los hijos, muy frecuentemente con problemas de drogas. Hay padres que me dicen: ‘Si se muriese, descansaría’. Yo lo vi clarísimo. Me dije que a mí no me destruirían ni mis hijos. Ni mis hijos ni Franco ni nadie. Yo tenía derecho a vivir. Yo cumplí mis deberes como padre. Ellos no tenían derecho a destruirme”.
Sean los hechos y las opiniones de Carlos Castilla del Pino los que conformen el retrato del hombre y del científico; sean ellos los que permitan a quien leyere hacerse una primera idea de cuán contradictoria es la mente humana, como nos advirtieran, por ejemplo, además del mencionado Francisco de Goya, los novelistas R. L. Stevenson (El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde) o Joseph Conrad (El corazón de las tinieblas).




