El Perito Responde
El Perito Responde Leer entrada »
El rojo kimono de Miharu y otros poemas, de Leandro Calle. Leer entrada »
Según Paul Ricoeur (1999), Northrop Frye caracterizaba a la poesía como un discurso centrípeto que, priorizando la concatenación interna de los signos, invierte la función referencial del lenguaje, su impronta didáctica, su tendencia hacia la realidad. En esa estela, Ricoeur argumentaba que por esa fuerza centrípeta el poema articula y expresa un mood, un sentimiento: “La unidad de un poema… es la de un estado anímico, la de un mood. Las imágenes poéticas expresan o articulan ese estado anímico” (p.53). Ese estado de ánimo no consiste en una emoción rauda que afecta, circunstancialmente, al yo poético, sino que, más bien, configura una postura ante el mundo y la vida y, por lo tanto, conforma una manera de ser y estar entre las cosas, consolidada y constante: “… bosqueja un mundo, sin conferirle la forma articulada del discurso, sino la forma global de la fisionomía de las cosas captadas como un todo. Un estado anímico no es una afección interna, sino un modo de encontrarse entre las cosas (p. 54)”.
COMO POLLO SIN CABEZA Leer entrada »
¿La argamasa que une, en este mundo nuestro, la miríada de opiniones, aspiraciones y actos de sus moradores es la contradicción? ¿Es, por otro lado, el mundo de hoy distinto del de ayer, por más lejano que lo datemos? Todo parece darle la razón al latino Plauto (254-184 a.C.), quien, en su comedia Asinaria, afirmó que “lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro” (‘Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit’). No creemos caer en el catastrofismo si consideramos que el planeta Tierra gira y gira en su órbita inexorablemente como un gigantesco matadero de seres vivos, como un colosal degolladero de hombres, en que los mismos hombres ofician de victimas y de victimarios. ¿Cómo se llama a la voluntad de exterminio de la propia especie? El filólogo clásico Francisco de Socas[i], a propósito de la Roma en que vivió Séneca (Corduba, 4 a.C.-Roma, 65 d.C.), escribe que “en toda la clase ilustrada de la Roma antigua late una ideología republicana, un amor a la “libertas” una y otra vez proclamado por muchos senadores y caballeros. Ese republicanismo era elegante y tenía unos fundamentos morales recios, pero pertenecía al mundo ideal y poético; en el mundo de las cosas cercanas y reales se aceptaba el régimen monárquico y se vivía en él con todas las consecuencias (algo así como en el mundo de hoy muchos viven los ideales igualitarios o los afanes ecológicos como un vago proyecto dentro de un mundo rabiosa y vorazmente capitalista). El tiranicidio se había vuelto un artefacto político inútil. Los hombres ya no luchaban por su libertad sino por el amo que mejor pagara”.
Cartas de la Palabra Río Por Claudio Asaad El limonero Tengo mi mano y, porque no, mis ojos todavía en
La cordura en su sitio Leer entrada »
Estoy pensando sobre la cama, antes de dormir, con un libro entre mis manos que he cerrado porque estoy cansado. Y aunque soy el mismo hombre de esta misma mañana, me encuentro totalmente confundido, y quizá por la falta de energía, por el cansancio acumulado durante el día, observo mi vida con cierto abatimiento. No soy un hombre triste, tampoco es que sea muy alegre, aunque sí soy divertido. Pero soy un hombre libre para pensar lo que quiero, lo que necesito, considero prioritario y lo que observo que es necesario justificar ante lo que dejo de pensar en el mismo momento en que me enzarzo en un diálogo inevitable que va de un lado a otro de mi propia existencia. Este tipo de contradicciones me salvan a menudo de la quema. Cuando caigo en la derrota, me siento vigoroso; cuando me ataca la vena del amor, me deslizo por la tangente del deseo; cuando me llaman, no estoy, y cuando creen que he desaparecido, soy yo el que llamo. Y sin embargo, no lo hago por una cuestión de honor o de tiempo calculado, no lo hago por llamar la atención, sino todo lo contrario, porque me guío de unos impulsos interiores que desconocen los demás y que yo asumo como propios. ¿Estoy loco por comportarme así?, ¿estoy desencaminado por situarme en una orilla donde no llega ningún barco y los audaces aventureros que se atreven a desembarcar son seres solitarios que viven en caminos dispersos y cruces diferentes de una ciudad llamada vida? Sea lo que sea, aislado de una razón universal donde prevalece la subsistencia por la subsistencia y con el dinero al frente como valor único, este tipo de revelaciones caóticas son las que nos salvan de la locura, las que nos salvan del suicidio, las que nos salvan del amor convulso y egoísta, las que nos acercan a Dios mientras pensamos que no creemos, las que nos hacen rechazar cualquier gobierno mientras creemos que somos ciudadanos serios y hombres responsables cuando los demás no comprenden una lógica inexistente que para nosotros es ley de vida. Es la vida contradictoria que nos anima a seguir adelante. A escribir, pese a no obtener grandes resultados. A perseverar con la poesía, aunque quedemos al margen, sin apenas espectadores ni lectores que lean lo que pensamos. A perseguir un eco contradictorio que nos mantiene en vilo y nos hace mejores –mucho mejores– que la mayoría, y nos hace distintos a casi todos, sin que tengamos las manos manchadas de sangre mientras insistimos en una dignidad contradictoria que une la honestidad con la inteligencia, el saber con el desengaño y el poder y la fuerza con la rebeldía y la desgana. Así somos unos cuantos poetas en este mundo, así unos pocos artistas dispersos, así algunos anónimos ciudadanos cuando el resto siente su contradicción a flor de piel, como una falta o un pecado, como un error o un defecto, e intenta controlarla con mensajes dominantes y certeros, como si fueran dictados por un vigoroso policía kármico que dice lo que está bien y está mal con el fin de enderezar el rumbo. Pero, si la contradicción es lo que mantiene la cordura en su sitio, las contradicciones son las que mantienen las diferentes locuras, agazapadas, dentro de nosotros. Solo así el karma poético –el de la vida–, el karma religioso –el de Dios– o el karma materialista –el de la subsistencia– tienen sentido en el cosmos de una contradicción universal que me identifica para reconocerme con esa idea de mí y del mundo que a primera hora de la mañana era tan fresca y ahora, de noche, parece tan pesada.
MALVINAS Y LA VUELTA OBLIGADA DE LA SOBERANÍA NACIONAL Leer entrada »
Argentina, cada 20 de noviembre desde 1974, coincidiendo con la repatriación de los restos de Juan Manuel de Rosas, celebra el Día de la Soberanía Nacional conmemorando la batalla de la Vuelta de Obligado, librada por tropas argentinas contra una flota anglofrancesa, que pretendía establecer enclaves territoriales -factorías- a lo largo de las costas de los ríos Paraná y Paraguay, para vender sus mercancías. La flota invasora, mejor armada y equipada con importantes adelantos tecnológicos de la época, como la utilización de blindaje de hierro para varios de sus barcos y la propulsión a vapor, que facilitaba la navegación a contracorriente, obtuvo una victoria pírrica, ya que a las muchas e imprevistas bajas que sufrió el contingente militar invasor se le añadieron los exiguos beneficios económicos que obtuvo la costosa expedición. La razón de la encarnizada batalla que libraron las tropas de la Confederación Argentina, entonces presidida por Juan Manuel de Rosas, no era por que se opusiera al comercio con franceses y británicos, sino por la firme decisión del Gobierno argentino de no entregar a ninguna potencia extranjera ni un palmo de terreno sin que peligrara la integridad y la seguridad del Estado nacional[i].
El nadador, de John Cheever Leer entrada »
Anoche leí, después de mucho tiempo, El nadador, de John Cheever(escrito en 1964). Era un domingo de verano. Reunidos en torno a la pileta bebían y disfrutaban del sol, mientras se reponían de la resaca de la noche anterior. El personaje principal Neddy Merryl, un hombre en nada diferente de los que lo rodeaban, bebía al sol. Por su apostura “podría habérselo comparado con un día estival”. Aunque ya no era joven, conservaba la energía propia de la juventud. “Hacía el oeste se dibujaba un macizo de cúmulos, desde lejos tan parecidos a una ciudad”. Se avecinaba una tormenta. Él disfrutaba de sol, del agua y parecía beberse el verano. Su casa se levantaba en Bullet Park, unos trece kilómetros hacia el sur, donde sus cuatro hijas seguramente ya habían almorzado y quizás ahora jugaban tenis. “Entonces se le ocurrió que derivando hacia el sur oeste podía llegar a su casa por agua”. Esta ocurrencia de Ted es la que dinamiza el cuento hacia su propia odisea. El regreso a casa por agua. No podemos dejar de pensar en Ulises, el héroe que creó Homero en el S. VIII a.C. Ni en Ulises, protagonista de James Joyce, que narra la historia en una sola jornada – 16 de junio de 1904- de Leopod Bloom, que representa a Ulises y de otros dos personajes: Molly Bloom (Penélope) y Stephen Dedalus (el poeta), en la ciudad de Dublín.
Esa mirada de Olvido Leer entrada »
Antes de una hora debo entregar la foto escogida. Mi prestigio profesional está extendido sobre la mesa del estudio. He leído su poesía reunida: Esa polilla que delante de mí revolotea (2008) y el último poemario suyo que he encontrado: Confía en la gracia (2020). También tengo una recopilación de textos sobre ella, de diez autores, realizada por Amelia Gamoneda: De la percepción del verde, Escuchas de la poesía de Olvido García Valdés, que incluye su discurso de recepción del XXXI Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Lo que no tengo a mano es La cámara lúcida de Barthes, se lo presté a alguien, mal hecho, pero recuerdo perfectamente que él pedía que existiera una Historia de las Miradas, algo que ahora me vendría muy bien. De las diez fotos seleccionadas que tengo delante, la que más me convence es la de Alonso & Marful. Es un retrato de estudio, muy poderoso, ella está mirando de lado, quizá un poco triste, y transmite fuerza y determinación. Pero en estos momentos lo determinante es mi mirada, y yo solo soy un fotógrafo, un “ojo que piensa”, frente a la contundencia de su voz. Alguien capaz de escribir: por el corredor va el mirlo entre dos alas, me paraliza.