Convertir las palabras en silencio.
Por José Di Marco
1.
Según Paul Ricoeur (1999), Northrop Frye caracterizaba a la poesía como un discurso centrípeto que, priorizando la concatenación interna de los signos, invierte la función referencial del lenguaje, su impronta didáctica, su tendencia hacia la realidad. En esa estela, Ricoeur argumentaba que por esa fuerza centrípeta el poema articula y expresa un mood, un sentimiento: “La unidad de un poema… es la de un estado anímico, la de un mood. Las imágenes poéticas expresan o articulan ese estado anímico” (p.53). Ese estado de ánimo no consiste en una emoción rauda que afecta, circunstancialmente, al yo poético, sino que, más bien, configura una postura ante el mundo y la vida y, por lo tanto, conforma una manera de ser y estar entre las cosas, consolidada y constante: “… bosqueja un mundo, sin conferirle la forma articulada del discurso, sino la forma global de la fisionomía de las cosas captadas como un todo. Un estado anímico no es una afección interna, sino un modo de encontrarse entre las cosas (p. 54)”.
Los textos que reúne El rojo kimono de Miharu y otros poemas muestran una disposición anímica abierta, amplia y flexible, en la que se aúnan entonaciones y temáticas diversas, las que recorren la extensa y continuada producción poética del autor. Leandro Calle[1] está escribiendo una obra (una producción integral y orgánica que no es una mera suma de libros consecutivos), la que, a lo largo de un cuarto de siglo, se despliega en una decena de títulos: Tatuaje de fauno (1999), Noche extranjera (2007), entonces (2010), blasfemo (2013), elijo (2017), país (2018), Algo que arde, Antología 1999-2020 (2020), Nadar en las aguas de Piscis (2022, edición digital), Le Noyé (2024, edición bilingüe francés-español).
2.
El rojo kimono de Miharu… es una antología personal; la misma resulta de una selección llevada a cabo por el autor, quien escogió poemas de sus libros ya publicados para organizarla. De allí, entonces, su constitución más bien heterogénea.
Así, cuando en los poemas de esta antología las palabras se convocan y agrupan componen un estado de ánimo en los que el recogimiento íntimo y las crispaciones sociales, la intensidad erótica y el éxtasis místico, la persistencia de la memoria y el obcecado impulso del deseo, la perspectiva política y la inflexión conceptual se conjugan sin solución de continuidad. Tal disposición anímica y tales temáticas se plasman en configuraciones tan disímiles como eficaces.
3.
Por ejemplo, si se atiende al esquema métrico, sobresalen ciertos poemas en los que mediante versos encabalgados se impone la narración evocativa y frondosa. En “Primer canto a Agua Fuerte”, la evocación reminiscente se torna un torrente vertiginoso que acumula imágenes sensuales y que, enunciado por la primera persona del plural, está presente ya en los versos iniciales: “Fuimos en busca de tambores/ cuando la noche de San Juan era cercana/ y el deseo comenzaba picando en las pupilas/ como si el gran parche de la luna/ estuviese templado y a punto de estallar/ por la blanca mano de una estrella/ que buscaba aquel sonido oculto/ aquel latido primordial y cálido/ como rumor de olas” (p. 21); en “El perro”, la modulación elegíaca del inicio desemboca en un acto de habla imperativo, una suerte de orden, como si el trabajo de duelo (la fuerza regresiva del pasado) consistiera en el preámbulo de una llamada a la acción (la fuerza avasalladora del presente): “Busca un hueso de luz. Deja la sombra/ no es el momento de enterrar los huesos/ ahora es el momento de buscarlos./ Toma la pala y cava. Cava, cava/ hay un país adentro de la tierra,// Cava” (p. 45); en “La vaca”, la rememoración de un hecho puntual (una vaca arrastrada por la creciente) se trama en base a calambures que atenúan el carácter trágico de la anécdota recordada, como si la inscripción de ese hecho consistiera en una excusa para que el discurso poético fluya liberándose al juego de la asociación casi lúdica entre significantes: “… Invisible/ se dirige a lo hondo del torrente/ y comienza a nadar y mientras nada/ no nos sucede nada, todo pasa/ como el río que crece cuando crece/ como nada la vaca cuando nada” (p. 49).
Poemas extensos, desbordados, tempestuosos que cuentan historias, que encadenan recuerdos, que capturan experiencias escandidas por un ritmo que transforma los hechos y los datos en imágenes deslumbrantes, en juegos sonoros, en analogías extraordinarias: “Las copas y las velas en la mesa/ anunciaron la presencia del vino./ Con su ojo rojizo nos miraba/ como si el mosto ardido/ fuese a besarnos rojamente el alma./ Vino la noche tan calladamente/ que nos vestimos de música y salimos” (“Primer canto a Aguafuerte”, p. 21).
4.
Así como los versos se expanden y desorbitan en hipérboles, también se contraen y condensan en epigramas contundentes, en aforismos drásticos: “Piedras en el alma/ para moler a dios” (“Piedras”, p. 15), “Un saxo levanta el párpado de la noche/ y lo lleva hasta el delirio./ La eternidad lame el borde de la esquina” (“Jazz Saint-Germain”, p. 19). En lo que se sustrae, en lo que no se dice, en lo que se muestra de un modo alusivo, radica la significación de estos poemas, concisos y sólidos, que devienen pura imagen. Pero también el laconismo y la síntesis enuncian, proverbialmente, paradojas existenciales: “No existe el exilio/ el exilio soy yo/ yéndome siempre de donde no he salido” (“Exilio”, p. 27); tres versos lapidarios bastan para hacer del exilio una experiencia irrevocable y, más aún, una marca de identidad ambivalente: se huye y se permanece, se deserta y se persiste, en una condición que es fuga y encierro.
5.
En el poema “Donde tu agua se hace mar”, el erotismo ferviente, el éxtasis del deseo, culmina en una afirmación anticipatoria y a la vez paradójica: “Voy a beber en la fuente, es necesario hablar/ convertir las palabras en silencio” (p. 54). Al nexo entre lenguaje y silencio Wittgenstein lo denomina lo místico, lo que se muestra a sí mismo, lo inefable. Ese vínculo estrecho constituye, en la poesía de Calle, no sólo una mancha temática pertinaz sino la condición de posibilidad de la escritura. Una suerte de contradicción lleva a que el lenguaje se retraiga, se ensimisme, confronte sus límites, raspe los bordes de lo inexpresable.
Esa impronta mística se acentúa cuando el tema que prevalece es Dios. El que Calle profiere e inscribe es un misticismo decepcionado y sedicioso. Dos de sus libros, entonces (2010)y Blasfemo (2013), exploran esa temática en direcciones contrarias: Dios es una ausencia que se reclama y espera, y así la poesía deviene una expectación inagotable, una perplejidad en el tiempo, un mientras tanto constante (entonces); Dios es una ausencia plena, y así la poesía se torna imprecación y repulsa (Blasfemo). De la ausencia irreparable de Dios se hace cargo el poema colmándose de silencios.
6.
Lo político consiste en otro de los motivos recurrentes en la producción poética del autor. De hecho, prevalece en país (2018), cuyo título evoca a Juan Gelman, una de las voces con la que Calle dialoga cautelosamente. En varios poemas de El rojo Kimono de Mihauru, lo político se manifiesta con entonaciones y formas dispares.
Está en “Voy a plantar un árbol” (“En tu corazón, voy a plantar un árbol/ voy a insistir cada vez que lo arranquen/ digo que voy a plantar un árbol, Palestina/ quiero decir la vida en medio de tus muertos”, p. 35), en “El hijo” (“Tiene dos años/ y apenas entró/ a la librería/ El Espejo/ sacó un libro de Lenin/ que luego/ devolvimos a su estante”, p. 38), en “Ellos castran la palabra” (“No se puede hacer nada/ con la palabra castrada/ pero se puede crear otra palabra/ una palabra fecunda y plena/ como la palabra árbol/ y plantarla en el centro de la vida”, p.41), en “Laura Nelson” (“Estás hermosa/ Laura Nelson/ colgada de ese puente/ estás hermosa”, p. 59), en “Federico en Nueva York” (“Y ahí está la marica/ mirando rascacielos y masticando soledades/ soledad de las multitudes/ calles repletas/ sonidos y sonidos y sonidos/ corazón al sol de la decrepitud”, p. 63).
La palabra poética se ejerce sucesivamente como un acto de resistencia que engendra la vida, ante el genocidio que aniquila una comunidad entera o ante el poder omnívoro que envilece el lenguaje; como la narración de una anécdota simpática que ve, en una travesura infantil, en un minúsculo disturbio, un gesto de candor revoltoso que desafía la lógica imperial de la dominación; como scherzos biográficos que denuncian la violencia racialmente despiadada y la insurgencia de una subjetividad sexualmente disidente. Anudada con la política, la poesía deviene resistencia, crónica y testimonio.
No obstante, en “Atado al fondo” la palabra exhibe su carácter intempestivo e iracundo en versos encabalgados: “Hubiera preferido una palabra/ que moviera la cola/ que me recibiera con saltos y lamidos/ pero, en este país/ atamos las palabras en el fondo de la casa/ y con el tiempo se vuelven bravas/ poderosas…” (p. 61). En este país (el nuestro, Argentina), el poema (impetuoso, temerario) no puede no ladrar y, entonces, se vuelve voz, grito, palabra, memoria, documento de la barbarie, testigo de la violencia irredimible. El poema trabaja contra el avance ruinoso del olvido para impugnarlo, para desdecirlo.
7.
“El rojo kimono de Miharu” (pp. 67-69) se titula el texto que da nombre al libro en su conjunto y que, también, lo cierra. Es un relato calmo, pausado, elegíaco. Con una prosa tersa y morosa evoca la historia de un amor impedido. El registro autobiográfico urde una auto-ficción microscópica, emotiva y plácida que apacigua la intensidad que atraviesa todo el poemario. Como si al ímpetu de los ladridos (y a la reticencia de los silencios que los acompañan), se añadiera este momento de sosiego con el que la poesía de Calle vuelve a ensordecernos, a cautivarnos, a sacudirnos, en base a la indómita consigna de convertir las palabras en silencio.
Bibliografía
Calle, L.: El rojo kimono de Miharu y otros poemas. Córdoba. 2025.
Ricoeur, P.: “Filosofía y lenguaje”. Historia y narratividad. Barcelona. 1999, pp. 41-57.
[1] Leandro Calle nació en Zárate, provincia de Buenos Aires, en 1969. Es también novelista (El punto débil, 2022, La mutiladora, 2023), traductor del francés al español, antólogo, crítico, letrista de canciones e integrante del equipo editorial de la revista Palabra de poeta.





Impecable y sagaz análisis de uno de nuestros importantísimos autores.
Saludo desde Córdoba Argentina
Excelente comentario. Felicitaciones