DE ORILLA A ORILLA

Por Jorge Rodríguez Hidalgo

PANEM ET CIRCENSES

            El reciente mundial de fútbol ha vuelto a poner de manifiesto cuán maleables son las masas y con qué poco es posible confundirlas a fin de que se conduzcan de una determinada manera. A propósito de ello, el exprofesor y helenista catalán Jaume Codina i Munné (Barcelona, 1948) ha dado a conocer, a través de la red social Facebook, una frase reveladora del doctor en Geología y profesor de Ciencias Naturales Arturo de la Torre Carrillo, fallecido durante la pandemia del COVID-19: “El fútbol es la mayor arma de lobotomización masiva”. Solo acudiendo a la ciencia es posible que logremos entender qué sucede en el cuerpo de las sociedades en que vivimos para que sus miembros se muevan como descabezados seres, o robotizados ingenios, por no decir simples marionetas carentes de albedrío o ‘élan vital’ (concepto debido al filósofo francés Henri Bergson -1859-1941-). Sin embargo, nada más distante de las disciplinas científicas que el fútbol, también llamado ‘deporte’, por más que las instancias de poder (superestructura, en términos marxistas) lo hayan alejado de tal naturaleza para convertirlo en una auténtica arma de confrontación entre individuos, sociedades, países y hasta clases sociales, por mor de la infición inoculada por la ‘ideología’ inocente del balompié, y que consiste en convertirlo en expresión ‘masiva’ de estatales/nacionales alegrías, decepciones y carencias, por la vía de las imposiciones dictatoriales (con o sin amputación de facto de las fórmulas en apariencia democráticas), los enardecimientos patrióticos (banderas, himnos, manos en pecho, lágrimas de cocodrilo, versiones tergiversadas de la historia…), las comparaciones injuriosas, el aguzamiento, hasta el paroxismo, de la soberbia patria, la imputación al ‘Otro’ de la miseria propia, de las pérdidas de soberanía territorial -omitiendo, claro, la verdadera negación de la soberanía interior…

            Una reducción/simplificación tolstoiana conviene en este punto. El ruso Lev Tolstoi (1828-1910) principia “Anna Karénina” con el adagio: “Todas las familias dichosas se parecen, y las desgraciadas lo son cada una a su manera” (de acuerdo con la traducción del ruso de L. Sureda y A, Santiago). En efecto, el mundial que acabamos de ver (¿disfrutar unos, padecer otros?) nos deja como corolario que la alegría y la decepción no hallan punto de conexión entre sí ni posibilidad de acuerdo amistoso (ni siquiera acuerdo a regañadientes, como sucede en un armisticio al final de una contienda bélica). Al contrario, los alegres ven menguando su júbilo por la no legitimación de los tristes y decepcionados, mientras que estos últimos tampoco son comprendidos por los primeros, quienes también ven en su malestar extraños orígenes.

            Fue el poeta romano Décimo Junio Juvenal (60 d. C.-128 d. C.) quien, hacia el 100 d. C. escribió en sus Sátiras (la número X, en concreto) que el poder político romano regalaba pan y promovía espectáculos gratuitos de circo (Panem et circenses) para los desocupados, al objeto de distraerlos de su miseria y evitar que se rebelasen contra el statu quo. En siglos posteriores, y en no importa qué sociedades, han sido cualesquiera otras diversiones, como los toros o el fútbol, principalmente, las que han cumplido tal función. Si retrocedemos a “Anna Karénina”, bueno es reparar en el epígrafe que precede a la obra: “El premio y el castigo están en mis manos”. ¿Qué nos quería decir Tolstói? Quizá que lo uno y lo otro son meros instrumentos al servicio de quienes procuran la alienación de las masas, cuya manipulación es el fin último y nunca desvelado o reconocido. Los disfraces de la realidad, el recurso a la inmediatez y su intrínseca visceralidad son los medios ideales para conseguirlo: veamos a una sociedad llorar ante las lágrimas de un ídolo (la intimidad asaltada por el imperio del mito de la nación benéfica que todo lo justifica) y no ante la propia realidad material (por más precaria que sea); a unos políticos exponiendo a un grupo de deportistas a las invectivas ‘foráneas’, o provenientes de alguna disidencia conterránea, o convirtiéndolos en arrojadizas armas contra los otros en nombre de no se sabe bien qué, más que un nombre de país (un abstracto y vacío nombre) o un grito a coro o una exhibición pseudonáutica con la ausente ayuda de unos remos míticos -invisibles, por tanto- que no llevan más que a la gloria de quienes ganan siempre, aunque los pierdan, todos los mundiales de lo que sea, especialmente los del fútbol, el fútbol, el fútbol de la hierba que pisan o comen o beben o…, porque el de los palcos es un pacto entre mendaces y ricos sin otra patria que su beneficio particular y ‘su ley’.

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