Por Jorge Rodríguez Hidalgo
No es frecuente encontrar, entre quienes empiezan a publicar poesía en la primera juventud, quien combine con acierto (in-) experiencia, conocimiento precoz y joven veteranía en el decir. Es el caso de la española Adriana Rocha Pastor (Benicàssim, Castellón de la Plana, 1997), cuyo segundo libro nos ocupa[i]. Todo en ella es temprano, y sin embargo la lectura de La violencia de los verbos no nos hace admirar, ni para bien ni para mal, la corta edad de su autora, sino la destreza y hasta autoridad con que desarrolla en los poemas una miríada de ideas e impresiones que nos llevan por trochas y avenidas, por tierra y por aire, con una afortunada desatención a las conductas morales o a los preceptos poéticos establecidos y a las conductas sociales recomendadas. Rocha estudió periodismo y comunicación audiovisual en Madrid, a cuya conclusión dio a la edición su ópera prima, La rabia y la piel (2019), título que denota, este sí, la vitalidad de quien, con Machado, “quiere/ vivir y a vivir empieza”.
No se deduzca de lo dicho que situamos en el centro de nuestra visión, como justificante de aciertos o de yerros, la edad de la poeta. Es decir, no se vea en los comentarios una incursión en el debate sobre el edadismo, como discriminación positiva o negativa, sino una señal de sorpresa, la consideración de la calidad de lo escrito, sin perjuicio de entender los contextos que van conformando el retrato de ‘su’ época. A ello coadyuvan los acompañamientos de que se sirve en la mayoría de poemas, o, dicho de otra manera, las referencias explícitas a pintores y cantantes, particularmente. Tanto es así, que el epígrafe que precede a la obra se debe al cantautor cubano Silvio Rodríguez (1946): “Que me tenga cuidado el amor/ que le puedo cantar su canción”, versos de la composición “Óleo de mujer con sombrero”, que no en vano aúna música y pintura, e incluso en la alusión al sombrero podríamos -quizá atrevidamente por nuestra parte- ver un homenaje a las artistas y escritoras españolas del primer tercio del siglo XX, las llamadas “Sinsombrero”, ignoradas por el dominante mundo de hombres, simplemente por su condición de mujeres, pese a exhibir cualidades parangonables a las de sus homólogos masculinos, y, en muchos casos, con mayores muestras de modernidad que éstos. No obstante, tampoco se entienda la sucinta digresión como la adjudicación a Adriana Rocha de una militancia feminista, pues no es esta, al menos en La violencia de los verbos, objetivo de su poesía.
El libro de poemas lo divide su autora en cinco partes: Flores, Veneno, Duda, Traca, Reset. Bajo cada uno de los títulos parciales, Adriana nos ofrece las definiciones que de las palabras respectivas encuentra en el diccionario de la RAE. A las acepciones registradas en el lexicón oficial del español, Rocha añade al final una propia, siempre escrita en letra cursiva. Por ejemplo: de las quince acepciones de la palabra “flor”, toma cinco, y la sexta (ofrenda) la incluye como cosecha propia. Por especular, podemos entender que la poeta nos advierte de su conocimiento del lenguaje, de la aceptación de su tradición, pero al mismo tiempo nos revela que la lengua está viva y concernida por el tiempo y las circunstancias de la vida, lleven adonde lleven, sin más conjeturas ni, sobre todo, sospechas. El prólogo a la obra corre a cargo, ¡cómo no!, de un pintor y escultor, el madrileño Ángel Aragonés (1944), quien considera que en el libro “late un debate interno sobre la naturaleza poética”. “Las estatuas y monumentos” -escribe Aragonés-, “si pierden su cáscara, muestran su vacío”. Congruente con el aserto, Rocha confiesa que “me he asomado al vacío de tanta belleza”, de modo que nos pone en la pista de su indagación poética, siempre en lo oculto o invisible, siempre tras lo social o aceptado, afirmando la labor espeleológico/etimológica de su escritura, en que, cabe lo asentado como indiscutible, fuerza el lenguaje hasta “luxarlo” (si se me permite el palabro). Y como muestra, un botón: “si trato de evitarme/ -si no ahora, pronto-,/ la ira se instala en lo retrovisor del insomnio”. Por cierto, ¿ese “si no ahora, pronto”, podría interpretarse como aviso o anticipo de algo?
Decíamos al principio que Adriana de-Rocha conocimiento debido a sus lecturas (son evidentes las huellas en los poemas) y vivencias aquilatadas (no confundir con el tópico “vivir deprisa”). A estas alturas, nadie se pregunta por la edad de Rimbaud, Yeats, Miguel Hernández…, a fin de acreditar la valía de sus obras: estas son lo que son, se escriban cuando se escriban (Cervantes dio su obra capital cuando muchos de sus coetáneos ya tomaban insípidas sopas). Rocha escribe con soltura poco común entre la legión de poetas que hoy publican nimiedades (premiadas o no). Ello es indicio de su avance sobre lo sabido: saber para, sin ignorar, dejar atrás y crear, no re-crear. Hay en la obra un afán de conjunto: un presentar todo en uno dentro de la creatividad humana: escritores, artistas plásticos, cantantes, movimientos sociales, géneros literarios, cine… Y por sobre todos ellos, la pintura como visualización del contenido significado por la palabra, si bien Adriana aplica para su transformación (¿qué es, sino, la traslación/traducción de un medio expresivo a otro?) la lupa, el microscopio… La libertad “moderna” que guía su escritura le permite o lleva (el huevo, la gallina, ya saben) a pergeñar, con ingenio, artefactos no exclusivamente poéticos, literarios, visuales…, en que justan nuevas propuestas con deliberadas incongruencias o experimentos que a los ortodoxos/delicados/puristas pudieran parecerles sobreros. Es, pues, la suya una poesía (puesto que como tal se presenta el libro) que participa de lo experimental, pero con salidas y entradas en lo convencional. Descarta a propósito la metáfora ordinariamente bella para buscar (¿y encontrar?) la belleza en el lugar y el ‘cuerpo’/objeto menos pensado o creíble o esperado (“lo áspero de las nubes”). Las metáforas avanzan, unas veces, por caminos no explorados, y en otras ‘reculan’ para no ‘incurrir’ en la convención. Quizá ello se explique por la presencia rectora de la incertidumbre, de la duda y del miedo -temas axiales en la obra-, cuyo efecto neutraliza la conciencia última de saber (“qué hago con el fuego”), y especialmente por la enorme fuerza expresiva, sustentada en un multidisciplinar crisol creativo que, a nuestro juicio, la acerca a las propuestas de, por ejemplo, la española Angélica Liddell Zoo (Catalina Angélica González Cano, 1966).
En La violencia de los verbos hay un tú que es un nosotros, pues, hija de su presente (aunque a contratiempo del mismo, en que tantos jóvenes parecen marionetas del sistema consumista inficionado por el ‘inocente’ celular), su amplia visión no desdeña la posibilidad de la existencia de islotes de conciencia no alienada (¿fe en el otro, a pesar de todo?), ni, tal vez, quiere abjurar de lo que su privilegio cultural (inteligencia superior) le permite ver antes que a la mayoría. Es aquí donde hemos de encontrar el sentido de su mirar rimbaudiano, que no es otro que el de la seguridad en la incertidumbre (oxímoron), un atrapar al vuelo lo que en el ancla del cuerpo y el pensamiento es sólido desvanecimiento. Porque, finalmente, toda teoría, toda elucubración ha de tener una peana, un sostén en que soportarse o encarnarse. Leyendo a José I. Tellechea Idígoras sobre el místico español del siglo XVII Miguel de Molinos[ii] (“registrar la terminología fundamental de Molinos”), parece guía (no necesariamente espiritual en nuestro caso) hacer lo propio con el ‘planisferio’ poético/artístico/prospectivo de Adriana Rocha. Son el tiempo/río/vida los accidentes inexcusables de toda percepción, como se pide en el poema “Reclamar-Es mi cuerpo” (“se esparcirán magia y causa […] si revientas la costumbre, / volará cada átomo de mí/ se borrará el recuerdo de las manos”; “tras el espejo, / dos ojos me miran/ reclamándose, / vivos, abiertos”).
Todos los poemas llevan doble título: el del verbo propiciador y, tras el guion a él anejo, la mirada personal (¿correctora?) de la poeta: la violencia implícita en cada verbo seguida del efecto, como apreciamos en el poema acabado de mencionar, “Reclamar-Es mi cuerpo”. Aquí, Adriana enfoca el espacio material y de conciencia de su poesía: el cuerpo, su cuerpo, su yo (que es un nosotros, conviene recordar). De él, del cuerpo y su propiocepción se derivan las dudas existenciales (“ahora, que somos solo incertidumbre/ y todos los verbos nos atraviesan a su antojo”; “ahora que la poesía es rara/ y todos los poemas resultan insignificantes, / acudimos al arte como se huye hacia lo etéreo// yo, mientras tanto, escribo:/ es donde voy cuando no nos entiendo”). El miedo (“me miro desde dentro/ y el horizonte me atrapa// yo solo huyo hacia delante”) tiene diferentes causas, pero la principal es la búsqueda del sentido del vivir y la armonización entre el cuerpo y lo exterior (“el vacío que me gobierna”; “el mundo, amor,/ el mundo ha seguido girando”; “echo de menos algo/ y no sé si a alguien-// qué hago con el fuego/ y el sentir que ya no vuelve”). A la incertidumbre y al mismo miedo opone tres palabras: “yo solo río”, que bien podrían referirse al reír o a la corriente de agua que llamamos río, y que nos recuerda al manriqueño río de la vida. Porque somos no solo lo que tenemos y parecemos, sino también el lugar que ocupamos (“Me vierto al vacío despacio,/ el cuerpo cae/ como un ancla.// Mi sombra sigue ahí,/ en cada surco de culpa.// He perfilado la ausencia/ al antojo de quienquiera”; “entre mi cuerpo y tu cuerpo,/ otros tantos huecos:/ todas las huidas,/ un mapa derrotado,/ dos polos opuestos”; “esa luz-óleo/ me mira del revés,/ sale del muro/ y vuelve a entrar/ aquí nunca nadie sabe lo que ocurre:/ el verdugo es la mente/ retorci (´) endo/ (-se)”). La rebelión que conlleva la conciencia de ser y estar amenaza con la propia negación (“es un alivio la pérdida/ para quien nunca se encontró”; “nos amamos desde el daño/ -el resto no supimos explicarlo-”; “conozco lo oscuro/ más de lo que grito”), o con el no reconocimiento (“cada paso al frente/ es el azar dominándome:/ puro nervio”; “quiero ser la arcilla/ que nunca llega a secar”; “soy la contorsión desdibujada/ -de pronto/ el suspiro se escapa”; “somos la metáfora de algo que se esfuma”; “lo cotidiano es el tiempo/ entre dos actos/ que no alcanzan el comienzo/ -no hay nadie en el teatro”; “lo que no escribo, plasmo y pinto,/ ¿qué forma tiene?”).
Aunque, a juzgar por este libro, no debamos ver militancia feminista en Adriana Rocha, la poeta se pregunta en un vibrante poema (“Arrebatar-Poeta hembra”) por la mujer (“Háblame de necesidades./ Del ser que eres./ -¿Qué se cruza por tu mente?// Háblame de lo vértice que es la curva/ en tu cuerpo de mujer.// De cómo te clavas en los ojos/ en vez de roer el cerebro.// ¿Quién te apartó del arte, del mundo o de la vida?”; “No musa,/ escribo/ escribo/ escribo.// No me conformo,/ me estoy quejando.// ¿Por qué miran la poesía en vez de vivirla?”; “Decidió la musa serlo?/ O acaso le arrebataron sus propias manos…”; “mientras escribo,/ el sustantivo// se hace hueco.// ¿Poeta o poetisa? ¿Hay poeta hembra/ o la historia ha impuesto un epiceno?”). Antes de considerar el avance (¿conquista?) de esta (“Avanzar-Este mármol que es mi cuerpo”), realiza un escrutinio de ‘pérdidas’ con la ayuda desoladora de los oxímoron (“existe una pose silenciaria/ en este mármol que es mi cuerpo”; “un ruido que no suena/ luego un sujeto que no llega a encarnarse,/ un relato que no avanza:/ puntos suspensivos donde antes hubo líneas// pasa el tiempo en un acantilado// me rodea una mordaza/ de dudas y antinomias:/ cuestiono todo,/ no entiendo nada// la palabra es el vacío,/ el sentido se amarra al aire// mi cuerpo se ha volado…”).
Adriana Rocha no se encorseta de veras. Sus arrestos vitales le permiten estar aquende y allende del espejo (“Conozco la verdad tras la máscara/ -amar cuando ya no queda nada-,/ el apostar falso de quien se teme/ y por inercia gira en la rueda de lo vacuo.// Mi lengua ha olvidado el sabor de lo cierto./ Mi piel, tu tacto”; “Me entretengo en el instante,/ el mundo ocurre ahí afuera/ cuando yo estoy en la calle”; “ese verbo no sale,/ se ha atascado,/ no quiere salir/ el viento ha volado todo,/ las paredes se encogen, yo me filtro en el verbo”; “ese verso no existe todavía/ -amor, yo tampoco querría-/ ya nada es poesía/ con fecha de caducidad,/ qué vasta es la espera,/ qué antesala este dolor/ que ya se acerca”).
La violencia de los verbos se despide con la valentía de quien entiende el proceloso avatar de la humanidad (“no sé qué nos depara el tiempo”; “al futuro, dile que no nos tenga miedo:/ sabemos lo que hacemos,/ solo somos traca a punto de explotar”; “pídele al segundo que no avance;/ al tiempo, que se detenga”), la dificultad de la comunicación (“ya no hay poesía en este cuerpo,/ las palabras hace tiempo que se fueron/ de esta boca/ cobarde que no habla”; “he sido miedo/ en todos los formatos”; “este rebote del miedo”), el consuelo (“si no vamos a ser futuro,/ qué simulacro más nítido/ este placebo del sueño”; “-hemos venido a irnos,/ una y otra, y otra, y otra vez-”; “el mañana corre el riesgo de conjugarse lejos”) y la posibilidad de renacer (“debates el azar, yo sucedo”; “el miedo es un momento,/ lo demás ocurre”; “se desata el verbo”). O sea, la mujer y poeta d estos tiempos cibernéticos dirime (“Reset”) el cuento de la mascarada tecnológica y existencial con las mismas armas que asedian a quien piensa por sí misma, naturalmente (“yo no me muero:/ todo tiembla// jamás volveré a amar muerta”), y vence, como un fénix, la violencia del lenguaje impositor, porque (“Rugir-Cualquier contorno”) “usaré el verbo una última vez/ una/ más/ para buscarme en el espejo/ y captar cualquier contorno:// cada palabra/ que ahora flota/ sobre blanco/ ayer rugía fuerte/ ante mis ojos”; “esta paz inquieta es mía:/ soy libre,/ ya no huyo de mí”; “segundo que pasa, -T-/ minuto que vuelo al- T-”.
Adriana Rocha Pastor, poeta hasta el entendimiento violento de los verbos, o su cuestión.
[i] La violencia de los verbos, Adriana Rocha Pastor, in-VERSO, Barcelona, 2026.
[ii] Guía espiritual (1675) es la gran contribución teológica del místico español Miguel de Molinos (1628-1696) máximo representante del ‘quietismo’.




