Por David Jou[i]
Entre las muchas preguntas, fascinaciones e inquietudes humanísticas que suscita la inteligencia artificial –además de los cambios tecnológicos, económicos, sociales, laborales, militares y políticos a que nos conduce– tienen especial densidad las preguntas sobre nosotros mismos, sobre lo que hemos creído más propio y significativo de la naturaleza humana y en que ahora, con perplejidad, nos sentimos imitados, suplantados y superados, en particular, la lógica, el discurso y la creatividad. En este artículo formulamos cinco breves reflexiones sobre la IA y la literatura, referentes a la motivación, la emoción, la experiencia, la personalidad y la traducción.
Uno de los aspectos misteriosos de la literatura, para un escritor, es la cuestión de porqué ha dedicado tantas horas a escribir, de porqué la palabra se ha convertido en un aspecto tan importante y decisivo de su vida. ¿Qué combinación de azares, de esperanzas, de promesas, de susurros de dioses y de cantos de sirena le llevaron, apenas adolescente, a poner tanta pasión en la escritura y ha perseverado en ella? Pero no hace falta ir tan allá. Es suficiente preguntarse por la motivación que nos lleva, en un momento dado, a proponernos escribir algo sobre algún tema. Todavía no hemos tenido la inspiración de cómo escribirlo, ni para quién escribirlo, pero ya ha empezado el camino –largo o corto, tortuoso o directo– hacia el texto. Sin esa motivación, que se va convirtiendo en atención, en concentración, en voluntad, en trabajo, el texto no existiría.
Es esta, por ahora, una de las grandes diferencias entre la IA y el humano en la escritura. Para las redes neuronales, las técnicas de aprendizaje profundo y los grandes modelos informáticos de lenguaje, empieza a resultar relativamente fácil escribir un texto razonablemente consistente y elegante, siempre que alguien con suficiente capacidad se lo pida. “¿Podrías escribir un poema de unos veinte versos sobre este tema?” La máquina le sorprenderá con la riqueza de posibilidades que puede ofrecerle, pero, por ahora, no toma autónomamente la iniciativa de proponerse un tema, de ponerse en marcha con un objetivo propio.
En segundo lugar, se nos aparecen la emoción y la conciencia con que escribimos. ¿Tristeza, frustración, desengaño, ira, melancolía, deseo, euforia, rememoración? ¿Lucidez, autoengaño, reflexión, ficción? ¿Enfermedad, salud, dolor físico? ¿En un país con libertad de expresión, en una dictadura amenazadora? Nos dicen que las máquinas, por ahora, no sienten emociones ni tienen conciencia, aunque pueden simularlas persuasivamente y con eficacia. No podemos dar por descontado que algún día las máquinas lleguen a un cierto grado de emoción y de conciencia propias –las redes neuronales en que ahora están basadas son más sencillas que las nuestras–. Podemos pensar, pues, que otra de las diferencias fundamentales entre el humano y la máquina se halla en la emoción, pasión y conciencia con que escribimos, y en la situación física y moral en que nos hallamos.
Pero para escribir necesitamos recursos expresivos, que nos pueden venir dados por una combinación muy limitada de recursos elementales, apenas de nivel escolar primario, o de una larga experiencia de lectura, de reflexión crítica, de estudios literarios. Necesitamos, pues, una doble experiencia, estilística y vital. En algunos aspectos de la experiencia, la IA se parece mucho a nosotros: ha debido aprender. Lo que haya aprendido depende de sus entrenadores o profesores. Según el tipo de textos con que se la haya entrenado, según los estilos y los contenidos de esos textos, la máquina estará en condiciones de componer ciertos nuevos textos –combinación de los que ha aprendido, en una versión siempre sorprendente del arte combinatorio–. Esas combinaciones se verán sometidas a la doble tensión de la previsibilidad y de la excentricidad, es decir, de continuar una frase con la palabra más probable, con la segunda o tercera o cuarta en orden de probabilidad, o con la menos probable. La opción probabilística que se tome –denominada temperatura estadística del lenguaje– será uno de los elementos de novedad.
La experiencia estilística se combina con la experiencia vital y poco a poco va formando el estilo y la personalidad de un escritor. Hay escritores brillantes, emotivos, camaleónicos, originales, pero tan variados, juguetones y excéntricos que no reconocemos en ellos una compañía fiable, sino un fulgurante entretenimiento pasajero. Otros, en cambio, nos resultan más cercanos, nos acompañan, su expresividad nos ayuda a encontrar caminos a nuestros sentimientos y nuestras ideas, que sin ellos se mantendrían en un estado de inquietud informulada. Conocemos a un escritor no sólo por lo que escribe, sino también por lo que no escribe porque sería incompatible con lo más profundo de sí mismo, incoherente con su trayectoria. Puede mentir, jugar o explorar, tres elementos que forman parte de la actividad literaria, pero cada personalidad tiene algunos elementos que la hacen reconocible. No es fácil alcanzar una personalidad reconocible. Somos tantos, nos parecemos tanto, que cuesta reconocernos. Este reconocimiento de temas, opiniones y estilo constituyen el núcleo de una existencia literaria. Por ahora, la IA por sí sola no alcanza este tipo de existencia. Sabe demasiado y le es demasiado difícil escoger entre lo mucho que ha aprendido.
Finalmente, la traducción –una de las primeras funciones de la IA en textos literarios– presenta características conceptuales propias. Aquí, la obra ya está hecha, en una lengua concreta –lo cual significa un contexto de influencias y relaciones propias–, y se debe trasladar a otra lengua. La IA ha alcanzado una eficacia extraordinaria en la traducción, y ofrece diversos niveles: más o menos literal –más influido por la lengua de salida que la de llegada–, más fluido y adaptado a la nueva lengua –más próximo a la lengua de llegada que a la de salida–, y con grados diversos de elegancia y sutileza literarias. Resulta cómodo encargar a la IA una versión de la traducción. A menudo, uno se da por satisfecho con ella, sea por prisa o por pereza. En otras ocasiones, uno parte de ella actuando como intérprete del texto original en el instrumento –musical, conceptual, relacional– de la lengua de llegada.
En definitiva, el tema de literatura e IA presenta aspectos que afectan en directo la supervivencia del oficio de traductor, e incluso de la del escritor y la del investigador. Son aspectos con repercusiones económicas importantes, como las de los derechos de autor. Más inquietantes aún son las preguntas sobre qué somos y qué queremos ser, si nos abandonamos a la facilidad de la máquina o pensamos por nosotros mismos con espíritu crítico. Religiosamente, hablamos de textos revelados. Tecnológicamente, tendremos muchas revelaciones que, como en el caso religioso, parecerán abrirnos caminos o certidumbres que no sabremos juzgar. Tal como ocurre en nuestras intuiciones –uno de los misterios del funcionamiento de la mente– la máquina alcanzará combinaciones luminosas, aciertos deslumbrantes, de las que desearemos apropiarnos. La IA habrá aprendido de nosotros y nosotros aprenderemos asimismo de ella.
Pero la vida sigue, las guerras no se acaban, la miseria moral intenta imponerse una y otra vez, los derechos humanos revelan su fragilidad, la pereza, fealdad, vulgaridad y lugares comunes imperan, las centrales de IA son grandes depredadoras de energía, las redes neuronales de IA son entrenadas con los modelos de las culturas dominantes… Tanto los humanos como, a partir de ahora, también la IA, somos entidades históricas y efímeras. La actividad del escritor como testimonio de su tiempo, como explorador de la naturaleza humana, como acompañante y portavoz de algunos de sus contemporáneos, continuará siendo un elemento fundamental de la fecundidad, la novedad, la dinámica y la sorpresa de la cultura.
[i] David Jou i Mirabent (Sitges, 1953). Físico, ensayista y poeta español. Excatedrático de Física de Materia Condensada en la Universidad de Barcelona. Doctor Honoris Causa de la Universidad de Gerona. Ha desarrollado una reconocida obra investigación publica ndo diez libros de ensayo, puentes entre ciencias y humanidades, y treinta libros de poesía.




