Luis Rosales, el poeta que no pudo salvar a García Lorca

Por Julio Castellanos

El poeta y editor cordobés Julio Castellanos escribe sobre la polémica figura de Luis Rosales, el gran poeta español galardonado en 1982 con el Premio Cervantes, el Nobel en lengua castellana, cuya vida estuvo marcada por el arresto y posterior asesinato de su amigo Federico García Lorca.

Luis Rosales nació en Granada, en mayo de 1910, ciudad en la que cursa  la carrera de Derecho, que abandona para trasladarse a Madrid. En 1932 ingresa a la Facultad de Filosofía y Letras para cursar Filología Románica, carrera que terminará después de la guerra. Años después realiza el doctorado, con una tesis que obtiene máximas calificaciones. Ha dirigido prestigiosas publicaciones, entre ellas Cuadernos Hispanoamericanos. Obtuvo numerosas distinciones, entre ellas los premios Nacional de Poesía y Nacional de Ensayos  y, en 1982, el Premio Cervantes.

Publica sus primeros poemas en las revistas Los cuatro vientosCruz y rayaVértice y El gallo. En Madrid publica un libro de poesía amorosa, Abril, donde se refleja la influencia de Garcilaso de la Vega en el poeta. Parte de su obra comienza a publicarse también en la revista Caballo verde, fundada por Pablo Neruda y que recoge trabajos de otros poetas como Vicente Aleixandre o Miguel Hernández.

En 1937 colabora en la revista Jerarquía y varios años más tarde, es secretario de la revista Escorial. En 1949 publica La casa encendida y en 1979 Diario de una resurrección, ambas consideradas sus obras cumbre.

Desde 1953 hasta 1965 dirige la revista Estafeta literaria, que es posteriormente continuada por Nueva estafeta (1978-1982).

Estudioso de los manuscritos del Siglo de Oro español, formó parte de la Hispanic Society of America y en 1962 ingresa como miembro de número en la Real Academia Española. En referencia a la obra poética de Rosales, escribe José María García de Tuñón en la revista El Catoblepas, en 2013: “Aunque ya había publicado algunos poemas, su primer libro de versos no se presenta hasta 1935. Se titulaba Abril, y es, en su totalidad, un libro de poesía amorosa inspirado, al parecer, en una antigua relación que mantuvo con una compañera de estudios. Empezó escribiendo amorosa para terminar escribiendo «poesía enamorada», nos dice Julián Marías. Esa primera obra hizo su impacto entre los que querían incorporarse a la vida literaria madrileña porque señala una fecha importante para la poesía española: «Cuando aparece Abril, la batalla vanguardista de renovación de la palabra poética a través de las imágenes, ya ha sido ganada. Y Luis Rosales ha sido de los primeros en darse cuenta de ello. Si en algún momento la imagen ha tenido más importancia que la palabra, ahora va a suceder todo lo contrario y la palabra va a ser más importante que la imagen.». El periódico El Sol saludaba al poeta como capitán de una coqueluche dispuesta a «contener en moldes duros una poesía que se expandía ya demasiado, como gas libre, en el verso suelto», gracias a su obra Abril un libro dividido en tres partes: Vigilia del agua, Primavera del hombre y Poemas en soledad: Abril, porque siento creo, / por calma en los ojos míos, / ¿los montes, mares y ríos / qué son sino devaneo?; / mirando la nieve veo / memoria de tu hermosura, / y cuando vi en su blancura / tu inmediata eternidad / ¿fuiste sino claridad / temblor, paciencia y dulzura?

Poco antes de aparecer Abril, Rosales conoce en Madrid a Ricardo Gullón y éste le recordaría viviendo en una pensión del barrio de Salamanca con Leopoldo y Juan Panero. «No puedo imaginarlos ni recordarlos separados; siempre juntos, con Luis Felipe Vivanco también. Este era el grupo que trataba de renovar la poesía española de aquellos momentos. Después de la vanguardia se imponía, a juicio de Luis, que era la cabeza rectora de este grupo una transformación de la poesía española hacia la espiritualidad. Yo llamé movimiento de salvación del espíritu lo que Luis intentó realizar en Abril», porque cuando apareció la obra, España estaba en vísperas de una gran convulsión espiritual que alcanzaría prácticamente a todos. «Es importante recordar -continúa diciendo Gullón- que la guerra supuso para Luis Rosales un choque tremendo porque él amparó a Federico García Lorca en su casa. Fue por ese motivo perseguido, se le quitó la camisa azul que le habían dado poco antes y después tuvo que soportar la infinidad de calumnias y miserias que se vertieron con motivo de la muerte de Federico García Lorca»”.

El poema “Autobiografía”, escrito ya con una obra avanzada, es acaso una de las más conmovedoras, bellas y acertadas reflexiones del autor. Escribe: “Como el náufrago metódico que contase las olas / que faltan para morir, / y las contase, y las volviese a contar, para evitar / errores, hasta la última, / hasta aquella que tiene la estatura de un niño / y le besa y le cubre la frente, / así he vivido yo con una vaga prudencia / de caballo de cartón en el baño, / sabiendo que jamás me he equivocado en nada, / sino en las cosas que yo más quería”.

Un asunto particularmente importante tanto para la vida como en relación a la obra de Luis Rosales, es su relación con Federico García Lorca.

En agosto de 1936, recién iniciada la guerra civil española, Ramón Ruiz Alonso, que era miembro de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), arresta a Federico García Lorca. El poeta se había refugiado en la casa de los Rosales, creyendo así ponerse a salvo de represalias, ya que en esa familia había destacados miembros falangistas. Luis Rosales no pudo evitar su arresto y posterior ejecución a pesar de la amistad que tenía con Lorca y su posición dentro de la derecha granadina. Lo cierto es que el 16 de agosto, tras rodear la casa y los edificios colindantes con un despliegue de fuerzas desacostumbrado, Ruiz Alonso se presentó en la calle Angulo para detener al poeta. Doña Esperanza Camacho no consintió en que se lo llevaran hasta que alguno de sus hijos se encontrara presente. Pudieron localizar a Miguel, al que aseguraron que tenían que llevarse a Federico sólo para que hiciese «unas declaraciones”. El mayor de los Rosales los acompañó al Gobierno Civil para evitar que pudieran maltratarlo, a la espera de que llegasen Luis y Pepe que se hallaban en el frente. En cuanto éstos tuvieron noticia de la detención se dirigieron al Gobierno Civil; Luis, furioso, pide cuentas de la detención de Federico y, por escrito, deja constancia de su protesta al teniente coronel Velasco. Ante una situación tan inusitada y la violenta discusión con Ruiz Alonso, se congregaron allí -según el propio Rosales – más de medio centenar de personas. Molina Fajardo y otros investigadores resaltan el hecho de que tras él aparecieran protegiéndole y apoyándole, una docena de falangistas armados: Cecilio Cirre, Leopoldo Martínez Castro, Ramón Entrena, Pepe Sánchez, Díaz Pla… y algunos de sus hermanos. Cirre confesó a Penón (2009: 52) que estuvo a punto de arrojar a Ruiz Alonso por una ventana. De manera igualmente violenta José Rosales, sin importarle hallarse ante la máxima autoridad del Alzamiento en Granada, recriminó a Valdés el allanamiento de su domicilio. En el transcurso de aquella conversación, Valdés amenazó a Luis. A la mañana siguiente José Rosales se presenta ante Valdés con una orden de libertad firmada por el gobernador militar de Granada, coronel Antonio Gómez Espinosa; Valdés le informa de que ha llegado tarde, a Federico se lo han llevado a Víznar de madrugada y ya ha sido fusilado; la realidad es que García Lorca todavía se encuentra con vida y está retenido en el Gobierno Civil, de donde será trasladado a un caserón cerca de Granada donde pasaban sus últimas horas los prisioneros sentenciados a muerte. Al tratarse de un personaje notorio Valdés no se atrevía a fusilarlo sin la orden de un superior; todo apunta a que esa orden fue dada por el general Queipo de Llano la noche del 18 de agosto, aunque hasta el momento no se ha hecho público ningún documento que avale este extremo, ni la veracidad de la sentencia, tantas veces mencionada, de “dale café, mucho café”, puesta en boca del militar. García Lorca fue asesinado cerca de Víznar el 19 de agosto de 1936.

Ruiz de Alonso, un linotipista nacido en Salamanca, dedicó los últimos años de la II República a potenciar su carrera política del lado de la CEDA y tras la sublevación de los nacionales aspiró a formar parte del privilegiado grupo de falangistas sin lograr ni ser aceptado ni tampoco sus simpatías. No tenía un odio especial por Lorca o por sus obras. Su odio iba dirigido más contra la familia Rosales y, en especial, contra Luis Rosales, íntimo amigo del poeta y con el que en más de una ocasión tuvo encuentros desagradables que años más tarde se cobraría de la mano del autor de ‘Poeta en Nueva York’.

Cuando los Rosales acogieron en su casa al poeta, que tuvo que abandonar la casa familiar (Huerta de San Vicente) tras un altercado con el Gobierno Civil, Ruiz de Alonso vio su oportunidad para devolver a los Rosales, reconocidos e importantes falangistas, todos los desplantes que durante años tuvieron con él.

Según las investigaciones de Del Pozo, fue Ruiz Alonso el que, tras conocer el paradero de Lorca, redactó la denuncia que más tarde presentaría al gobernador civil de Granada, el comandante José Valdés Guzmán, que llevaría a su detención y después a su fusilamiento.

Tras enterarse de que Lorca vivía en casa de los Rosales -al parecer fue uno de los hijos, Miguel Rosales, quién se lo contó- acudió a Valdés a contarle su descubrimiento. Pero, por muchas ganas que tuvieran de darle un «escarmiento» faltaba la denuncia. Y ahí es donde salió el linotipista, periodista y escritor: Ruiz Alonso cogió su máquina de escribir y se puso a redactar la sentencia de muerte del poeta.

Años después su hija afirmaría de boca de su padre que fue Valdés el que pidió una denuncia «en toda regla» y que la redactó la CEDA y no su padre. Federico fue víctima de las aspiraciones por el poder entre los cedistas y los falangistas

Le acusó de ser de espía de los rusos, de dañar con sus escritos instituciones tan respetables como la Guardia Civil, de practicar la masonería y de su relación con el republicano Fernando de los Ríos. Unas cuantas horas después de presentar su escrito un impresionante despliegue de soldados se agolpó frente a la casa de los Rosales para detener al poeta «rojo».

Esta historia quedaría impresa a fuego y los dolores de la guerra civil habitarán para siempre en Rosales y su obra, y muy particularmente en su poesía. Pero es justamente aquí donde esa herida irá cauterizándose, aunque sin olvido[i].

NADIE SABE HASTA DÓNDE PUEDE LLEVARLE LA OBEDIENCIA

Me gusta recordar que he nacido en Granada:

Libreros, una calle tan pequeña que iba a dar clase por la noche;

la cerraba, a la izquierda, una pared arzobispal, una pared muy digna y casi sin ventanas;

generalmente la cubría una pizca de cielo desconchado.

Sí, señor, así fue, no necesita,

que le diga mi nombre, no es preciso,

no lo va a recordar.

Con cinco años me llevaron al colegio de Calderón

que estaba en el final de la calle de Puentezuelas;

más allá del colegio estaba el campo.

Allí las monjas con la tocas blancas,

y la primera miel de ver las niñas

tropezonas y alegres; no lo crea,

no las notaba entonces al rozarlas,

las notaba después.

Hasta que un día

sentí un retortijón en el recreo,

¡maldita sea mi suerte! con la prisa

tardeé en hacer de cuerpo, me esforzaba

en resolver aquel asunto pronto

y era peor, pues cuando tienes prisa

lo haces todo al revés,

tal vez por esto,

se me pasmó la cosa en el momento justo.

Desde luego, señor, la culpa es mía,

y al salir del retrete ya era tarde:

la soledad del patio me dio en el rostro un golpe

igual que la ventisca;

yo estaba tiritón y era por algo:

quedarse frío es el anuncio de un castigo.

Sí, señor, así fue, no miento aún,

Lo puede preguntar

y todos le dirán que en el momento de acabarse el recreo

el patio del colegio se convierte en un patio clandestino,

se extraña de sí mismo, se prohíbe.

A mí me pasó igual.

No sé por qué razón,

al sentirme culpable en el centro del patio,

sin mirar, sin andar, sin hablar, sin reír,

me fui quedando cada vez más corto, más clandestino y monosilábico.

Luego recuerdo un chancleteo y una apresuración

que llegaba hasta mí bisbiseando:

-Venga conmigo, caballerete.

Y Sor Inés tenía una voz nabuconodosora y atiplada,

tan inmediatamente ejecutiva,

que mi inocencia comenzó a funcionar porque su voz me puso en movimiento:

un movimiento tren y pequeñito como un furgón de cola que marchaba tras ella.

Nadie sabe hasta dónde puede llevarle la obediencia,

y atravesando el patio llegamos hasta el cuarto que hay

en el hueco de la escalera contiguo al rectoral,

un cuarto excomulgado que nunca vimos sino en alguna pesadilla,

y al entreabrir la puerta se volvió a mí para decirme:

-No rechiste,

entre en el cuarto de las conejas y vístase de niña.

Chitón y punto en boca.

Sí, señor, así fue, sentí un sonrojo,

en cuanto la escuché se me quedó el oído pegado a sus palabras,

y entonces vi que aquella habitación con el techo inclinado

era el ropero de las niñas,

y se encontraba dividida en sectores igual que en el termómetro

ya está señalizada la ascensión de la fiebre.

Cada sector tenía una fiebre concomitante y unas prendas distintas:

uniformes, sombreros, cuellos almidonados,

medias de esas llamadas conejeras,

enaguas estantiguas y es curioso,

había un montón de bragas que ya entonces me parecieron demasiado preliminares;

había también otras fosforescencias.

Sí, señor, así fue, no me pregunte nada,

cuando se sufre tanto sólo se quiere vivir menos,

es lo único que importa

pero no lo consigues, nadie lo puede conseguir,

porque el dolor es una instantánea que totaliza nuestra vida

y lo sientes llegar de una manera tan despiadadamente concentrada

que su empujón arrastra migajas y verdades.

Sí señor, así supe que el dolor destituye al pasado,

que el dolor totaliza la vida y por eso es injusto,

y por eso es inexplicable,

mas se asemeja tanto a cualquier otro sufrimiento,

que en una misma sensación de dolor pueden establecerse

de segundo en segundo correspondencias imposibles.

Esto es lo que sentí. No cabe vivir más,

sólo quiero decirle que esa vestiduría,

me causó un sufrimiento tan intenso que recorrió mi cuerpo hasta llegar a hoy,

no sé cómo, no sé, pero con él vino hasta mí la despreguntación

y viví en un dolor la vida entera:

Al ponerme la enagua tuve la sensación de entrar por vez primera en la oficina,

al ponerme las medias sentí un dolor de parto,

al ponerme las bragas se me cayó una mano en el infierno,

y vi la mano arder,

y yo seguía vistiéndome sin manos.

Sí, señor, así fue, aún me dura la humillación,

el uniforme era tan largo en mi cuerpo de niño

como si me vistiera con la guerra civil,

y cuando todo estaba terminado me puse en la cabeza un sombrero de niña

y aquel sombrero era la muerte de mis padres.


[i] Texto que se complementa con la clase magistral Julio Castellanos sobre el poema de Luis Rosales, “Nadie sabe hasta donde puede llevarle la obediencia”, dictada el 7 de junio de 2018, en el marco del ciclo 10×10, organizado por la Agencia Córdoba Cultura, delegación Río -Cuarto.

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