OPINIÓN

EL ODIO Y LA ESTUPIDEZ COMO ENFERMEDADES

Por Antonio Tello

El pasado 19 de julio se jugó en Nueva York la final del Campeonato Mundial de Fútbol entre las selecciones de España y Argentina. Ganaron justamente los españoles, pero no es esta la cuestión. En la final una de las dos debía ganar y lo lógico es que lo hiciera la que mejor jugara y arriesgara. La selección argentina, por las razones que fuesen, no lo hizo y perdió. Esto sería todo si no fue por discursos de crispación generados por grupos de odiadores seriales de uno y otro lado que contaminan las redes, muchas veces disfrazados de “objetivos”. Una supuesta objetividad a veces retorcida por un buenismo progre, pero casi siempre enraizada en la ignorancia y en la estupidez. 

El odio y la estupidez, alentados por un sistema cada vez más opresivo, corrompen el alma de la comunidad y se extienden con su poder destructivo para fragmentar, debilitar y esclavizar a las masas ciudadanas, ya alienadas y desprovistas de su capacidad de pensamiento crítico. 

Cuando leo o escucho hablar de “argenfifa” y que todo estaba dispuesto para que ganase Argentina; cuando leo o escucho que al final ganó el colonialismo, porque España es “genocida” y responsable de la opresión de los pueblos originarios y del saqueo indiscriminado pasando por alto que las repúblicas hispanoamericanas hace más de doscientos años que se emanciparon en nombre de la libertad (de comercio) y que los saqueadores actuales son otros; cuando leo o escucho denostar a jugadores que reivindican con una pancarta unas islas que forman parte legítima del territorio argentino; cuando leo o escucho la verborrea victimista de quienes no aceptan la derrotaen un partido de fútbol y el ataque indiscriminado a aquellos que osan criticar acciones repudiables cometidas bajo bandera o con camiseta argentinas; cuando leo y escuchotanto odio y estupidez, no puedo dejar de preguntarme cómo y cuándo este país, Argentina, otrora culto perdió la brújula de la racionalidad, y España olvidó los cuarenta años de “paz franquista”.

Por otra parte, el equipo español que ganó la final no necesita de esos voceros del odio para triunfar ni de aquellos que imaginan superioridades patrias y raciales ni de inventadas artimañas arbitrales. La selección española ganó simplemente porque con un plantel más joven llegó físicamente mejor y pudo imponer su juego. El equipo argentino perdió porque, con más años en sus piernas, transitó largas prórrogas y llegó agotado y no pudo imponer el coraje con el que superó otros trances difíciles. Y precisamente estecomportamiento valiente, que aflora como un arrebato, el que vincula la voluntad con el deseo de superar toda adversidad más allá de las limitaciones físicas o deportivas, es lo que ilusiona y se proyecta en el imaginario de un país frustrado por desgracias, que reconoce atadas a la resignación. Pero, si bien este genuino coraje parece ser la virtud que identifica al equipo con el sentir argentino, no hace falta ser un sociólogo, basta con tener los ojos limpios de veladuras, para advertir que el coraje especular, en la mayor parte de los argentinos, es sólo pasión irreflexiva o, lo más probable, pasión cruda de un pueblo lumpenizado. De no ser así, me pregunto si ese mismo coraje, ese mismo “orgullo” patrio, esa misma férrea voluntad identitaria, no hubiese servido para fundar un sistema político-social más justo y equitativo frente al deplorable régimen vigente en la Argentina de hoy, encabezado por gobernantes tan violentos como corruptos y una dirigencia política vulnerable a los intereses del capitalismo más salvaje; si ese coraje social, que se manifiesta con aires de resentimiento proclamando que los argentinos son tácitamente los campeones de todo con banderitas e imágenes de granaderos, no hubiese servido para luchar contra la Dictadura, que dejó como herencia miles de desaparecidos,muertos, exiliados, torturados y un país esquilmado y que ha dado lugar al voto a los herederos ideológicos que, con otras maneras, siguen conculcando los derechos humanos, sociales y laborales, y venden al mejor postor la soberanía nacional y sus recursos naturales. Si los pueblos se unen con tanta pasión detrás de un equipo o selección de fútbol ¿por qué no se unen de la misma manera para defender los derechos y el bienestar común?

En el caso español, la claridad en el juego de la selección también podría servir para abrir los ojos de la sociedad frente a la ola de estupidez y odio de los hijos del franquismo y sus ignaros seguidores, que amenazan con volver a ese oscuro pasado dominado por el nacional-catolicismo.

Pero no desesperemos, el odio y la estupidez tienen cura, son enfermedades que se tratan con dosis de razonamiento mesurado, conocimiento, tolerancia, empatía y solidaridad entre las personas, cualquiera sea su color de piel, nacionalidad, religión, edad u orientación sexual. No olvidemos que en las redes no están los peces sino que en ellas queda solo la moralla.

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