Por Cecilia Fresco[i]
En abril de este año, en una cálida y populosa tarde de Sant Jordi, en Barcelona, el poeta Antonio Tello me dijo que tal vez me pidiera una nota sobre el estado de la poesía patagónica para la revista Once Varas. Sorprendida e irresponsable, le dije inmediatamente que sí, porque nada me gusta más que hablar e intentar que se lea y conozca la escritura patagónica: pero la tarea es ardua, ya que mi tierra es muy extensa y su poesía goza de buenísima salud, cosa que la hace fructífera, abundante y diversa.
Muchas veces nos preguntamos si hay una literatura de esta zona, Luciana A. Mellado en el prólogo de la Antología de poesía del sur argentino dice con mucha lucidez: “…quienes vivimos en la Patagonia no somos aldeanos ajenos al mundo, ni tampoco, en tanto sujetos, reclamamos una mismidad uniforme y solitaria”. Creo que lo único que define cabalmente a la poesía patagónica es que está escrita en la Patagonia, pero semejante obviedad no impide que llevemos, de modos más o menos visibles, la huella de nuestra enorme y heterogénea tierra.
Ponerse a escribir acerca del estado actual de algo es establecer una marca en el tiempo, es detener por un instante el transcurrir de las cosas. Y este intentar atrapar el momento por el que está pasando la poética de una zona me hace pensar en que cada momento tiene su historia previa, una historia que nos influencia como grupo y esa influencia imprecisa pero concreta nos condiciona. Nos condicionan el lugar, el tiempo y los textos anteriores. Nos condicionan todas las palabras que nos preceden. Y aunque las palabras ocupan un espacio mínimo (si es que lo ocupan) ese espacio es enorme en otros aspectos menos territoriales. No alcanzo a ver exactamente un texto fundacional, pero sí algo que se inició hace muchos años en este sur, hoy ya forma parte de esta nube imprecisa que es nuestra identidad textual. En esta identidad resuenan frases como “La periferia es nuestro centro” de Raúl O. Artola, o la “Ley del coirón”, de Graciela Cros (ley imaginaria sobre la obligación tácita de incluir representaciones estereotipadas del paisaje para ser considerados parte de la literatura patagónica).
La literatura no es un área concreta, no tiene un límite exacto ni hay un borde nítido que la defina, todo lo que puedo decir acerca de la poesía patagónica es impreciso, delimitado por ideas y sensaciones personales. Lo primero que pienso al tratar de determinar el estado actual de la poesía patagónica es que, como dije, goza de muy buena salud. Desde hace varias décadas hay una comunidad poética que excede el cuerpo de los libros y se consolida en todo tipo de actividades y publicaciones. Además de los concursos tradicionales, históricamente se realizaron encuentros, salones de poemas ilustrados, festivales varios como el muy galés Eisteddfod de Chubut, que otorga la corona del poeta, o las Conversaciones de Otoño de Fiske Menuco, que reunía autores de Argentina y Chile. Hay encuentros regionales y ferias en casi todas las ciudades y pueblos. Hay fondos editoriales provinciales y municipales que, aún en contextos políticos y económicos muy complicados, tienen gente que trabaja y lleva adelante publicaciones, antologías y concursos. Hay numerosas publicaciones virtuales y en papel, mucha participación en las redes y, maravillosamente, hay un lugar importante también en nuestra memoria. Además de los versos que recordamos y repetimos, muchos de los nombres de la poesía patagónica vienen acompañados de la imagen querida de su rostro, de su voz, de sus gestos. Como dijo nuestra gran y tan querida representante Graciela Cros: “tener amigos poetas salva el día” y esa es una oración en la que creemos amorosamente.
Pero volviendo a esta definición tan temida, la del estado actual de la poesía, puedo decir que el elemento común más notorio que encuentro hoy, aquí y ahora, en esta inmensa variedad de voces, es que somos una comunidad. Hay algo que no está en las formas ni en las temáticas que, creo, nos define, y es la comunicación constante, el conocimiento de la obra reciente de nuestros colegas, la voluntad de generar encuentros a pesar de la distancia, el entusiasmo por las presentaciones y las reseñas. Y la valoración y estudio. Tal vez la poesía patagónica no sea muy conocida fuera de nuestro ámbito, y creo que eso es una desventaja para eso que está fuera de nuestro ámbito, porque la calidad y belleza de nuestros libros amerita acercarse a conocerlos. Hay muchísimas editoriales independientes, tantas que en la lista cabe un editor que recorre ferias y encuentros con plaquetas que él edita cuidadosamente, ilustradas por artistas plásticos y que regala a todo el que quiera llevarlas, haciendo así un trabajo increíble de difusión.
Siento que, dentro de lo inabarcable de su extensión e historia, la Patagonia está bien representada, a veces es un mundo seco narrado con palabras jugosas, a veces un mundo helado y cruel abrigado por lanas escritas. Las voces que hoy más suenan no silencian lo que ven, muestran y denuncian “la cotidiana explosión de lo monstruoso” pero devuelven los fragmentos de lo explotado de un modo dulce y sin odio. Sus palabras son gestos poderosos desde el lugar del que da, mucho más fuerte que el lugar del que pide. Deseo y deber no se contraponen y, tal vez, ambos se escriben (inscriben) en el amor. Por aquí se escribe contra el silencio, con lírica cuidada, con irreverencia, con mordacidad, con ferocidad, con desesperación, con lenta calma. Desde esta naturaleza doméstica, rural, salvaje, urbana, verde, hermosa, azul o infinita, la poesía patagónica establece el cristal para mirar lo humano.
Y lo político también, este territorio tantas veces saqueado, hoy más en peligro de vaciamiento que nunca, merece y exige estas voces que reclaman, que dan pelea, que aman su tierra. Por eso, en estos momentos brilla especialmente la poesía mapuche, que borra la frontera argentino-chilena, que muestra que la Patagonia es bilingüe, que se desmarca de todo estereotipo, abarcando desde el lof más pequeño hasta la ciudad y sus estridencias, ahí donde nació la poesía “Mapurbe”.
En este lujo de estar vivos, de estar con los ojos y la piel atentos, escribimos, leemos y construimos esta siempre cambiante identidad sureña.
[i] Cecilia Fresco (Buenos Aires, 1969). Narradora y poeta residente en Villa La Angostura. Codirige con Diego Rodríguez Reis la revista digital La zona, crítica y ficción.





Gracias, Ceci, por esta lectura.