El coronel no tiene quien le escriba[i], de Gabriel García Márquez
Por Carlos Schilling[ii]
Los escritores no somos buenos lectores. Hay toda una mitología de narradores que se jactan de ser buenos lectores antes que buenos escritores. Es una impostura. Uno no puede afirmar de sí mismo que es un buen escritor sin arriesgarse a ser calificado de soberbio y sabemos que la soberbia es uno de los siete pecados capitales. En cambio, no parece tener consecuencias teológicas definirse como buen lector.
No obstante, si pensamos un poco, resulta complicado definir ¿qué es un buen lector? ¿Es una cualidad de la atención, de la memoria, de la sensibilidad, de la inteligencia? La descripción que más me convence es la que dice que un buen lector es el que lee por segunda vez.
En ese regreso a la escena de la lectura se reforzaría un vínculo entre el libro y el lector, un vínculo no necesariamente matrimonial, ni siquiera afectivo, sino vital, como si por efecto de esa segunda lectura el libro pasara a formar parte ineludible de nuestra vida, aun cuando el resultado del reencuentro sea sólo decepción.
Es una experiencia común que un autor que nos maravilló en la adolescencia no parezca insípido, ridículo, estúpido, o cualquier otro adjetivo esdrújulo que se les ocurra, cuando lo volvemos a visitar muchos años después. A los argentinos nos suele pasar con Julio Cortázar, por ejemplo, tal vez el escritor más afectado por su lectura forzada en el secundario desde antes del retorno a la democracia (figuraba en los manuales de literatura argentina publicados durante la dictadura).
Sin embargo, si uno habla con un brasileño adulto, se sorprende de la veneración que le tributan los lectores brasileños al autor de Bestiario. Eso significa que Cortázar no es el problema, el problema somos nosotros. Cambiamos, y en ese cambio, al que podemos llamar maduración, evolución o resignación, hemos eliminado partes de nosotros mismos que por uno u otro motivo resultan insostenibles para nuestro yo actual.
En ese sentido, un libro leído por segunda vez se transforma en un espejo que refleja nuestra cara del presente y nuestra cara del pasado. Es inevitable que en esa superposición veamos una caricatura, en el mejor de los casos, y un monstruo, en el peor.
Leí por primera vez El coronel no tiene quien le escribacuando estaba en quinto año del colegio secundario en Sunchales, en julio o en agosto de 1983. Puedo precisarlo no gracias a mi memoria, que es pésima, sino porque todavía conservo el ejemplar del libro, que formaba parte de la primera entrega de la colección de Premios Nobel que lanzó ese año Ediciones Orbis. Los dos primeros tomos fueron Santuario, de William Faulkner, y El coronel no tiene quien le escriba, de García Márquez, que tenía la virtud de ser breve y por eso leí antes.
El escritor colombiano acababa de ganar el Premio Nobel, el año anterior, en 1982, y era la figura más conocida del boom latinoamericano, pero yo no había leído nada de él, y la verdad es que no sentía ninguna curiosidad por ese mundo de maravillas tropicales del que se hablaba en todas partes.
Debo confesar que en esa época yo ya no era un lector inocente, no sólo escribía, sino que me consideraba a mí mismo un escritor con un futuro enorme, un serio aspirante a obtener el primer Premio Nobel de literatura para la Argentina. Cuando digo que ya no era un lector inocente, quiero decir que ya era un mal lector. En vez de buscar en los libros las emociones que me habían producido, por ejemplo, las aventuras de Sherlock Holmes, a los 11 o 12 años, ahora sólo leía para saquear, para robar y, por supuesto, para encontrar defectos en mis colegas mayores.
Si bien estaba en quinto año del colegio nacional de Sunchales, yo venía de cuatro años en un liceo militar y la palabra “Coronel” en un título no me resultaba especialmente atractiva. Los coroneles eran para mí una señores viejos que se pasaban el día en una oficina de donde sólo salían para presidir los actos de las fechas patrias, que no resultaban precisamente divertidos para alguien que debía permanecer dos o tres horas parado con un fusil al hombro.
De todas maneras, recuerdo que la historia del coronel que alimenta el gallo de riña de su hijo muerto y espera una pensión estatal que nunca llega me pareció divertida en aquel momento. Recuerdo también la tensión dramática del diálogo final entre el coronel y su esposa y la famosa respuesta a la insistente pregunta de ella acerca de qué comerían hasta el día de la pelea del gallo. No bien lo leí, supe que no lo olvidaría. Era un cierre perfecto, con una palabra final que resonaba como un golpe.
Cualquier persona que haya leído El coronel no tiene quien le escribarecuerda esa palabra final. Lo he comprobado en la medida de mis posibilidades que no son por cierto las de una encuestadora. Pero no importa la validez estadística de mi opinión: creo que si hay algo objetivo en la literatura, se vuelve tangible en estos casos de flagrante perfección.
Todo ese último capítulo está a la altura de páginas impecables que yo no había leído aún en esa época: Un corazón simple, de Flaubert, El gran Gatsby, de Scott Fitzgerald, Pedro Páramo de Juan Rulfo, o Levantad carpinteros la viga del tejado, de Salinger, por dar sólo ejemplos obvios. Se trata de una clase de perfección que no nace de la imposición de un modelo exterior sino que parece conformarse desde adentro del mismo modo en que crece y se desarrolla y encuentra su forma viva una planta o un animal. Es decir una perfección orgánica.
Si bien intuí esa perfección en aquel momento, no sé por qué no desató en mí esa ola de admiración que nos lleva a leer todo lo que podemos encontrar de un autor. Tal vez había más realidad latinoamericana de la que yo podía y puedo soportar en cualquier relato y eso me produjo una instintiva retracción. Tal vez fue un movimiento defensivo, de esos que tan bien describe Harold Bloom en La angustia de las influencias, algo en mí retrocedió y miró para otro lado.
Recién al año siguiente, leí La hojarasca, también publicada en la colección de los Premios Nobel. Yo ya estaba en la Universidad en pleno período Nouveau Roman francés, fascinado por novelas que describían una puerta, una mesa y una silla a lo largo de diez páginas, y fui incapaz de apreciar la belleza de la prosa de García Márquez en esa novela a tres voces. Unos años después, me rendí al esplendor de Cien años de soledad, aunque ya bloqueado por la distancia despectiva que habían generado en mí los epígonos locales del realismo mágico.
Desde entonces, he leído de forma intermitente a García Márquez, El amor en los tiempos del Cólera, Doce cuentos peregrinos, empecé y abandoné El general en su laberinto, y por razones profesionales diseccioné Memorias de mis putas tristes para exponer un error de continuidad: un día que dura una semana.
Medio en serio, medio en broma, con Flavio Lo Presti solemos coincidir en que la calidad de la prosa de García Márquez es inversamente proporcional a la calidad de sus ideas, en el sentido de que salvo por la inclusión de algunos elementos maravillosos (bastante pocos), el escritor colombiano no pone en cuestión la realidad, no la interroga en sus elementos constitutivos (como lo hace un Samuel Beckett, por ejemplo, o Juan José Saer) sino que se limita a contarla y a mistificarla. Pero, justamente, contar y mistificar, pienso ahora, son los actos antropológicos fundamentales de los seres humanos, tanto los que nos congregan en una comunidad como los que nos individualizan en una primera persona del singular.
Una de las máximas virtudes de García Márquez como narrador es articular las dimensiones sociales e individuales de los dramas históricos –algo que resulta inmediatamente visible en El coronel no tiene quien le escriba– , pero su interés no reside ni en la sociología, ni en la psicología ni en la historia, sino en la literatura, es decir, en el mito, y por eso el mundo que surge de sus páginas, pese a la abundancia de movimientos, de generaciones, de acontecimientos, siempre está como proyectado en un limbo de atemporalidad, ajeno al tiempo, o sometido a ese tiempo cíclico que Mircea Eliade consideraba característico de las civilizaciones paganas.
Es verdad que en los relatos y las novelas de García Márquez suelen aparecen fechas y cifras precisas, pero esa precisión de calendario, no hace más que reforzar la concepción de una historia concebida como una eterna repetición. Lo que es fue y será, podría ser su lema. Algo que, por supuesto, no impide que sus personajes, especialmente los masculinos, suelan estar atravesado por las esperanzas, las utopías y las ambiciones más obstinadas.
Esa clase de personaje es el coronel de El coronel no tiene quien le escriba. Pero antes de seguir hablando de él y de sus peripecias quisiera detenerme un instante en el título de esta novela corta. Escuchen: tiene la métrica de un verso endecasílabo, El-co-ro-nel-no-tie-ne-quien-lees-cri-ba. Pero además contiene una rima interna asonante que refuerza el ritmo de la oración: El coronel/ no tiene quien…No digo que García Márquez haya armado el título a partir de ese esquema métrico. Digo que ese esquema métrico está en la base de la contundencia y del poder pregnante de ese título, es una de las razones de por qué nos queda sonando como un eco en la memoria no bien lo leemos o lo escuchamos. Un caso similar entre los títulos del escritor colombiano es Crónica de una muerte anunciada(también un endecasílabo, si cortamos la sinalefa entre la e final de “muerte” y la a inicial de “anunciada”).
La experiencia de la materialidad del lenguaje, es decir que el lenguaje no es sólo una serie de signos sonoros articulados que portan significados, sino algo físico, orgánico, que a la vez que transmite se resiste al sentido, es una experiencia poética. Una palabra que vibra como vibración, una palabra que se desliza como desliz, una palabra que bosteza como bostezo nos hacer revivir la quimera de Cratilo para quien había una correspondencia directa, simpática, inevitable, inmediata entre las cosas y las palabras. Y como dice Bernardo Schiavetta, en sus Fórmulas para Cratilo, un poeta puede estar con la mente del lado de Hermógenes (quien en el diálogo platónico sostiene que el lenguaje es convencional) pero con su corazón estará siempre con Cratilo.
García Márquez era un fetichista del lenguaje, alguien para quien las palabras tienen vida por sí mismas y a la vez reciben una segunda vida en el flujo de la frase. Cientos de veces declaró cuánto le costaba escribir una novela y no nos equivocaríamos en colocarlo como uno de los más fieles seguidores de Flaubert en la religión de la palabra justa. Tal vez no tanto en El coronel tiene quien le escriba, donde opta por oraciones más breves y lacónicas, muchas veces meramente informativas, pero en Cien años de soledadsus frases casi se pueden degustar, oler, acariciar o apreciar en todas sus coloraciones.
De todos modos, ya en el segundo párrafo de El coronel nos encontramos con un pasaje en el que se concentra lo que ahora reconocemos como la quintaesencia del estilo de García Márquez: “Mientras esperaba a que hirviera la infusión, sentado junto a la hornilla de barro cocido en una actitud de confiada e inocente expectativa, el coronel experimentó la sensación de que nacían hongos y lirios venenosos en sus tripas. Era octubre. Una mañana difícil de sortear, aun para un hombre como él, que había sobrevivido a tantas mañanas como ésa. Durante cincuenta y seis años –desde que terminó la última guerra civil- el coronel no había hecho nada distinto de esperar. Octubre era una de las pocas cosas que llegaban”.
Es probable que en un taller literario coordinado por Borges la expresión “experimentó una sensación” hubiera sido tachada y reemplazada por un más simple, contundente y eficaz “sintió”. También resulta un tanto dudoso describir un cólico como un nacimiento de hongos y lirios en las tripas, ya que esa colorida imagen está lejos de transmitir un dolor intestinal y el adjetivo “venenosos” no alcanza para hacer todo el trabajo.
Sin embargo, lo que la hace funcionar es la perfecta adecuación del ritmo interno de la escena con el ritmo de la frase. Se trata de la fusión de un momento específico que se desarrolla con lentitud rutinaria (el coronel que espera que hierva el agua) con acciones de gran escala que se repiten año tras año (la espera y la llegada de octubre). El vínculo entre ambas dimensiones temporales son precisamente esos dolores que el coronel siente en su panza: síntomas internos y externos a la vez. En ese contexto, la expresión “experimentó una sensación”, compuesta de diez sílabas, resulta mucho más pertinente que las dos sílabas de “sintió”, mientras que los hongos y los lirios venenosos (lirios que no sólo existen en la botánica de García Márquez sino también en la naturaleza tropical) son los emblemas de la conexión entre el cuerpo del coronel y las variaciones climáticas. Esa conexión también aparecerá con el asma de la esposa, que en la novela parece cumplir la función de principio de realidad, pero que en un nivel más profundo, también está resignada a lo que les depare el destino, algo que se percibe en su intensa relación con la muerte.
De hecho, en la primera conversación que sostiene con su marido, en el dormitorio donde ella está postrada porque sufre una crisis de asma, podemos introducirnos en su mente y enterarnos de lo que piensa. “La mujer pensó en el muerto”, leemos y un párrafo después “Cuando terminó el café todavía estaba pensando en el muerto”. Y llega a decir algo que el coronel no escucha: “Debe ser horrible estar enterrado en octubre”. Piensa en el muerto porque sonaron las campanas que llaman al velorio y al entierro de alguien que, después nos enteraremos, es un músico de la banda del pueblo.
Ese muerto (que es el primero que muere por causas naturales después de muchos años)evoca a otro muerto, Agustín, el hijo de la pareja protagónica, que es una figura fundamental en su ausencia, ya que el gallo de riña (y esto recién lo sabremos al principio del siguiente capítulo)le pertenecía a él. Los muertos tiene la misma edad, con una diferencia de un mes. El músico muerto nació el 7 de abril de 1922, eso significa que Agustín, el hijo del coronel, nació el 7 de marzo, fecha que es un guiño de García Márquez, ya que nació un 6 de marzo, aunque de 1927.
Una vez que se ha instalado, ya en la segunda página de la novela, el tema de la muerte, esta expande sus tentáculos y va invadiendo toda la atmosfera de la novela con un clima de corrupción y putrefacción, visible en el momento en que el coronel va a buscar el paraguas y lo encuentra destruido por las polillas. En el párrafo siguiente queda marcado el contraste entre la actitud ingenua o infantil del coronel ante lo ruina que lo rodea y la resignada desesperación de su mujer:
-Mira en lo que ha quedado nuestro paraguas de payaso de circo –dijo el coronel con una antigua frase suya. Abrió sobre su cabeza un misterioso sistema de varillas metálicas-. Ahora sólo sirve para contar las estrellas.
Sonrió. Pero la mujer no se tomó el trabajo de mirar el paraguas. “Todo está así”, murmuró. “Nos estamos pudriendo vivos”. Y cerró los ojos para pensar más intensamente en el muerto.
No quiero olvidarme de señalar que la aclaración de que la muerte del músico es la primera muerte de causa natural en muchos años es una elegante alusión a la violencia social y política en la que estaba sumergida Colombia desde finales del siglo XIX y principios de siglo XX, específicamente desde la Guerra de los Mil Días, que es aquella en la que participó el coronel cuando era joven (aunque todo hace entrever que no disparó una sola bala y su heroísmo se redujo a transportar unas bolsas de dinero en vano, ya que llega un hora después de que se firma el pacto de Neerlandia, que da fin a la guerra). En otros tramos del relato aparecen varias alusiones a la realidad política colombiana, siempre en una zona difusa entre la verdadera historia y el mito, los cuales, repito, en García Márquez no podríamos caracterizar como opuestos. Las más obvias de esas alusiones son las referencias a la censura en los diarios, que hablan del conflicto de Suez y poco y nada de lo que sucede en el propio país. De allí que las noticias importantes circulen de modo clandestino en el pueblo.
Tal vez no haya que desdeñar en este punto algunos datos biográficos. García Márquez escribió El coronel no tiene quien le escribaen París, donde había viajado, a mediados de los años 50, como corresponsal del periódico El espectador. Pero ese periódico fue cerrado por el dictador Gustavo Rojas Pinilla (que ahora con suerte es una nota al pie de página en la biografía del escritor). Por lo tanto, se queda sin su fuente de ingresos. En vez de buscar algún trabajo alternativo, se dedica a escribir como loco mientras crece su deuda con madame Lacroix, la dueña de la pensión, y él espera que desde Colombia le llegué algún cheque salvador.
La situación se parece bastante a la que vive el coronel recluido en su casa de Macondo. Si bien García Márquez nunca desdeñó el trabajo periodístico (de hecho, Relato de un náufrago es un clásico de la crónica periodística), esa inesperada interrupción de su actividad en París ayudó a que consolidara su vocación de escritor de ficciones. Una calamidad se transformó en una oportunidad. Desde esa perspectiva tal vez la esperanza de recibir una pensión como veterano de guerra o de ganar varios cientos de pesos con el gallo de riña no sea tan absurda como parece en una primera lectura.
La terquedad con que el coronel asume la segunda posibilidad, que implica entre otras cosas vender todo lo que tienen y pasar hambre para alimentar a un gallo, puede verse como la asunción de una nueva juventud, algo que de algún modo está insinuado en los niños que todos los días van a espiar al gallo. “Somos huérfanos de nuestro hijo”, dice la mujer en el primer capítulo, pero a esa frase hay que contraponerle otra que figura en el último capítulo, cuando el coronel va a buscar a la gallera el gallo que prometió venderle a su compadre Sabas y que ha sido secuestrado por los amigos de Agustín. El coronel le quita el gallo de las manos a Germán y sólo puede murmurar “Buenos días”, “porque lo estremeció la caliente y profunda palpitación del animal. Pensó que nunca había tenido una cosa tan viva entre las manos”. Es decir que el legado que ha recibido del hijo muerto es un testamento no económico sino ético y vital. Ético, en el sentido de ethos, porque todo el pueblo se siente dueño del animal, y vital porque justifica su vida en un momento en que nada parece tener sentido. Lo cierto es que el coronel no puede renunciar, pues implicaría abandonar la esperanza y abandonar la esperanza (recordemos a Dante) significa entrar en el infierno.
El hecho de que tendamos a pensar que ese viejo ridículo alberga esperanzas vanas es un punto a favor de la tensa ambigüedad con que García Márquez cuenta esta historia. Su gran secreto como narrador siempre fue el modo en que va proporcionando la información, cómo los datos significativos se filtran a través de los datos insignificantes, de modo que la historia parece desarrollarse de la manera más natural posible. Aun cuando hay varios cabos sueltos, alusiones inútiles y escenas que sólo parece tener la función de retardar el desenlace, todo ese transfigura en el maravilloso capítulo final, en el que se da el lujo de que la palabra “mierda” suene como la más sublime del idioma.
[i] Clase magistral sobre el cuento de García Márquez impartida por Carlos Schilling, en 2015, en el marco del ciclo 10×10, organizado por el Área de Literatura y Pensamiento, de la Casa de la Cultura de Río Cuarto, delegación de la Agencia Córdoba Cultura.
[ii] Carlos Schilling (Sunchales, 1965). Licenciado en Filosofía, narrador, poeta y periodista, editor del diario cordobés La Voz del Interior.





Excelente clase magistral. Alto discurso! Tu firma registrada, Carlos Schilling!
Abrazo grande! Salud y bendiciones para tus días y tu obra.