Los latidos contados, de Federico Gallego Ripoll

Por Juan Ramón Mansilla

Uno a veces cierra un libro para abrirlo de nuevo, el azar eligiendo las páginas, con la sensación de que le acaban de susurrar una historia entretejida de historias que piden ser reconstruidas en su interior. «Los latidos contados»[i] es una obra de interiores que a veces se abren a las afueras. Su lectura invita al cobijo de un cuarto de estar y café sobre la mesa. A veces el desasosiego requiere de su némesis. Tantos son sus momentos que leerlo con ansia propende a la indigestión. Lo he leído, los poemas me lo iban dictando, a veces en silencio, otras en alta voz, con música y sin ella, según acordaba su múltiple decir. Desbordante de intimidad, tanta que exige compartirse para ser, sus poemas empezaron a capturarme desde el primer verso. Tantas sus preguntas que es normal que Federico Gallego Ripoll abra con una este libro en búsqueda de respuestas: “¿En qué luz se sostiene la luz de esta mañana?”. Desde el pulso de este alejandrino se sostiene el resto de latidos.

La estructura de «Los latidos contados» contribuye a su devenir. La primera de sus siete secciones, ‘Azuer’ se desenreda en la memoria. El autor da en contarse desde una infancia rediviva y su paisaje. “El paisaje de mi infancia tiene cien puertas” (Cien puertas, p. 16), nos dice, y las abre de par en par. Necesita explicarse el otro que fue, constatar la percepción de la presencia, anudada a las brumas del tiempo, del otro “que llora incosolable a un lado de la vida” (Mañana clara, p. 20). La infancia, cómo no, es anticipatoria. Desde ella se va requiriendo la palabra como compañía inevitable, creciendo en la memoria.” (Cosas. Palabras, p. 18). ¿Cómo, de lo que crece en la memoria, no saldría el hombre posterior? El poema Infancia es revelador, su comienzo aterra enternecedoramente: “Se ha pinchado mi madre / mientras cosía.” (p. 19). ¿Hay ahí un despertar? Federico Gallego Ripoll no nos lo dice pero deja pistas. Si quien despierta recuerda, él presta la memoria a ese volver “después a casa, liberadas, / recogiendo sin prisas, una a una, / las piedrecitas blancas y los buenos propósitos / que hemos ido dejando en el camino.” (Kit de emergencia, p. 25). Los transterrados de la infancia vagan sin rumbo. La infancia es ante todo una madre que “nos tomaba de la mano para iniciar la marcha.” (Jan Yunis, p. 27).

La segunda sección, ‘Escribir nieve’ junto con la sexta, ‘Los alquiladores’, son epifánicas. En ellas Federico Gallego Ripoll nos habla de dos deslumbramientos, la escritura y el arte que se transforma en rebeldía ante el mundo. El verso, más contenido en ‘Escribir nieve’, acorde a una poética del desvalimiento que busca amparo en la poesía (vid. Hilván, p. 36) y gozo en lo vivido (“Mientras tanto, en su aldea, / el poeta invisible está feliz: / hoy ha visto llover sobre los campos verdes.” (El impostor, p. 41), en ‘Los alquilados’ se desborda como río de montaña. En esta sexta sección, Federico Gallego Ripoll pone su voz al servicio de los otros, su palabra se escandaliza y denuncia, usando la máscara de obras pictóricas, cuanto acaece a los otros. Metrópolis, 1916, poema inicial de ‘Los alquilados’ testifica ese latir por y con el mundo. El hartazgo, la náusea ante las injusticias no paran de latir aquí: “¿y nosotros, los excluidos, los invisibles, / hasta cuándo podra aguantar el hilo el corazón, / el seguro del arma sin romperse?” (p. 156).

En las secciones previas, los latidos de Federico Gallego Ripoll han sonado por el amor y el desamor (sección III, ‘El aire entre tus dedos’) con un lenguaje enamorado, con la cotidianeidad y mesura que el buen amor precisa. Y sí, “cuesta ir a la compra para uno” (Por si acaso los pájaros, p. 74). Suenan también, sección IV, mientras elabora una suerte de ontología sustentada en el desamparo. Los poemas aquí se acortan, tienden a la pincelada de luz u oscuridad, al decir lo máximo en punzadas de reflexión (vid. Después del cataclismo, p. 97), a inquirirse, don de lo perenne, por la propia fugacidad: “¿Guardarás mi recuerdo? / ¿Serás palabra mía?” (DESEO, p.96). Gallego Ripoll no ofrece defensa, “solo encuentra el lenguaje quien se arriesga / a dejarse encontrar.” (Al escondite inglés, p. 101); vencido por la poesía es libre de cometer ‘Deicidios veniales’ (esplendoroso apartado donde uno, para conseguir la pulpa, tiene que dejarse pinchar por las espinas de los poemas que lo componen). Hay que tener el ojo avizor, la liebre de la belleza hace saltar a la mínima surgencias en el pensamiento: “Dos semanas seguidas sin dejar de llover: / ha brotado la hierba de los labios del muerto.” (Poblet. Patio trasero, p. 126). ¿No concentra aquí la magia, la amplitud de planos, la realización del misterio que caben en la poesía?

‘Autorretratos’, sección V, es un compendio coral de voces y homenajes. Federico Gallego Ripoll se dibuja a través de rostros ajenos. Uno, bien lo sabe, solo se completa en la mirada de los demás. El verso aquí se acorta, traza lo esencial de lo entrevisto para que lo que ha de suceder, el hechizo, suceda. Antes, hay que revelar lo que, por evidente, permanece oculto: “El ángel no recuerda / su milagro. Y vacila / sin saber que esa duda / es el propio milagro.” (Autorretrato y mediodía, p. 139). El truco es simple: “No ver / no oír /no tocar.” (p. 143).

De tener que contar los latidos que en este libro resuenan, necesitaría varios corazones. Se evidencia en la sección VI, ‘Los alquilados’. Aquí, orteguianamente, Federico Gallego Ripoll es él en el mundo. “Tiene la sombra un cuerpo apegado a su cuerpo. / No puede sacudírselo.” (Estudio para un autorretrato, 1971, p. 160). El autor sabe que, como todos, ocupa un lugar en el mundo, que ha accedido a él (vid. p. 170), que no podemos ni debemos olvidar “ese propósito / de alzar un día nuevo sobre la inmensa / decrepitud de la justicia, / sobre los muros de los poderosos / y la inmundicia hipócrita y ruin, / -derrota- de los biempensantes.” [(A)mar, p. 162]. Si en La percha, pp. 164-165, nos habla de una realidad que lacera la memoria con su dureza de pedernal, en el poema siguiente la dureza se extrema al tiempo que el compromiso de poeta se acentúa, pese al acrecer de los altares del miedo donde todo se incarna en la muerte “como niño gazatí sodomizado por Netanyahu” (Tránsito en espiral, 1962, p. 166). Federico Gallego Ripoll observa los frutos de la pérdida y nos los dice: “éramos la nieve, / la obstinada, perseverante nieve, / que ignoraba este abril que ahora ya no tenemos, / y florecía.” (pp. 172-173).

«Los latidos contados» finaliza con ‘El plural de la noche’, donde completa la búsqueda, casi juanramoniana, de la palabra ausente, “la que encierra más verdad” (Esa palabra ausente, p. 189). En esa persecución la vida va borrando los caminos de retorno, comiendo las migas de pan que, como hilo de Ariadna, iba dejando en su deambular el caminante. Lo refleja bien Federico Gallego Ripoll: “hay caminos que siempre son de ida” (Va, pensiero, p. 193). Y si no quedan, incólumes, las sendas del regreso, al menos “quedan gotas doradas de memoria” (ibid.) y con las que, pese a todo, todavía se puede trazar en el lapiaz aparente de la desolación una ruta real a la belleza redentora, sin miedo a la vida, sin temor a la muerte (vid. Sutileza, p. 201), con la palabra como astrolabio. Si su ausencia, la de la palabra, mata, desnombra, en ella también se puede renacer.


[i] Los latidos contados, Federico Gallego Ripoll, Mahalta Ediciones. Ciudad Real, 2026.

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