Poesía de César Bisso[i], ayeres que no se olvidan
Por Ricardo H. Herrera
Si hubiera que definir concisamente la situación existencial del poeta César Bisso, diría que el verso “gratitud de la fascinación” condensa y resuelve la cuestión en dos palabras.
Gratitud en primer lugar, porque en efecto es la suya una condición consciente de los bienes que ha recibido del paisaje y las personas que lo rodean desde su nacimiento hasta hoy, gratitud por la belleza natural del lugar que le ha tocado en suerte, por la bondad de sus comprovincianos. Es precisamente ese haber recibido lo que coloca al poeta en la situación de poder retribuir. La eficacia de la fórmula “gratitud de la fascinación” estriba en que destaca a la abstracta fascinación como destinataria última y definitiva de la apertura vital, lo cual viene a significar que es ella la que lo lleva a dar las gracias por el don de quedar fascinado, por haber hecho de él un poeta.
Hay “una orilla de enfrente” en todo lo que la naturaleza ofrece, vale decir una distancia en el núcleo de lo próximo, una lejanía que atrae, que encanta y exige una réplica, una palabra vibrante de atención, un poema. Es como un diálogo: la realidad inquiere silente con su maravillosa fuerza de atracción y el poeta responde con la palabra maravillada.
César Bisso se define a sí mismo como ente fluvial, definición que se comprende porque ha nacido en Coronda, a la vera del bello río del mismo nombre. El río, heraclitianamente, se transforma en imagen del tiempo que fluye, que nunca se detiene:
El tiempo enfervoriza: sé música,
anímate a cruzar cielos de utopía.

Esta es la consigna del agua que discurre en los poemas del libro, una consigna que lleva al poeta a rescatar ocasiones de ciertos ayeres que no se olvidan. Inolvidable es, en efecto, el encuentro con Borges, cuando visitó Santa Fe acompañado por el joven párroco Jorge Bergoglio. Sucedió cuando Bisso era alumno del segundo año de la Escuela Industrial Superior:
¿Qué significa para usted el lenguaje?
Tuve la osadía de preguntárselo a Borges
desde mi perplejidad de niño desmañado.
Ignoraba quién era el insólito visitante.
Allí estaba, sentado a la mesa del bar.
Un bastón en mano presidía las palabras.
Sobriedad ―respondió con voz fatigosa―.
El sol es luminoso, nunca indecible.
La rotunda afirmación del oráculo, pronunciada hace medio siglo, se incrustó para siempre en la conciencia de Bisso; se incrusta en la nuestra a partir de este momento, también para siempre. Un buen ejemplo de esa ponderada sobriedad es el poema dedicado a Juanele, un texto tramado con extrema economía, muy sugerente, ya que logra trazar el perfil de la persona con un esbozo hecho de pura ausencia, una proeza mallarmeana, en cierto modo:
La pesada balsa cruza el río.
Despereza el cielo quiloaza.
Movedizas torres de greda
se inclinan pesadamente.
Un duende alumbra el agua.
Cautiva el humo oriental,
su cabellera de sauce,
la acrobacia de los juncos.
El poema trenza otras voces.
Pierdo la balsa de retorno.
Los poemas de Ciertos ayeres están precedidos por una excelente “Crónica sensible del poeta”, firmada por Néstor Fenoglio.
[i] Ciertos ayeres, César Bisso, Ediciones la yunta, Buenos Aires, 2025.





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