Poemas ciegos: borgeanas[i], de Alberto Hernández
Por José Pulido[ii]
Escribir sobre la poesía de Alberto Hernández es una tarea honrosa
y satisfactoria porque lo leemos con frecuencia y lo admiramos sin
ninguna vacilación. Pero es muy difícil escribir de un poeta cuya lectura
basta y sobra, porque el lector lo que desea es pasar de una vez a las
páginas donde las palabras escogidas lo esperan.
El asunto es el siguiente: la poesía de Alberto, como toda poesía, desata
una acción que involucra la inmediata participación del corazón, de los
sentimientos y del mecanismo existencial. Y si sucede todo eso con solo
abrir el libro y leer los poemas ¿para qué hacerle una presentación?
Respondo ahora mismo: para involucrarse en la belleza y en el espíritu
de un poeta, para representar a los lectores y decirle que aquí estamos
leyendo lo que su espíritu afina.
Nunca es inútil constatar la vitalidad y pertinencia de unos poemas que
al ser de Alberto Hernández tienen un ritmo y un tono que sus lectores
ya conocemos y siempre buscamos con cariño de familia. Esta vez, los
poemas vienen marcados por un tema de inspiración completamente
ligado al libro, a las bibliotecas, a la poesía y a la grandeza: la ceguera.
La ceguera y el libro marchan juntos desde que Homero tuvo la
gentileza de existir y esa suerte prosiguió al formarse por un aluvión
poético y misterioso el fenómeno llamado Jorge Luis Borges.
Miguel Otero Silva me encargó en una ocasión que llamara a Jorge
Luis Borges y lo saludara de su parte. Me recomendaba leerle algo
de Caracas si Borges se interesaba en algún tema. Lo llamé una tarde
y tuve poca suerte. Perdí el tiempo preguntando la misma tontería
que cualquiera le preguntaba: ¿es usted completamente ciego? Y él
respondió igual que siempre: “solo veo el amarillo”.
Después leí que su ceguera era más honrosa y significativa:
“El mundo del ciego no es la noche que la gente supone. En todo caso
estoy hablando en mi nombre y en nombre de mi padre y de mi abuela,
que murieron ciegos; ciegos, sonrientes y valerosos, como yo también
espero morir. Se heredan muchas cosas (la ceguera, por ejemplo), pero
no se hereda el valor. Sé que fueron valientes”.
“Yo sigo jugando a no ser ciego, yo sigo comprando libros, yo sigo llenando
mi casa de libros. Los otros días me regalaron una edición del año 1966 de la
«Enciclopedia de Brokhause». Yo sentí la presencia de ese libro en mi casa,
la sentí como una suerte de felicidad. Ahí estaban los veintitantos volúmenes
con una letra gótica que no puedo leer, con los mapas y grabados que no
puedo ver; y sin embargo, el libro estaba ahí. Yo sentía como una gravitación
amistosa del libro”.
Alberto Hernández ha escrito poco a poco, en el centro mismo de una
soledad, estos poemas que son como un homenaje a Borges y a todos
esos grandes ciegos que nos han abierto los ojos del espíritu.
Este poemario de Alberto tiene la belleza y el valor suficientes para
estar ahí, en el inagotable tesoro que han dejado los ciegos inmortales.
En este libro Poemas ciegos, Alberto Hernández rinde a Borges el
homenaje que todos los días repetimos y desarrollamos in mente y
que muchas veces conversamos, pero no materializamos. Porque Jorge
Luis Borges es como un Virgilio que nos guía siempre, no solo con su
sabiduría y su erudición, sino muy enfáticamente con su modo de mirar
la vida, de otorgarle valores sólidos a lo invisible, a lo intangible, a la
imaginación.
Decir ceguera es llamar a Borges, es invocar al libro y anunciar la
poesía. También es de agradecer la existencia de un poeta nuestro: Alberto
Hernández.
[i] Poemas ciegos: borgeanas, Alberto Hernández, Ediciones Pavilo, Venezuela, 2025.
[ii] Pulido, José. Poeta y narrador venezolano, miembro de la Academia Venezolana de la Lengua por el Estado de Aragua.





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