Explanada Haroldo Conti/ Héctor Fabiani
El16 setiembre 2026, se restituyó en el espacio público, la placa de la Explanada Haroldo Conti, frente al Centro Cultural Viejo Mercado de Río Cuarto (Córdoba), y próximo al Monumento a los Desaparecidos durante la Dictadura militar argentina (1976-1983), en la esquina del Concejo Deliberante de la ciudad.
Preservación de la memoria
Por Daila Prado
La explanada del Viejo Mercado a llamarse, en 2009, de Haroldo Conti y al mismo tiempo, con idéntica importancia y pertinencia, se colocó la placa conmemorando a Héctor Guerino Fabiani Gentili, que vivió y actuó como trabajador de la cultura en nuestra ciudad. Hay testimonios de amigos y compañeros que no conocieron Río Cuarto, que refieren a Héctor mencionando a la ciudad mediterránea, antes frontera sur del territorio, como su lugar en el mundo, de lo que inferimos que aquí fue feliz, porque así valoramos
nuestra pertenencia y arraigo: aquel lugar donde hubo felicidad. Donde hubo futuro.
Ahora, por qué el nombre de Héctor Fabiani está ligado al de Conti desde el pasado y hacia el porvenir. Haroldo Conti resplandece, es famoso; a su lado, porque eran pares, Héctor hasta parece algo contenido, sin embargo es una presencia que nos mira desde todas las ventanas, incluso las tapiadas. Un hombre que acompaña la vida comunitaria desde todas las esquinas de este enclave sureño. Y sobre todo es un hombre íntegro que se abraza con Haroldo Conti en vida y obra y militancia y aún se abrazan ambos en el último minuto de libertad que respiraron en esta patria querida y herida. Lucharon desde las ideas y la palabra, artística, cultural, educativa. Plural, comunitaria. Trabajo, vocación, entrega, coraje, hermanados por un sueño y por la muerte que venció con la cruel potestad de la violencia. Dos vidas que debieron ser mucho más largas y más productivas. Ambos pudieron exiliarse, al menos intentarlo; se negaron. Héctor y Haroldo permanecieron a defender sus ideas en el mismo suelo donde nacieron, y con la misma gente.

Con honestidad digo que no sabía casi nada de Héctor Guerino Fabiani Gentili, y nada acerca de la relación que hubo entre los dos. Por eso agradezco tanto a quienes me invitaron, Juan Muzzolón y Diego Formía, desde la representación de respectivas entidades; conocer siempre es el paso anterior que sostiene la memoria. Héctor y Haroldo eran provincianos, ambos, y se les notaba. Haroldo de Chacabuco, Héctor de Bahía Blanca. Se les notaba porque nunca abjuraron del interior.
La literatura de Conti resalta ambientes rurales, campesinos, atravesados vitalmente por la naturaleza y el entorno, el Paraná, las islas, amaba el Delta y también reconocía allí al interior, marginal/marginado. Es interesante esta provincianía declarada de ambos, ya que respondió y responde a una fuerte concepción ideológica, latinoamericana y federal. María Escudero, fundadora del Libre Teatro LIbre, expresó recientemente: “porque la creación innovadora colectiva surge en el interior de los países, no en las capitales. Después llega a las capitales, y anida allí”.
Cuando Héctor Guerino deja Bahía Blanca se instala en Río Cuarto, el interior; amó esta ciudad. Hizo teatro en el efervescente ambiente social y político de la ciudad, 1970. Era brillante, según recuerdos de actores y directores. En 1968 a los 25 años, ya estaba afiliado al Partido Revolucionario de los Trabajadores PRT. La dictadura de Lanusse lo mandó a la cárcel durante unos meses. Viaja a Chile y allí conoce a Libre Teatro Libre que andaba de gira, entonces comienza Fabiani a ser nexo importante entre el partido y el teatro, comunicando el ala política y la cultural, y en esa intersección , una forma nueva y revolucionaria de concebir arte y la cultura. Regresa a Río Cuarto y pronto debe marchar, se va a Córdoba para despistar y en la capital se reencuentra con Libre Teatro Libre, nacido en la Universidad de Córdoba entre docentes (María Escudero) y alumnos, un concepto comunitario y amplio que viene de la mano del espíritu del Cordobazo (1969) e impulsa la renovación en las artes, la propuesta era, el sueño era: creación colectiva y experimental. No había aplauso personalizados, autores ni actores ni actrices protagónicos porque todos lo eran.
Recapitulemos: adónde estaba Haroldo Conti mientras Héctor Guerino pasa a Córdoba
y se hace uno más de Libre Teatro Libre. Haroldo, mientras tanto, daba a conocer: “En vida”, novela premio Barral, y venía de haber publicado una pieza de dramaturgia en 1956, a sus treinta años ya vemos un autor orientado hacia el teatro (cuando estudió para seminarista en Don Bosco, integraba un grupo vocacional de teatro). También Haroldo -que vivía en Bs As- contacta con Libre Teatro Libre y emprende un viaje a Córdoba para conocer in situ a los hacedores del grupo y sus frutos. Ahí se encuentran por vez primera Haroldo y Héctor, en Córdoba, sabiendo ya que ambos militaban en el PRT, y que tributaban al partido desde la Comunicación y la Cultura.
Haroldo gana el Premio Casa de Las Américas, viaja a Cuba, se encuentra con Fidel. “Mascaró” es su novela más lograda y es la que le cuesta la libertad y la vida, “Mascaró” es un viaje hacia un nuevo mundo apelando a la conciencia revolucionaria de los personajes. Domina una herramienta poderosa y escurridiza como las palabras, la poesía, las grandes metáforas, alegorías y simbolismos.

Por supuesto que ambos tenían su norte, como tantos otros en esos años, en Cuba, en Fidel, el Che y la revolución. El Hombre Nuevo. Creían fervientemente. Imposible para
ambos no abrazarse como se abrazan los iguales, los destinados, aunque no lo supieran
(pero quizá lo sabían). Haroldo Conti escribe una crónica preciosa en la Revista Crisis
llamada “El final del camino”, en la que cuenta con detalles entrañables ese viaje a Córdoba, y lo que representa en su vida y en su obra, que para él eran la misma cosa. Y es totalmente reconocible para quien guste relacionar, la significación que tuvo ese viaje y el contacto con Libre Teatro Libre, ya que “Mascaró, el cazador americano” refleja la vida de un circo trashumante, que quiere cambiar el mundo. “Hacer las cosas más bellas que el adversario”, sostenía Haroldo, al que no le interesa la literatura explícita y creía que para vencer a la derecha capitalista había que hacer las cosas mejor que ellos.
¿Y Héctor Guerino? ¿Dónde andaba mientras Haroldo alumbraba esa novela? Héctor Guerino ya iba cambiando de domicilio, de nombre; ya andaba a los saltos tratando de escapar de la Triple A.
Roberto Videla, de Libre Teatro Libre (falleció en 2025, era también provinciano
de Mendoza), cuenta en una entrevista que Héctor y él fueron muy amigos y lo recuerda como un tipo cálido, con mucho humor, brillante en lo suyo, la escenografía sobre todo, cuya técnica había estudiado en el Teatro Colón durante dos años. Bueno, ahí los tenemos a los dos, Haroldo y Héctor, ya en Buenos Aires, compartiendo lugares imprescindibles en la revista “Crisis”, trinchera cultural, Haroldo desde el periodismo y Héctor presidiendo la sección Cultural que por supuesto nunca dejó de estar hermanada con la pertenencia política e ideológica de la revista.
El 5 de mayo de 1976 tocó otoño, claro; sin embargo, el invierno de ese año ya había comenzado. Y sería el más gélido y deshabitado e inhumano de la historia argentina. Ese día, esa noche deshabitaron, desabrigaron a cinco personas vivientes, crecientes y numerosas. Los adultos eran escritores, dramaturgos, periodistas. Considerados de alto riesgo, seres peligrosísimos…
Esa noche de mayo Héctor Guerino queda al cuidado de los pequeños hijos de Haroldo y su pareja, Marta Scavac: ellos han ido al cine. El Batallón 601 de Inteligencia invade la
casa, golpean y amordazan a Héctor Guerino Fabiani Gentili, y luego reciben a la pareja.
Se llevan a Héctor y a Haroldo, después de robar lo que encontraron, hasta las más ínfimas
pertenencias: vulgares ladrones, rateros, criminales.
Ese fue el último respiro de libertad que compartieron ambos hombres, al mis2”mo tiempo.
Sin capucha, lo que significaba una condena a muerte, miraron por última vez el cielo
estrellado de la patria, y entraron en carne viva a los sótanos de la derecha, donde la cobardía se disfrazaba a veces, de obediencia.
Dicen que los vieron en El Vesubio. Pidió por ellos ante Videla, Osvaldo Ratti, presidente de SADE Buenos Aires, delante de Videla. También se jugaron por él Jorge “Turco” Asís, Julio Cortázar, Vicente Zito Lema (de Crisis), Ernesto Sábato, el padre Castellani, quien dijo: mi amigo y ex alumno en el Seminario. Pidieron por él, por su vida, su ubicación.
Dicen que los vieron en El Vesubio. Dicen. Los huesitos de Héctor Guerino Fabiani fueron reconocidos por el Equipo de Geología Forense comandado por el doctor Sagripanti, UNRC. Huesitos que aún no fueron hallados de Haroldo Conti permanecen brillando en una oscuridad inmerecida, pero conservan su aura que late por un país mejor.

Así los traemos al presente comunitario de Río Cuarto. Así y también volviendo a leer el
señalador forjado en hierro -como las ideas- con texto de Antonio Tello:
“¿Cómo ser libre sin entregar la vida? A. T. – Héctor Fabiani 01/06/1943 – 20/06/1976”.
Cada vez que una persona mire y lea las placas será, otra vez, el presente, la inmediatez, el hoy de estos dos artistas que encarnan la consigna: NUNCA MAS.
Para escribir la vida, siempre
Por Juan Muzzolon[i]
La restitución de la denominación en la placa, no solo identifica un espacio público, sino que también sostiene la Memoria. Desde la mirada de los Derechos Humanos, la simbología siempre se ha recuperado a través de los nombres de nuestros Detenidos Desaparecidos. En este caso los nombres de Haroldo Conti y Héctor Fabiani que además ya nos resultan inseparables, en este 16 de septiembre también contribuyen a la idea de que “los lápices sigan escribiendo”.
Porque sus nombres aportan y enriquecen nuestro patrimonio cultural, la elección de la fecha para restituir la placa de la Explanada y a su vez homenajear a los compañeros, tiene la intención de ligarlos al protagonismo que durante 50 años han asumido nuestras juventudes políticas con la denominada “noche de los lápices”.
Por otra parte, ya sabemos que la dictadura genocida procuró controlar, clausurar o silenciar las expresiones culturales. Al final de cuentas el proceso genocida trata de destruir total o parcialmente una identidad cultural para imponer la identidad del opresor. Y ese fue el proceso que sucedió transformando el ámbito cultural en un campo de batalla y también en una preocupación estratégica; preocupación que paradójicamente hoy se vuelve a repetir.
Desde que comenzaron los allanamientos, persecuciones y detenciones políticas aquí en Río Cuarto a partir de la declaración del Estado de Sitio a fines de 1974, también se secuestraron libros por ser “sospechosos”; por lo tanto, en aquellos tiempos, a algunos de ellos los leíamos a escondidas.
En el año 1975 cuando los servicios de inteligencia del estado (SIDE), declararon a la obra de Conti, “Mascaró el cazador americano”, como de una peligrosa simbología; a decir verdad no nos enteramos de esa resolución y sin embargo y por ese clima de época que sentíamos, enterrábamos libros en latas de galletas para poder preservarlos.
Finalmente, no sabemos a ciencia cierta cuando comienza un proceso genocida, pero sí sabemos que puede acabar con exterminio. Aquí en Río Cuarto también desaparecieron libros. A orillas del río después del año 76, quemaron libros de la Universidad Nacional de Río Cuarto. Quemaron los de Paulo Freire, por ejemplo. Y en 1980 en un baldío de Sarandí en Buenos Aires, quemaron 24 toneladas de libros. La anécdota cuenta que los libros “se negaban” a arder, entonces los militares los rociaban con nafta. La fogata duró tres días, y los mismos militares se ocuparon de documentar con fotos y filmar la escena dantesca. Al final de cuentas, el genocidio también trata de introducir el miedo, aterrorizar. En consecuencia, los escritores, los poetas, los artistas y pedagogos; pasaron a ser considerados como potenciales subversivos, o terroristas como gusta decir ahora.
Conti y Fabiani antes de sufrir la desaparición forzada sabían de estos peligros y decidieron resistir como buenos militantes de la cultura que eran. Algo así como intelectuales orgánicos de la cultura.
Hay una carta que Conti envía al poeta cubano Fernández Retamar, donde le cuenta que “un amigo” militar le dice que la SIDE estimaba eliminar alrededor de 30000 personas (textual) y que su casa era algo así como un “aguantadero” donde se refugiaba un cordobés de Libre Teatro Libre que estimamos que era el propio Fabiani.
Lo cierto es que al momento del secuestro de Conti y de Fabiani en casa de Conti, los militares del 601 luego de revolver y romper como nos acostumbraron los allanamientos, respetaron el escritorio de Conti donde su máquina de escribir se encontraba “custodiada” por la Virgen de Lujan y en donde había un cartel escrito en latín cuya traducción era: “este es mi lugar de combate, y de aquí no me van a mover”, confirmando de esta manera su determinación de resistir.
Otro tanto ocurría con Héctor Fabiani que estando en Chile con Libre Teatro Libre, ocurrió el golpe de Estado que derrocó al presidente Allende y tuvo que salir de Chile a través de la embajada sueca para luego retornar de su exilio a la Argentina y seguir con su tarea comprometida de resistencia que era nada más ni nada menos que seguir trabajando.
Frente a las amenazas recibidas y, por otra parte, frente a los ofrecimientos de algunas Embajadas para marchar al exilio, Haroldo Conti guardaba silencio. Sin embargo, en algún reportaje supo decir en relación a su enorme fe en las luchas del pueblo, una justificación profundamente humanista que está grabada en la placa que identifica la Explanada con su nombre: “porque yo todavía creo en el hombre”.
En definitiva… y porque su nombre exige Memoria para nunca olvidar, es necesario que sepamos que los centros clandestinos de detención, que las prisiones y los grupos de tareas; tuvieron una infraestructura cultural y educativa de su misma concepción.
Finalmente, y haciéndonos de las palabras de su hijo Marcelo al decir de su padre Haroldo Conti, “que no necesita ayuda porque camina solo, sin ayuda de nadie, porque sigue hablando a través de su obra”, y es por eso mismo es que hay que seguir “escribiendo la vida” porque, además, los libros son para conocer a las personas y cambiar al mundo.
[i] Juan Muzzolon, exmilitante del PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores), sufrió cárcel y tortura durante la Dictadura.




