Memorial de los caminos,[i] de Teuco Castilla
Por Ana Guillot[ii]
Un memorial, dice el autor. Un documento que reúne memorias, por lo tanto. Busco entonces: memoria. Y leo: 1) codificación: registro inicial de la información a través de los sentidos; 2) almacenamiento: retención de los datos en el cerebro para el uso posterior; 3) recuperación: capacidad de evocar o recordar la información guardada. Y se precipita la pregunta: ¿en qué momento de este proceso, en qué secuencia de la evocación se filtra lo poético para escribir un libro? Porque hay muchas maneras de recordar (si es que logramos recordar, insinuaría Juan José Saer) y, evidentemente, aun aceptando la posibilidad, no siempre evocamos ni nombramos poéticamente. Pero Teuco es Teuco. Y entonces también sé que, desde el “registro inicial” hasta la “recuperación”, la poesía ha estado y estará siempre presente. Nos encontramos, pues, ante un hombre que observa, clasifica, siente y respira de ese modo. Puedo imaginarlo, en pleno viaje y ya vislumbrando, buscando la textura, oliendo el paisaje, sellando un pacto de reciprocidad con el mundo y sus facetas. La magia y el deslumbramiento, que ya nombré alguna vez[iii], están siempre ahí, absolutamente presentes, en este verdadero alquimista de la palabra.
De los caminos, agrega. Y sí, en este libro hay rutas, desplazamientos, llegadas y partidas, y todo tipo de experiencias. Y si la vida es como un viaje, ¿cómo no pensar de inmediato en Ulises[iv]?, ¿cómo no percibir que este es también, y sobre todo, un “viaje del héroe” en el que la experiencia exterior no sólo convive con la interior, sino que dicha experiencia hará que el viajero vaya mutando, percibiendo y auto percibiéndose a sí mismo a pura transformación. Ítaca o destino o conciencia superior que lo guía y modifica continuamente. Y también al lector. Esa es la meta.
El libro incluye varias de sus obras (siempre de viajes, obviamente): 1) “Baniano”, 2) “Libro de Egipto”, 3) “Bambú”, 4) “Coirón”, 5) “Guarán”, 6) “Durián”, 7) “Tiempos de Europa”, 8) “Viento Caribe”, 9) “Ngorongoro”, 10) “La última piel del mundo” y 11) “Jerusalén, el tigre de dios”. Once libros. Imposible soslayar este número cabalístico. Sería una delicia para Jorge Luis Borges buscar más adentro, internarse en estos laberintos pitagóricos. Por eso voy al diccionario de símbolos [v]y me sorprende la ambivalencia de la cifra, pero me quedo con una de las acepciones, la que lo asocia a la Divina Comedia y a la conjunción del 5 y del 6: micro y macrocosmos, cielo y tierra. “Once es el número por el cual se constituye en su totalidad la vía del cielo y de la tierra. El número del Tao”. Me gusta. Por acá sigo. Esta travesía está llena de señales (casualidades o causalidades, qué más da) que muestran a esta cifra como el origen y flujo constante que mantiene el equilibrio en el cosmos. Ligada además a la dualidad si sumamos (1+1=2); por ende a la dialéctica y a la búsqueda del equilibrio que, ya lo sabemos, siempre será inestable. Podemos inferir, pues, que el autor parte desde esa dualidad hacia el encuentro consigo mismo hasta poblarse completamente y ser, entonces, un enorme contemplador del mundo y de lo que ocurre en el mundo. Dice Xavier Oquendo Troncoso en su prólogo (imperioso, indispensable, absolutamente certero) que “El poeta viaja por el mundo, pero también por las capas de la memoria, por las huellas de lo sagrado y lo profano, por la conciencia de estar siempre de paso.” “Cartografía poética” lo llama y yo acuerdo y siento que no puedo agregar nada más. Pero entro en el juego, en las palabras y las experiencias, y me dispongo a acompañarlos.
Los paisajes difieren, pero en todos ellos el autor, lo dije, busca y se busca en un cosmos amplio y absolutamente variado y variable, en el que no deja de observar decrepitudes y desasosiegos también. No se trata de un viajero absorto sólo en la belleza. Más bien se percibe como un viajero en busca de la Belleza (que “envenena a la víbora” y que exige “hasta un salto al vacío”) con la conciencia de no poder abarcarla y, por momentos, ni siquiera distinguirla tal vez. El universo es un animal que deslumbra, pero también que fagocita y se autofagocita. “… lo infinito cabe en el rayo/ de una imagen que se pierde” dice. Estamos, pues, en el reino de lo efímero, pero en busca de cierta eternidad, de cierta esencia, de algo perdurable… ¿lo habrá? “Todo extinguiéndose para salvarse”, nombra. Y así es.
Dioses y humanos conviven, se alimentan o degluten (hay hasta padres que matan hijas, como Agamenón a Ifigenia). Habrá que animarse de todas maneras. Habrá que obstinarse en la luz, pero, al mismo tiempo, incorporar la sombra (diría Jung). “Sólo quien reconoce su otro animal/ resiste lo sagrado”. Cuevas, árboles, lluvias, selvas y pueblos, divinidades que se metamorfosean, peces y pájaros y hombres y bestias feroces; todos en todos, como una emanación, como una consecuencia… ¿que incluye la transmigración de las almas?, me pregunto. No hay respuestas taxativas y el paisaje es tan amplio como la poesía del autor. Todo imanta y desimanta (o se desimanta). Enumeraciones, imágenes continuas (y tan elocuentes), metáforas (alucinantes y alucinadas, impecables, tremendas): “Ahora el sacerdote es un reptil”), antítesis (“El río se desierta”, “… era un anciano el niño,/ el viejo un escarabajo”), conclusiones que en el fondo no lo son (“Lo inmortal es la incertidumbre”), desplazamientos que forman a su vez un nuevo poema, sustantivos que se nombran como verbos (“arbolar”, “escombrar”, “libelulando”, “babelizar”, “se naranjan”, “difuntarse” al referirse a la madre). También palabras étnicas y específicas de cada lugar, o dedicatorias que nos incluyen en este viaje carnal y surrealista a la vez. Espacio y tiempo trastocados, animales mitológicos, y lugares arquetípicos y conocidos mientras “el agua juega a que es el agua”.
“… para cruzar el infinito/ hace falta una infancia” … y acá vamos: caminando junto a Ulises pero también creciendo y decreciendo como Alicia[vi], venciendo al cíclope e incorporando experiencias hasta llegar a destino. ¿Cuál destino?, ¿lo hay? El viaje es individual. Cada uno de los lectores tendrá su propia respuesta… “Recién entonces/ lo que queda de uno/cicatriza” … aunque no cicatrice el mar, señala en “Bambú”. Teuco bebe el dolor y la disolución, pero los integra y eleva, los sacraliza: “hasta que todo se vuelve innumerable”.
Él mismo sostiene que “todo esplendor devora” y, aún así, el lector siente que ser devorado no implica tal vez desaparecer, sino más bien penetrar esa matriz que contiene y que excede, a la vez, lo creado: “Solito se prende fuego el monte. / Hasta que no queda nada. Sólo una flor/ la del incendio” o “A veces/ por un golpe de visión/ pierde su naturaleza/ el que va caminando” o “Nada permanece, / hasta el caos se destroza/ antes de tocar la tierra”. Pero continúa y continuamos junto a él. Ítaca está lejos todavía. O tal vez ya hemos llegado y no nos dimos cuenta.
Parece interesante también detenerse en la ambivalencia que genera al elaborar los poemas: sabemos que él es el viajero, que está ahí, penetrando y mimetizándose con el paisaje pero tiene, simultáneamente, algo de espectador. No se trata de un poeta autorreferencial, que tamiza todo sólo en sí mismo; más bien parece un cronista, alguien que va contando, enumerando, describiendo. Y, sin embargo, él está en todo de la misma manera que ese Todo lo habita a él. Hasta el tsunami. “No deja un solo hueco el universo”. Su ojo detenido en la devastación del hombre para con el hombre y, en consecuencia, con la devastación del mismísimo universo (“bomba de tiempo”, “poder”, “corrupción”, “terremotos”, “abismos”, “cadalsos “…que cada hombre del futuro/ no olvide que debe/perder la memoria”).
El “vértigo de todo lo increado” nos convoca. Pulsa también desde algún lugar. Entonces Ítaca parece desplazarse, aparecer y desaparecer, ser ruina o fortaleza. Todo cabe en este tránsito “porque el destino no cesa aunque se acabe el mundo” y existan mundos paralelos o árboles que se vuelven jirafas. En el último libro “Jerusalén, el tigre de dios” sintetiza: “…seguimos caminando/ encerrados/ como antes del principio”. Entonces sabemos que Ítaca está, ha estado en él y con nosotros todo el tiempo. Que lo azuza y lo convoca, que se escapa y vuelve a insistir. Ítaca es el camino. Siempre nuevo y siempre perdurable. Él es Ítaca finalmente.
“En 12 letras están todas las formas/ en 4 el Nombre/ y en el Aleph la unidad del Creador”. Entonces era cierto: Borges reaparece (quizás nos ha venido acompañando desde el principio) y las cifras revelan, sostienen, intertextualizan estos poemas deslumbrantes, mágicos y apocalípticos a la vez. Que la paz vuelva, pide. “… que sea la luz/ el último grito de salvación del mundo”.
Finalmente “Nada hace pie/ nada ha llegado/ y el universo sucede/ antes/ de su instante.” Nuevamente este autor ha logrado aunar metafísica y poesía, historia y creencias, geografía y materia. Y siempre magia y siempre deslumbramiento. Silencio entonces. Y gracias Teuco por tu voz, única, irrepetible.
[i] Memorial de los caminos, Leopoldo Teuco Castilla, Eudeba, Buenos Aires, 2026.
[ii] Guillot, Ana. (Buenos Aires,1953). Profesora en Letras, ha ejercido la docencia secundaria y universitaria. Actualmente coordina el taller literario Tangerina, y dicta seminarios de literatura, mitología y literatura oral en el país y en el exterior. Ha publicado libros pedagógicos, seis poemarios, cuatro antologías personales y una novela (“Chacana”, 2012). También el libro de ensayo “Buscando el final feliz (hacia una nueva lectura de los cuentos maravillosos” (2014) y “Leopoldo “Teuco” Castilla. Magia y Metafísica, Silencio y Deslumbramiento” (2025).
[iii] Guillot, Ana. “Leopoldo Teuco Castilla. Magia y Metafísica, Silencio y Deslumbramiento”. Vinciguerra, Hechos de Cultura y Fundación Argentina para la Poesía, 2025.
[iv] Homero. “La Odisea”.
[v] Chevalier, Jean y Gheerbrandt, Alain. “Diccionario de símbolos”. Herder, Barcelona, 1995.
[vi] Carroll, Lewis. “Alicia en el país de las maravillas” y “Alicia a través del espejo”. Alianza Editorial, Madrid, 2010.





Siempre lúcida tu mirada, sobre el trotamundo fluir de la inmensa poética de Teuco.
Te abrazo desde Córdoba
Felicitaciones querido Teuco por tu obra y trayectoria y a la querida Ana por su acertado y muy buen trabajo que la registra