ABALLAY[i], de Antonio di Benedetto

Por Rubén Padula

INTRODUCCIÓN

    Cada obra literaria, todo texto que esa calificación merezca, necesariamente nos interpela, nos conmueve. Y la obra de este autor que hoy nos convoca, cumple con esta ley no escrita.

    De entre toda la producción de Antonio Di Benedetto, el otro Antonio, el repatriado nuestro, me propuso, primero, hablar de un cuento formidable: “Caballo en el salitral”, como podríamos haber tomado “El juicio de Dios” o atreverse con “Zama”. Acepté la invitación y Antonio percibió mi entusiasmo y cierta conmoción por la escena final en el salitral con la muerte generando vida: “No importa, porque la madre ha encontrado nido hecho donde alumbrar sus huevos. Como una mano combada, para recibir el agua o la semilla, la cabeza invertida del caballito ciego acoge en el fondo a la dulcísima ave. Después, cuando se abran los huevos, será una caja de trinos.”

   A pesar de ello, no tardó en sugerirnos, entre comillas, hablar de “Aballay”,  tal vez  por su gestación en la cárcel y su publicación en el exilio,  o por ser el más conocido que hasta película tiene.

   Un cuento que tenía olvidado, o mejor, no le había prestado toda la atención. Como nos ocurre con frecuencia, nos quedamos con la lectura superficial, con el texto exterior, lo anecdótico: un hombre que decide pasar el resto de su vida sobre un caballo. Vuelto a leer, un cuento largo, nos obliga a meternos hasta el barro en las motivaciones de ese hombre-caballo, de ese escritor-penitente, de la fusión hombre-escritor, no como confesiones autobiográficas, sino como una  interpelación a nuestra condición humana.

   Me hubiera gustado conocerlo. Pude haber compartido la prisión. En el periodo de su encierro, yo estaba en Sierra Chica. Cuando llego a La Plata, él ya estaba en el exilio. Naturalmente, supe de él en los corrillos carceleros, por aquí anduvo un tal Di Benedetto, escritor, mendocino, que nos doblaba en edad a la media subversiva.

Pensé que hubiera sido mucho más interesante leerles íntegramente Aballay. Les ahorraría esta exposición y volveríamos a nuestras casas satisfechos. Pero se trata de dar una mirada sobre el texto, que nos obliga a ir un poco más allá, a encontrarnos con otros registros de esta prosa excepcional, a adentrarnos en la vida de Di Benedetto, un renegado de las luces de neón, de las academias, y que nos dejó en algunas entrevistas las motivaciones de su ser escritor.


  Referirnos a Aballay  requiere  necesariamente recorrer la entera producción de Di Benedetto en su diversidad de registros.

Se lo señalará como ecléctico, inclasificable, tal vez por eso brille con luz propia. Un escritor difícil, raro, estilizante.  Se lo reconocerá con premios y traducciones, pero sus libros no tendrán idéntica cantidad de lectores, aunque hayan sido consagrados fronteras afuera y referenciados puertas adentro. Y luego, por no ser de la urbe capitalina, porque no tuvo que hacer escala en Buenos Aires para aterrizar en Europa y luego, por ser preso de la dictadura y exiliado, recaerá sobre él el olvido, la no existencia, casi casi como un desaparecido. Después de su muerte vendrán los tardíos homenajes de los desmemoriados, como casi siempre ocurre.

Es justo reconocer que, en estos últimos años, su obra está saliendo del ostracismo, con la reedición de varias de sus novelas y cuentos, por editorial Adriana Hidalgo Editora. Sin embargo, por las librerías poco se sabe de él.

Tal vez fue un mero azar que la última palabra de “Sombras nada más”, su último libro, haya sido olvido, quizás porque no entró en los cánones de quienes consagran la literatura.

Pero hablar de Antonio di Benedetto es hablar de Diego de Zama, de los personajes de El Silenciero,  Los suicidas,  del Juicio de Dios, de Emanuel, el personaje de  Sombras nada más, de Aballay. Es hablar de la escritura como pulsión  irrefrenable, como camino para expurgar sus fantasmas. Cada tema es una obsesión del escritor; claro, no es pura confesión, un vómito, un llanto. Con precisión quirúrgica, con armonía musical, como un orfebre de la palabra, escribe. A la hora adecuada, con el registro de voz que requiere la historia, con el lenguaje que exige el momento, con la forma que reclama el tema.

BIOGRAFIA Y OBRA

Nace en Mendoza, el 2 de noviembre de 1922. Director del diario Los Andes hasta su detención en marzo de 1976, obligado al exilio en diciembre de 1977, regresa en 1985 y muere el 10 de octubre de 1986.

Respecto al día de su nacimiento dirá: “Esa nominación religiosa que corresponde al Día de los Muertos me ha acompañado con una fidelidad absoluta. De modo que me crea dudas a menudo sobre mi existencia”.

“Soy argentino pero no he nacido en Buenos Aires. Nací el día de los muertos del año 22. Música para mí, la de Bach y la de Beethoven. Y el Cante jondo. Bailar no sé, nadar no sé, beber sí sé. Auto no tengo. Prefiero la noche. Prefiero el silencio”.

Casi toda su vida transcurrió en Mendoza y allí escribió la mayoría de su obra. Rehuyó de las luminarias de la literatura ni quiso figurar ni  escribir con la temática o formas de la moda. Siempre desde lejos, y desde adentro.

 No encaja con comodidad dentro de las corrientes estéticas o modos narrativos y se sugiere que su literatura es experimental. El procedimiento narrativo en sus primeros relatos como “El abandono y la pasividad” o “Declinación y Angel” lo colocan como un precursor del objetivismo y relacionado con los modos narrativos del cine. Por sus tres novelas principales –Zama (1956), El silenciero (1974) y Los suicidas (1979)–  se lo acerca a la narrativa existencialista de Sartre en La náusea y al Camus de El extranjero. Y por aquí, se lo relaciona con Arlt y con Borges como un puente entre ambos.

La variedad, la aparente heterogeneidad de su obra se de a que cada una es vivida como  momento único e irrepetible. Cada texto requiere su método particular para trabajarlo. “Cada historia merece su propio discurso. Yo trataba de buscar cada vez una forma distinta. Y eso me vino de un gran cansancio porque algo me marcó leer a Balzac y haberme empalagado. Y dije: la literatura no debe ser así, debe cambiar ante todo. Y yo también debo cambiar de libro en libro. Y lo fui intentando”.


CUENTOS Y RELATOS

Un rasgo de sus antologías es el manejo de la obra breve, relatos de una o dos páginas de extensión, profundos e intensos.

En 1953, a los 31 años, publica “Mundo Animal”, con premios y alabanzas, pero no lectores. Cuentos inquietantes, transmutaciones de animales en humanos y viceversa. Nos habla de la deshumanización de las relaciones, de la destrucción de valores, del sentido de la vida, de la incertidumbre del futuro.

En 1954, con Anabella, serie de cuentos que funcionan como espejos, de lectura exigente, adquiere el calificativo de raro, indescifrable.

NOVELAS

«Las tres principales novelas de Antonio Di Benedetto, ‘Zama’, ‘El silenciero’ y ‘Los suicidas’, por su unidad de estilo y su temática , conforman una trilogía y considerada como un momento culminante en la narrativa castellana.

El 1956, publica Zama, dedicada a las víctimas de la espera.  Escrita en un encierro voluntario de varias semanas, es una novela de pérdidas, de fugacidades, de constantes fracturas, escrita en un castellano con sabores antiguos. Narra la angustia de Diego de Zama, un funcionario de la corona española que, en 1790, espera en Asunción del un traslado a Buenos Aires que nunca llegará y termina hundido en la degradación física y moral, la pérdida de sentido, como una representación  del destino sudamericano y por extensión el de la humanidad.

Es su obra máxima y la puerta de entrada y piedra de toque de toda su producción.


El silenciero es un hombre acosado por los ruidos de los que trata de huir de las formas más delirantes. “Excluir los ruidos parásitos, los ruidos mecánicos, los que mortifican la cabeza del hombre y perturban la línea de pensamiento y acción”.

Los suicidas pone en escena a un periodista que investiga tres suicidios que remueven su propio pasado. Di Benedetto dirá:
«Este libro es bastante franco sobre este tema (los suicidios en su familia) y hay un capítulo que narra lo que sucedió con mi abuelo y mi primo. La lucha entre el abuelo y el nieto por la misma mujer».

En las tres novelas, la espera, la búsqueda y la angustia, no concluyen, se suceden sin solución de continuidad.

ANÁLISIS DE SU PROSA

   La prosa de Di Benedetto es considerada como una de las más originales, con un estilo propio, reconocible. Una prosa bella, sin frases gratuitas, que sugieren, que representan,  con la pretensión de plasmar una frase perfecta. Con un estilo seco, depurado de ripios, con un obsesivo trabajo sobre el párrafo hasta decir lo esencial donde lo no dicho adquiere valor propio. “Siempre me preocupó escribir bien y con claridad.”

“Mi método de trabajo consiste en pensar un párrafo, descomponerlo en frases y, luego, repitiéndolos en voz alta para percibir las cadencias que les he impuesto, corregirlas para que tengan una adecuada sonoridad, pensando cómo lo van a resultar al lector (…) A veces trato de establecer una prolongada melodía. Como la melodía central de una composición armónica. Otras veces, no, pero siempre me esmero para que las frases y las oraciones tengan una construcción armónica y, si es posible, con cadencia”.

Es para leerlo no solo por sus contenidos sino por sus musicales formas: “Percibir las cadencias, la adecuada sonoridad, una prolongada melodía” “La belleza, la intensidad, el dramatismo o el agonismo que se ha puesto en cada pensamiento: Eso es literatura.”

“Por lo común tengo listas las ideas y hasta las frases antes de escribir. El único tropiezo es que a veces lo pienso tanto y, como tengo mala memoria, me olvido en el momento de escribir.”

Las fuentes de su creación combinan la muerte temprana de su padre, los relatos de la madre y sus lecturas desde niño. «Mi padre era severo, enérgico, y se retiró de mi vida cuando yo era un niño de 10 años. Me dijeron que fue de muerte natural, pero yo esa noche escuché una explosión».»Yo creo que aprendí a contar gracias a mi madre porque de niño ella era muy animadora de las noches y se dedicaba a contar cosas de mi sufrida y aventurera familia.

 Las experiencias de vida y las lecturas necesitan la decantación del silencio. La noche depura las vivencias del día. Serán el aislamiento y el silencio sus constancias: “Necesito de la vida, pero luego debo retirarme para elaborar en soledad mis vivencias”. “Para hacer literatura siempre necesité estar metido en mí mismo”, entendiendo la literatura como una tensión entre la comunicación y el silencio.

En toda su obra se trasunta su sentido dramático, angustioso de la vida, el absurdo gobernando la existencia. El tiempo de la espera, lo vano de algunos hechos, el inútil esfuerzo por superar las obsesiones. Sus personajes son los escindidos que solo aguardan, con el peso del fracaso, un reflejo del sufriente andar del hombre. Errantes por espacios que ahogan. Soledad, desgarramiento, marginalidad, desesperación.

“En todos mis libros hay una preocupación ética”, nos dice. La buena literatura es agónica, sincera, es la que enfrenta a la gente consigo misma con entereza, con lealtad”.

Hay una relación directa entre la creación literaria y la vida del escritor. La literatura es el camino que tiene para expurgar sus falencias, sus desgarramientos. Uno tiene que darle la palabra al hombre, a Di Benedetto. Escribe para huir de su vida atormentada, siente que ha sido maltratado, busca la soledad,  expurgar el mal del mundo, saberse malo y someterse a una penitencia. Los sueños y  lo fantástico, son otras formas de escaparse, o de consolarse. Los sueños y lo fantástico ahogan pero no matan.

La obra y la vida de Di Benedetto manifiestan una notoria unidad. Sus personajes  principales son él, en la desesperación de la espera, la desprotección, el fantasma del suicidio, los sonidos que exasperan, el absurdo como presencia cotidiana, culpa, confesión, obsesión, sueños y fantástico alejamiento de la angustia del vivir, juzgado por culpas equivocadas no por sus  culpas verdaderas de amor, desamor y vanidad. Podríamos creer que su literatura es realista y no comprenderíamos la diversidad de registros y formas, el imposible  encasillamiento.

Tal vez, en esta confesión se pueda apreciar la visión del hombre y del mundo de Di Benedetto: “Yo creo que el hombre no es naturalmente bueno, las necesidades, el afán de descollar, hacen que use armas innobles. Si se porta bien es por obligación de la sociedad. Adentro suyo sufre, se tortura. Por eso necesitamos la confesión. Nos rodean oídos sordos. La confesión busca sacar el veneno que tenemos adentro, busca el perdón. El que solo puede dar la madre.””La otra alternativa de confesión la da el amor en pareja, que quizá sea la única salvación del hombre en sociedad”.

“Somos máscara, falsedad, simulación. Todo lo que tenemos que inventar para que los demás sean y nosotros seamos.Yo invito a cada ser, a cada hombre, a que grabe sus palabras y sus pensamientos, desde que su mente se despeja por la mañana hasta que se reposa. Invito a que se vigile, se analice. Verá cuántas maldades, juegos, intereses ha puesto en acción para sobrevivir ese día, es decir, no la eternidad sino una miseria de veinticuatro horas.”

“Lo único que no se pierde y se conserva con la edad es la necesidad de amar y ser amado”.

LA CARCEL Y ABALLAY

Pocas horas después del golpe  cívico militar del 24 de marzo de 1976, Di Benedetto es secuestrado por un comando del Ejército en Mendoza. Estuvo preso un año y siete meses. Tenía 54 años. No podía escribir, porque le rompían todos los papeles, pero encontró un ardid. Le mandaba cartas a su amiga, la escultora  Adelma Petroni, la única persona que lo visitaba y que procuró su liberación. En esas cartas escribía con letra pequeñita: “Anoche tuve un sueño muy lindo: voy a contártelo”. Así transcribía los argumentos que sirvieron de base para  los quince relatos  de“Absurdos”, once nacidos en la cárcel, entre ellos Aballay, publicado en España en 1978.

Excarcelado en septiembre, en diciembre inicia su exilio que durará hasta 1985.

La cárcel desconsuela a cualquiera, pero en Antonio ocurre algo particular: nunca supo del por qué de la suya y hasta quiso acabar con su vida. «Me aplastaron hasta enloquecerme”. “Creo que nunca estaré seguro que fui encarcelado por algo que publiqué. Mi sufrimiento hubiera sido menor si alguna vez me hubieran dicho qué exactamente. Pero no lo supe. Esa incertidumbre es la más horrorosa de las torturas”.

¿Por qué a él? Tal vez  por la ingenuidad de no saberse peligroso “¿Qué es un periodista?:”– se pregunta: “ una especie de pequeños héroes miserables al servicio de los demás”. “Siempre me negué a ocultar información”. Pacifista, humanista, fue subversivo.

 ¿Pero acaso había que cometer un delito para ser preso o desaparecido? vino siendo una advertencia a quienes no se sometieran a los dictados de la censura periodística. La cárcel le hizo entender que ser periodista era peligroso.

La cárcel tuvo un impacto fundamental en su literatura y en su vida. Más avispado para detectar lo malo, más despierto a lo risueño. Pérdida momentánea de la fe religiosa (“fui víctima de cristianos que no lo son”) en los semejantes, pérdida de confianza en sí mismo, culpable no de las acusaciones de los militares sino de su conducta frente a los demás. Lamenta el daño que le hizo a su familia disuelta. Juzgado por culpas equivocadas, como varios de sus personajes, siente que quedó impune de sus verdaderos delitos. Solo pudo cerrar la experiencia con el olvido, porque solo recordar es volver a morir. No acusa a nadie, pero se quiebra.

La vuelta del exilio será de frustración, de arrepentimiento. “lo único que sé hacer es escribir”

        ABSURDOS y Cuentos del exilio

Del infierno en la cárcel nacieron los relatos de Absurdos. Un intento de procesar el trauma carcelario. Relatos y micro relatos de temática y estilos diversos donde problematiza las nociones de culpabilidad e inocencia, crimen y penitencia, retomando modelos míticos como el viaje de iniciación, el profeta, la penitencia mística, como forma de reconstruir la identidad y reconectarse con el mundo. Ambigüedad moral: límites indefinidos entre el criminal y el inocente.

Los personajes de estos cuentos son errantes y desarraigados: viajeros, inmigrantes, trabajadores golondrinas, acosados por fuerzas extrañas, condenados a vagar por territorios desconocidos, es decir, desterrados,  sin poder conjurar una  culpa que los aniquila, culpas no ligadas a sus acciones  sino a sus circunstancias;  las historias se desarrollan en un tiempo indefinido, no actual.

Cuentos de Exilio, escritos en 1983 en su destierro españoles la visión del desgarro psicosocial, la pérdida forzosa del espacio propio, de una patria no solo como geografía, sino de los vínculos del ser cotidiano. Una existencia rota que la memoria, los recuerdos intensos busca mantener.

Di Benedetto mezcla la realidad y el sueño para expresar la violencia del exilio absurdo ya que sus motivos, personales o externos, son desconocidos. Se repiten los personajes en soledad, o lejos de los suyos, con nostalgia o huyendo del recuerdo; el extraviado, el arrepentido, el hambriento, el pordiosero.  Dice Di Benedetto en la edición original: “lo que dejen trascender, especialmente algunos cuentos, es que no pueden haber sido escritos sino por un exiliado”.

                                                        ABALLAY

Aballay fue escrito, o al menos pensado, entre las paredes y las rejas de una cárcel.

Por su extensión, veinte páginas, podría considerarse una nouvelle, pero está organizado en pequeñas piezas narrativas,  con episodios o diálogos de tal intensidad que se leen de manera independiente.

Un narrador externo, que todo lo sabe, presencia los acontecimientos y nos lo cuenta primero  en el presente del personaje;  a partir de un momento comienza a contarnos en pasado y concluye en presente.

El tono de la narración se hermana con la geografía humana y se incorpora al paisaje: La soledad de la tierra, su aridez,  su zoología, la simpleza de su gente, el respeto por lo sagrado, las fiestas religiosas, las carretas, Los juegos de bochas, la taba, los quehaceres humanos y  maneras de sobrevivir.

El ritmo de la prosa se acompasa con sus avatares risueños, dramáticos, existenciales del personaje: los cambios de caballos, la búsqueda de la soledad, los sueños o delirios, los encuentros.

La morosidad del relato, con el sinnúmero de situaciones que va afrontando el personaje,  nos trae ecos de otros textos por similitud o por contraposición: Ulises, Sísifo, el Quijote, Martín Fierro, Juan Moreira, , por nombrar algunos,  reverberan  sus conflictos, valores y significaciones.

  La historia se ubica en un tiempo de dominio sobre los indios, ya diezmados o domesticados, con algunos metidos  aún en la profundidad de la pampa, como rémoras de lo antiguo. El narrador da cuenta de ello: “Tuvo que correrse a la llanura central, menos árida, más solitaria, y rumbear al sur, hasta confines odiosos por sus peligros, los de tener encimados los territorios de tribus no avenidas con el blanco”.

Podríamos abordar a Aballay desde distintas miradas:

Una historia risueña, con originalidad: un hombre decide continuar su vida arriba de un caballo a modo de penitencia.

Otra historia implícita: Un hombre comete un crimen. Solo los ojos de un niño son testigos del mismo. Lo perseguirán hasta que finalmente llegue la inexorable venganza.

La más compleja. Un hombre busca superar su infame condición de asesino (o de cualquier maldad intrínseca al hombre) y en lugar de recluirse, o suicidarse (al suicida se le vuelve intolerable la humillación), o perdonarse, o confesarse, toma distancia del lugar del mal: la tierra. Será sometido a tentaciones y conflictos de los que se las ingeniará para no traicionar su decisión. Lo inédito de la penitencia no la hace menos creíble. A veces los sueños lo vuelcan a la tierra, no se da tregua, no se disculpa nada, es un desafío y no se justifica. Si busca un parejero no es por él, sino por el sufrimiento del caballo. Adquiere, sin quererlo, sin pretenderlo, un aura de santidad. Los ojos, o Dios, lo persiguen, lo vigilan, no se permite dejarse morir ni usufructuar ningún beneficio que haga más llevadera su calvario.

Aballay es un conjuro del escritor, no es un mero juego de palabras, una invención feliz, una ficción, sino una referencia a la vida de su creador.

En los primeros párrafos, con maestría, nos presenta  a los personajes y su entorno. En una capilla, en una zona de vegetación raquítica, Aballay asiste por la tarde a un sermón del cura durante las fiestas de la Virgen, en la novena. La capilla, aislada de toda construcción o vivienda se abre solo para esa ocasión. Viene el cura de la ciudad y se realizan casamientos, bautismos, confesiones.  Durante el día, hay misas y procesiones. Por la noche, los fogones, con mate, carlón, guitarra y costillares asados. Aballay es un extraño más que se está probando entre la gente, un gaucho errante, solitario  y alerta. No por nada ha contado cuatro milicos entre el gentío, sutil manera de presentar a un perseguido. En el sermón del  cura hay una palabra  que desconcierta a Aballay, no ha entendido del todo. Es sobre los santos montados en columnas que le ha provocado inquietud y preguntas, y buscará aclararse requiriéndole al cura cuando dé la ocasión, probablemente por la noche, en el fogón.

Sin mediar rodeos, el narrador nos ha metido en la historia. En quince renglones nos pone las cartas sobre la mesa.

Aballay ha matado. Aballay  “se desgracia”.  Al igual Fierro y Moreira, es un gaucho  desplazado a partir de un asesinato. Nada se sabe de las razones que llevaron a dicha muerte, y de la manera en que fue llevada a cabo: “Mató, y de un modo fiero. No se le perderá la mirada del gurí, que lo vio matar al padre, uno de los escasos recuerdos que le han quedado de aquella noche de alcohol”.  Sabe que el pago por su crimen será una justicia impiadosa, que en la tierra no encontrará la redención. Tampoco sabemos del derrotero de este hombre tras la muerte. Hay un tiempo impreciso, el suficiente para dejar de huir y probarse. No es la injusticia del estado o la sociedad quien lo persigue; es la provocada por sus propios actos. Se entremezcla con los fieles que han llegado desde rincones remotos a la novena. Aballay no pretende confesión, ni perdón.

Esos penitentes de los que hablaba el cura, esos estilitas que en el mundo antiguo quedaban en columnas para acercarse al cielo y despegarse de la tierra, porque en ella habían pecado, es el dato revelador. Quiere saber, modos, tiempos, alimentos, necesidades, razones, motivos.  Quiere detalles, preguntas minuciosas que  sorprenden y alertan al cura. Aballay se informa y toma la firme decisión de separarse de la tierra, porque  ahí mató. Incapaz de vivir con la culpa, optará por una vida de expiación, se autoimpone una pena a través de un plano místico-religioso.  Separarse de la tierra que contamina  al hombre, el alejarse de todos los placeres, tentaciones terrenales, incluso los de la mera subsistencia. Separarse, física y espiritualmente, en un  continuo despojo de todo lo material y humano como única forma de penitencia, de purificación y sentido. Aquí vemos cómo un hecho ligado a lo místico, ocurrido cientos de años atrás, se  combina en el ambiente y el pensamiento de un gaucho y borra el enclave temporal y espacial del cuento. El personaje se ubica en el tiempo de los estilitas. El autor en el del personaje, en una dimensión temporal imprecisa, en la pampa, y nos trae hasta hoy, los errantes y penitentes modernos.

Aballay imitará la voluntad de aquellos antiguos, aunque el contexto no sea el mismo. Se apropiará del método adaptado a sus circunstancias geográficas y a su hábito de hombre a caballo. No hay pilotes ni columnas para ser un estilita hecho y derecho. En la llanura extensa no encontrará esa atalaya para redimir su culpa. Solo ha visto alguna vez el pórtico de una iglesia. Él no puede quedarse quieto con su remordimiento. Tiene que andar.  Andar y alejarse de la tierra, fuente del mal.

Tempranito, a los primeros colores del día, Aballay monta en su alazán”. Le palmea el cuello y consulta: «¿Me aguantarás?». Supone que su compañero acepta y, «Mirá que no es por un día… Es por siempre».

Lo primero fue el ayuno, da pureza a la sangre, se dice. Y vino el hambre y el temor a sucumbir en sus intenciones pero resiste arriba de su caballo. Un rancho y el bocado que a nadie se le niega ¿Y mañana? El relato del cura le alcanza respuestas. Tiene experiencia de dormir montado, pero advierte la segura muerte del animal si no le da resuello y consigue un parejero con quien descansarlo. Diestro en su cabalgadura, bebe sin desmontar el agua de los arroyos. Con argucias e ingenio se procura la comida en un suelo raquítico de frutas o animales de caza. Atrapa un pájaro entre el ramaje y al verlo desesperado entre sus dedos, lo libera.

Cuenta con su rastra con monedas incrustadas, para proveerse cuando dé la ocasión.

Pasa el tiempo, las estaciones, encuentros en boliches, con indios, con carretas, con policías, todos resueltos sin faltar en un ápice a su promesa de no descender de su caballo. Solo una vez cuando dormido, truenos y relámpagos inquietan al animal y queda en tierra, empapado. Mira al cielo como pidiendo disculpas, ofreciendo su no intención de haberlo hecho a propósito.

Aballay mantiene un encuentro con indios, donde se alertan por la conducta del gaucho de rechazar el pescado que le ofrecen, por la sal que les comparte sin que ellos le pidan y por rehusarse a bajar del caballo para comer. Lo aceptan con naturalidad y determinan que no es que no quiera sino que no puede bajarse, es un hombre caballo, un centauro.

Al sentirse enfermo, castigado por las inclemencias del tiempo y ver sus fuerzas debilitadas, recurre a la contemplación como necesidad a través de la oración.

En sueños, se ve junto a otros empilados con pájaros que le picotean los ojos y le anidan la cabeza. Muerto de miedo a caer, despierta, ordena  a su caballo que se quede quieto. Metido en sus sueños, pelea con otro estilita más viejo, ofreciéndose una silenciosa disputa de siglos  por ver quien resiste más, quien traiciona, y lo lleva a verse muerto en simultáneo.

  Cuando se traslada en un carretón, con más culpa por haber alivianado su carga, resuelve dejar las comodidades desprendiéndose de los últimos valores materiales que posee. Ese cumplimiento de la penitencia lo lleva a ser mejor hombre, a ser agradecido, a impedirse tomar nada que le fuera ajeno, a evitar todo tipo de altercado, a dejar de responder a cualquier ofensa, a no permitirse alivios que atemperen su castigo. Vemos, aquí, la inquebrantable decisión de un hombre de cumplir con su propósito, no dejándose seducir por comodidades, sacrificios, inclemencias.

   En una pulpería se niega a desmontar para buscar unas monedas que ha ganado en un juego de taba  que le son arrojadas con desprecio bajo las patas de su caballo. No puede bajar y las deja. “Desde entonces, por ese gesto, para los testigos nada fácil de descifrar y que tendría relación con el desprendimiento, a Aballay le nacen famas”. Una  mala interpretación  que luego corre de boca en boca y se divulga por el pueblo se lo cubre con un aura sobre humana, al punto de atribuirle capacidades  milagrosas. Desde ahí comienza a tejerse la fama de este hombre, blanco de burlas, sorpresas y asombros. Pasan las estaciones y la leyenda adquiere dimensión épica, milagrosa, natural. Su fama se ha extendido.

  Aballay, ya no es un hombre más, su acción lo ha marcado. Ha perdido la inocencia: debe una muerte. El crimen hace que se separe de la sociedad, y por lo tanto lo hace diferente. Al volver con la gente, vuelve a ser un diferente porque lo asocian con la santidad, con Dios. Nadie se pregunta qué arrastra ese hombre. Nadie pregunta sobre el por qué de esa decisión. Es aceptada  naturalmente. Hasta el comisario tiene una actitud de respeto por  el personaje. Y el mismo gurí acatará las condiciones del desafío. En la amplia comarca de Cuyo un hombre que ha cometido un crimen, se convierte en una figura de admiración. De a poco él se entera aunque no le provoca alteración. Ni lo oculta ni su ufana o lo aprovecha. Aballay se adapta a un personaje creado por la imaginación popular. Solo él sabe la cruz que lleva. Solo él sabe de esos ojos que lo perseguirán hasta el fin de los días.

El relato nos apura, queremos saber hasta dónde resistirá, cual será su final. Pero inexorablemente la historia deberá cerrarse con el encuentro con el dueño de esos ojos que lo han perseguido y que ya, puestos en un mozo hecho y derecho, viene a vengar la muerte. 

El duelo será a caballo, así lo afronta el joven, respetuoso de la decisión del errante. El duelo entre el facón y una simple caña es significativo del cambio, de la ascensión del culpable hacia la expiación. Su cuchillo y el facón convierten en una temeridad a una simple caña, capaz de romper la boca del muchacho.

Gana la pericia del hombre y, herido el joven,  Aballay pide permiso al cielo para bajar del caballo y ayudarlo. La única transgresión a su penitencia es por un acto de humanidad, bajar a tierra para encontrar la muerte en un descuido de sí. Será desde la tierra, en la tierra que le sobrevendrá la muerte y la acepta con una sonrisa en sus labios.

CONCLUSIONES FINALES

No ha sido mi pretensión, que ni siquiera está en mis capacidades, abordar íntegramente la obra de DB. Apenas, sí, abrir una ventana para asomarnos al universo de este hombre cruzado por la espera: de su reconocimiento, primero, de su liberación, de su vuelta del exilio a la patria, del ostracismo en su propio país,  que aún espera encontrar lectores.

Uno sabe que se ha quedado a mitad de camino. Que tiene entre manos un texto que supera el mero placer entretenedor de la lectura para colocarnos  en la necesaria reflexión. No es ni ha sido mi intención ocuparme del análisis literario. Volver sobre un texto, sobre un único texto, en fin, sobre una obra de arte, es encontrar respuestas, argumentos y contra respuestas, entrar a dialogar con la vida, con los valores, en un cuento de nunca acabar.

Di Benedetto  nos narra a nosotros, a los hombres de América, al hombre universal.  La errancia de Aballay es nuestra propia errancia buscando las respuestas  para que, como él, podamos irnos con una sonrisa en los labios.

[i] Clase magistral de Rubén Padula sobre Aballay, cuento maestro de la literatura universal de Antonio di Benedetto, fue dictada en junio de 2015, como parte del ciclo literario 10×10, organizado por el Área de Literatura y Pensamiento, de la Agencia Córdoba Cultura, delegación Río Cuarto.

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