La dimensión conocida de Diego Rodríguez Reis

Por Jorge Rodríguez Hidalgo

            La lectura de La dimensión conocida[i] lleva, casi sin querer, al naturalista y botánico sueco Carl N. Linneo (1707-1778), quien consideraba que “sería necesario definir la vida antes de razonar sobre el alma; pero esto lo creo imposible”. Como se verá, los poemas que componen el libro también remiten a otros autores de tiempos y pensamientos muy distintos entre sí, pero que convergen en algún aspecto, o incluso punto de vista, con las tesis vitales, más que poéticas -de ahí que la coincidencia sea posible-, de Diego Rodríguez Reis (Buenos Aires, 1979), un poeta que ni puede ni quiere esconder sus grandes conocimientos de la historia de la literatura universal y aun de la filosofía como soporte y sustancia de aquella.

            Rodríguez Reis, bonaerense de nacimiento, reside en Villa La Angostura, una localidad perteneciente al departamento Los Lagos, en la provincia de Neuquén, territorio de la Patagonia argentina. Escritor, profesor en Lengua y Literatura y especialista en Ciencias Sociales, es autor de 9 libros de narrativa (los cuentos Correspondencias secretas o La forma del amor, entre otros, y las novelas Ruido blanco e Hijo del instante, esta última con la poeta patagónica Cecilia Fresco) y poesía (Lo levemente ajeno, La anchura y la llanura y After ego, el poemario inmediatamente anterior al que aquí nos ocupa).

            Escribió el  decimonónico antropólogo francés Charles Letourneau (1831-1902), en su obra La fisiología de las pasiones (1868), que “lo misterioso es tan solo lo desconocido del presente, destinado, por lo general, a ser determinado en el porvenir”. A primera vista, el aserto del galo está en las antípodas de lo que parece expresar La dimensión conocida, pero solo aparentemente, pues nuestro poeta dedica los 25 poemas de la obra a indagar acerca de ese conocido/desconocido transportador carnal de pasiones y etéreas especulaciones, donde reside el sentido “teleológico/ de la cosa del volar” (After ego, 2024), cuando el “volar” es el vivir, esto es, el movimiento (“solo se puede pensar moviendo el cuerpo”, pensaba el filósofo francés Michel de Montaigne -1533-1592-), el trabajo de obrar -siempre inconsciente- el presente, cuya dimensión, esta sí, es desconocida a fuer de familiar. Nadie pide permiso al instante precedente para pasar al siguiente, lo que quiere decir que no es necesario revisar permanentemente los presupuestos que nos animan para conducir nuestro singular ‘bólido’ antropomorfo. Porque ¿qué es la dimensión conocida: nuestra arquitectura, la parte física (“sustancia triste”) de los humanos? ¿Es la dimensión conocida, en realidad, la desconocida? Hay que mirar hacia dentro para saber y saberse en el afuera, en el todo. Las respuestas a tales preguntas ocupan al hombre pensante desde que tiene conciencia de serlo. Quizá la grandiosidad de la empresa ha encarrilado a Rodríguez Reis por la vía del minimalismo escritural, lo cual no deja de ser tan paradójico como arrojado intento de buscarle las cosquillas al Todo por las delatadoras costuras que en forma de partes salen al paso del conjeturador avispado Diego Rodríguez Reis. Versos cortos -a veces una sola palabra- y ausencia de puntuación son algunos de los recursos que soportan la búsqueda de la esencialidad o que permiten, a modo de bisturí, practicar incisiones precisas en el cuerpo de la incógnita, que es, sin duda, el ahora, el momento, el instante al que nos referíamos y que conforma esa abstracción llamada ‘presente’, frente a creencias (fes), ideas adocenadas del tiempo y, sobre todo, ante la incontrolable sed de persistencia. Reis, amparado en una gran economía del lenguaje y la concentración de los sentidos, logra infiltranos (las costuras) las claves de una ‘topografía’ -tomo la palabra del poeta y editor bonaerense Alejandro Cesario (1967)- que ora se cree de la memoria, ora del olvido (Cesario lo considera el asunto principal de la obra, y ve como una “amenaza trágica” tanto como un “bálsamo necesario”). A veces, no obstante, olvido e inconsciencia no han de entenderse como sinónimos. Pero he aquí la grandeza del buen poeta: el dominio de la polisemia.

            Así, Diego Rodríguez Reis enmarca su “dimensión conocida” entre la memoria y el tiempo no cronológico, sino emocional, tanto como entre la historia y la vida del cuerpo (el tiempo cronológico); es decir, la observa y sopesa desde el punto de vista de la duración, intensidad y consciencia de lo vivido. A riesgo de repetirnos, mediante la elección de materiales sencillos (frases cortas) construye un retrato complejo o llama la atención sobre la necesidad de construirlo. Porque el adelgazamiento del verso es una técnica ”puntillista” (la pintura también puede ser poesía), una propuesta de creación de imágenes e ideas, lo que da una extensión ulterior a los poemas, que deben seguir fraguándose en quien lee.

            La dimensión conocida ha sido premiada en Madrid con el indiscutible aval de la unanimidad del jurado, que la ha destacado entre las 1.800 obras presentadas al concurso. En sus páginas resuenan las voces de poetas y filósofos que, es de presumir, constituyen referencias casi tutoriales de la poética de Reis: el madrileño poeta del Siglo de Oro Francisco de Quevedo (1580-1645) o la bonaerense/patagónica Cecilia Fresco (1969), y los filósofos Heráclito (c. 535 a. C.-c.480 a. C.) o A. Schopenhauer (1788-1860), respectivamente. La clave, quizá, la ofrece el autor mediante la cita del irlandés Samuel Beckett (1906-1989) que precede al libro: “HAMM: Me gustan las preguntas de siempre. […] ¡Ah, las preguntas de siempre, las respuestas de siempre, son las mejores!…” (de Fin de partida). Es por ello que revisita a Quevedo mediante una paráfrasis de su poema “Amor constante más allá de la muerte”: “Desamor constante más allá de la muerte”; que medita acerca del río de la vida, como Heráclito, aunque, en este caso, sea para seguir una línea diferente a la del clásico de Éfeso; que dedica a Cecilia (Ceci) Fresco, con quien ha escrito Rodríguez Reis algún libro, el poema “Enero del setenta y cinco”, en que medita sobre el hecho de vivir a partir de una experiencia conjunta, totalizadora (“entonces cuando/ todo/ tiende a florecer/ el cuerpo/ empieza a hacer cosas/ la memoria las junta/ volando/ la mitad de mi cabeza/ la ocupan/ la topografía de este lugar/ y este tiempo”).

            Los poemas de Diego Rodríguez Reis redundan, entonces, en el caudal de lecturas, a las que a veces opone su perspectiva personal, a veces su aporte continuador (“prefiero/ los tranquilos/ o desaforados análisis/ las arduas infinitas repeticiones […] yo quiero saber/ qué va a pasar// yo sólo quiero saber/ cómo va a terminar/ esta historia”). Y en ese querer saber entra en liza la dimensión que afirma ‘conocida’: la “Biografía del yo” en un país, en un tiempo y en las tristezas (“cosas maleables y compuestas/ de una misma sustancia triste/ yo/ yo/ yo”), así como la “Breve historia del cuerpo” (“la luz/ el instinto/ la proximidad/ el rozamiento/ la superposición…”). Sentados los crisoles de la vida, sigue la estela prenunciada de Linneo, y se ocupa de lo que no se ve o en poco se tiene: las pasiones (“La leña/ los cuerpos […] la chispa/ el roce constante […] la llama/ el abrazo…”); el milagro del vivir (“hacer juntos/ ese fueguito/ la gloria humilde/ reservada a nosotros los efímeros/ la pequeña muerte/ que nos hace olvidar/ todas las otras muertes”); el sentido de la vida, la soledad, la aparente inutilidad de los actos, de la propia vida (“asilo de pájaros y de locos/ sin oraciones o templos terrenales/ seres sonámbulos/ asintagmáticos/ pordioseros de amor […] los asesina/ lentamente su sed de luz/ ¿hay algo más triste/ que un árbol/ al atardecer?”); la vida en pareja, su desidia y/o desamor “constante más allá de la muerte” (“la fiaca/ porfiada/ mira por la ventana// no importa lo que haga o diga/ ya/ a esta altura// los chicos están durmiendo/ esto es/ lo que nos mantiene unidos/ lo que se hereda es/ plata o quilombos/ decís// yo mientras tanto/ digo también/ o pienso/ de todas las series/ la más vulgar/ increíble/ es la del tiempo”); el “otro”, invisible, o el problema de la conciencia de ser y no ser a la vez (“mi problema es con el sueño/ eso finito interminable […] ni problema es con el otro/ ese infierno/ frío opaco que no enternece/ ni asquea ni apiada ni aplaca/ seremos/ fantasmas de la costumbre/ hábitos imprecisos/ del discurso/ y del obrar/ eso extraño// el otro es mi problema/ soy/ el problema del otro”); la escasa o nula huella del paso por la vida (del “hombre que vuelve al pueblo”… “¿qué vuelve?/ ¿qué?”).

            La cuestión del ‘otro’ que nos complementa, del otro especular, necesariamente lleva a Rodríguez Reis al ámbito de la comunicación: la lengua, la transmisión de pensamientos mediante palabras y la memoria. Afirma nuestro poeta que “la lengua madre/ desataviada del cuerpo/ desvaría/ sus hijos signos/ rastrean/ huellas/ indicios/ señales/ de su existencia”. Hay una conciencia de la unidad en el todo que nos obliga a salir de nosotros mismos para entendernos, relacionarnos (“su historia/ narrada/ pierde sentido// […] la nombramos/ sin embargo/ persistentemente/ luchamos/ contra el suave fuego del olvido”). Pues, consciente de la finitud y de la casi imposibilidad de dejar ‘huellas’, el ahora, el instante, se postula comunicable, por medio de la palabra, como el único sentido de la vida: nada es eterno, sino temporal; todo es -o ha de ser- acto en el instante (en el poema que da título al libro, “La dimensión conocida”, todo sucede simultáneamente -Heráclito/ no Heráclito- y como sin orden ni causas ni efectos: “otra vez la tierra en las manos/ otra vez los cielos/ desaforados/ indiferentes/ otra vez los pies en el río/ el mismo río/ otra vez yo/ devolviéndome/ lo que me falta/ siempre”), aunque haya una pugna del hombre temporal y finito -por su creencia en dicha eternidad- en la persistencia (“el universo tiene/ catorce mil millones de años/ ha visto/ nacer y morir/ emerger/ y hundirse en la nada misma/ galaxias estrellas soles/ insectos satélites/ tribus/ bosques/ islas/ células/ pueblos/ mares y constelaciones// ¿cómo podría/ podía/ existir para siempre/ este amor?”). La subversión del orden de prelación entre los humanos y una supuesta entidad superior y ‘desconocida’ se mide por la posibilidad de una herejía: la cercanía/alejamiento de un dios (“dios/ ya no entiende mi fe”), por la sumisión a un ser de “otra” dimensión. El trasunto carnal ha de ser el héroe, el que busca el imposible…, o lo nuevo (“voy a buscar/ el sol de noche”). Se hace imprescindible “la fundación de los límites de la memoria” (“el pensar se desplaza/ reptil rectilíneo/ excéntrico// […] en la ciudad […] el cuerpo avanza/ ordenado/ equilibrista equidistante// no guardamos memoria/ del caos del horror la violencia/ amablemente conservamos fechas felices/ discursos de inauguraciones catalogamos/ documentos preciosos// nada se transforma/ todo tarde/ o temprano se pierde// hay una topografía de la memoria/ hay sábanas y selvas de memoria/ hay lúcidos obreros esclavos/ y patrones de memoria// aquí datos domicilios/ tu lugar tu dirección/ los prontuarios los antecedentes/ y los pronósticos reservados// luego la diáspora/ la disrupción final/ las fronteras los adioses/ las palabras no pronunciadas/ hundiéndose en una oscuridad/ sin nombre// más allá de la inundación”). Heráclito está presente en los versos que preceden, pero ahora para contradecirlo, tanto como al concepto científico de energía.

            Las obras de Diego Rodríguez Reis establecen entre sí lazos de unión, intercambio y discusión, así como con las de otros autores, como queda comprobado. De manera más patente, encontramos un poema, “La llanura total”. La importancia de este poema radica, seguramente, en la voluntad de iteración de una idea central en la poética de Reis: es la nada el lugar del acto, como una inconsciencia (“el andar se hace discurrir”; “no hay extensión/ propiamente dicha o pisada/ cada porción del paisaje/ se imita a sí misma”; “se va limpiando el terreno/ raspando los palimpsestos/ de la propia piel/ del pensamiento/ hasta que la memoria quede/ virgen/ pálida/ ya no hay huellas o signos/ posibles/ en este suelo”). Y si hay una piel del pensamiento, y éste es palabra, también hay una piel de las palabras (“la palabra es la piel/ debajo aguarda/ óseo nervioso orgánico/ el sentido”). La palabra es el nexo entre lo conocido y lo desconocido, y es “lo que envejece” (“la palabra no pronunciada/ la palabra no dicha/ la palabra/ no palabra”). O sea, lo que no se hace -la inmovilidad, el no vivir- es lo que envejece.

            Nos queda el verano. Diego Rodríguez Reis simboliza en el verano la luz, la confluencia de sinergias vitalizadoras, el espacio físico y ontológico en que somos (“todas las estaciones/ mienten/ menos/ el verano// estos/ días/ son la eternidad/ son/ la verdad/ […] todos los tiempos/ mienten menos/ el presente esto/ que tenemos ahora”). En la emergencia final ( a la tierra anterior al poeta y al ensoñado espacio que ni éste soñará), realidad y ficción se conjugan hasta acordar una convivencia metafórica (“la realidad/ las partes de la tierra en que vivimos/ es liviana o pesada […] y esta última parte/ de la tierra es blanda/ frágil sutil/ imaginaria/ descansa o duerme/ sostiene serena el deseo/ esta parte no sabe de mapas ni de balances/ curiosa y nuestra/ canta/ de cielos y océanos de abismos/ irracionales/ más allá de cualquier acto/ discurso/ o distancia”; “Busco/ la dulce simetría/ allí donde es imposible/ hallarla/ la naturaleza/ el bosque/ tu discurso/ el espejo/ la naturaleza/ del espejo/ de tu discurso// ¿y vos qué?”).             Cierra el poeta el tiempo mediante un principio impostado, el “Poema cero”, donde la luz se enmarca y revela: “ahora sí/ estoy tranquilo/ sentado/ de cara al sol de enero// las manos en los bolsillos / recito esto// estoy adentro/ de mil mundos/ para siempre/ adentro de mil mundos”. O sea, el estar, el estar vivo es lo que cuenta: el momento en la luz… que perfila la dimensión conocida.


[i]           La dimensión conocida, de Diego Rodríguez Reis. VI Premio de Poesía Antonio Ródenas García-Nieto. Editorial Pre-Textos, Valencia (España), 2026.

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