FILLOY ANTES DE FILLOY

Por Antonio M. Alvarez (Compilador)

Sin incursionar en temáticas ideológicas, históricamente, el gobierno de Marcelo Torcuato de Alvear (12/10/1822 – 12/10/1928) se caracterizó por la consolidación de unmodelo agroexportador, prosperidad económica y modernización cultural. Durante su mandato se produce la ruptura de la U.C.R. entre la fracción que lideraba, contraria a la adepta a Hipólito Irigoyen. Un año después de la asunción, Juan Filloy, propenso a variar temáticas, dedicaba el contenido de su “Glosa …” al presidente de la nación, poniendo en tela de juicio su capacidad para llevar a cabo su gestión.

GLOSA DEL DÍA (02/09/1923) por Juan Filloy

GIUOCO PIANO

Una delegación de sirios ha obsequiado al doctor Alvear con un artístico juego de ajedrez, cuyas piezas, labradas en maderas del Líbano, constituyen un primor de ebanistería. 

El presidente Alvear, como es de imaginarse, ha aceptado el regalo con la complacencia que es de protocolo exteriorizar en tales actos. Pero… ¿juega al ajedrez nuestro presidente? Chi lo sà. 

Todo parece decir lo contrario. Desde la iniciación de su gobierno ha sido puesto en muchos jaques molestos, sin que se vean en esas emergencias las actitudes heroicas que corresponden. Los escurridizos alfiles de la fracción adversa le asedian con una hostilidad manifiesta. Y hasta el rey negro de la causa, enrocado tenebrosamente en su rincón de la calle Brasil, le hace blanco de su táctica reparadora, dominando las torres de sus comités y presionando hasta los peones de la última repartición… 

Si no fuera por los caballos, cuyas carreras y «steeples chasses« le entusiasman con frenesí, podría decirse que no le gusta al doctor Alvear la ingeniosa gimnasia mental que inventó Palamedes. 

Y es de deplorarlo. Si él hubiera tenido conocimientos precisos de la técnica de Ruy López, Philidor y Alekhine, habría ofrecido desde su arribo al mando un gambito audaz y decisivo, con el cual el prestigio de su arrojo de estrategia se hubiera acrecentado con una aureola de gallardía. 

No lo ha hecho, sin embargo. Por eso su gobierno se esfuma en la media tinta de un cuadro discreto, sin color y sin volumen. ¡Ser o no ser! 

Es indudable que como buen sibarita, no ha querido embarcarse en una aventura problemática y llena de variantes. Tal vez tuvo la probable intuición de su derrota. O quizás, la íntima certeza de que podía caer del plinto en que posa su figura al más leve empujón de un peón «sans-culotte« coronado… 

De ahí es que el doctor Alvear ha adoptado por puro pálpito un giuoco piano rutinario, débil y parsimonioso. Y en él se entretiene, como un jugador chambón, sin meterse en la intrincada ciencia de Capablanca ni en las absurdas abstracciones del apóstol. 

Hace, en fin, en nuestro tablero político un rey blanco, cortés, puntual, galante, como esos pintados por Watteau que, cabe un lago, jugaban al gallo ciego con duquesas y bergères, en los magníficos jardines de Versailles… 

He aquí la amarga alegoría que nos ha sugerido el primoroso juego de ajedrez, procedente de Damasco y labrado en maderas del Líbano, que hoy posee nuestro presidente. 

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