GALERÍA ESCHER, GALERÍA POCHTAR

Por Jorge Rodríguez Hidalgo

            Hay libros cuya reseña solo puede ser una precaria simplificación de su contenido, por mor de la profundidad del pensamiento expresado o sugerido por sus autores. Es el caso de Galería Escher[i], de Ricardo Pochtar (Buenos Aires, 1942), quien con una extrema economía del lenguaje ha logrado pergeñar muchos libros en un solo y pequeño volumen repleto de ideas, impresiones y hasta emociones. Ante trabajos semejantes, quizá fuera mejor dar al lector la obra entera para que, sin intermediario, pueda entrar él en ella tanto como ella en él, con los sentidos prestos a recibir un sinfín de estímulos de todo orden.

            El bonaerense Ricardo Pochtar cursó filosofía en la Universidad de Buenos Aires, estudios que completó con un posgrado en Francia, en la Université d’Aix-en-Provence. Su poliglotía (francés, inglés, italiano) le ha permitido, no solo conocer en sus originales expresiones las obras de grandes pensadores y escritores en esas lenguas, sino también versionarlos en español: baste mencionar su traducción de referencia de “El gatopardo”, del italiano Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957). Fijada su residencia desde hace años en el norte de España, en Gijón, en el Principado de Asturias, donde además del castellano aún pervive un idioma vernáculo, el bable, o asturiano (la denominación es aún hoy objeto de controversia), como variedad del asturleonés, Pochtar ha visto traducida una antología de su poesía, Sueños de sal (2019), a dicha lengua, que hay que incorporar al acervo cultural y sentimental de nuestro autor.

            Desde que en 1994 publicara su primer libro de poemas, Lugar diseminado, una docena de poemarios, el libro de aforismos titulado Pequeñas percepciones (2016) y la inclusión de poemas suyos en diferentes antologías, como, por ejemplo La doble sombra (2014), a cargo de Antonio Tello y José Di Marco, completan hasta el presente una trayectoria literaria que puede calificarse (con el riesgo que ello supone) de alambicada, es decir, destilada en los alquitaras del tiempo y del conocimiento. Solo así es posible entender una obra que conjuga, de forma inverosímil (como Escher en sus creaciones), la sencillez con la profundidad, la palabra con el anhelo de su ausencia o, por mejor decir, la búsqueda de la autorreferencia.

            95 textos componen Galería Escher. Antes de entrar a considerar qué tipo de escritura nos ofrece la obra, lo primero que nos llama la atención en el título es la palabra ‘Escher’. El neerlandés Maurits Cornelis Escher (1898-1972) fue un grabador y dibujante caracterizado por la libertad absoluta (si en el hombre tal cosa existe, claro) en la realización de figuras y en la recreación de espacios y mundos imaginarios. La paradoja guía la traza de sus dibujos de dos o tres dimensiones, lo que supone alejarse de los habituales modos de representación. Escher dejó dicho que “solo aquellos que intentan lo absurdo logran lo imposible”. En las obras de Escher son constantes el recurso a la dualidad y la búsqueda del equilibrio (como constataremos también en esta Galería… de Pochtar), así como el trasiego de individuos que suben y bajan ‘escaleras imposibles’ (aquí, por ejemplo, en “Ad caelum: escalones mohosos que van apareciendo al azar de la maleza: la escalera sigue ahí, pero dispersa”). A imagen del grabador, en el libro de nuestro poeta encontramos el juego especular (entre semejantes, a veces, pero también entre opuestos) y el de contrarios servido por (y para) las antítesis, las contradicciones (que son de este mundo conocido tal vez más que de otros mundos llamados extraños o inexistentes).

            ¿Qué es, formalmente, Galería Escher? Los textos breves, y en prosa, que lo componen (sin título una tercera parte de ellos) pueden adscribirse a los ámbitos (que no leyes o normas, necesariamente) del aforismo, la sentencia o la reflexión, pero siempre con la poesía, y más aún, con la palabra como faro alumbrador tanto como testigo oculto a ser descubierto. Y en esa función cobra capital importancia el modo de proceder de una filosofía (Pochtar es licenciado en esta disciplina) vertebrada (¿o neutralizada?) por la ironía (“Cuando el filósofo descubre las delicias de la ironía pierde todo interés por el concepto y es inútil que su demonio interior se lo eche en cara: ya no volverá a dejarse tentar por la verdad”). A lo largo de la obra, el autor se pregunta por el sentido del micromundo (o macro) del hombre solo que queda revelado por la palabra, pues esta es el origen, y, por ende, un misterio (“Palabras veladas en la luz que hierve debajo de la noche: aún no saben si serán verso incandescente, gas letal o carta de amor equivocada”), la contingencia. La palabra es polivalente, no es buena ni mala por sí misma (como la muerte para Séneca), sino que tiene un potencial múltiple. Pese a la aparente arduidad de la empresa, Ricardo Pochtar no recurre a la complejidad formal, y traduce su pensamiento mediante palabras y metáforas sencillas a fin de crear imágenes sutiles (“El viento salpica estrellas de lluvia en la ventana”). Es así como pone en relación el vasto mundo exterior con el interior humano (“las constelaciones cambian de mito todo el tiempo, se equivocan de vida los destinos”). Las palabras tienen autonomía propia (“no quieren saber de dónde vienen, el sentido es una felicidad que tienen con las cosas, un don amoroso que se ignora”). Tal cualidad facilita la adopción de diferentes puntos de vista (contradictorios o no), como la del filósofo, que va más allá de lo visible, o de lo racional. El sentido de la vida no es el desvelamiento de sus causas o de su origen: “Cuando te traigan un sentido de la vida, mira si viene con las píldoras de ganas de vivir: si no las ves, cierra el paquete y devuélvelo sin más al remitente”, nos dice, ironizando con los libros de autoayuda y el consumismo (“Las pequeñas cosas que, según decían, le daban sentido a la vida, e incluso a algún poema: ¿qué habrá sido de ellas en la trituradora del consumo?”).

            Ricardo Pochtar confecciona paulatinamente (tesela/poema/aforismo) una galería de pensadores (filósofos o no), conceptos (filosóficos o no) y ofrendas (dedicatorias) donde el elemento irradiador es la palabra. La clave es la idea de descubrimiento, de desvelación de lo oculto, de epifanía (“Cada filósofo desfila con su fetiche favorito: esfera/ río/ caverna/ dios/ estufa/ duda/ araña/ abismo/ mónada/ búho/ revolución/ mosca/ rizoma…”, casi un recorrido por la historia de la filosofía). En esa proyección sabemos de la gnoseología (“La tautología es la única verdad que habla en voz alta: fuera de ella, nuevas conjeturas, fraudes realistas, letras borrosas”) y de la “Palabra en el tiempo” (“El poema tantea el tiempo, elige un buen momento… ¿Y lo salva? No: lo invade”), que tanto nos recuerda al poeta español Antonio Machado (1875-1939), quien definió la poesía como un arte ligado al devenir temporal y a la experiencia humana vivida; de la metafísica (“A la metafísica este bajo mundo no le va, no lo soporta: la cosa no pasa de ahí, pero su bronca es comprensible”), de la teología (“Con las sobras de la teología vienen matando su hambre los filósofos: a ver si los poetas se espabilan y consiguen rascarle algo todavía a esa carcasa carcomida”) y de conceptos derivados de escuelas y filósofos de gran relevancia, como Demócrito, Descartes, Spinoza, Wittgenstein, entre otros no citados explícitamente. A fin de reforzar aún más las ideas, Pochtar dedica algunos textos a autores que son ejemplo de lo expresado: ahí aparecen A. Rimbaud, R. Queneau, J. Tanizaki, W. Benjamin, A. Camus, R. Daumal, C. Lispector, S. Beckett, A. Calveyra o J. M. Arguedas.

            El objeto principal de debate en el libro es la palabra, por la determinación de la naturaleza de la poesía y de la filosofía. No parecen salir indemnes ni la una ni la otra. La poesía carece de trascendentalidad (los temas de la poesía son “a lo sumo recurrentes: si se dicen eternos es para darse algo de tono”), divaga (“Lejos de asustarla, la fuga ad infinitum es una tentación que la poesía es incapaz de rechazar”) y muestra carencias (“¡Se esperaba tanto del poema!”) en el momento de convertirla en palabras (“Todo estaba preparado: la mente alerta, las letras en su punto de temblor. Pero al final fallaron las voces. Las palabras, el ritmo: nada que hacerle, no hubo modo de avenirlos”). Otro tanto le sucede a la filosofía, que es el puente entre la teología y la poesía; o dicho de otro modo, los poetas mendigan (“Con las sobras de la teología…”) lo que previamente han deglutido los filósofos. Este caos también es característico en las guías de pensamiento de Escher, quien afirmaba que “en el caos, la belleza encuentra su armonía”. Pero los poetas y la poesía están en manos de la palabra, de su étimo, que “una vez aislado […] empieza su viaje nocturno hacia el presente: cuando llega a la palabra, sopla su lámpara y se duerme”. Quienes “intentan forzar la palabra hasta el silencio se llevan sin saberlo al mundo por delante”.

            El lenguaje, por tanto -sus límites-, es la piedra angular de lo que se expresa y de lo que se calla, que es otra forma de expresión (“Tiene sus ángulos ciegos el lenguaje, en la casa del ser cabe todo, entes sin nombre surcan desiertos beckettianos, y un resto de silencio que no vemos”). Por la conciencia de los límites del lenguaje, Pochtar carga contra los poetas verborreicos (“Del glaciar del lenguaje se desprenden, según dicen, cuatro o cinco poetas cada siglo: caen y lentamente se disuelven en sus charcos palabreros, hasta que un avatar climático los devuelve calladitos a sus nubes”), pero ironiza acerca de los aciertos de corrientes que, quizá, recargan su aparato verbal (“Cuando al cabo de los años deciden limpiar el cauce del Sena, se descubre que en el fondo el surrealismo no estaba equivocado”). Del repaso no se salva ni Jorge Manrique (1440-1479): “Sí, van a dar a la mar: pero hay deltas, Manrique, para marear la perdiz”.

            El afán por descubrir lo oculto lleva a Pochtar (“Enquistado en el centro de la palabra, un irredentismo del silencio espera su momento”) a repensar conceptos clásicos (“De la parábola o el mito no solo su función exegética, también su aura enigmática, un símil de conocimiento que mal que bien reconforta al ignorante”); a acercarse al elogiador de las sombras, el japonés J. Tanizaki (1886-1965), a cuya tesis quiere proponer “una antítesis que, más que negarla, fuese la sombra de su tesis. Un odio, de su amor. Un error, de su verdad”; a saludar la guía de Escher: “El que escribe tiembla de infinito, pero no está solo, reparte su soledad con los espejos: en una galería de espejos la soledad es contagiosa”. La simetría (el que se mira en el espejo), el equilibrio: afirmaba Escher que “la belleza radica en la simetría y el equilibrio”.

            La galería Escher se ha transformado ya en ‘galería… Pochtar’, donde todo se cuestiona. Porque la vida es un inexorable combate de boxeo que nos sume en el “desamparo” (“Alguien que cuente los golpes bajos, que tire la toalla, nos acomode la nariz, la dentadura, nos pase amablemente la esponja por la cara”). Pochtar se pregunta qué aporta el poema, que a veces le otorga un respiro (“respiro sereno en el poema”), pero otras, cuando se atiene al experimentalismo, le desconcierta (“Dentro del poema, una terca timba de ejercicios de estilo concentrada en medir las consecuencias de una hipotética abolición del estilo”). Busca en en el nihilismo (“Dice nada y piensa que no va a pasar nada. Todavía creo en la inocencia de las palabras. Pero además del negocio de la verdad, de capa caída últimamente, las palabras tienen otras maneras de ganarse la vida”), en el hermetismo incaico (lo oculto, de nuevo), en el cartesianismo (“Los pájaros eran cosas: un poco más complicadas que las piedras, pero cosas. ¿Y cuando cantaban, tampoco tenían alma?”). Cruza el abismo que va de oriente a occidente, dobla el mapa y se encuentra con José Lezama Lima y los ‘tokonomas lezamianos’, que son una reinterpretación poética del tokonoma tradicional que llevó al poeta cubano a derivar del espacio físico el vacío metafísico, pues el tokonoma lezamiano es una suerte de reducto ontológico, una reducción del ser, que es la máxima que puede conseguir el poeta, quien desde el mínimo espacio vacío de una pared puede expandirse en imágenes y resurrecciones corporales. O sea, Pochtar pretende saber cuál es el mínimo elemental del ser.

            Galería Escher, venimos diciendo, es un libro mínimo que se expande sin medida, hacia delante y hacia atrás: de la constructora cultura grecolatina (Demócrito, Lucrecio, Epicuro) a las ‘destructivas’ vanguardias (“Palabristas de todas las raleas sacaron a bailar a sus fulanas. Después de un par de bailes anunciaron que en cualquier momento empezarían a desmontar el mundo”); del escepticismo (“Cuando está harto de pelearse con el mundo, o necesita descansar de los dogmáticos, se repliega sin más ruido a su intemperie”) al dadaísmo, el futurismo y el surrealismo. Siempre en pos de una claridad que no se halla ni en la verdad (“¿Un dios que nunca engaña cómo va a ganarse el respeto de los humanos?”). ¿Qué instrumentos son los más apropiados para lograr dicha claridad? ¿Puede la metáfora (“Error bien fundado: Vista desde la metáfora final, es un decir, toda imagen anterior peca de ingenua, pero es el único error que nos asiste para dar pasos en falso sin temor a equivocarnos”), con su aparato ilusorio, desvelar lo oculto (“Al hueso de misterio oculto en cada cosa hay que extraerlo y después, con silencio y oído fino, triturarlo”)? Aparece, entonces, inevitablemente, Wittgenstein (“Como las fibras en la cuerda de Wittgenstein, las letras se encaraman hasta tramar la palabra, las palabras el mundo, el mundo la nada”). Porque es la palabra lo que nos da sentido (“Lo que más le hiere al alma de la muerte es haberle arrancado con el cuerpo la palabra”). Más: “Reductio mundi” (“Cuando llega al poema, el mundo se reduce, salta a una dimensión más mansa: veintisiete letras y eso es todo”), o “impulso espinoziano” (“Vida ruin la del poema, sin amparo en la intemperie, sin vestigios de instinto de conservación, sin reservas de impulso espinoziano que le haga los deberes ontológicos”). Al final, pregunta “motu proprio”: “¿Y si dejáramos que las palabras hablen por sí mismas y buenamente digan lo que tenían que decir?” Quizá todo sea cuestión del punto de vista, pues “hay fracasos que son medallas al revés y si les das otra vuelta, Samuel [Beckett], verás una pequeña brújula que, como la escritura de Leonardo, hay que saber leer con un espejo”. Porque, con Escher, “asombrarse es la esencia de la vida”, que no ha de hallarse sino en la dualidad, el equilibrio, salvo que la lasitud nos mueva a decir que “las cosas se miran de reojo y empiezan a plegar sus apariencias. ‘Mañana será otro día’, dicen”. Dice (para seguir preguntando, claro), Ricardo Pochtar.


[i]     Galería Escher, de Ricardo Pochtar. Editorial Eolas ediciones, colección Leteo. Madrid, 2026.

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