La Heredad[i], Carlos Morales del Coso

Por Juan Ramón Mansilla

Voz que vuela en los vencejos

Leer y releer esta última producción de Carlos Morales, no en vano he sido su corrector, me planteó de entrada un primer interrogante: ¿Qué decide un autor cuando escoje de entre su obra para dar una parte a una antología? ¿Lo que estima mejor, aquello que muestra su devenir a lo largo del tiempo,  o solo lo más netamente identitario? La respuesta, como es obvio, determina posicionamientos y, consecuentemente, resultados distintos. Carlos Morales, en La Heredad, diría que ha optado por la última, queriendo afirmar cuál es su voz entre todas las voces que nos habitan. Tan es así que, más que de una antología al uso, cabría hablar de una ontología poética en la que, desde el propio título, su autor deja en brazos de los lectores su ser. La Heredad constituye, así lo quiere, su herencia. Carlos Morales nos la da aun sabiendo (El Viejo, p. 23) que «Cuando las cosas se van, cuando las cosas / recogen sus cosas del armario, / y dicen que se van, / y por última vez en la puerta se vuelven, / y sus ojos te dejan -llamándote- en los ojos, / y tú no les contestas porque son solo / una metáfora con lluvias en el pecho…»

Poco fértil en los últimos años, más dedicado a la obra de otros (ahí queda como monumental ejemplo su In nomine Auschwitz. Antología de la poesía del Holocausto) que a la suya propia, Carlos Morales ha conformado La Heredad con poemas pertenecientes a Un rostro en el jardín y El libro del Santo Lapicero, ambos publicados en 2000, con la adenda de relatos y poemas posteriores, inéditos la mayor parte, entre los que destaca Salmo de los Pájaros Negros. De los libros previos, Palabras de tierra y vino (1982) y S (1984), solo escoge un poema por cada, quizá porque a su voz resultan disonantes las voces anteriores. No debe resultar fácil tal espurgo. «Mas quién al dolor se arroja / y como pájaro espino / en él a morir se presta / por hallar la Voz que nos escoge?» (La Voz, p. 50) Y la voz por el autor querida habita el aire de este libro como vuelo de vencejo. Incesante, serena o febril, sudorosa de imágenes imposibles que su lapicero torna reales, recogida en alma de cántaro cuando busca frescor, rítmica, arbustiva, sálmica, tenaz en las repeticiones que ahondan la dramaturgia del poema, río si necesita fluir. Si de él, del autor, como escribe en el poema que da título al conjunto, tan solo quedara «el hombre con que escribo, / un hombre reclinado en un bastón de fuego, / el hombre que contempla esa extraña luz / con que acaba la vida, en ese mismo instante / en que la vida, tras la devastación, / se inclina sobre el tiempo» (p. 25), lo que quedaría sería tanto como una poesía torrencialmente enamorada de la vida y, por ello, angustiada por sus derroteros. Salmo de los Pájaros Negros (pp. 51 – 53), poema que se me antoja crucial en la explicación de la intrahistoria de esa angustia, poema heredero del Todesfuge de Paul Celan, del que Carlos Morales haría una impecable versión. Es el clamor a un dios desasido de la humanidad, el dolor de humanidad que transita los actos impuros de la barbarie, la desesperanza del ruego que trasmuta en lamentación: «¡oh Padre levanta la cabeza desnúdate y respira / somos tus negros arcángeles de hierro / tu risa repartimos Señor danzamos y danzamos / ahítos de tu gloria cosidos a tu muerte / Señor in nomine dei tu ira dibujamos / y tu risa dejamos correr cuando atardece / en la nuca del alba». Es tal la torrencialidad lingüística del poema, tal su simbolismo y carga referencial, que te deja sin resuello e inevitablemente herido.

Carlos Morales recita Todesfuge, de Paul Celan

Y con esa herida es preciso seguir. Ningún otro poema del libro vendrá a restañarla, a poder en ella sutura de dulzor. El también celaniano La danza del burka (p. 54) vendrá a exigirnos «abrid una noche el cielo a canal / tallad sobre el cielo las cruces los muertos del aire / los cielos cavad en los ojos más hondo / los muertos pintad en el aire la noche más triste / las bestias cubrid las testas dormidas volad / con velos rasgados los trenes partidos que arden». Carlos Morales encabrita su poesía cuatralba en feroces encabalgamientos, cómo si no se representa el horror. Por más que rompa conscientemente los molde gramaticales, por más que pula los poemas a esmeril, por más que quiera hacerlos danzar, por más que en ellos incluya, caricias reivindicadoras, palabras en ladino, «hinchado Sancti Espíritu regresa a la montaña / ya no pájaros / ya no ojos mirando cielo triste / solombras nubes rojas / sólo un hombre en la tempesta / mujer sola con niño dibujando / el rastro del espíritu / el caos que se avecina» (La danza de los páSharos, p. 55). Qué terrible la desolación si tan hermosa, si el hombre que sale desde la entraña del hombre normal se vierte  aire tan desnudo, poema tras poema, para hundir «en él tus crisantemos rojos…» (Josué, p. 80) y preguntarse, preguntarnos, «Qué poesía no es sino la muerte, o no es» (El combate, p.84). Para rescatar, junto a la palabra, a la persona, emergida de su epifanía de agua nueva en bautismo de palabras: «Te empinas, sí, sobre palabras, / palabras solas, palabras / nunca más solas ni desnudas, / que ascienden como pájaros / sobre un hombre que quiere despertar / en el jardín que llena / como puede, / mientras vive…»

Esta es La Heredad de Carlos Morales, una ontología poética que, aunque quizá el autor la dona como testamento, debiera dejarle una obligación: la de sacudirse la modorra del silencio, arrancarse la costra de finitud, y escribir, escribir poemas tan carnalmente etéreos, tan desesperadamente vivos; poemas de barro húmedo y llaga tibia donde meter el puño hasta la muñeca, poemas donde sumergirse a bucear. Poemas, lector, que te atañen porque es tuya esa heredad.


[i] La Heredad, Carlos Morales del Coso, Ed. Vitrubio. Madrid, 2026

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