Confortablemente muerto[i], de Rafael Escobar.
por Juan Ramón Mansilla
Hasta hora cuando he pensado, poéticamente, en la muerte lo he hecho con los ríos y el mar de Manrique, con el 19 de los “Poemas póstumos” de Huidobro, a través de los ojos que adquiere en el poema de Pavese, flotando en los sonetos de Gabriela Mistral. La he pensado sin imperio, con Dylan Thomas, heroica en Homero, trémula ojiabierta en la Rima LXI, destinada a tragarse su orgullo como en el poema de John Donne. La muerte por doquier, tan vívida. Tras Confortablemente muerto he de añadir a ese pensar otra visión. Familiar, bonachona, lúdica, multiforme, plurirreferencial. Cómo es la muerte, diría, vaya con ella, qué guardaditos mantenía sus secretos. Y ahora viene Rafael Escobar y nos revela que no tenía ninguno, que la pobre nada es sin nosotros.
Visitador, junto con su madre y su tía, de camposantos, lo testimonia en Yo que tanto visité los cementerios, poema que abre el libro, Rafael Escobar se acerca al asunto de la muerte con familiaridad y con el deslumbrado “amor de lo perdido”. En uno de ellos, “jardines de gracia serena”, habitará cuando “se me diera infinita, entera / promesa de ser otro / y habitar otro amor / que cumpliré / cuando ya no importe.” Y, como el hiciera con otras, ruega: “Cuida que mi tumba esté limpia, amigo, / no dejes que las malas hierba / siembren su reino / de odio y abrojos / sobre la indefensión de mis huesos”. Desde este poema, See that my grave is kept clean, con la triste, terrosa belleza de un blues, el poemario desdobla sus caminos “como la flor de un útero inmenso / donde morimos para que todo exista”. Y vaya si existe.
Existe en el baile democrático de la muerte que, como en el motivo bajomedieval, Françoise Villon y Jorge Manrique mediantes, reduce a común estado hasta a la más excelsa majestad (Pudridero). Existe en la ternura derretida de Un cucurucho de helado, poema con el que inviste a la muerte de la dignidad de las cosas pequeñas. Existe en ese vuelo, litúrgico casi, de Los pájaros del cementerio, que dibujan el aire “como si despertara su vuelo / el reclamo olvidado de algún misterio” antes de desaparecer entre ramas de ciprés porque, “Muertos del amor secreto de la tierra, / volved a este hambre feliz de nuestro afán, / os convoca un batir dulcísimo de alas”. Existe (Albaricoque) “al presionar la fruta entre los dedos… / haciendo carne de miel / las severas admoniciones clásiscas / sobre las rosas efímeras”. Existe en la Caja de botones “precipitándose contra el suelo, / su estruendo como eco o presagio / del colapso que encogerá el universo”. Existe porque No habrá apocalipsis, porque existimos y hecho en nosotros su hogar, nos quiere, “en su paso de lumbre amortiguada”, Confortablemente muertos. ¿No hay algo maternal en ello?
Uno sigue leyendo y no puede sino pararse y decir jo, qué muerte, qué muerte tan viva, jo, qué libro. Escrito con un lenguaje sereno, con manojos de palabras con ansia de abrazo, con imágenes poderosas que no apabullan, con la prosodia oculta de quien sabe, y mucho, pero en su pudor no quiere que se note, uno de los puntales de Confortablemente muerto es su carga referencial que, a modo de sinceros homenajes, atraviesa las páginas y las épocas extendiéndose, tal su amplitud de lector sabio e infatigable, desde Horacio hasta Leonard Cohen o Pink Floyd. Quién no es hijo de lo que lee, observa y escucha. Así ocurre en La música extremada, poema con abre El regreso del amor, segunda sección del libro, se establece un diálogo y una trasposición (Fray Luis de León – Rafael Escobar, Francisco de Salinas – pianista anónimo, “dedos de hombre joven / recorriendo su savia dulce en el piano”). O en los ecos de las campanas de Donne (No me iré mañana), que alientan el afán de vida, de “arañar otro verso” porque “Todavía es tiempo de cosecha, / de escuchar el júbilo de otras voces”, porque el amor está ahí, en “un rastro hondo de piedad, / la misma que hoy late purísima en tu bendición” (Rezaré por ti); porque, inmersión en los entresijos del platonismo, se halla “en los cuerpos / una Academia con jardines” (Ars Erótica) y la bicha incadenable del deseo, que gobierna hasta a los mismos dioses, Recorrerá tu piel.
Como en una eucaristía la muerte confortable se transustancia en amor. Y como con el amor y sus asuntos sucede, y la mano del autor los guía, los versos se hacen más frenéticos, más cascada, por más que Rafael Escobar busque represarlos en meandros donde “he pedido a la palabra / que me ayude a cifrar esa dorada medianía” (Desde que soy feliz ya no escribo) y la vida se amanse pues, cuando “Ya no le suele acongojar la muerte, / rehúye los excesos elegíacos” (La vida sin besos). Claro que tal mansedumbre a veces no es sino la añagaza que esconde la sorpresa “riéndose con inocente sarcasmo / si alguien le dijera / que un profesor de Cuenca, / de apariencia inofensiva y ligeramente asexuado, / es el criminal que habrá de hacerle más daño” (Quien amaré). Un poema como Su epitafío, diálogo en este caso con Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters, cierra la segunda sección refrenando, Rafael Escobar bien sabe hacerlo, la torrentera anterior para, juntando las manos, reconstruir “el hueco de una caracola donde escuchar / la ternura de los muertos”.
La muerte cotidiana que nos vive cada jornada atraviesa los poemas de Cada día, tercera y última sección del libro que, doce poemas por cada, Rafael Escobar ha compuesto con cuidada simetría de múltiplos de tres. Abro tema para los aficionados a la cábala o la divinidad. Poemas en los que el autor observa, mira desde fuera hacia el interior de las cosas como quien busca “la huella de juncos y luz transparente / que deja una muchacha ahogada” y pide “por que el mitificado niño interior / se oculte dormido o muerto / entre las venas del tiempo que te olvidó / y no pueda ver el hombre en que te has convertido” (Cada día). En esta intensa sección, Rafael Escobar, tan implacable como tierno consigo mismo, realiza un ejercicio de extrapolación introspectiva que transita los territorios que van de lo amargo a lo duz y traspone su experiencia en una objetivación poética de calado universal (Todo el mundo imagina su parto, Anestesia, Trigo,El fresco en la puerta, Cárcel) con que, contraviniendo la desazón instalada en el tuétano de la existencia, “Ya solo canto a la luz / que transita por las cosas” (Traveling light), acaso como “átomos microscópicos de Dios” (Dioses, semidioses…) La pulsión objetual va a encontrar su cima en un poema como Beben los pájaros. ¿Qué hacer con un gorrión en la palma de la mano? Siéndose microcosmos de Dios, “Podría besarlo, / podría quebrar sus huesos débiles / y perpetrar / el crimer de belleza / que llevamos palpitando en las manos” ¿No es atroz el alto poder que subyace en la disyuntiva? ¿Qué importa que, liberado, el gorrión te mire “antes de regresar / a la alcoba secreta del aire”? Rafael Escobar nos ofrece, con ello, una concisa visión de la poesía que amplía en poemas posteriores, Ropa tendida, La corza blanca, más allá de las realidades y ficciones personales y “la escenografía cruel del poema”, en un juego de espejos donde cada uno refleja a su contrario.
Jueguénlo, leánlo, llegue al último poema, Anclaje, y tiendan “un hilo como un pasadizo entre el mundo y yo”, algo “que parece una fe o una vocación”; instálense en las páginas de este libro confortablemente muertos, confortablemente vivos. Verán, a lo largo de sus caminos, multíples, cómo es la muerte en manos de Rafael Escobar, cómo es la muerte preñada de vida.
[i] Confortablemente muerto, Rafael Escobar, Ediciones Tigres de Papel. Carabaña (Madrid), 2026




