Meandre[i] (Meandro), de Jordi Cervera

Por Jorge Gamero

Jordi Cervera (Reus, 1959) ha publicado más de cien libros y ha recibido más de treinta premios a lo largo de su carrera, de hecho, mientras terminaba esta reseña supe que le acababan de conceder uno nuevo: el Premi de Narrativa Fira de Tots Sants de Cocentaina, en su segunda edición, por la novela Allò (Aquello) que publicará en octubre Andana Editorial. A pesar de este currículum, Jordi aún mantiene el mismo espíritu crítico, el mismo escepticismo hacia el sistema editorial y un ennui persistente sobrevuela cada vez con más conocimiento de causa su estado de ánimo hacia el porqué de todas las cosas. Un ennui, no en el sentido literal de la palabra francesa, del aburrimiento, claro; sino en el sentido de la melancolía o del desencanto espiritual de los poetas simbolistas franceses de finales del siglo XIX. Parecería una contradicción con su expediente, pero claro, seguramente es así porque solo los tontos, los bajocs que diría él en catalán, son felices y están encantados de haberse conocido con cuatro libros y medio publicados y algún premio concedido con calzador o vaselina.

            Después de casi veinticinco años que hace que lo conozco y, a pesar de la enorme variedad de géneros y registros que ha cultivado en su extensa obra, querría asumir el riesgo de afirmar, como veterano lector suyo, que Jordi Cervera por encima de todo es poeta. A mí al menos, es como poeta como más me llega y me zarandea su palabra. ¿Por qué? No es fácil explicar esta sensación, pero continuaremos asumiendo riesgos. El registro poético, cuando la poesía no es un conjunto de hallazgos estéticos, un listado de frases bonitas que no llegan al extremo derecho de la página, con su locus amoenus y otros lugares comunes, un juego de artificios de colores para adornar una despedida, o para subir al nieto encima de una silla por Navidad y que nos recite el poema escrito en la escuela; cuando burla estas máscaras, se convierte en el registro más complejo de la literatura. Entonces todo el mundo puede y debe dar su interpretación, dentro de un marco razonable, porque la lectura es un diálogo íntimo. El autor ha liberado lo más profundo de sí mismo, a veces con subterfugios elocuentes, a veces con confesiones arrolladoras que parecerían de cualquier otro, como una auto terapia necesaria, una declaración transcendental del alma, al fin y al cabo. El registro narrativo de la ficción es una convención pactada de antemano, autor y lector ya saben a qué juegan, pero la poesía siempre es otra cosa, un territorio de desnudeces y soledades, de rabias y nostalgias donde el poeta, de manera más o menos consciente, se lanza al vacío y se inmola, y lo hace en público, desde un remordimiento extraño, que es hijo, al mismo tiempo, de una desvergüenza terapéutica.

            I es aquí donde yo encuentro al auténtico Cervera.

Ha publicado cuentos y novelas infantiles, novelas juveniles y para adultos, toneladas de artículos, relatos, ensayo y poesía, todo en catalán, aunque con numerosas traducciones, y tres poemarios escritos originalmente en castellano: Lo que pasa cuando no pasa nada, 66 RPM Edicions, Col. Single N.º 4, Barcelona, 2015, Novela negra, Los libros de la frontera, Col. El Bardo N.º 50, Málaga, 2019, y Luz entre dos nostalgias, La Garúa Libros, Poesía N.º 111, Barcelona, 2024. Y seguramente me dejo algún otro registro. Coma autor infantil y juvenil es original, divertido y absolutamente irónico, con un sentido del humor muy fino e inteligente. Y como autor para adultos y poeta suma estas virtudes, pero ahora ya filtradas por el escepticismo, donde la ironía crece comiéndose al humor y el realismo se somete a la inteligencia manteniendo el mismo nivel de sensibilidad.

            No hace mucho, en una entrevista para reusdigital.cat, diario donde él mismo conduce la sección literaria «dos punts» («dos puntos»), afirmó: «escribir te permite abrir unos caminos diferentes a cuando haces periodismo».[ii] Detallaba más adelante, y parecería evidente para los letraheridos o, según una vieja licencia mía, los «literaturadictos», que la ficción te sirve la coartada para decir todo lo que quieras, cosa que a la necesidad de verosimilitud del periodismo le estaría vetado, o no… ¿O ahora también el periodismo se ha sumado a la fiesta de la mentira? Él lo sabe mejor que nadie, por mucho que ahora ya esté retirado del ruedo mediático, después de tota una vida en diferentes medios entre radio y prensa, y en la Corporació Catalana de Mitjans Audiovisuals. Sí, exacto, ahora ya el libro de estilo es no dejar que la verdad estropee una buena noticia.

            Vamos, sin embargo, a la verdad.

            Meandre, (Meandro) el último poemario de Jordi Cervera ha sido premiado con el XX Premi de Poesia Joan Perucho «Vila d’Ascó. Es una buena noticia su enorme calidad evocadora y que el premio lleve el nombre de un autor predilecto de Jordi porque, efectivamente, el reusense es un experto en Joan Perucho (Barcelona 1920-2003), autor –a quien conoció personalmente– entre otros, de Las historias naturales.[iii]

            Vamos a los diccionarios, que para eso están puesto que, más allá de lo que yo pueda recordar de las clases de ciencias naturales –y ya ha llovido–, la palabra «meandro» no podía ser una elección inocente. Efectivamente, al margen de «disposición de un camino» o de «adorno de líneas sinuosas y repetidas», el diccionario de la RAE nos define meandro como «cada una de las curvas que describe el curso de un río». Con la misma e irreversible placidez con la que el agua se abre camino por dónde pasa, el lado poético de la imagen convierte al título en un símbolo y una metáfora de la vida. ¿Cuántos meandros no vivimos o sorteamos a lo largo de nuestra existencia? Que se lo pregunten al autor de este libro. ¿Cuántos golpes hasta que la vuelta que da el agua, testaruda, genera una isla que nunca más volverá a tocar otra tierra?

            Quizás es por esto, por la constitución caprichosa de un meandro, por el curso azaroso de la vida, que el libro lo empata con treinta y ocho poemas de métrica irregular y diversa extensión sin seguir un orden determinado ni buscar una cadencia concreta, una propuesta de lectura que no sea la pura inercia silenciosa de sus palabras llenas de agua y de tierra. Y, en medio, quizás tres islas, tres poemas más largos, Meandre, Terra canviant i Treballar la terra (Meandro, Tierra cambiante y Trabajar la tierra) que da la impresión de que están para ordenar un poco el universo interior del libro. El resto de los títulos, porque todos los poemas lo tienen, como primer contenido poético, son evidencias del grito que hay detrás de este poemario. Solo citaré algunos: Estralls del temps, Torçar paisatges, Fugacitats, Racons, Desordre, Perdre’s, Els límits, El buit, Abismes propers, L’ocàs, Mort amarga, Horitzons o Tot està en venda. (Estragos del tiempo, Torcer paisajes, Fugacidades, Rincones, Desorden, Perderse, Los límites, El vacío, Abismos cercanos, El ocaso, Muerte amarga, Horizontes o Todo está en venta)

            Con estos ingredientes tendríamos suficientes pistas para saber por dónde van los tiros, pero claro, es necesario zambullirse en la profundidad de los versos para captar el sentido de la vida en el poema Fugacidades:

«Todo pasa veloz,

como una riada rebelde y devastada,

(…)

Ir y volver

dejarse arrastrar por la corriente,

retroceder sirgando rio arriba,

irse abandonando certezas

y volver renunciando a las verdades,

irse acumulando experiencias

y volver repartiendo quimeras,

ir rumbo a lo desconocido

y volver repitiendo hechos y rigores,

irse acunado por los errores del alma

y volver con la barca del desasosiego

anclada para siempre en los puertos del corazón.

O tal vez quedarse y soñar despierto

En aquel espacio minúsculo e infinito

Que descansa siempre entre la canícula y la pereza.» [iv]

O el pesimismo existencial con una visión del futuro que, a veces, no honra al pasado, a pesar de una brizna de esperanza, en Rincones:

«Queda un río sin domar del todo,

con aspiraciones de viaje

(…)

Queda también un recuerdo sin quemar,

cenizas futuras de un pasado algo torpe,

lleno de espíritus por inventariar,

de tatuajes sin piel donde enraizar,

con muertos a medio velar

y restos de mil dígitos sin solución».[v]

Y Perderse, otro poema,por aquellos Rincones u otros nuevos e intentar encontrar grietas entre la ficción y los anhelos:

«Abrir laberintos, trazarlos cruce a cruce,

con el cuidado delicado de un arquitecto,

convirtiendo sueños en evocaciones,

como si las caídas de la tarde fueran fábulas

a medio narrar, de final incierto».[vi]

(…)

o posibles huidas del ennui:

(…)

«más allá de todas las crecidas,

más allá de todos los olvidos»[vii]

            Cuando la lectura se remansa en el primer Meandro, en el primer poema largo, Jordi Cervera, de la mano del poema Parlo d’un riu mític (Hablo de un río mítico) Gerard Vergés (Tortosa, 1931-2014), describe, con la sutileza y la musicalidad de un discurrir de palabras su recuerdo fluvial, como dice Vergés en el último verso de ese poema: «Dolça remor de l’aigua en el record (Dulce rumor del agua en el recuerdo)»:

(…)

«saber del frío, de las corrientes,

de los remolinos y de las aguas engañosas,»

(…)

«saber del tiempo vulnerable,

indócil y mercenario

que se aferra a la piel de los días

que nos ha tocado en suerte,

como un remordimiento de eternidades olvidadas;»

(…)

«saber, sí, de todos los meandros,

territorios ungidos con la tibieza de un suspiro,

con la fragilidad muda de un olvido,

con la sencillez del agua ausente,

con la calmada verosimilitud del ayer.»[viii]

            Y vuelve al recuerdo, a la certeza de la añoranza desde el escepticismo presente, en el poema Eternos y calientes, con este final, sentencioso y evocador:

(…)

«Ingrata es la vida que discurre, muda,

entre furias y delicadezas,

entre calidez y violencia silente.

            Sí, fueron eternos y calientes aquellos veranos.»[ix]

            El segundo poema largo, Tierra cambiante, de hecho, el más largo del libro y el que tiene una versificación más extensa, es de una densidad luminosa.

(…)

«plenitudes inadaptadas que se parecen a las sombras,

que enturbian los delicados equilibrios

entre la somnolencia del presente

y la plenitud de un ayer que tiene mucho de cuchillo,

de espada, de alfanje, de florete, de navaja,

cortando, hiriendo, desgarrando

la belleza más o menos serena

de la carne llena, de los misterios de la sangre»

(…)[x]

            Una luminosidad evocadora, pero de una decadencia, de la nostalgia de la tierra, ahora ultrajada, y de un pasado irrecuperable fuera del verso:

(…)

«nada comparable al rigor de las penas y las arrugas,

señales inequívocas del paso inclemente de los años,

con la delicada y frágil desnudez de los recuerdos»[xi]

(…)

«La tierra calla, enmudece las hogueras,

tal vez será dulce no hablar, mantener la quietud extrema,

guardar las palabras y los juegos que aquella infancia

que se perdió entre las brumas nunca llegó a reivindicar,

ser letanía, obstáculo y al mismo tiempo urgencia y desvelo,»[xii]

(…)

«Tierra aniquilada que esconde su grandeza

mientras ensaya ritos de hospitalidad ancestral,

benditas grandezas de memoria e intemperie,»[xiii]

(…)

            Y va fluyendo el grito desesperado y proverbial del guion de la vida, en Abismos cercanos:

(…)

            «en el discurrir brumoso de los años exhaustos,

en el último precipicio que nos acoge

sin preguntar si volveremos a ver

            florecer los márgenes con el verdor perdido,

            si veremos el liquen agarrase al muro de la piedra seca.»[xiv]

O en el poema El ocaso, con un «ir navegando» que, en realidad, es como un «ir tirando/haciendo»

(…)

            «Se trata, tal vez, de ir navegando casi a la deriva,

            con la espalda en penumbra y el alma sin florecer»[xv]

            El tercer poema largo, Trabajar la tierra, es una declaración crítica de intenciones hecha con una letanía de infinitivos aplicados al objeto directo del sintagma nominal «la tierra». «Trabajar, labrar, besar, callar, morder, calcinar, cortar, hundir, soñar, morir…» La tierra que es un espacio físico, pero también íntimo y sensorial, un espejo que nos define en función de la manera que la tratemos y la habitemos, una segunda piel, la tierra como un alter ego sensorial del poeta.

            (…)

            «Callar como un desierto anaranjado,

            quemar como los cuerpos soñados

            que se unen en el cruce de la desgracia,

de la turbación oscura de las sensaciones,

del llanto de los viejos horizontes

que se difuminan a la lejanía del pensamiento.»[xvi]

(…)

«Cortar la tierra, calentar las palabras

en un ejercicio perdido

de mimetismos, ramas caídas,

brisas húmidas y monstruos abyectos.»[xvii]

(…)

«Hundir la tierra, atemperar el orgullo,

pesar todas las substancias prestadas

con una balanza sin medidas ni calibre,

para conseguir, de una vez por todas,

vivir al día sin deudas ancestrales,»

(…)

«Soñar la tierra, romper la rutina,

alejarla así de los oráculos sin programa,

de las sentencias rotundas e incandescentes,

del perdón indebido por los pecados ajenos.»[xviii]

(…)

«Morir la tierra, maquillar el vacío,

este sentimiento que ahoga,»[xix]

(…)

            Y como colofón, una actitud posible hacia la tiranía de estar vivos, de ser meandros abandonados, trozos de tierra hechos de agua en el poema Todo está en venta:

            (…)

            «Tal vez solo se trata de ser fugaz, soportable, ligero,

de convertirse en peregrino absorto y transitorio

en estos lugares áridos donde todo tiene un precio tasado,

donde todo es mercancía fungible, donde todo está en venta, 

                                                                                      siempre.»[xx]

un espejismo, ¿una hendidura de luz per la que se cuela la utopía? ¿Una aceptación? ¿Un «tirar la toalla» al centro del cuadrilátero?, ¿Un «borrón y cuenta nueva», sedante?, en el último poema, Conquistar la felicidad:   

(…)

«y pañuelos para asustar la galbana,

la desidia, la desgana, la pereza,

todo aquello que nos impide conquistar la felicidad»

(…)

«y el río que llega y huye sin detenerse,

que se lleva las esquelas de los difuntos,

el hambre de los vivos, les patrias, los recuerdos,

la añoranza y las banderas.

            Al final, todo pasa i solo queda aquel rumor

            de agua melancólica, inquieta, omnipresente.

                                                           Después, del silencio.»[xxi]

Después de todo, de lo que he intentado que fuera una lectura muy personal de Meandro –quizás la única manera posible de leer poesía–, asumo, justo por eso, un último riesgo: que todo el poemario es una lucha íntima y muy personal que marcará el inicio de un ciclo diferente en la poesía de Jordi Cervera, que Meandro es un poemario discretamente místico. Y digo «discretamente místico» porqué,más allá de la evidencia de la metáfora de la vida, del agua y la tierra en comunión para explicar sus certezas y giros, las sorpresas del decurso de estar vivos y de sentir palpitar el corazón, las preguntas sin respuesta, todo aquello que representa una mirada al más allá, queda al servicio del presente, cansado, crepuscular, sí, pero vivos, tocando el suelo, de pie, nada celestiales, de momento, al pie del cañón.


[i] Meandre, de Jordi Cervera, XX Premi de Poesia Joan Perucho «Vila d’Ascó», Edicions Saldonar, Barcelona, abril de 2026

[ii] «escriure et permet obrir uns camins diferents a quan fas periodisme». (https://reusdigital.cat/noticies/cultura/jordi-cervera-escriure-et-permet-obrir-uns-camins-diferents-quan-fas-periodisme)

[iii] PERUCHO, Joan, Les històries naturals, Barcelona, 1960, Edicions 62

[iv] CERVERA, Jordi, página 16, Meandre, Barcelona, abril de 2026, Edicions Saldonar. Las traducciones al castellano de los fragmentos en catalán para esta reseña son del propio autor del libro.

[v]   Ibidem, página 19

[vi]  Ibidem, página 21

[vii]  Ibidem, página 21

[viii] Ibidem, páginas 24 y 25

[ix]  Ibidem, página 26

[x]   Ibidem, página 28

[xi]  Ibidem, página 31

[xii]  Ibidem, página 32

[xiii] Ibidem, página 33

[xiv] Ibidem, página 39

[xv] Ibidem, página 40

[xvi] Ibidem, página 46

[xvii] Ibidem, página 47

[xviii] Ibidem, página 48

[xix]  Ibidem, página 49

[xx]  Ibidem, página 54

[xxi] Ibidem, página 58

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