De orilla a orilla
Por Jorge Rodríguez Hidalgo
LA EUTANASIA, EL SUICIDIO, LA BUENA MUERTE
Dolors fue maestra de niños durante cuatro décadas. Enseñó el abecé de la escritura e inició a varias generaciones de nuevos conciudadanos en los rudimentos del saber necesario para abrir bien los ojos y discernir el qué de las cosas. Dolors fue una mujer tranquila, ecuánime, amorosa. No había criatura que rechazara su magisterio: su sombra era tan benéfica, tan refrescante, que los retoños crecían a su amparo con un vigor inusitado en el plantío de un lugar sencillo y alejado de la cultura libresca, Sant Pere de Ribes, casi perdido en el sur de la provincia de Barcelona. Dolors tenía unos oídos calmos, lentos, como de tierra silente que encierra y da vida. Cuando se jubiló, quienes la conocíamos la buscábamos en el centro del pueblo, en alguna terraza, siempre rodeada de amigos, con quienes hablaba -pero sobre todo escuchaba- y a quienes dedicaba sus sonrisas suaves -impresionistas, se diría-, sus miradas comprensivas. Apenas llenaba el asiento que ocupaba: menuda y, en apariencia, frágil, a su lado la prisa desaparecía: pero no paraba el tiempo -esa ñoñez hoy de moda-, sino que lo adensaba, confiriéndole una sustancia que a todos nos nutría y confortaba. Dolors danzaba con sordina, o cantaba con un sutil movimiento de labios que parecían espejear, en realidad, el silencio sonoro que se desprende de los espíritus alígeros. Dolors era la plaza y era el pueblo, mucho más que la fuente o las callejas aneblinadas por el humo de los hogares de las humildes casas. Dolors era, fue. Pero aunque ya no esté, Dolors está, tanto como quienes, sin verla, la vemos.
Durante años, Dolors sufrió los embates de un dolor que se hizo crónico. Qué fatal coincidencia: Dolors (Dolores, en español) resistió cuanto pudo los dolores de un mal irrefrenable que procuró no anteponer en sus diálogos con el pequeño mundo en que se movía. La discreción para con el prójimo era su manera de preservarlo y de no provocar en él la compasión ni la condescendencia. Hasta en el mal propio era Dolors un bien ajeno. Pero un día -en rigor, muchos días de médicos, conjeturas y decisiones que adoptar- hubo de tomar una resolución: ¿vivir o sobrevivir? Más aún: ¿no poder gozar de la vida o no vivir? La disyuntiva entrañaba una paradoja, si sustituimos el eufemismo por las palabra precisas: ¿malvivir o morir? Dolors, por fin, despejó la última de sus incógnitas vitales: anotada quedó la fecha de su muerte, de la que nada supimos hasta que echamos en falta su presencia en la plaza.
Lucio Anneo Séneca (Corduba, ca. 4 a.C.-Roma, 65 d.C.), quien sobrevivió a Calígula (12-41 d.C.) y a Claudio (10 a.C.-54 d.C.), ligó su suerte a la del funesto César Nerón (37-68 d.C.), de quien fue asesor, ‘ministro’ y parte de su claque. Cuando el “emperador artista” lo creyó involucrado en una conjura para defenestrarlo, condenó a muerte al filósofo y orador, además de político. La sentencia regia tenía la particularidad de permitir al condenado darse muerte, una prerrogativa concedida a los miembros más sobresalientes de la sociedad romana de su tiempo. Como es sabido, Séneca, además de cortarse las venas, hubo de recurrir al veneno para morir, pues su demacrado cuerpo, acostumbrado por voluntad propia a la austeridad, apenas alentaba vida en las venas, que se negaban a manar sangre. Paulina, la esposa de Séneca, quiso también seguir los pasos del hombre, quien, por causa de la resistencia de su naturaleza, sufrió un gran tormento hasta morir. Antes, Séneca ordenó que trasladasen a Paulina a otra estancia, a fin de evitarle el tétrico espectáculo de su agonía. En el ínterin, Nerón envió a casa de Séneca a unos soldados con la misión de impedir que la muerte de su exasesor se convirtiera en un espectáculo ‘exagerado’ y se viera como una ‘ejecución dulcificada’. Sin embargo, solo Paulina pudo salvarse de la muerte, gracias a sus esclavos y libertos, que le vendaron los brazos y pararon su desangramiento. Por lo tanto, la condena capital de Séneca, representada como un ‘suicidio’, fue un acto tan político como jurídico. El cuerpo del filósofo fue quemado de matute y sin ceremonia alguna, pues murió siendo un proscrito.
La eutanasia y el suicidio son hoy objeto de un debate del que se excluye por completo el derecho a la libertad para con el propio cuerpo que ha de asistir de forma natural a cualquier ciudadano, sea este de la condición que sea. La muerte, que a todos nos llegará, también ha de sujetarse, en cuanto a su forma -si no la ocasiona una enfermedad, accidente o asesinato-, al mandamiento último de quien quiere morir. Nadie ha de suplantar, en su acto final, al que busca poder alcanzar una ‘buena muerte’. Es decir, nadie ni nada han de estar por encima de la libertad inherente al ser humano desde su nacimiento (su concepción es ajena a su irrupción en la existencia) para decidir qué hacer con la propia vida.
Dinos, Dolors, ¿tu libertad es o ha sido? ¿No fuiste libre, si obligada te viste a serlo… de otra manera? Como Séneca, ¿’dulcificaste’ tu condena (la condena que pesa sobre cualquier vivo) con un mandato íntimo que te trascendía? ¿Abandonar el infierno de los dolores ha sido irse a otra vida? ¿Cerrar la puerta a la conciencia es enclaustrarla en una incógnita prisión o es entrar en una certísima nada que habremos de llenar/negar quienes te supimos? Ave, Dolors, morituri te salutant.




