Desde el mirador

Por Kepa Murua

La extraña definición

Después de muchas insatisfacciones en la vida, tras alguna que otra decepción, una vez superadas las humillaciones que el destino nos prepara para sortear su extraña definición y buscar la transformación perpetua, a la que estamos abocados de por vida, sabemos que podemos defender un modo de vida de la misma manera que debemos aceptar su contrario. Otro tanto sucede con los pensamientos, los dirigidos a nosotros mismos, por ejemplo, como aquellos otros que retratan a las personas que nos rodean. Los sentimientos, que pueden pasar de la claridad a la oscuridad en un santiamén, mientras nosotros, con nuestra soledad y su misterio, nos sentimos a su merced, pueden ser asimismo contradictorios. Y sin embargo, mientras somos de una manera y nos comportamos de otra a los ojos de los demás, sentimos paz o ira en el transcurso del mismo día, pensamos en la bondad de la vida y consideramos por igual su terrible realidad, seguimos siendo nosotros mismos, cada vez que nos ponemos a salvo detrás de la máscara de la verdad, la propia y la ajena, y asumimos como una segunda piel que nos viste y nos desnuda a la vez las contradicciones que nos hacen la vida más llevadera. Los contratiempos, las amenazas, las presiones, junto con la quietud, la paz y la felicidad compartida, son ideas que se descubren entre las realidades que nos definen ante las personas en situaciones a menudo diferentes que, contradictoriamente, pueden ser parecidas a otras del pasado donde en su día tomamos diferentes resoluciones para salir al paso o para intentar solucionar ese u otro conflicto. Los mismos conflictos, con sensaciones contrarias a la vista, son el motor que hace andar las contradicciones en medio de esa extraña definición que nos lleva, sin saberlo, e incluso aceptamos, por los caminos más insospechados y que nos enfrentan a una lógica del comportamiento que pide a gritos un método de subsistencia. ¿Es el ser humano un ente capacitado para la definición de su comportamiento en un único enunciado? Después de la transformación perpetua que se exige el hombre, parece que la contradicción es la única regla –una regla de excepción con mayúsculas– donde el individuo revive con cierta tranquilidad su manera de entender la vida mientras elige un camino u otro. Ni la impaciencia ni la renuncia ni la desazón o el rechazo y, de la misma manera, la calma, la alegría o la aceptación, tienen tanta fuerza, tanta presencia –aun de manera oculta– como la contradicción, que es la suma de todos los perdones que puede esgrimir el ser humano ante el mayor de los pecados, como es no entender con claridad su existencia, para poder seguir adelante, con el fin de aclarar algún día su comportamiento.

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