Razón y sentido de la tolerancia[i]

Por Antonio Tello

Cuando la realidad de nuestros países y el mundo entero aparece desquiciado por la violencia, la estupidez y la ignorancia y un sistema económico inhumano que pone en peligro tanto la supervivencia del ser humano como la del planeta; un sistema tutelado por dirigentes embargados por el odio, la insensibilidad y la crueldad, se hace necesario hablar y reflexionar sobre la tolerancia y su necesidad en el presente.

Pero ¿qué es la tolerancia? Desde el punto de vista lexicográfico, tolerancia, que procede del latín tolerantǐa, paciencia, sufrimiento, significa respeto y consideración hacia las opiniones, ideas y creencias distintas de las propias, especialmente en los campos religioso y político. La noción de tolerancia se convirtió en Occidente, en el umbral entre la Edad Media y el Renacimiento, en la matriz de las libertades civiles al emerger como reacción a un insoportable proceso de violencia y aniquilación, que amenazaba la existencia de los reinos europeos de entonces.

Si bien el principio evangélico de «amor al prójimo», que surge ante la asfixiante y destructiva intolerancia religiosa sacralizada en el Antiguo Testamento, debería haber desarrollado la noción y al término de tolerancia mucho antes en el ámbito de influencia de la religión cristiana, los mismos no se plantearon hasta el siglo XVI, a partir del cisma provocado por la Reforma protestante y las guerras de religión que le siguieron. Hasta entonces había prevalecido, y en ciertos aspectos permanece enquistada en algunos sectores de la curia eclesiástica, una corriente de intolerancia que ha tenido graves consecuencias –culturales, científicas, económicas, etc.- para muchos estados católicos. Ejemplo histórico significativo es la catástrofe cultural y económica que supuso para España la expulsión de musulmanes y judíos tras la conquista de Granada en 1492 por los Reyes Católicos. Cabe consignar, no obstante, que la intolerancia religiosa no ha sido sólo patrimonio exclusivo del catolicismo sino también, y sólo por citar las grandes religiones de influencia en el mundo occidental, de los cristianos protestantes, ortodoxos, etc. y del judaísmo y el islam, cuyos fundamentalismos han dado lugar a cruentas luchas tanto intestinas como contra otras creencias.

La intransigencia religiosa, cuya institución emblemática era la Inquisición[ii], empezó a ser cuestionada por algunos humanistas y por ciertos grupos radicales protestantes, en el siglo XVI. La intolerancia había sido hasta ese momento el pilar ideológico de la universalidad de la fe católica y de la unidad de la Iglesia y el Estado, pero la Reforma, al derribar este edificio conceptual y propiciar el surgimiento de numerosas sectas, puso en cuestión el modelo de verdad religiosa vigente y, consecuentemente, expuso las graves dificultades para la convivencia que se suscitaban entre los seguidores de los diferentes credos, no sólo en el marco general del Sacro Imperio Románico Germánico sino también en el interior de cada uno de los reinos.

La desaparición, en el contexto cismático de la Reforma y la Contrarreforma, del arquetipo ortodoxo, que hasta entonces había permitido a la Iglesia católica identificar al hereje, perseguirlo, torturarlo y eliminarlo para mantener la unidad de la fe, además de factores políticos y económicos, está en el origen de las guerras de religión y de la radicalización del conflicto y, consecuentemente, de la intolerancia. Tal radicalización minó la unidad Iglesia-Estado y creó un problema jurídico-político-religioso de vasto alcance al poner al Estado en la tesitura de perseguir al hereje. En tales circunstancias, la idea de tolerancia fue planteada por algunos pensadores como una posibilidad de resolución del conflicto al mismo tiempo que abría el debate sobre la conveniencia o no de la unidad Iglesia-Estado; sobre el desarrollo de un estatuto jurídico del disidente y sobre los efectos que en el orden económico tenía la intolerancia. Se ponía así de manifiesto que los conceptos tradicionales de ortodoxia y herejía eran la fuente de las graves pugnas que aquejaban a los pueblos.

Erasmo de Rotterdam y Thomas Moro, entre otros humanistas, y los politiques –eclesiásticos, pensadores, políticos franceses-, desarrollaron entonces la noción de tolerancia como un mal necesario para favorecer la convivencia entre creyentes de diferentes credos y, finalmente, restaurar el ideal de la unidad espiritual de todas las confesiones cristianas. Partiendo de este supuesto, Erasmo propuso la revisión de la dupla ortodoxia-herejía y la focalización en los puntos de confluencia para superar el estado de conflicto permanente mediante el diálogo y el rechazo de la coacción y la violencia.

La paz de Augsburgo[iii] de 1555 recogió estas ideas, pero fracasó al mantener la vigencia del ideal de la unidad cristiana y de la Iglesia-Estado, lo que llevó a consagrar el principio cūius regio eius religio, según el cual el reino debía seguir la religión de su soberano. Esto significaba que era éste y no sus súbditos quien disfrutaba de la libertad religiosa, con lo cual el problema de la intolerancia se trasladaba a la jurisdicción de cada reino. A esto hay que añadirle el hecho de que la persecución, encarcelamiento o ejecución de los disidentes, le planteaba al Estado una cuestión de legitimidad jurídica para intervenir en asuntos de conciencia que eran competencia de la Iglesia.

Thomas Moro coincide con Erasmo en su rechazo de la intolerancia y la violencia en cuestiones de fe porque la vida y la fuerza de los reinos están sujetas a la coexistencia pacífica y ésta no es posible sin libertad religiosa y de opinión. Sin embargo, ninguno logró superar el ideal de unidad cristiana y tampoco el problema que planteaba la unidad Iglesia-Estado.

Fueron los politiques quienes en Francia plantearon la preeminencia de los intereses políticos sobre los religiosos como condición esencial para preservar la existencia del Estado. Desde esta perspectiva política empezó una nueva concepción de la tolerancia y con ella a perfilarse la noción de libertad de conciencia tal como se interpreta en la actualidad. En una carta a M. de Schomberg, embajador francés ante los príncipes alemanes, el cardenal Richelieu le dice, según la cita del profesor Eduardo Bello en su trabajo El concepto de tolerancia, de Tomás Moro a Voltaire: «Las diversas creencias no nos causan diversos Estados: divididos en la fe, permanecemos unidos bajo un príncipe…».

Esta línea de pensamiento hizo posible el Edicto de Nantes de 1598, el cual sentó las bases jurídicas de la libertad de conciencia al crear un régimen legal de tolerancia inédito en la historia de Europa. La importancia de este documento radica en que contribuyó a fijar en el imaginario político de la época la idea de tolerancia no como un mal necesario sino como una forma de respeto mutuo a la libertad de conciencia. Este fue el momento histórico en que grupos protestantes radicales profundizaron el alcance teológico, social y político de los principios de la Reforma sobre la base de la disociación del Estado y la Iglesia.

Los anabaptistas, principalmente, al considerar que la fe no puede imponerse mediante la coacción y la violencia y que su desarrollo está vinculado a la libertad de conciencia, reivindicaron la separación de los órdenes temporal y espiritual como fórmula garante de dicha libertad. Aún fueron más lejos los antitrinitarios, quienes abogaron por someter los asuntos religiosos a la razón, la cual favorecía la extensión de la libertad religiosa a la libertad civil al interpretar que la libertad de conciencia fundada en los derechos del individuo era la piedra angular de la convivencia pacífica y de la libertad comunitaria.

La concepción de la tolerancia como respeto de la libertad de conciencia significó un paso ideológico trascendental en el camino hacia la democracia moderna. En 1689, pocos meses antes de que la Revolución Gloriosa inaugurara la monarquía parlamentaria en Inglaterra, en Holanda, donde se hallaba exiliado, John Locke, acaso partiendo de las ideas formuladas por el poeta John Milton, autor del poema El Paraíso perdido y cuyos escritos ensayísticos serían utilizados más tarde como referencia para la redacción de la Constitución de EE.UU.,daba a conocer de forma anónima la Carta de la tolerancia. En ésta, Locke recoge las tesis de los radicales protestantes y argumenta que el contrato entre los ciudadanos y el Estado sustenta su soberanía, la cual legitima el poder limitándolo a la jurisdicción civil «y [el poder civil] no puede ni debe, en manera alguna, extenderse hasta la salvación de las almas».

Con el argumento político de que el Estado y las iglesias son entidades autónomas de libre asociación, la tolerancia civil funda para Locke una premisa de respeto de todas las creencias y de la libertad de conciencia de todos los individuos de una comunidad. De este modo, en el ámbito de la fe cristiana, el concepto de ortodoxia es sustituido por el de tolerancia y, consecuentemente, al consumarse propicia la separación de la unidad Iglesia-Estado y la aceptación de la pluralidad de creencias en un plano de igualdad, de modo que no haya que tolerar a quienes no son capaces de actuar en correspondencia. A pesar de ésta y otras contradicciones, como la de negar respeto a los católicos, a causa de su dogmatismo e intolerancia, y a los ateos porque «prescindir de Dios, aunque sólo sea en el pensamiento, lo disuelve todo», la Carta de la tolerancia «sienta las bases de una nueva conciencia religiosa de signo liberal», en palabras del profesor José I. Cayón en Teoría de la tolerancia en John Locke, cuyo escenario de desarrollo se verificará en el nuevo contexto de las democracias parlamentarias.

En correspondencia con Locke y con la idea de Kant de situar la religión dentro de los límites de la razón, Voltaire rechaza, desde una posición teísta, la violencia de la superstición afirmando en Tratado sobre la tolerancia que «el abuso de la religión más santa ha producido un gran crimen», en alusión la matanza de san Bartolomé, en 1572, y enfatiza que la tolerancia religiosa al favorecer la convivencia pacífica es la que contribuye al progreso económico y al bienestar de la sociedad. Al oponer la razón a la violencia y al fanatismo, Voltaire cree posible el desarrollo de una tolerancia universal que, trascendiendo el ámbito religioso, alcance los campos definidos por una identidad política, cultural o social. Pero para que esto sea posible se hace necesario pensar en una religión basada en la idea de fraternidad inspirada por un «Dios de todos los seres, de todos los mundos, de todos los tiempos», cuyo único culto consista en la práctica de la virtud. Voltaire, quien como Locke también excluye de este proyecto a los ateos por «carecer de principios morales», observa que antes que las especulaciones metafísicas deben prevalecer las argumentaciones por el bien común.

No obstante sus limitaciones, la noción de tolerancia universal formulada por Voltaire orienta el concepto de tolerancia hacia el pluralismo social. En este proceso, el concepto tradicional de tolerancia, situado en el plano de las ideas, las creencias o las opiniones, se desplaza en la sociedad contemporánea al plano de la realidad cotidiana donde la intolerancia que pone en peligro la convivencia y la paz social tiene su origen en los prejuicios y la discriminación por razones étnicas, raciales, lingüísticas, religiosas, de clase y sexuales de género o de orientación sexual.

Paralelamente a los grandes avances científicos y tecnológicos, que incluyen el desarrollo e influencia de los medios de comunicación de masas, y a los logros en el campo de los derechos humanos también se ha verificado un desigual crecimiento de los pueblos, que ha agrandado la brecha entre los países desarrollados y los países pobres.

Asimismo, la globalización y la conversión del planeta en un vasto mercado de bienes y capitales movidos y controlados por un poder cada vez más concentrado, han generado desplazamientos masivos de población de los lugares empobrecidos hacia las naciones más industrializadas, donde forman masas migrantes de muy diversa procedencia y difícil integración. En este contexto, los sociólogos que defienden el multiculturalismo cuestionan la tolerancia considerándola un concepto etnocéntrico y, por tanto, autoritario en la medida que se plantea desde la óptica de la cultura occidental que tiende a universalizar sus valores sin atender los valores particulares de otras culturas. Frente a este relativismo, según el cual «la verdad es algo sin significado», como dijo Karl Popper en su conferencia Tolerancia y responsabilidad intelectual, se opone la idea de un pluralismo crítico, que consiste en que toda teoría en la búsqueda de la verdad «debe admitirse en competencia con otras teorías».

En este proceso global de difuminación de los contrastes culturales se plantea a la tolerancia una cuestión moral sobre el modo cómo deben justificarse los valores que se pretenden universalizar. Dado que «las culturas no se ignoran unas a otras», dice Lévi-Strauss en Raza y cultura, «no es del todo reprochable colocar una manera de vivir por encima de todas las demás o el sentirse poco atraídos por otros valores». Sin embargo, afirma Clifford Geertz en Los usos de la diversidad, esta «relativa incomunicabilidad» no autoriza a nadie a oprimir o destruir aquellos valores que se rechazan o a quienes los sostienen». Para Geertz, muchos filósofos y pensadores contemporáneos, situados en la estela del etnocentrismo, «vuelven la mirada hacia esa especie de imperméabilité del “somos-quienes-somos” y ellos “son-quienes-son”» y se sitúan en «una cómoda arrogancia, justificada en los prejuicios», y se pregunta si esta es la forma de rechazar «la extrema tolerancia del cosmopolitismo de la UNESCO» o es el «narcisismo moral la alternativa a la entropía moral», según la cual valores como la igualdad y la fraternidad no pueden reinar «entre los seres humanos sin comprometer su diversidad», como afirma Lévi-Strauss.

Como en su concepción religiosa, el concepto de tolerancia mantiene en el núcleo de su significación y extensión, la noción de verdad. En su citada conferencia, Popper trae a colación de la verdad los siguientes versos del filósofo presocrático Jenófanes de Colofón: La verdad segura sobre los dioses y sobre todas las cosas de las que hablo / no las conoce ningún humano y ninguno la conocerá. / Incluso aunque alguien anunciara alguna vez la verdad más acabada, / él mismo no podría saberlo: todo está entreverado de conjetura.

No obstante, a pesar de la inseguridad del conocer humano, los pueblos han de considerar que el concepto de tolerancia y su aplicación también depende del «atreverse a ver», de Diderot, y de la comprensión vinculados a los derechos y la dignidad humanos.


[i] Nota basada en la entrada correspondiente del Diccionario político. Voces y locuciones, de Antonio Tello, El viejo topo, Barcelona, 2012.

[ii] El Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición fue fundado en 1478 por los Reyes Católicos para mantener la ortodoxia del cristianismo católico, aunque sus orígenes se remontan al siglo XII, con la bula Ad abolendam del papa Lucio III contra los cátaros.

[iii] Paz de Augsburgo o Paz o Paz de las Religiones. Tratado firmado en 1555 entre el Sacro Imperio Romano y los estados imperiales, según el cual el Imperio de Carlos V se divide en dos confesiones cristianas -católica y luterana, entre las cuales los príncipes pueden elegir quedando prohibidas el calvinismo y otras.

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