El Indio Solari y el silencio atroz

Homenaje a El Indio Solari[i]

Por Hugo Aguilar y Xenia Correa

Un mito es aquello en lo que se cree, sin saber que se lo cree

Mircea Eliade. Mito y Realidad. 1968

Cuando la noche es más oscura, se viene el día en tu corazón”

Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Luzbelito. Juguetes perdidos. 1996

5 de junio – 9 h.

Los diarios consignarán una fecha,
una dirección,
la fatigada burocracia de la muerte.
Eso es lo de menos.

Porque el hombre muere una sola vez.

Lo difícil comienza después.

Cuando una voz deja de pertenecer a un cuerpo
y pasa a la memoria de los otros.
Cuando una multitud descubre
que ha estado adorando un símbolo.

Mañana, en alguna ruta de provincia,
un muchacho demasiado joven para haberlo visto
escuchará una canción.

No sabrá exactamente qué busca.

Pero reconocerá la contraseña.

Y el mito,
como esos antiguos dioses que Borges imaginaba ocultos en los espejos,
volverá a respirar.

Xenia Correa – 2026

Esta llovizna que acecha los cristales se parece mucho a aquella lluvia que caía mansamente sobre el mundo el 1 de julio de 1974. Esa lluvia que humedeció aquellas miradas cercanas y entrañables por primera vez y los ojos de otros tantos que nunca conocí, pero supuse. Esa lluvia que los arrasó de dolor, de abismo y desolación se parece a esta llovizna de junio. Y, sin embargo, no. Seguramente, no.

Bajo el dolor y la lluvia, cunde el gris y nos iguala. Aquí, allá y en todas partes. Pero hay algo de luminoso y feroz en la marcha lenta de un pueblo hacia su destino. Y eso aterra y silencia a los animales. Porque es una marcha humana, simple, inevitable, definitiva. Aunque en perdidos arrabales la boca de los fusiles intentara frágilmente torcer el rumbo escrito por otras manos ajenas y tenebrosas, el tiempo del silencio también inevitable, finalmente llegaría.

¿De quién es la voz que atraviesa los umbrales, los baldíos y las llagas? ¿De quién la certeza de la palabra lanzada al viento como una bandera al viento, como una bandera intacta como una intacta palabra devoradora del miedo? De quién sino del pueblo en marcha, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez. Con el destino escrito en la piel de las banderas.

¿Dónde se esconden los tiranos, cuando el pueblo en marcha canta con la garganta inmensa de una tormenta intacta de voluntad y horizonte? ¿Dónde se guarda el silencio tantas veces desatado que recorrió la Tierra como un demonio vulgar de leyendas olvidadas? ¿Dónde quedan las maneras de los títeres de turno cuando el trueno, el rayo, la lluvia y la desolación se convierten en la fiesta? ¿Dónde la vaga soberbia de los usureros y los buitres y sus patéticas tragedias?

¿En qué punto del tiempo y de la materia, la voz de un hombre estalla y se dilata en incontables voces, en infinitas caras, en horizontes comunes, en rumbos inevitables? ¿Dónde el uno se funde con el todo? ¿Dónde la multitud ya no es muchedumbre innominada, sino pueblo, comunidad del deseo, reconocimiento del otro que deja de ser otro para ser nosotros?

No, la Patria no es el otro. El otro, desde siempre, se pensó como el dueño de la Patria y su destino. Nosotros somos el otro de aquel que siempre se creyó dueño de todo. El amo que juega al esclavo y reparte sus hazañas vulgares de tahúr y de asesino como si fuesen teologales virtudes intocables.

Cuando una voz es todas y es una, el inconsciente colectivo se rinde ante la evidencia. Se vuelve conciencia, voluntad, herramienta del futuro, mito. Mito vivo que funda al sujeto desde el todo, que acoge desde la esperanza común, una fe compartida y un lenguaje: una manera nueva y distinta de percibir el mundo, de soñar con él y construirlo.

Porque hay hombres que nacen para habitar una época y hombres que terminan habitando una lengua. Los primeros envejecen con los calendarios; los segundos se vuelven intemperie, rumor, horizonte. Ya no pertenecen a la materia frágil de sus cuerpos sino a esa región misteriosa donde las palabras dejan de nombrar a las cosas para comenzar a fundarlas. Allí viven los mitos verdaderos: no en la perfección de las estatuas ni en el mármol de las efemérides, sino en la respiración anónima de quienes los recuerdan. Como una fogata encendida en medio de la noche, iluminan mucho más allá de sí mismos y terminan revelando el rostro de aquellos que se reúnen alrededor de su fuego.

Una sociedad sin mito es estéril, un mito sin una lengua común y una fe compartida es propaganda. Un mito construye comunidad desde esa fe verdadera y esa lengua original. Y se vuelve trascendente. Pero no mira a los dioses, porque los dioses sólo nos mirarán de frente cuando tengamos un rostro, dijo alguien por ahí, alguna vez. Y por eso es trascendente, porque busca habitar amorosamente un espacio común donde el otro no sea ni Patria, ni Matria, ni Fratria; sino yo mismo con otro cuero como soñaba Atahualpa.

Quizás por eso, aquella lluvia de julio y esta llovizna de junio se parecen sólo en el trasluz de su materia, pero no en la proyección de sus caminos. Aquella lluvia de julio apretujaba el corazón de la multitud en la certeza de un futuro sin certezas, en la congoja de un camino a medio hacer, en esa tristeza abismal que se mezcló con las lágrimas que se perdieron en la lluvia como una puerta cerrada al final de una esperanza. Un gesto a medio hacer. Una pregunta que buscó a oscuras una respuesta vacía que nunca llegó a pronunciarse.

Tal vez por eso, toda despedida sea también una forma secreta del nacimiento. Porque cuando una presencia se vuelve ausencia deja de ocupar un lugar para ocupar todos. Se derrama sobre las calles, sobre las conversaciones mínimas, sobre las canciones que vuelven inesperadamente desde una ventana abierta o desde la memoria de un desconocido. Entonces comprendemos que ciertas voces jamás fueron individuos aislados, sino cauces por donde una comunidad entera aprendió a reconocerse. Y cuando el cuerpo se retira, el cauce permanece. Sigue corriendo bajo la tierra de los días como un río oscuro y obstinado que ninguna muerte consigue clausurar.

Quizás por eso, el corazón de esta multitud en la llovizna de junio está habitado por la esperanza, el único sentimiento que “no es verdaderamente nuestro”, dirá Cortázar, porque “la esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose”. Porque un pueblo sin voz es un árbol sin hojas y sin frutos, pero un pueblo que canta y que habla desde una lengua común, una historia compartida y una comunión del deseo, ya no está solo. Por eso la paz, la fiesta y el dolor comulgaron estos días. Y porque un hombre se fue para quedarse. Y como un extraño Gilgamesh de nuestro tiempo, le entregó la palabra a los que aún quedan despiertos más allá del rumor de los jardines de julio. Y como último milagro y de regalo, su malquerida ausencia dejó a las bestias feroces sumidas en el silencio atroz de su ignominia, ocultos en la oquedad brutal de sus inmundas madrigueras.


[i] Carlos Alberto Solari, “Indio Solari” (Paraná, 17 de enero de 1949 – Parque Leloir, 5 de junio de 2016). Músico y una de las mayores estrellas del rock argentino, fundador de los grupos Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado y El Míster y los Marsupiales Extintos. Musicalmente parangonable al español Robe.

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