Poema conjetural[i], de Jorge Luis Borges
El Poema conjetural fue escrito en 1943 y publicado por primera vez en ese mismo año, en el periódico La Nación. Borges, Jorge Luis, tenía para la fecha, 44 años. Ya había publicado libros de poemas: Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925) y Cuaderno San Martín (1929), títulos que se negaría a reeditar después, considerándolos una “equivocación ultraísta”. El Poema conjetural no correrá esa desdichada suerte, pues Borges lo incluye en el libro El otro, el mismo, de 1964, es decir, veinte años después.
¿Qué hacía en ese momento nuestro hombre, además de escribir? Hacía traducciones (manejaba ya varios idiomas) y era empleado de la Biblioteca Nacional. En la década del cuarenta, cuando escribe el Poema conjetural, ya estaba casi ciego. Había tenido en 1938 un accidente gravísimo, casi mortal, debido justamente a su escasa visión, y a partir de allí la ceguera fue ganándolo. Pienso: ¿qué clase de desesperación invade a alguien que se sabe escritor desde siempre al conocer que se irá la luz de sus ojos? Impresiona pensar que vivió más de la mitad de su vida sin poder ver ni leer. Con todo, los testimonios del propio Borges referidos a su ceguera no son -nunca lo fueron- trágicos.
Respecto de la “equivocación ultraísta” de aquellos sus primeros poemas, ciertamente es posible coincidir con él si comparamos el Poema conjetural con, por ejemplo, El General Quiroga va en coche al muere, publicado en 1925. Si bien la idea central es compartida (dos guerreros en los instantes previos a su muerte, una muerte violenta), es notoria la diferencia entre ambos, y notoria la evolución desde aquellos tiempos ultraístas en los que Borges no utiliza métrica ni menos rima, aunque, oh asombro para quienes no lo conocen demasiado, sí echa mano de modismos pertenecientes al habla popular: la palabra sé, por sed, e incluso giros netamente porteños, como ese “va en coche al muere”. “El madrejón desnudo ya sin una sé de agua/y la luna atorrando por el frío del alba”, dicen los primeros versos. Borges ya utiliza, desde sus primeras obras, una primera persona o “yo ficticio” o “monólogo dramático”. “Yo, que he sobrevivido a millares de tardes/y cuyo nombre pone retemblor en las lanzas”, escribe en El General Quiroga. El yo ficticio era una de las formas sobresalientes de la corriente estética llamada culturalismo; es indudable que a Borges le ha simpatizado esta corriente, porque en sus obras, además del monólogo dramático incorpora citas textuales de versos conocidos, suma ingredientes de metaliteratura y múltiples referencias culturales.
El Poema conjetural repite esa primera persona que, además de situarse en un presente histórico, nos explica qué piensa y siente mientras se suceden los acontecimientos. Luego esa primera persona o yo ficticio se alejará, para decir “cuya voz declaró la independencia”, y regresará enseguida a la subjetividad íntima de relatar desde su propia mirada, que también es la nuestra, la de los lectores.
Al igual que El General Quiroga va en coche al muere, el Conjetural ofrece una estructura narrativa. Nos cuenta una historia. Tenemos una introducción, un nudo (como se decía antes), y un desenlace -menudo desenlace- que ya está anticipado desde el comienzo.
Está escrito en versos endecasílabos, y el primer verso arranca con un hallazgo: “Zumban las balas”. El verbo zumbar es onomatopéyico, y nos permite instalarnos en la sugestión del sonido, del presagio, de lo que vendrá. Lo que viene, siempre en el primer verso, es el final: la tarde última. De modo que la maestría del autor hace que ansiemos seguir leyendo para saber el cómo, no el qué, puesto que ya nos ha sido revelado.
Aquí y allá, a lo largo del poema, destrezas que solo un gran escritor puede sacar a relucir: combina en apenas un par de líneas dos palabras con ch, una letra no muy fácil ni maleable: “La noche lateral de los pantanos me acecha y me demora.”
En estos menesteres de preparar la clase, pregunté a una amiga qué le parecía el poema. Lo leyó y me contestó que no sabía qué decir del conjunto, porque se había quedado colgada -deslumbrada- en un solo verso: “la noche lateral de los pantanos”. Recordé, entonces, que me había sucedido algo parecido la primera vez que lo leí. Maravilloso. Cada verso de Borges da para cortar tela durante horas: ¿por qué noche de los pantanos? ¿por qué lateral? ¿Cómo seis palabras combinadas producen tal reverbero, tal sugestión, tanta inquietud y al mismo tiempo saciedad de belleza? Nótese, por si fuera poco, la decantada sencillez y sobriedad del lenguaje, casi ascético, el registro fácilmente comprensible por casi cualquier lector o lectora. En este sentido, Borges siempre buscó un lenguaje que, no quisiera que se revolviera en su tumba, pero deseó y trabajó por un lenguaje popular. Recordemos, también en esta dirección, que sus primeras publicaciones aparecieron en la revista El Hogar, que era leída por las clases populares argentinas de mediados de siglo XX.
El Poema conjetural ha sido motivo o facilitador de controversias, que no nacen con el poema sino que se recrean a lo largo de los siglos en nuestra historia. Tienen que ver, por supuesto, con la ideología. Estudiosos, críticos e investigadores lo han analizado y extraído distintas, muy distintas conclusiones. ¿Dónde se pone caliente el poema, a partir de cuándo se adensa y permite adhesiones o maldiciones? Bueno, desde el comienzo. Todavía no ha empezado y el autor ya nos dice que Laprida ha sido asesinado. En realidad Laprida es muerto en una batalla; los que aceptan integrar filas en una guerra no son asesinos ni asesinados, terminan por ser perdedores o victoriosos. La costumbre de la época era, casi siempre, no tomar prisioneros; se los mataba. Uno y otro bando, unitarios y federales, hacían exactamente lo mismo. De modo que la calificación de asesinato ya es motivo de controversia, si hacemos una mirada fina, y en el caso de Borges hay que hacer una mirada fina, porque la calidad del escritor, su talento, lo ameritan y casi obligan a ello.
Mencioné el comienzo del poema; luego, apenas echa a andar, leemos: “Vencen los gauchos, los bárbaros vencen”. Precioso endecasílabo, tan equilibrado y bello; tan musical. Y tan certero para expresar la categoría de pensamiento político del autor… (A veces me pregunto si la belleza es capaz de hacer flaquear -por un momento al menos – la convicción política, ideológica, incluso religiosa… La creo capaz de hacer flaquear a la moral, inclusive).
Y ahora, apenas adentrados en el poema, nos vamos rumbeando hacia el sur. El sur representa para Borges el atraso. El sur es la cifra de la barbarie; demás está decir que para él y para toda una clase social y política, la barbarie es un azote del cielo, es una plaga, es lo que nunca debió imponerse a su contrario, es decir, la civilización, entendida esta como categoría sarmientina.
¿Por qué Borges personifica en el sur una amenaza de tal calibre? ¿Por qué el sur y la barbarie son indivisos, y fatalmente tendrán que suceder? Ricardo Piglia en uno de sus ensayos señala que, cuando fue escrito el poema, 1943, todavía estaba muy fresca en el imaginario de todo un grupo la percepción de que el sur era tierra de nadie. Y Borges, que desciende de militares, conserva aún el cuño de pensar el sur del país como lo ignorado, lo no poseído, lo que está por descubrir y por colonizar. Allá, hacia abajo, todo podía acontecer; pocas décadas antes era tierra de indios que, además, resistían el avance de los civilizados. Algo de ese temor reverencial que seguramente sintieron los conquistadores del desierto se le ha adherido a Borges, como una rémora; del sur puede esperarse cualquier exceso, hay miles de leguas sin alambrar, hay fogatas a cuya luz relumbran los cuchillos y los facones, hay heroísmos sangrientos y cobardías sangrientas, hay memoria de dioses innúmeros, hay ausencia de libros y de leyes escritas. Todo muy atractivo, vital, desproporcionado, todo muy prometedor para hombres que, como Borges, pasaban el día y tal vez la noche sumergidos en la mediación, porque, ¿qué otra cosa es la literatura en un sentido, sino mediación, transposición, velo, escamoteo incluso? En el sur, en cambio, nada amortigua los sentidos, la vida se presenta -se representa- cruda, natural, espléndida. Y eso, en términos de toda una clase a la que pertenece nuestro Borges, es la barbarie.
Y ahí, hacia el sur, es donde huye Francisco Narciso de Laprida, “por arrabales últimos”. En realidad (suponiendo que exista algo llamado realidad, que según Borges es discutible), objetivamente, no sabemos si el perseguido huyó hacia el sur.
La batalla del Pilar fue muy cruenta, lo fue aun dentro de los parámetros de la época, que eran terribles. Descarto por probadamente falsa la teoría -sostenida por los que ganaron- de que los federales o montoneros hayan sido los crueles de la historia argentina y los unitarios los delicados corderos respetuosos; la verdad es que ambas facciones se comportaban de igual manera, violenta hasta la exasperación, impiadosa, cruel y vengativa. Sin embargo, o incluso así, o aun así, Borges juega todas sus fichas cuasi panfletarias y nos dice, por ejemplo, que los montoneros de Aldao llevan lanzas. Y seguramente muchos, en los dos bandos, llevaban lanzas; también portaban tercerolas, espadas, sables, y también había cañones, pero las lanzas le sirven mejor a Borges para emparentar a los federales con los indios, es decir, con los pobladores del sur, es decir, con los bárbaros. El oscuro sur, el pantanoso sur, las ciénagas del sur: “a cielo abierto yaceré entre ciénagas”. Lo que enloda, lo que acecha y atrapa, lo que enreda, lo siniestro. Todo enfrentado con la claridad de los libros, dictámenes, sentencias; en definitiva la razón, el iluminismo, la confianza en el progreso ilimitado. Estos valores y/o virtudes, encarnados en una corriente ideológica y en un modelo de país: el unitario. Pero, resulta que esos mismos unitarios son los que, en la realidad, desconocen un tratado de paz firmado entre unitarios y federales días antes de la batalla del Pilar; rompen el tratado, y entonces la lucha es inevitable. Esos mismos unitarios son los que matan, en un acto insólito, a Francisco Aldao, hermano del Fraile, cuando este se acerca al campo enemigo con una bandera blanca para conferenciar.
El crítico y poeta Roberto Fernández Retamar dice que Borges ha sido “patéticamente fiel a su clase”. En contraposición, otros críticos adhieren con fervor a la idea de Borges de que nos hubiera ido mucho mejor a los argentinos si en vez de elegir el Martín Fierro hubiéramos preferido el Facundo de Sarmiento como libro nacional.
Aunque unos y otros puedan tener la razón, o no tenerla, es innegable que el recorte ideológico no hace sino engrandecer la figura del escritor talentoso, que, como todos los verdaderos artistas, se excede a sí mismo, según José Pablo Feinmann.
Desde el meollo mismo del Poema conjetural, es preciso agradecer al autor el hecho de ofrecernos una representación detrás de la representación más visible y notoria. La ofrenda se convierte casi en una bandera universal, en un blanco alegato contra la guerra. Detrás del humo y de las cenizas en el viento, del fragor, de los ayes, de la vida que se escapa en tantos hombres jóvenes, aparece el verdadero espanto de una guerra civil. Es un poema de hombres, de varones; en ningún momento se menciona a una mujer. Sin embargo las mujeres se ven a trasluz, junto a los niños, los ancianos, los enfermos; aparece la familia desunida, destrozada, los vecinos enfrentados, las historias de amor malogradas, los hijos lejos de los padres, la miseria, la tierra arrasada. Entonces, el poema es un fresco; tiene la cualidad de lo plástico, lo enérgicamente visual, aquello que permite casi sentir el esfuerzo de los músculos, de los tendones, de hombres y de bestias. Del sudor de la persecución, el olor del miedo, la adrenalina de la cacería, de la victoria. Y el país que espera; el país que jadea, que mal respira, que se ahoga en el intento de permanecer.
Hay una estrofa en el Poema conjetural, la del capitán del Purgatorio, que me hizo pensar que Borges estaba razonablemente convencido de que en algún día del futuro, como puede ser este, un grupo de lectores, que podemos ser nosotros, iba a rascar la superficie apenas velada del poema para declarar su sorpresa y encantamiento por las resonancias encontradas. Impresiona la semejanza entre la batalla del Pilar, donde muere Laprida, y la de Campaldino, donde muere “aquel capitán del Purgatorio”. Pilar: librada en Mendoza, actual Godoy Cruz (hay un barrio que se llama Batalla del Pilar), en el año 1829, y Campaldino, en la región Toscana, cerca de Florencia, en 1289. Si van por la Toscana en Italia y quieren ver el castillo bajo cuyos muros pelearon en Campaldino, pueden hacerlo, es uno de los castellos mejor conservados, precioso, el Castello dei Conti Guidi en Poppi, construido en el siglo XII. Campaldino ocurrió en 1289, por supuesto hay que advertir la inversión numérica de los años, que debe haber encantado a Borges. Se enfrentaron güelfos y gibelinos. Los güelfos defendían el poder imperial y los gibelinos, el poder del papado, la vigencia del catolicismo hecho política. El capitán que menciona Borges en el Poema conjetural es Buonconte da Montefeltro, un gibelino de Arezzo que efectivamente cuando su tropa es derrotada, huye, es alcanzado en la huida y es muerto. Las fuerzas gibelinas estaban mandadas por un obispo. El obispo Guglielmino degli Umbertini, que también muere en combate. ¿Quién mandaba las fuerzas federales en la batalla del Pilar, seiscientos años después? Pues, casualmente un sacerdote. Le decían el fraile Aldao. José Félix Aldao había estudiado en Chile; en la campaña de los Andes de San Martín, en el combate de Guardia Vieja, iba como capellán del ejército, y terminó en medio de las filas enemigas, peleando con gran valor; a partir de allí lo incorporaron al ejército. Borges no lo dice, quizá porque no le conviene, pero Aldao era un hombre instruido y culto, lo que no le quitaba la facultad de cometer barbaridades, como no se la quitaba a ninguno de quienes tuvieron responsabilidad en aquellas luchas.
El capitán Buonconte, que en efecto existió, además es mencionado como un personaje de ficción en el Purgatorio de la Divina Comedia de Dante Alighieri. Que, oh sorpresa, estuvo también peleando en Campaldino. El máximo poeta italiano peleando en una guerra entre hermanos. Era güelfo, de una familia tradicional florentina, y libró esa batalla. Giovanni Papini arriesga una idea sorprendente: el Dante pudo haber sido quien mató a Buonconte da Montefeltro, el Dante pudo haber sido el asesino entonces, según la caracterización que Borges adjudica a los montoneros de Aldao, en la batalla del Pilar. La verdad es que no es raro pensar que Dante y el capitán Buonconte, enemigos, se hayan conocido y hayan luchado cuerpo a cuerpo como era habitual en aquel entonces. Luego, Dante toma a este capitán como un personaje de su Divina Comedia. Un personaje ciertamente torturado. Se han encontrado, hipotéticamente aunque muy probable, en la batalla de la vida real; vuelven a encontrarse años después en el territorio lábil, fascinante y proteico de la literatura.
Misteriosa, increíblemente casi, hallamos otra coincidencia entre Laprida y Buonconte: el cuerpo de ninguno de los dos fue encontrado. El capitán Buonconte explica por qué su cadáver no tuvo sepultura, en la Divina Comedia y de la mano del Dante; Laprida no puede porque Borges no lo lleva hasta ese punto, pues “el íntimo cuchillo en la garganta” termina con su vida y con el poema. El íntimo cuchillo es, casi sin lugar a dudas, una preciosa herramienta poética, pues la mayoría de los testimonios dicen que Laprida no murió degollado.
Y ahora tomo el riesgo de intentar un paralelismo que puede resultar equívoco; lo asumo. En la batalla del Pilar, Mendoza, 1829, había un joven soldado que, como el Dante -aunque con las distancias del caso-, luego sería escritor. Años más tarde este ocasional soldado escribiría una minibiografía del fraile Aldao, tratándolo de cruel asesino. Este joven era Domingo Faustino Sarmiento. Peleó efectivamente en Pilar; no murió, claro, porque apenas la suerte de las armas se mostró adversa para los unitarios, huyó. Laprida no pudo escapar, tal vez no quiso finalmente escapar; Sarmiento, al parecer, la tenía clara y salvó raudamente su vida. Luego, tenemos a estos dos escritores de raza, Dante y Sarmiento, potentes e imaginativos, tomando asunto para sus obras directamente desde el campo de batalla en el que estuvieron. Y a otro escritor, argentino, entre los más grandes contemporáneos, nuestro Borges, enamorado de las situaciones especulares, de las coincidencias y las reincidencias, extrayendo de la vasta historia estas dos, cosa que solo pudo hacer gracias a su erudición, a su inteligencia y a su talento.
La realidad -los recuerdos de esa realidad-, y la literatura se ensamblan, se entrelazan, y la Historia no puede ser, no es, ni más ni menos que una convención, la construcción, interesada, de un pasado. Interés que no descarta la ideología, la ética, la estética. La Historia será conjetural o no será nada, parece decirnos Borges. Y queda claro que él, como los grandes, es capaz de asumir las propias contradicciones, de asomarse al abismo de lo que considera monstruoso e integrarlo en el plano del arte.
Y una cosita más: hay un juego de mesa que se llama Ghelps and Gibellines, Europa simulazioni. Según dice el anuncio “Ghelps and Gibellines nos ofrece un viaje por el arte de la guerra en la Italia del siglo XIII. El juego captura a nivel táctico el clímax de la larga lucha por el control de Italia durante aquel siglo”. Dentro de esa lucha figuran las batallas más importantes, entre ellas Campaldino. Quien sabe si Borges se enteró, pero resulta que, gracias a este juego, las batallas se replican, se vuelven a disputar, una y otra vez, y los resultados varían según la experticia o la suerte de los jugadores. Por lo cual en este mismo momento el capitán Buonconte da Montefeltro puede estar huyendo y refugiándose en un barranco, puede cruzar a nado el oscuro río Archiano, sobrevivir, salvarse del Purgatorio entre otras menudencias, y el Dante que quizá lo mató puede ser derrotado y estemos a un paso de quedarnos sin la Divina Comedia, en un juego enloquecido de espejos, en una onda concéntrica en la que la realidad se pierde, se ahoga, revive y vuelve a ser sepultada. El juego cuesta 45 euros y se ofrece por internet en una página llamada Tienda de Juegos de Oca.
Y una cosita más: Roberto Bolaño, escritor chileno que murió recientemente, escribió -la publicaron post mortem- una novela llamada El Tercer Reich, en la que el protagonista es un campeón de esta clase de juegos, es más, se dedica a eso, trabaja de jugador que replica batallas ya disputadas, las pierde, las gana, una y otra vez, viajando por el mundo y desplegando sus tableros de juego, asomándose a la peregrina idea de torcer el destino, remontando el río que nunca es el mismo, que nunca es el mismo.
Borges admiraba al Dante; pues bien, hay una línea del Poema conjetural que es calcada de aquella de la Divina Comedia. Así aparece en el idioma original: fuggendo a piede e insanguinando il piano. “Que huyendo a pie y ensangrentando el llano”, escribe Borges. Seguramente lo tradujo el mismo Borges; solo le agrega el “que” en castellano, pero el endecasílabo no se modifica porque forma sinalefa con la sílaba primera de huyendo, y se cuentan las dos sílabas como una. Esta herramienta que utiliza Borges de transcribir un verso lineal y exacto, tan cara al culturalismo, es sin embargo una originalidad suya, porque sin decir de dónde proviene el verso, lo dice, cuando nombra al capitán del Purgatorio. La ecuación, transparente, sería: Purgatorio=Divina Comedia=Dante. Quien quiera oír, que oiga.
El Poema conjetural ha despertado, también, cantidad de conjeturas, relacionadas con el momento histórico de Argentina. Muchos han creído ver en el “destino sudamericano” la cifra de la apenas velada barbarie que regresaba, para Borges, esta vez en la figura de Juan Domingo Perón. Sin embargo, en 1943 el peronismo no existía como tal, y un 17 de octubre de dos años más adelante, 1945, resultaba inimaginable, salvo, claro, que le otorguemos a escritores como Borges el don anticipatorio, frecuente en los grandes talentos. Aun si así fuera, el instante en que Laprida advierte su destino sudamericano es un momento de júbilo, de endiosamiento, cuasi religioso, cabalmente una epifanía. Nuevamente vemos a los contrarios fundirse, a los opuestos que luchan por conservar su carácter de opuestos, y no siempre lo consiguen. Borges parece indicarnos –alertarnos, según su ideario- de que la barbarie, tal como él la concibe, puede en ocasiones provenir de la civilización. De igual manera que el fraile Aldao, bárbaro pero doctorado con honores en una universidad, Juan Domingo Perón proviene de una reconocida familia de militares -tal y como el propio Borges-, ha estudiado, ha estado en Europa -meca de los liberales argentinos- y anuncia cambios cimentados en leyes y en gobiernos votados por la mayoría democrática. Incluso cuando Borges en setiembre de 1976 estrecha la mano de Pinochet en Chile y le agradece “habernos enseñado a vencer al comunismo”, incluso –o a pesar de- colocando este dato en un lugar significativo en el tablero para desentrañar su mapa ideológico, el Poema conjetural termina por admitir que la lucha unitaria de Laprida contiene y devela una raíz casi artificial, equívoca. Laprida muere contento, no porque ha batido al enemigo federal, sino porque ha vuelto a su matriz, un molde del que renegó (quizá continúe haciéndolo en el último minuto), pero también comprende que su totalidad de sujeto histórico, su completud, está en manos de ese origen.
Volviendo al poema, y dejando interpretaciones que pueden no tener fin, digamos por último que la tensión dramática no decae en ningún momento, y persiste hasta el último verso. El “íntimo cuchillo en la garganta” estremece de un modo sorprendente, porque el lector está ya en posesión de ese triste final, sin embargo, continúa en vilo. Y poco antes, la sombra de las lanzas que pisan sus pies es una figura de una plasticidad y una capacidad lumínica pocas veces vista en un poema.
Bibliografía
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Luna, Félix: Los caudillos, Planeta, Buenos Aires, 1993.
Peña, David: Juan Facundo Quiroga, Emecé, Buenos Aires, 1999.
[i] Esta conferencia fue pronunciada dentro del ciclo 10×10, organizado por el Área de Literatura y Pensamiento de la Agencia Córdoba Cultura, delegación Río Cuarto, en la Biblioteca de la Asunción de María, de Elena (Cba.), el 22 de septiembre de 2014




