Literatura
ROMA 2023 d. C.[i]: LA TRAGEDIA HUMANA, PADRE, HIJO Y COLIBRÍ
Por Silvia Rins[ii]
En la obra de Antonio Tello existe una rara y cada vez más infrecuente coherencia de fondo: la sensación de que todos sus libros forman parte de una sola interrogación sostenida con los años. Tanto su narrativa como su poesía recrean y trascienden, con aspiraciones de universalidad, el tiempo y el espacio que le ha tocado vivir, convirtiendo la experiencia histórica, el exilio, la memoria, el deseo o la crisis espiritual en la materia de una lengua intensamente simbólica y musical. Cambian las formas, los escenarios y las voces, pero permanece intacta esa pulsión poética que atraviesa toda su literatura. La convicción de que la poesía no es un género, sino una forma de conocimiento y de sentir el mundo.
¿De qué habla Roma 2023 d. C.? De la pérdida de fe y del sentido de la vida ante la amarga evidencia de que los hombres viven presos de su bestialidad. Un libro profundo, en una época que agasaja lo inmediato y lo superficial (ahondar entraña demasiado vértigo, y desasosiego, para que la mayoría puedan enfrentarse a ello). Un libro que pretende devolver a la palabra poética -a la vez que al ser humano- la dignidad que ha perdido. O como el autor escribe en un relato de Voces del fuego (2022), manifestar “el dramático esfuerzo del artista, cualquiera sea el tiempo y el lugar, por hallar y expresar la palabra capaz de fundar el mundo y hacerlo más habitable y armonioso”.
Padre
Desde el principio, Roma 2023 d. C.respira con un ritmo salmódico, casi litúrgico. Se compone de un poema preliminar, Génesis, seguido de treinta y tres cantos, cifra nada inocente si pensamos en la tradición cristiana que impregna el poemario: la edad de Cristo, la consumación del sacrificio, el tiempo simbólico de la pasión. El número 33 nos lleva, de hecho, al itinerario espiritual de la Divina Comedia. En Dante, cada una de las tres partes, Infierno, Purgatorio y Paraíso está conformada por treinta y tres cantos -más uno introductorio en el caso del Infierno-. Ambos libros, sin que se establezca un diálogo explícito entre ambos, comparten algo esencial: el poema como descenso al interior de la experiencia humana. El yo poético de Tello, múltiple y único, atraviesa ciudades, ruinas, templos y desiertos, buscando un sentido a toda la violencia y sufrimiento que encuentra a su paso. Aunque en Dante había crítica a la corrupción y los desmanes de la Iglesia, Roma aún simbolizaba el orden divino. En Tello la ciudad sacra se ha convertido en el propio infierno -ecos de masacres bíblicas, cadáveres históricos, “morralla de oraciones en descomposición”.
Antes incluso de Roma, antes de la historia y de los dioses, el autor sitúa la palabra frente al misterio primordial del universo. El primer canto convoca directamente el imaginario cosmogónico del Génesis: “en el Principio, todo era oscuridad, silencio y quietud”. Pero esa escena fundacional no se limita a reproducir el relato bíblico, sino que lo reinterpreta desde una sensibilidad contemporánea permeada tanto por la física moderna como por la angustia metafísica. El universo surge aquí de un “estallido del verbo”, imagen que funde la creación divina con la intuición del Big Bang, mientras la palabra aparece como materia originaria del sentido. Sin embargo, el nacimiento del mundo no desemboca en una armonía, sino en la conciencia trágica del ser humano, ese “animal” que, incapaz de soportar su extrañeza en la Tierra, termina creando un dios “a imagen y semejanza de sí”.
A partir de ahí, el libro despliega un vastísimo entramado de referencias bíblicas. Desfilan el Génesis, el Paraíso, el fruto del árbol del Bien y del Mal, Caín, el Diluvio, las plagas del Éxodo, Canaán, Babilonia, el sacrificio de Isaac, Jacob luchando con el ángel, la zarza ardiente… No obstante, ninguna de esas imágenes aparece como mera cita cultural o religiosa: todas son revisitadas desde la experiencia del dolor humano y del desamparo contemporáneo. (Borges dijo que la Biblia era la mejor novela de ciencia ficción escrita. Y yo añado que el Antiguo Testamento es una de los cuentos más terroríficos jamás escrito). Incluso Cristo aparece despojado de dogma para ser contemplado en su dimensión más humana y vulnerable de hijo abandonado, cuerpo martirizado, víctima de la crueldad y la injusticia.
Junto a la tradición bíblica, el poemario utiliza constantemente el imaginario de la Roma imperial. La ciudad es un inmenso palimpsesto donde conviven emperadores, circos, cuadrigas, legiones, acueductos, catacumbas. El Coliseo, las siete colinas, las termas, los arcos de triunfo o el Aqua Virgo no funcionan solo como referencias culturales, sino como símbolos de una civilización construida sobre la supremacía de la fuerza y la sangre de los vencidos. Roma representa la gran maquinaria histórica de Occidente: imperio de la piedra, del espectáculo y de la dominación. El rugido de las fieras, las arenas del circo y las voces de los condenados reverberan todavía bajo el presente. La violencia fundacional del Imperio sigue latiendo bajo las formas modernas del poder.
Y es precisamente sobre esas ruinas imperiales donde se levanta el cristianismo. El poemario insiste, una y otra vez, en la continuidad histórica y simbólica entre Roma pagana y Roma cristiana. San Pedro, la basílica, los mártires, las cruces, las procesiones y los sacerdotes se hallan integrados en una misma genealogía del sacrificio y la culpa. Desde las primeras comunidades cristianas hasta la actualidad, Tello observa cómo la fe institucionalizada ha heredado también la lógica del Imperio: la promesa de redención sostenida sobre el dolor de los humildes. Como, una y otra vez, la ciudad sacra ha sido saqueada, incendiada, arrasada.
Ya en las primeras décadas del siglo XVI, tras el devastador Saco de Roma de 1527, el erasmista Alfonso de Valdés denunciaba en el Diálogo de las cosas acaecidas en Roma, obra por la cual fue acusado de herejía, la Roma-Babilonia de la época, donde se daban todos “los vicios y los engaños que la malicia de los hombres pueden pensar”, siendo el sumo pontífice el máximo representante de la codicia, corrupción e hipocresía del clero (verbigracia, el negocio de las reliquias y las bulas papales…). Secretario del emperador Carlos V, Alfonso de Valdés consiguió salir incólume de las acusaciones de hereje. Santa Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz, también fueron sospechosos de herejía por abogar por un Cristianismo interior, personal y sin privilegios. O simplemente por su amor a la veracidad de las palabras, como Fray Luis de León. Otros tuvieron peor suerte. Giordano Bruno fue quemado en Roma en 1600 tras sostener ideas cosmológicas y teológicas incompatibles con la ortodoxia católica. La relación conflictiva entre palabra y poder -el temor al que osa preguntar demasiado o quiere reinterpretar el mundo-, recorre la Roma inquisitorial hasta la modernidad.
Hijo
La Roma contemporánea del poemario -llena de turistas, mendigos, inmigrantes, bancos y templos vaciados- prolonga la vieja contradicción occidental entre espiritualidad y poder. Este fragmento del Canto XX es un magnífico ejemplo:
Tiranos malsanos hablan
de la libertad y la plebe esclava aplaude
su propia desgracia.
Cierro los ojos. Lavo la
mirada y entro al templo a preguntar por ti. Nadie
responde. Los banqueros sentados en los bancos del
coro guardan silencio. Los buitres, esas tumbas
vivas que beben el sudor de los pobres, callan.
Gobiernan el mundo. Tu hijo pregunta por ti
Padre ¿por qué me has abandonado? No respondes.
Él muerde el anzuelo de otro pescador y muere.
Las campanas suenan sobre una ciudad donde “perros callejeros, ancianos y niños indigentes / revuelven desperdicios”, mientras un yo poético en disolución continúa preguntándose la posibilidad de encontrar alguna forma de trascendencia en el vertedero de la historia, la religión y el lenguaje.
Si tuviera que quedarme con una sola imagen para ilustrar este libro, sería la célebre pintura de Miguel Ángel, que preside la bóveda de la Capilla Sixtina: “La creación de Adán” (una pintura fascinante, que ha dado lugar a tantas interpretaciones, como la que argumenta que la túnica de Dios todopoderoso emula conscientemente la forma de un cerebro humano). Se cita en el segundo verso del primer poema, Génesis: “un anciano crea con el dedo al primer hombre”. Pero Tello le da la vuelta al final del poema, y en el Canto V especifica: “la plástica representación de un anciano a/ imagen y semejanza del macho humano”. Nada más aberrante que un Dios hecho a nuestra imagen y semejanza, pero insensible al dolor humano. Un Dios que tiene su propia tragedia, narrada en el Canto XV. Su hijo se inmoló en su nombre y él no solo lo abandonó, sino que se ha “abandonado”. Se ha distanciado de la humanidad. Su lugar ha sido ocupado por el Ángel exterminador.
Una acumulación de imágenes, símbolos y visiones, atraviesa la memoria religiosa, la historia de Occidente y la conciencia desgarrada del hombre moderno; un torrente de versos expansivos, que avanzan mediante encabalgamientos. La versificación se apoya en la tensión entre el pulso clásico del endecasílabo, y las formas más abiertas del alejandrino, o más fragmentadas, del versículo moderno. Como si la tradición siguiera respirando bajo las grietas del lenguaje contemporáneo. La reiteración de imágenes, anáforas y preguntas crea un efecto hipnótico, de plegaria invertida: “¿Qué sentido tiene el dolor?”, “¿Dónde nacen las preguntas?”, ¿“Qué dios manda a un padre a sacrificar a su hijo”? Los versos se encadenan como se amontonan las capas de sentido, ruinas sobre ruinas.
El lector avanza por el texto del mismo modo en que el desterrado se dirige hacia la ciudad eterna. Con desazón. Con frustración. Con dolor. Los versos están cargados de sudor, sangre y barro. En el Canto XII nos hacen sentir en nuestra carne la angustia ante un laberinto sin puertas:
escalas
la pared mordiendo la argamasa, clavando
las uñas en los intersticios donde vive el
insecto y crece el liquen; subes dejando
un reguero de saliva y sangre, llegas, al fin,
al alto borde de la muralla y, por primera
vez, tu mirada abarca un campo de tinieblas
cercado por el aro ígneo del horizonte.
Descalzo y con los pies sangrantes, emprendes la
travesía de un territorio, donde las piedras
se deshacen con un crujido de dientes en la
oscuridad.
La musicalidad de la poesía de Tello se refuerza con la reiteración obsesiva de ciertos símbolos -la piedra, la boca, la cruz, el río, el fuego, el colibrí-, que reaparecen como motivos de una vasta composición sinfónica, donde convergen todos “los desdentados” de morder el mendrugo de su fe. El huérfano, el niño que se siente culpable por mearse en la cama, el que lleva la señal del fraticida, el ladrón que huye con el libro con tapas de piel de cordero, el exiliado, el condenado, el peregrino… Distintas formas de nombrarnos, a cual más estremecedora, que remiten a nuestra tremenda fragilidad (“la caña que piensa”, de Pascal).
Colibrí
Sin embargo, el ser humano es algo más que el perro que aúlla su dolor. También es el pequeño dios azul que anida en su interior: el colibrí. Su alma libre, ingrávida y deseante.
Significativamente es un colibrí, no una paloma. Nada que ver con el espíritu santo de la tradición cristiana. Desde su doble condición de argentino y exiliado, Tello aporta un símbolo diferente, más ligado a la naturaleza que a la cultura, que llega desde otra memoria histórica y simbólica. El colibrí, en gran parte de América del Sur se vincula a lo amoroso, lo milagroso cotidiano. Aparece también en algunos libros anteriores, como O las estaciones: “¡Qué breve es la felicidad del colibrí! ¡Qué veloces son para él las estaciones!” (p.29). En muchas culturas indígenas se vincula al tránsito entre mundos o a la persistencia de la vida frente a la muerte.
El hecho de que sea azul, le otorga una dimensión espiritual añadida. Frente a la trascendencia del cristianismo, basada en la culpa y el sacrificio, el colibrí aporta una trascendencia ligada a la libertad y la sensualidad. Por eso el yo poético lo sigue; no porque el colibrí posea respuestas, sino porque conserva algo que el mundo romano-cristiano parece haber perdido: la capacidad de asombro y dicha primordial. Dice el Canto, VII:
Volar como vuela ese pequeño dios azul.
Escapar hacia lo alto dejando atrás el sabor
del néctar de las flores, la dulce savia de los
árboles; el deseo de la carne, la conciencia
de ser en lo que perece. Volar. Volar. Volar.
El colibrí es un alivio. El consuelo de la belleza, aunque sea fugaz. Leemos en el Canto XX: “La belleza es tiempo que se manifiesta a través/ del alma. Amor que trato de retener con el/ abrazo, ese desesperado intento de/ preservar los instantes, olores y sonidos del mundo./Latidos de la vida que perecen. (Qué maravillosa definición de la belleza este verso memorable: “La belleza es tiempo que se manifiesta a través del alma”). Pero el poema finaliza con nuevas e inquietantes preguntas: “¿Es esta la respuesta que busco?, ¿Es esta la/ respuesta que espero?/ Sin justicia no hay belleza/ni amor que nos salve.”Hasta el temblor azul de su vuelo termina estrellándose contra el sufrimiento inagotable del mundo.
Como en la Divina Comedia, en Roma 2023 d. C. solo quien se atreve a mirar el dolor, la culpa, el miedo y la muerte puede regresar con una palabra verdadera. Dante todavía cree en la posibilidad de una palabra capaz de ordenar el universo y conducir hacia la verdad. En Tello, en cambio, ésta aparece erosionada, herida, insuficiente. El poeta deambula entre los restos verbales de un orden perdido. La palabra sagrada, originaria, ha sido envenenada. Hipérboles y eufemismos, “maleza verbal”, la desvirtúan, impidiéndonos “nombrar la realidad”. Le queda solo la titánica tarea de buscar la verdad en las sombras, en el silencio, escuchando el latido de su corazón.
Preguntas, invocaciones suspendidas, voces que parecen elevarse hacia un cielo vacío.
El temor a los dioses es el temor a su impasibilidad. A su inoperancia. A no saber protegernos de la criatura que lo ha creado. Dios es un pobre viejo que duerme en el jardín del Edén. Roma es “una tortuga dormida que sueña”. Nadie escucha. No hay respuestas. Esto es la tragedia humana, un buen título para este artículo, que también podría haber sido el del libro. La única certeza es que “Todo es breve aquí y nadie sabe. Nadie sabe”.
Si tras haber culminado su largo y siniestro periplo por el más allá, en la obra de Dante se contempla “el amor que mueve el sol y las demás estrellas”, la cara de la divinidad, el desterrado de Roma 2023 d. C., después de haber peregrinado por el Tiempo sin tiempo de nuestra civilización, por el espacio de los espacios de la pesadilla que habitamos, exclama: “¡Oh, amor mío, amor mío!”. Apenas escucha el rumor oscuro del Tíber, el jadeo del colibrí en el barro, La canción de la Tierra de Gustav Mahler.
Como si la única trascendencia posible en nuestro tiempo fuese la conciencia lúcida de la muerte.
Pero yo le quiero decir a Antonio Tello. Ah, y el colibrí. O la abubilla que me vino a visitar mientras leía este libro bajo el sol. El panal. Los muslos. La fragancia. Otro colibrí levantándose del barro. Ah, la canción de la vida. ¿Qué nos dice el Canto XXIII?
Como aquel que osó preguntarte si tenías
ojos de carne, soy yo quien ahora quiere saber
si eres tú el abismo que anida en el
corazón humano, esa oscura e insondable
inteligencia que lo sujeta a la fe y
oprime el deseo.
Desear es conjugar el verbo.
Movimiento del alma y la carne hacia lo
alto. Ansia humana de prolongar la vida
más allá de su finitud. La íntima pulsión
que sublima la cópula y compromete el
placer de la carne y el gozo de saber con
la verdad y la belleza. Dovelas del amor.
Ventana de la dicha a través de la cual el
ser humano se reconoce en la multitud
y percibe en la igualdad su soberanía
y su lugar entre las cosas y demás seres
que habitan el mundo. El poder de resistir
la atracción de la materia inerte, el caos,
la fealdad, el dolor, la muerte, el inefable
territorio bajo el dominio de los dioses.
Ah, la fuerza del deseo. La palabra poética. El poder de resistir: Antonio Tello
[i] Roma 2023 d.C., Antonio Tello, In-Verso Edicions de Poesía, Barcelona, 2026.
[ii] Silvia Rins. Poeta española. Licenciada en Filología Hispánica y Doctora en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Barcelona.




