¿LA PRISA DE LA PRECOCIDAD O EL TIEMPO LENTO DEL RITMO INTERIOR?

​“El mundo atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural”, afirmó el papa León XIV ante las Cortes Generales de España reunidas en Madrid el pasado 8 de junio. Por sí sola, la frase, extraída de un discurso de más de media hora, adolece de la vaguedad propia de los actos protocolarios, pero resalta con solo tres palabras sendos temas de preocupación (para una minoría, ciertamente) en el devenir actual del mundo: las múltiples crisis de nuestras sociedades; la dimensión espiritual inherente a los hombres; el estado de la cultura en sentido amplio. Un siglo antes, el filósofo madrileño José Ortega y Gasset (1883-1955) había afirmado, en la obra “En torno a Galileo”, que “ no sabemos lo que nos pasa, y esto es precisamente lo que nos pasa, no saber lo que nos pasa: el hombre de hoy empieza a estar desorientado con respecto a sí mismo, ‘dépaysé’, está fuera de su país, arrojado a una circunstancia nueva que es como una tierra incógnita. Tal es siempre la sensación vital que se apodera del hombre en las crisis históricas”. Precisamente, con las palabras de Ortega inicia su ensayo “La Vía. Para el futuro de la humanidad” (2011) el filósofo y sociólogo francés Edgar Morin (1921-2026), recientemente fallecido. La obra retrata la actualidad del planeta (2011), su enfermedad, que califica de dramática y próxima a su trágico colapso si no se abordan medidas urgentes y de forma global. Para Morin, “el presente sólo es perceptible en su superficie”. Una mirada reflexiva, sin embargo, permitiría persuadirnos de que “el mundo occidental u occidentalizado” padece de “la ceguera propia de un modo de conocimiento que, al compartimentar los saberes, desintegra los problemas fundamentales y globales que exigen un conocimiento interdisciplinar”, así como del llamado “occidentalocentrismo, que nos coloca en el trono de la racionalidad y nos da la ilusión de poseer lo universal”.

​Ante un marco general semejante, es necesario preguntarse por el tiempo, qué papel juega y si es causa o consecuencia de la circunstancia orteguiana o de la debacle de la humanidad enunciada y denunciada por Morin. Dada la envergadura de la cuestión, aquí nos limitaremos a considerarlo referido a algún aspecto del quehacer humano -cultural, por tanto. Es el caso del valor atribuido a las creaciones artísticas, cada vez más determinado por parámetros a priori tan irrelevantes como por ejemplo la edad de los creadores, esto es, el edadismo. A este propósito, Morin aboga por “que se vuelva al tiempo lento del propio ritmo interior, no entrecortado ni estrictamente cronometrado”. Sin duda, el pensador francés alude a la impronta avasalladora del capitalismo en cualquier actividad humana en el ámbito del mundo “occidental u occidentalizado”, que es, por mor de las potencias hegemónicas, casi todo el planeta.

​Pensemos en los escritores actuales, y por extensión en los artistas de nuestro tiempo. Cada vez son más jóvenes quienes ocupan el foco mediático de interés, a tal punto que el primer criterio selectivo es el de la edad; o sea, la precocidad. En la memoria colectiva, grabados están los casos de  tantos artistas que, bien de forma involuntaria (muerte natural o asesinato), bien a conciencia, han dejado obras eximias a una edad muy temprana. Sin embargo, en nuestros días, los “elegidos” por las industrias llamadas culturales son individuos sin producción artística, pero que cuyo entrevisto “talento” (eufemismo por potencial rendimiento positivo en una cuenta de resultados) es objeto de deseo para quienes esperan convertir el arte en beneficios económicos, siempre, eso sí, que las expectativas derivadas de los sondeos que las redes sociales facilitan en tiempo real lo aconsejen. Son precisamente estos modernos y potentísimos medios de divulgación/alienación la mejor herramienta al servicio de un capitalismo que, lejos de tender a su desaparición, ha encontrado el modo de fortalecerse (o, como se estila decir ahora, reinventarse) ad infinitum. Si in illo tempore el saber y la experiencia acumulados durante gran parte de sus vidas hacía de los ancianos los ideales rectores de las sociedades, hoy la lógica de la rentabilidad económica aconseja ahorrar costes en formación y tiempo, además de prevenir la contestación del sistema por parte de quien pudiera consolidar criterios sólidos acerca de la realidad, o mejor, de quien sepa desentrañar y desenmascarar las veras intenciones de los propietarios de los medios de producción. Es decir, impedir que algunas de las distopías conocidas se comprueben palmarias descripciones del actual statu quo. Si, como decía Edgar Morin, “el presente sólo es perceptible en su superficie”, conviene no dar tiempo a que pueda estudiarse con perspectiva; conviene extirpar la idea del tiempo; más aun, no dar tiempo a tener tiempo. Preguntemos a los jóvenes creadores qué buscan: ¿excelencia o nombre?, ¿conocimiento o reconocimiento?, ¿la playa o el mar?, ¿la superficie engañadora o el fondo por descubrir?

​La naturaleza del capitalismo exige efectividad: no es posible adquirir vastos conocimientos de forma inmediata que comporten réditos instantáneos. Es necesario implicar en esa tarea a cuantos más individuos, que se especializarán en pequeñas parcelas del saber, parcelas casi siempre aisladas entre sí, de modo que se pierda, con Morin, “la visión de conjunto, lo global y, con ello, la solidaridad. Sin olvidar que la educación hiperespecializada reemplaza la antigua ignorancia por una ceguera nueva, que se mantiene gracias a la ilusión de que la racionalidad determina el desarrollo, cuando lo cierto es que éste confunde la racionalización tecnoeconómica con la racionalidad humana”. Por lo tanto, el sabio de ayer ha desaparecido; nos enfrentamos a la disolución del saber que fomentan las políticas neoliberales, afanadas en consolidar la cultura del no saber, pero sobre todo del no querer saber, del no necesitar saber. Solo así entenderemos la advertencia de Morin acerca de un mundo que no puede/sabe defenderse de sí mismo a causa del individualismo. “Occidente [dice el filósofo galo] siente un vacío y una carencia: cada vez hay más espíritus desamparados que recurren a los psicoanalistas y a las psicoterapias, al yoga, al budismo zen, a los gurús, etc. Algunos tratan de encontrar en las culturas y las sabidurías de otros continentes remedios a la vacuidad creada por el carácter cuantitativo y competitivo de su existencia. Vivimos, así, en una sociedad en la que las soluciones se han convertido en nuestros problemas. […] En nuestra época debería fraguarse un replanteamiento, más profundo, incluso, que el del Renacimiento. Hay que repensarlo todo. Debemos volver a empezar”. Lo cual nos lleva a nuestros presupuestos: ¿quién? ¿quiénes deberían erigirse en guías o patrones de referencia a partir de las producciones culturales? O sea, ¿quiénes tienen la capacidad para sugerir, provocar pensamientos, incitar a pensar?

​La tradición -entendida como el conocimiento acumulado por la humanidad en cualesquiera de sus campos de actuación, y no como la obediencia per se al pasado a fin de perpetuarlo- haquedado orillada de los estudios reglados, pues se estima que conlleva un gasto oneroso y una pérdida de tiempo (siendo ‘tiempo’ igual a ‘dinero’), además de constituir un peligro para la consecución de los objetivos de desarrollo económico (siendo, también, ‘desarrollo’ igual a ‘dinero’). Por lo tanto, más que un mensaje, la superestructura económica (la última instancia, que más que nunca encarna “el capitalismo financiero dominante, desconectado de la economía real y dedicado a defender el interés exclusivo de los especuladores”) impone límites al “otro” desarrollo, el humano, en una irresoluta (¿irresoluble?) contradicción, salvo que no aceptemos que, con Hobbes, “el hombre es un lobo para el hombre”, o más precisamente, que un puñado de hombres experimentan y se sirven del resto de la humanidad.

​Si cuanto afecta al interior del hombre, a su existencia -banalizado y ocultado y hasta prohibido-, no centra el interés y los afanes de los propios hombres, concluiremos con Morin en que “hay dos barbaries que se encuentran más aliadas que nunca: la barbarie surgida de las profundidades de la historia, que mutila, destruye, tortura y masacra; y la barbarie fría, gélida, de la hegemonía del cálculo, de lo cuantitativo, de la técnica, del lucro a costa de las sociedades y las vidas humanas”. Desde este punto de vista, es inteligible que las industrias mal llamadas culturales tomen el rábano por las hojas y busquen en la precocidad de los bisoños solo la posibilidad de moldear a su interés a quienes aún no son más que proyectos, a quienes antes de saber han sido elegidos para “enseñar”. La subversión del orden es flagrante: semilla, raíz, planta y fruto se desordenan hoy hasta confundir el qué y el cómo y perseguir descabezadamente el cuándo: ahora, ya…, y por poco tiempo, que es tarde. La inteligencia artificial, que ni Morin ni nosotros conocíamos, en su formulación actual, en 2011, quizá desbanque a los más jóvenes o abola el tiempo del no tiempo -o del “tiempo lento del ritmo interior”- durante el crepúsculo y desaparición de los mayores.

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