El Grito de los Girasoles, de Isabel Rezmo

Por Miguel Ángel Cañada

“Filosófico es el preguntar y poético el hallazgo. La razón poética es luz, aurora, centella de fuego que no abrasa, aunque traiga a veces pena, la fatiga de respirar por entero como si el respirar todo de la vida atravesara ese ser que entra en ella.”

María Zambrano

De una mujer filósofa y poeta a una mujer poeta filosofando: esa es la dirección que toma Isabel Rezmo en este libro. Ha escogido, de una forma muy inteligente y accesible, el monólogo estructurado en actos y escenas, donde la actriz, subida al escenario de su poesía, expone sus versos como un diálogo interno que pide a gritos que el silencio de la soledad del poeta se haga sonido en la voz del lector.

Al sumergirnos en las páginas de este libro, encontraremos una multitud de figuras retóricas que, como siempre y de manera muy meditada, Isabel nos regala.

Me consta que nuestra autora se esfuerza día a día, no solo en la lectura de todo tipo de poesía, tanto contemporánea como clásica, sino también en ampliar su conocimiento con toda la metafísica que compone el arte del verso. Estudia y reflexiona sobre las preguntas que, a lo largo de la historia, se han planteado tanto los poetas de a pie como los grandes estudiosos y filósofos de todos los tiempos. Esto se refleja claramente en El Grito de los Girasoles, donde cada uno de sus versos nos invita a reflexionar, envolviéndonos en los múltiples aspectos que los sostienen.

El Grito de los Girasoles se relaciona con la pandemia, esa palabra que nos ha sumido en la recesión de un gran tsunami y que, poco a poco, parece ahogarnos. Sin embargo, el virus que nos circunda no es el protagonista de estos versos; quizá la situación haya sido el detonante para plantearse ciertas cuestiones poéticas. Tal vez la pandemia seamos nosotros y nuestras circunstancias. Aquí encuentro respaldo en uno de nuestros grandes filósofos, Ortega y Gasset, quien en su libro Meditaciones del Quijote afirmaba: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo.” Así que, para salvarnos, debemos tomar el inmenso salvavidas que nos brinda Isabel: la poesía.

“Yo soy la plaga, y la palabra la vacuna.”

Las vicisitudes que plantea la autora no son nuevas en la voz poética; la novedad reside en cómo nos las cuenta. Nos habla de la muerte, ese gran sueño eterno que nos espera a todos:

“Los muertos, tienen vida a partir de la no vida,

Antes, fueron obligados a respirar por el aceite

que inunda todos los segundos,

de una mortaja y sus cenizas.”

Alude a la desidia y la desesperanza. Nos confronta con el tiempo que nos devora, siempre enfocados en un futuro, alimentándonos del pasado y eludiendo el presente, que es el verdadero vivir:

“Considerando que el momento es angosto, no entiendo por qué necesitamos pensar en un calendario, en una fosa donde va levitando el paso de una bisagra.”

Habla del amor que nos hace sufrir, de la monotonía de la vida, de la senectud a la que estamos destinados si no caemos en la derrota del camino. Habla del dolor, tanto físico como interno, que nos rompe por dentro.

Reflexiona sobre el reproche a Dios o su posible inexistencia, sobre aquello que inventamos por miedo a lo inexplicable o inexplicado. Vuelve al paso del tiempo y su pérfido triunfo: la muerte.

“No voy a pedir a los dioses que no existen, aquellos que nos inventamos en apariencia, que desdoblen la sábana de terciopelo para cubrir mis plantas, intentando no mojarme,con la salpicadura de la apariencia.”

Pero Isabel no nos deja sin la vacuna. Esta, aunque tal vez no nos cure de la infortunada realidad que nos rodea, sí aliviará el picor en la piel que esta provoca. Por eso toma la poesía como la gran salvadora y nos ofrece, al final, un testimonio de esperanza, un canto a la vida.

La voz de Isabel Rezmo toma cada vez más fuerza, asumiendo el peso de una gran poeta que ha escarbado en el ser de la poesía. Leer este libro será, para el amante del verso, un salto al vacío: el vértigo provocado por una palabra y un verbo que no dejan indiferente.

“Tomaré la senda de aquellos caminos, que cierran la voz y toman la palabra. Porque no vivo en mí, ni para mí, mucho menos para nadie.”

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