Por Ana B. Flores
Devolver la vida, en tiempos en que se tiene que defender lo obvio. Esto dicen resumidamente los epígrafes del libro Mujeres con memoria (en la Introducción de Ramiro Iraola) y señalan claramente el objetivo: el para qué de estas escrituras de mujeres sobre la dictadura argentina de 1976-1983.
¿Por qué volver sobre eso tan terrible? ¿Por qué llorar irremediablemente apenas transcurrida la lectura de las primeras páginas? Munirse en consecuencia de una coraza, de la construcción de una distancia para poder seguir leyendo, es porque se acepta la propuesta de acompañar a estas valerosas y valiosas mujeres escritoras. Acompañarlas es un honor inmerecido, ocupar el sitial del lector, la lectora, que se vuelve compañera de tanto sentimiento expuesto, tanta afectividad para nombrar lo innombrable del horror.
Antes de entrar en cada página parece pertinente una breve información histórica para los lectores no argentinos, o para los muy jóvenes. En Argentina el 24 de marzo de 1976, hace 50 años, la Junta militar compuesta por los comandantes Videla , Massera y Agosti da un golpe de estado, declara el estado de sitio e instaura la dictadura cívico, eclesiástica y militar de extrema derecha, terrorismo de Estado que lo primero que se propone es encarcelar, torturar, asesinar, desaparecer a militantes de organizaciones políticas revolucionarias de izquierda, a intelectuales hayan o no acompañado la propuesta de la lucha armada, a docentes, gente de la cultura, cantantes, artistas, sus familias, sus niños que fueron apropiados. El final del Estado de derecho. La dictadura asume el gobierno en todas sus instancias: también en las escuelas, en las universidades. Para conseguir estos fines se instaura un régimen de terror.
De esto dan cuenta los poemas y relatos de este libro, en su repercusión en las subjetividades, en la vida cotidiana, en lo próximo, en las familias. Y también da cuenta de la resistencia y valentía de las Madres de Plaza de Mayo que reclaman por sus hijos y luegolas Abuelas de Plaza de Mayo por sus nietos apropiados por los mismos represores,. Esta brevísima síntesis del horror, que ya había comenzado antes por parte de bandas paraestatales de extrema derecha como las “Tres A” (Alianza Anticomunista Argentina), sólo oficia de marco pobre y reducido frente a la información que provee precisamente la memoria reconvertida estéticamente en literatura, en este caso de mujeres. Y cuya importancia el lector irá descubriendo a medida que avance en la lectura.
Mujeres con memoria comienza con los poemas de cuatro mujeres y sigue con relatos de otras cuatro.
Los poemas de Silvia Barei manifiestan una búsqueda y percepción sensible de los sustratos, de lo que subyace. Y esa poesía inunda sucesos históricos: la huida de la cárcel de El buen pastor de las mujeres presas políticas, la fuerza de la vida y del amor de Adriana Calvo en el nacimiento de Teresa en el auto de los feroces represores que la trasladaban, testimonios de secuestros, ahondando en sentires, en subjetividades, las banderas de las Madres de Plaza de mayo: “sobre rosas y espinas/pregonamos/ una indómita alegría”(p.32). Son revelaciones sobre lo que creíamos ya sabido, y sin embargo Silvia lo reinscribe en la memoria siempre nueva, develándola.
La poesía desgarradora de Ernestina Elorriaga tiene la capacidad de presentar la detención, muerte y desaparición de dos adolescentes, uno de los cuales (“Un ángel de huesos descarnados”) dejó el testimonio escrito con sus uñas en las paredes de la celda y lo hace desde la perspectiva del dolor de su madre. “Soy Oscar Chabrol/me quisieron matar”(p.35). Su escritura ingresa así en la subjetividad inhabitable, sólo su poesía lo puede testimoniar como lo hace.
Livia Hidalgo, con su particular e inefable estilo de poesía narrativa o relato versificado, narra desde la perspectiva de un yo poético su relación con la poeta Glauce Baldovin, madre de Sergio, asesinado durante la dictadura mientras hacía el servicio militar. Es a través de esa relación que se va reconstruyendo el dolor, el espanto, la desesperación, bajo la mirada amorosa de poeta a poeta, por momentos con un relato metadiegético en la voz de Glauce: “me repliego en el corazón, en la memoria / para ver tu mirada / la fuerza, el fulgor con que tú la animaras”. (p.61)
Nora Luna es una poeta más joven, de la generación de los hijos de las víctimas de la dictadura, lo que le otorga a su escritura un plus de valor testimonial. Su poesía trae retazos de huidas, encarcelaciones, ataques y lo hace desde la memoria de relatos, en los que el filtro de las otras voces conserva e incrementa la inmediatez emocional.
La segunda parte del libro, la de los “Relatos con memoria”, es también la de las memorias personales. En casi todos está comprometida una primera persona narradora para dar cuenta de la época nefasta. La autobiografía o la ficción del yo implica un compromiso afectivo que involucra al lector/a de manera tal que las memorias se vuelven indelebles. “Largos silencios/y llantos/es la memoria la que me empuja” (p.78).
Eugenia Cabral escribe ficciones que se pueden considerar autobiográficas por los datos que se dan en la bionota que antecede a la escritura de cada narradora (un acierto editorial: preceder cada grupo de relatos con esta información).
En el primer relato, “Hacia el ocaso”, narrado en primera persona, el tiempo narrativo lento, casi de escena, en que transcurre el caminar por una calle de ciudad (¿Córdoba?) en simultáneo con que en esa misma calle pasan disminuyendo la velocidad tres autos cargados de parapoliciales armados que los apuntan, genera auténtico efecto de terror, de persecución fatal, como se vivía en ese momento de la historia. En otro relato, “La navidad y la sed”, también el tiempo está ralentizado en base al detallismo informacional sobre las penurias de una mujer con su pequeña hija en brazos. Viajan desde Córdoba a la cárcel de Sierra Chica a visitar al padre de la niña. El final es conmovedor: “Pero estás vivo mi amor, estás vivo y nuestra hija también” (p.94) con una capacidad de condensación semántica propia de la poesía, magistral. En “La flor nacional” se narra la desesperada búsqueda de información sobre los seres queridos, en las afueras de la cárcel de San Martín, en contraste con el lirismo al que apunta el título. Por último, en “Los príncipes peligrosos” se aborda el acontecer de la quema de libros marcados como prohibidos.
Carmen Colazo, a partir de la sucesión de fragmentos de su novela La escuelita: éramos el agua y de Entre fronteras construye una autobiografía o escritura de sí que comienza con sus abuelos y a partir de la cual recrea la historia del país a partir de tres generaciones. La inscripción política en el irigoyenismo, la adolescencia, el trayecto por la Escuelita de Ciencias de la Información (Universidad Nacional de Córdoba), es decir, la historia de la política, de amores, la represión, la dictadura, Latinoamérica, en frisos inolvidables que dan cuenta de los acontecimientos y las subjetividades que vivió la generación que tenía 20 años en los setenta. “También es una historia de resistencias dentro de una vida cotidiana universitaria en dictadura (…) a la que debemos seguir relatando hasta en sus mínimos detalles para que las juventudes la conozcan y para que no suceda NUNCA MAS”. (p.116)
Alicia Corzo es de otra generación, la que hizo la escuela primaria durante la dictadura. Sus relatos son tomados de su libro De escondites a primavera, relatos de una niña que atravesó la dictadura. Desde una primera persona narradora, la narración se inscribe en la perspectiva de la infancia, de una niña desde cuya mirada los acontecimientos en una familia militante son serios pero no todos dolorosos. Muchas veces las rupturas de la cotidianeidad, como ir a esconderse a otra casa toda la familia, son narradas como una aventura. Por esta particular perspectiva la vida cotidiana se ve en toda su dimensión afirmativa: la militancia en épocas de dictadura como resistencia valiente y fuerte solidaridad. “Vengo de una familia preparada para resistir” (p.130)
Mónica Flores presenta una selección de relatos de su novela autobiográfica Las estaciones. De la tercera a la primera persona en la voz narradora, los relatos mantienen la perspectiva focalizada en el personaje mujer, joven madre, de 22 años. La detención, viudez (muerte de su compañero militante), el exilio, son narrados con cierta mediatez del tiempo pasado y la actitud de cercanía con esa subjetividad que hace que el lector participe del terror, la ingenuidad, el empuje, la valentía de la protagonista que se abre paso en medio de la persecución de la dictadura Argentina. “¿Qué verán los ojos del niño? ¿Qué sentirá su cuerpo manso en la falda de la madre?” (p.140)
Cada poema, cada relato, va construyendo una escena histórica, una memoria riquísima en su variedad y complejidad, en estilos particulares de calidad indubitable, como lo amerita la trayectoria de cada una de estas Mujeres con memoria que escriben “sin miedo/ para que todos sepan”.





Agradezco este comentario pero sobre todo, agradezco la aparición de esta revista y el nuevo espacio para la cultura de la palabra
Gracias Anabela por tu reseña, invita a la lectura sobre un tiempo tan adverso. Gracias a las mujeres escritoras por compartir emociones, memorias.