Por Antonio M. Álvarez (Compilador)
El cambio estacional se consolidó en la ciudad. Maravillas del clima, la nieve cubrió arbolados, calles y paseos. Juan Filloy, sin renegar de su hábito, camina cuarenta cuadras como habitualmente lo hace. Al retornar a su cuarto de hotel escribe la “Glosa del día”, que el 11 de julio de 1923 publicará, en su habitual columna, el matutino “El Pueblo”. Goce estético y sensibilidad humana de la mano.
Glosa del día (11/07/1923)

NIEVE
Con un lejano deleite infantil hemos ambulado por las calles desiertas de la ciudad pisoteando llenos de una fruición respetuosa, la blancura magnífica de la nieve.
La naturaleza que es una artista consumada ha querido cambiarnos el día de ayer la escenografía habitual. Con un venticello de frigidez sutil empezó por empañar la superficie de las cosas, cual si fuera un mordiente, para colocar después el polvo níveo con una profusión de pintor moderno.
El capricho sabio del cierzo cooperó en la decoración para resaltar con la albura audaz de sus pinceladas las estrías de las columnas y los adornos de los frisos. Así, la ciudad presentaba el aspecto raro de una xilografía, destacándose el blanco de la nieve y el negro de las sombras en el fondo plomo de las masas y del cielo.
Y mientras andábamos gozando la sinfonía blanca del paisaje, las piernitas amoratadas de un chiquillo nos despertaron a la realidad de las cosas y al dolor de los hogares sin fuego y sin pan…
Entonces, renegamos de la nieve añorando la calidez de la gama blanca de Paul Degás…





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