EducaciĂłn

Entre la tiza y la motosierra: educar cuando el mercado quiere la Ășltima palabra

Por Romina Soledad Bada

Hay Ă©pocas en las que la educaciĂłn camina como quien avanza sobre una cornisa: cada paso exige equilibrio, cada decisiĂłn puede precipitar una caĂ­da. La coyuntura actual encuentra a las escuelas atravesadas por un clima polĂ­tico que proclama la eficiencia del mercado como brĂșjula exclusiva y reduce lo pĂșblico a un gasto a recortar. En este escenario, la educaciĂłn se convierte en un territorio en disputa simbĂłlica: Âżderecho social o bien transable?, Âżespacio de formaciĂłn crĂ­tica o engranaje de una lĂłgica productivista?

El proyecto mileĂ­sta, con su retĂłrica de la “motosierra”, instala una narrativa que interpela directamente a la educaciĂłn pĂșblica. Bajo la promesa de libertad individual, se redefine el sentido de lo comĂșn y se tensiona el papel del Estado como garante de derechos. La escuela aparece, asĂ­ como una instituciĂłn incĂłmoda: demasiado lenta para el vĂ©rtigo del mercado, demasiado colectiva para una lĂłgica que exalta el mĂ©rito individual como dogma. Sin embargo, es precisamente en esa incomodidad donde reside su potencia polĂ­tica.

Como señala Tenti Fanfani (2023), la educación no solo transmite conocimientos, sino que produce sociedad. Cuando se la piensa exclusivamente en términos de inversión y retorno económico, se empobrece su dimensión cultural y democråtica. En tiempos donde se valora lo inmediato y lo rentable, la escuela insiste en otro ritmo: el del proceso, el del error, el del aprendizaje compartido. Es una institución que se resiste a ser mercancía porque trabaja con lo mås imprevisible: la subjetividad humana.

La experiencia educativa reciente ha dejado marcas profundas. La pandemia no solo expuso desigualdades preexistentes, sino que reveló hasta qué punto la escuela funciona

como sostĂ©n material y simbĂłlico. InĂ©s Dussel (2020) advierte que, lejos de haber perdido relevancia, la escuela se volviĂł aĂșn mĂĄs necesaria como espacio de encuentro, de palabra y de construcciĂłn de sentido. No obstante, ese reconocimiento convive hoy con discursos que la acusan de ineficiente, obsoleta o ideologizada.

En este contexto, el trabajo docente se parece al de quien escribe con tiza sobre un pizarrĂłn sacudido por el viento. Enseñar implica sostener una Ă©tica del cuidado y del pensamiento crĂ­tico cuando el entorno empuja hacia la competencia y la simplificaciĂłn. Lejos de ser meros ejecutores de programas, los y las docentes actĂșan como mediadores culturales, incluso cuando sus condiciones laborales se precarizan y su autoridad simbĂłlica es cuestionada.

AquĂ­, la vigencia de Paulo Freire se vuelve ineludible. Frente a una pedagogĂ­a del ajuste, Freire propone una pedagogĂ­a de la pregunta. Educar no es adaptar sujetos a un orden dado, sino invitarlos a leer crĂ­ticamente el mundo para transformarlo (Freire, 2005). En una coyuntura donde se exaltan soluciones mĂĄgicas y se desconfĂ­a del pensamiento complejo, esta perspectiva resulta profundamente revolucionaria. La educaciĂłn, desde esta mirada, no es neutral: o reproduce la desigualdad o la cuestiona.

El discurso libertario insiste en la idea de elecciĂłn individual, pero omite las condiciones materiales que hacen posible elegir. La escuela pĂșblica, con todas sus limitaciones, sigue siendo uno de los pocos espacios donde esa ficciĂłn meritocrĂĄtica se resquebraja y deja ver las asimetrĂ­as reales. Como un espejo incĂłmodo, devuelve a la sociedad la imagen de sus propias fracturas. Defenderla no implica negar la necesidad de transformaciones, sino rechazar su vaciamiento simbĂłlico.

Aun así, no todo es repliegue ni derrota. En las aulas, en los pasillos, en los proyectos colectivos que sobreviven a los recortes, se producen gestos de resistencia cotidiana. Pequeños actos que no suelen ocupar titulares, pero que sostienen la trama educativa: una clase que habilita la palabra, una lectura compartida, una pregunta que incomoda. Son chispas mínimas, pero persistentes, que desafían la lógica del sålvese quien pueda.

Freire hablaba de la esperanza como una prĂĄctica, no como un consuelo ingenuo. Esperar, decĂ­a, es comprometerse. En este sentido, educar hoy es un acto de fe laica: confiar en

que el pensamiento crĂ­tico sigue siendo posible incluso cuando se lo desvaloriza; creer que el lazo social puede reconstruirse aun cuando se lo erosiona desde el discurso. La educaciĂłn no promete certezas, pero sĂ­ la posibilidad de imaginar otros mundos.

Tal vez, en medio del ruido de las motosierras, la tiza siga trazando lĂ­neas frĂĄgiles pero obstinadas. LĂ­neas que no buscan imponer un camino Ășnico, sino abrir preguntas. Porque mientras exista una escuela donde alguien enseñe y otro aprenda, el futuro no estarĂĄ completamente clausurado. Y en esa persistencia silenciosa, casi anĂłnima, reside la forma mĂĄs profunda de esperanza.

Referencias

Dussel, I. “La clase en pantuflas”. En I. Dussel, P. Ferrante y D. Pulfer (Comps.), Pensar la educación en tiempos de pandemia: Entre la emergencia, el compromiso y la espera (pp. 337–348). UNIPE Editorial Universitaria, Buenos Aires, 2020.

Freire, P. PedagogĂ­a de la esperanza.: Siglo XXI Editores Buenos Aires, 2005. (Obra original publicada en 1992).

Tenti Fanfani, E. La escuela y la cuestiĂłn social en el siglo XXI. Fondo de Cultura EconĂłmica, Buenos Aires, 2023.

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2 comentarios en “Entre la tiza y la motosierra: educar cuando el mercado quiere la Ășltima palabra”

  1. Miguel Jiménez

    La nota plantea cuestiones de fondo.
    Sin embargo creo que tenemos que profundizar sobre la cuestiĂłn de la materialidad educativa. Esto es ver el presupuesto educativo, la lucha salarial y la desigualdad que plantea el no comer bien en relaciĂłn a la desigualdad social.

  2. ÂĄExcelente artĂ­culo! la autora nos invita a reflexionar sobre uno de los debates mĂĄs importantes de nuestro tiempo: el sentido de educar en un contexto donde la eficiencia econĂłmica parece querer imponerse sobre el derecho a aprender.

    Una lectura profunda que reivindica el valor de la escuela pĂșblica, el compromiso docente y el pensamiento crĂ­tico como herramientas para construir una sociedad mĂĄs justa.

    Vale la pena leerla, debatirla y compartirla. Porque defender la educación también es abrir preguntas sobre el futuro que queremos construir.

    Espero ansioso el prĂłximo artĂ­culo de esta autora. Felicitaciones Romina!

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