Educación
LA ÚLTIMA FILA: CUANDO LA ESCUELA DEJA DE MIRAR
Por Romina Soledad Bada
En el grupo de WhatsApp, siempre hablan de Esteban. Que es un problema para el curso, que no sigue instrucciones, que interrumpe, que grita. Veo mi nombre en la lista de participantes, pero nadie me nombra directamente. Es como si fuera invisible, igual que mi hijo para ellos.
Las notificaciones son constantes: “No entiendo cómo permiten que siga en el aula”. “Mi hija llega angustiada por sus gritos”. “¿Los padres hacen algo? Porque en casa no parece haber límites”. Yo leo en silencio, con los dedos temblando sobre la pantalla, pero nunca respondo. ¿Qué podría decir?
No es que no vea lo que pasa con Esteban. Lo veo. En casa, lo escucho encerrarse en su habitación después de la escuela, tirarse en la cama y perderse en un videojuego sin decir una palabra. Lo veo cuando intento hablarle y me devuelve respuestas cortas o se encoge de hombros. Lo veo cuando se ríe de algo, pero la risa se apaga rápido, como si no fuera de verdad.
Una tarde, voy a buscarlo al colegio y lo encuentro al fondo del aula, solo. Los demás chicos ya se han ido. Esteban está recogiendo sus cosas, despacio, como si no quisiera irse. Su profesora está parada en la puerta, mirándolo con los brazos cruzados.
—¿Qué pasa? —pregunto, incómoda por el silencio.
La profesora suspira.
—Su actitud es complicada. Siempre está distraído, o molesta a sus compañeros. No parece interesado en nada.
Asiento, porque qué otra cosa puedo hacer. Pero cuando caminamos juntos al auto, le pregunto:
—¿Por qué te quedaste tanto rato?
—No quería salir con todos juntos. Siempre me empujan o me dicen cosas.
Sus palabras son como un golpe en el pecho. Siento una mezcla de pena, rabia y vergüenza. Pero, sobre todo, impotencia.
Esa noche, mientras él duerme, pienso en el grupo de WhatsApp y en las palabras que he leído. Me pregunto cómo explicarles que no tienen idea de lo que pasa con mi hijo. Que detrás de ese chico que interrumpe y molesta hay alguien que no sabe cómo encontrar su lugar. Que no saben lo que es verlo encerrarse más y más cada día.
A la mañana siguiente, lo llevo al colegio, pero esta vez entro con él. Pido hablar con la directora.
—Mi hijo necesita ayuda —le digo, con la voz quebrada—. No sé cómo dársela sola.
La directora me escucha, y aunque no me promete soluciones mágicas, por primera vez siento que alguien me toma en serio.
Esa tarde, cuando recojo a Esteban, le doy un abrazo antes de que suba al auto.
—¿Qué pasa? —pregunta, incómodo.
—Nada —respondo—. Sólo quiero que sepas que estoy contigo.
Él no dice nada, pero no se aparta. A veces, lo único que podemos hacer es quedarnos ahí, sosteniendo. Porque si yo no lo miro, nadie más lo hará.
La escuela frente al espejo
“Si yo no lo miro, nadie más lo hará”. La frase con la que termina la historia de Esteban no habla solamente de una madre. Habla de una escuela y de una sociedad que, muchas veces, han perdido la capacidad de mirar.
La crónica que escribí comienza en un escenario cotidiano: un grupo de WhatsApp de familias. Allí circulan quejas, diagnósticos improvisados y pedidos de expulsión simbólica. Esteban aparece como “el problema del curso”. Es el chico que interrumpe, que grita, que no sigue instrucciones. Nadie pregunta qué le ocurre; todos describen lo que molesta de él. Incluso su madre se vuelve invisible dentro de la conversación. Está presente, pero nadie le habla. La exclusión comienza mucho antes de que el niño entre al aula.
La historia avanza y lentamente cambia el foco. Descubrimos que el niño señalado también es un niño solo. Sale último del aula para evitar las burlas, se refugia en los videojuegos, responde con silencios y parece haberse resignado a ocupar siempre la última fila, ese lugar físico y simbólico donde terminan quienes dejan de ser vistos.
La fuerza del relato reside justamente en ese desplazamiento. Lo que parecía una historia sobre un estudiante conflictivo se convierte en una historia sobre una comunidad incapaz de hacerse preguntas. El conflicto ya no es Esteban. El conflicto es una escuela que parece haber perdido tiempo, recursos y herramientas para comprender el sufrimiento del otro.
La escuela argentina atraviesa desde hace años un proceso de transformación profunda. A las tradicionales tareas de enseñar se le han sumado demandas vinculadas con la contención emocional, la convivencia, la inclusión y el acompañamiento de trayectorias cada vez más diversas. Como señala Emilio Tenti Fanfani (2007), la escuela se encuentra atravesada por las desigualdades y las tensiones de la sociedad en la que está inserta. Los docentes ya no trabajan solamente con contenidos; trabajan con historias, con biografías y con conflictos sociales que ingresan diariamente al aula.
En ese contexto, resulta comprensible que muchas veces la conducta de un estudiante termine ocupando el centro de la escena. Sin embargo, como advierte Philippe Meirieu (2001), el mayor riesgo de la escuela aparece cuando deja de preguntarse por el sujeto y comienza a definirlo únicamente por sus comportamientos. El estudiante deja de ser un niño con una historia para convertirse en “el disruptivo”, “el violento”, “el desinteresado”.
La educación, en cambio, comienza allí donde el adulto se resiste a que una etiqueta explique toda una vida.
La historia de Esteban muestra con claridad ese mecanismo. Para las familias del grupo de WhatsApp, él es simplemente el responsable del malestar del curso. Nadie parece preguntarse qué hay detrás de sus gritos, de sus interrupciones o de su aparente desinterés. Cuando el propio niño le confiesa a su madre que espera a que todos salgan porque lo empujan y lo insultan, el relato adquiere otra dimensión: quien era señalado como agresor también estaba siendo víctima de exclusión.
En este punto, las reflexiones de Karina Kaplan resultan especialmente valiosas. La autora sostiene que muchas veces la escuela construye “identidades estigmatizadas”, es decir, estudiantes que quedan fijados por una mirada que enfatiza sus déficits y termina condicionando las expectativas que docentes, familias y compañeros depositan sobre ellos (Kaplan, 2008). El peligro de estas clasificaciones es que el estudiante puede terminar habitando el lugar que los otros le asignan. La etiqueta no sólo describe una conducta: también produce efectos sobre la autoestima, el sentido de pertenencia y las posibilidades de construir otra trayectoria escolar.
Kaplan también recuerda que las emociones forman parte de la experiencia educativa. El miedo, la vergüenza, la humillación o el reconocimiento no son aspectos secundarios de la escolarización; influyen profundamente en las posibilidades de aprender y de construir vínculos con los demás. Esteban no aparece únicamente como un estudiante que interrumpe una clase. Es un niño que convive con el rechazo cotidiano y que parece haber aprendido a esconder su sufrimiento detrás del silencio.
Las redes sociales y los grupos de WhatsApp agregan hoy una dificultad adicional. Lo que antes podía quedar circunscripto a una conversación informal entre algunos padres ahora circula de manera permanente, amplificando juicios y reforzando estigmas. Como plantea Byung-Chul Han (2014), la comunicación digital favorece respuestas inmediatas y emocionales, dejando poco espacio para la reflexión y la complejidad. En ese contexto, un niño puede quedar reducido a una imagen compartida por toda la comunidad educativa.
Sin embargo, la crónica también ofrece una escena esperanzadora. La madre deja de buscar culpables y decide pedir ayuda. La directora, lejos de ofrecer respuestas simplistas, escucha. Ese gesto aparentemente pequeño recupera una idea central de Inés Dussel (2010): la autoridad pedagógica no se sostiene solamente en la aplicación de normas; también en la capacidad de construir vínculos, generar confianza y asumir la responsabilidad de que todos los estudiantes encuentren un lugar en la escuela. Porque la cuestión no pasa por deshacerse del estudiante que incomoda, sino por comprender aquello que su conducta intenta decir. Porque detrás de cada interrupción, de cada grito o de cada silencio puede haber una historia que ningún boletín registra y que ningún grupo de WhatsApp alcanza a conocer.
Esteban es un personaje de ficción, pero podría llamarse de muchas otras maneras. Está en casi todas las escuelas. Es el chico que siempre llega tarde, la adolescente que nunca participa, el que responde con enojo, la que parece no interesarse por nada. Muchas veces son ellos quienes más necesitan que un adulto se detenga, pregunte y permanezca.
La historia de Esteban no ofrece soluciones fáciles. Tampoco pretende hacerlo. Apenas muestra algo que hoy parece escaso: adultos capaces de detenerse antes de juzgar. Tal vez allí resida una de las preguntas más urgentes para la escuela argentina contemporánea. ¿Cómo puede la escuela hoy sostener su tarea de enseñar sin dejar de cuidar a quienes más necesitan ser mirados? En tiempos de diagnósticos rápidos, sobrecarga institucional y crecientes demandas sociales, educar sigue siendo, ante todo, una forma de mirar. Una mirada que no niega los conflictos, pero que tampoco reduce a un niño a ellos. Porque la calidad de una escuela no se mide únicamente por lo que logra con quienes aprenden sin dificultades, también lo hace por su capacidad para no abandonar a quienes ocupan, muchas veces sin haberlo elegido, la última fila.
Bibliografía
Dussel, I. Aprender y enseñar en la cultura digital. Santillana, 2010.
Han, B.-C. En el enjambre. Herder, 2014.
Kaplan, C. Talentos, dones e inteligencias. El fracaso escolar no es un destino. Colihue, 2008.
Meirieu, P. La opción de educar. Ética y pedagogía. Octaedro, 200
E. Tenti Fanfani, E. La escuela y la cuestión social. Ensayos de sociología de la educación. Siglo XXI Editores, 2007.




