Por Ricardo Pochtar
Con una dilatada experiencia profesional a mis espaldas, la tentación no es poca de volcar en estas reflexiones sobre el campo de la traducción unos pantallazos, digamos, anecdóticos para ilustrar mi particular manera de abordar esta muchas veces denostada práctica cultural: aquello de traduttore, tradittore. Sin embargo, me limitaré a señalar que esa experiencia abarca colaboraciones con editoriales de la Argentina y de España, primero en la traducción de obras de ensayo (no ficción) sobre temas de humanidades y más tarde de obras literarias. Paralelamente me desempeñé como traductor para organizaciones internacionales del sistema de las Naciones Unidas.
En esta nota me centraré en la faceta más enriquecedora, pero también más difícil de abordar, la de la traducción literaria. Esas dificultades guardan relación con el uso mismo del lenguaje en la creación literaria, donde la función comunicativa (instrumental) se entreteje con su función poética (mágica). Tanto esas como otras funciones del lenguaje siempre están presentes en la práctica de la palabra, solo que en cada caso hay una que predomina, como la función poética cuando se trata de obras literarias, siempre sin dejar totalmente de lado la función comunicativa. Por supuesto, hay autores que intentan reducir al mínimo ese compromiso con la comunicación, como los poetas futuristas o el Joyce de Finnegan’s wake, para citar dos ejemplos entre muchos. Eugenio Montale se refirió alguna vez a la rémora que supone para la creación literaria el aspecto semántico de las palabras en que se basa la comunicación. Como los autores, también hay traductores que imaginan “atajos” para evitarse la ardua labor de lidiar con las dificultades vinculadas con esas características del lenguaje literario. Alberto Girri, poeta argentino y notable traductor de poesía, ensoñó un idioma mixto castellano-inglés exento de los rasgos propios de una lengua difíciles, cuando no imposibles, de traspasar a la otra.
Son esos rasgos distintivos del lenguaje literario los que le complican la vida al traductor. Así lo expresa, cargando un poco las tintas, Ossip Mandelstam, para quien la traducción “es uno de los aspectos más complejos de la labor literaria [y] requiere un esfuerzo inmenso, atención, fuerza de voluntad, riqueza de inventiva, frescura intelectual, inteligencia filológica, un enorme teclado léxico y habilidad para escuchar atentamente el ritmo, para captar la imagen de una frase y transmitirla.”
Donde más se agudizan los retos que debe afrontar el traductor a nivel léxico es en las palabras que no se refieren al mundo “exterior” sino a las vivencias, al mundo “interior”: los sentimientos, los matices, las connotaciones, incluso los famosos paisajes como estados de ánimo, esos espacios tan ricos y al mismo tiempo tan difíciles encuadrar con métodos racionales, clásicos o neurocientíficos. De ahí la necesidad, no precisamente de forzar el lenguaje, sino de valerse de su función poética, capaz de transmitir con la intensidad de la intuición lo que el concepto no consigue aferrar.

Traduttore, tradittore, decíamos. Más allá del obvio juego de palabras o mera necedad con que se intenta descalificar una práctica cultural enraizada en la experiencia milenaria de la humanidad, esta fórmula también pone de relieve a contrario el aspecto más controvertido de la tarea del traductor: su compromiso deontológico con la fidelidad. Ante todo, aclaremos que en cierto sentido la propia traducción también es un juego de palabras y reconocerlo podría contribuir a potenciar su creatividad.
Volviendo al prurito de la fidelidad. ¿Qué se traiciona? ¿Con qué estamos comparando una traducción cuando afirmamos que es fiel o infiel? ¿Se trata de ser fiel a la letra o esa literalidad (DRAE: “verter todas y por su orden, en cuanto es posible, las palabras del original”) no basta para expresar fielmente el significado del texto original? Un texto, y textos son tanto el original como la traducción, no es un cúmulo de palabras, sino su entramado, su tejido (para evocar su propia etimología). Aunque enhebremos palabra tras palabra, la célebre linealidad, su hándicap frente a la inmediatez de la imagen, no traducimos palabras sino textos. Y para eso al traductor no le bastan las palabras, como dijo un poeta, en “estado de diccionario”: tiene que saber trabajar con palabras “vivas”, capaces de vibrar entre sí, de respirar en sus connotaciones. Lo cual no significa abominar de los diccionarios. Decía Cortázar que el traductor principiante se conforma con un buen diccionario bilingüe y otro correcto de su idioma, pero con la experiencia descubre que necesita consultar cada vez más diccionarios, en alguno acabará encontrando la palabra o la acepción que le quitaba (a veces literalmente) el sueño. Milagro este que incluso puede producirse cuando el libro ya está publicado.
La traducción también es una manía, el traductor es un obseso. No le interesan las obras fáciles de traducir, sino las plagadas de escollos y ambigüedades, para él la narración no es muy importante, se supone que con eso se alimentará la curiosidad (voracidad) del lector. Por su parte, está atento a la danza de la urdimbre y de la trama, la escena representada en el tapiz no le preocupa demasiado.
La exigencia de fidelidad, que cada uno tiene derecho a interpretar a su manera, choca con una constatación ineludible: hay traducciones mejores y peores, nunca una traducción definitiva. Así lo demuestra la existencia de sucesivas versiones de una misma obra al mismo idioma. Cambian los parámetros culturales en cuyo contexto redacta su obra el traductor, evoluciona la cultura en que realiza su labor. No se tratasolo de actualizar el léxico, sino de expandirlo enriqueciendo a veces el idioma de llegada al incorporar, no ya palabras, neologismos, giros, sino incluso contenidos conceptuales y simbólicos que hasta entonces no tenían cabida en su idioma y su cultura. Pienso en las traducciones de los clásicos griegos por obra de poetas alemanes como Friedrich Hölderlin.
Decía, también yo cargando un poco las tintas, que el traductor es un obseso y la traducción una manía. En todo caso, la lectura que hace el traductor tiene algo de “perverso”. En una frase, un párrafo, un texto entero, el lector normal nunca lee realmente todas las palabras. También es perfectamente concebible que el propio autor tampoco se demore en la elección de todas y cada una de las palabras que emplee en su texto. La denostada (por detractores o incluso renegados) escritura automática de los surrealistas no sería más que un caso extremo de distracción de las palabras. Escribir por distracción, como decía Clarice Lispector en uno de sus libros más lúcidos.
Pero a diferencia del lector normal, que va procesando inconscientemente la materia del texto, sonido o mancha de tinta en el papel, a medida que avanza en la lectura, surfeando por la página sin detenerse en cada palabra, el traductor, ese lector encarnizado, destripador y gozador del texto original, no puede surfear, bajar la guardia, tiene que detenerse en cada una de las palabras que ha empleado el autor. Si todo va bien, ese enfoque anormal, ese esfuerzo “perverso”, lo que a veces se describe como amor a las palabras, no tiene que notarse, el texto debe fluir sin la huella espectral del traductor. De ninguna manera la traducción “tiene que sonar a traducción”, aunque tampoco se trata de mimetizarla con el idioma de llegada incorporándola (idealmente) al acervo literario nacional. Un equilibrio tan necesario como difícil de alcanzar.
Hasta aquí una descripción (somera) de la práctica de la traducción como pasión intelectual. Pero hay un contexto material que también se debe mencionar. Las editoriales, cuya labor es decisiva para que se publiquen las traducciones, sin llegar, aunque a veces sí, a la traición, pueden sabotear el trabajo del traductor. No hablemos de los plazos de entrega insuficientes para asegurar una traducción de calidad, ni de la remuneración al traductor, que no se condice con la de un trabajo profesional digno de estima. La labor del corrector o correctora, que es esencial para detectar fallos, normalmente propiciados por las prisas con que hay que trabajar, también puede dar lugar a una intromisión en el texto traducido por decisiones no basadas en un cotejo con el texto original. Hay que decir que si ya el traductor está mal pagado, lo que recibe el corrector es aún más insuficiente para que disponga del tiempo que requeriría realizar esa compulsa, en caso de que conozca el idioma de origen. Por cierto, de ser así podría dedicarse a traducir. En fin, hay algo de causalidad circular en todo esto.
Hay prácticas editoriales que pueden resultar incluso más nefastas para la traducción, y esas sí que lindan con la traición. No sé si es una especialidad de (algunas) editoriales norteamericanas, pero también ocurre que de una simple corrección se pase a una remodelación de todo el texto de una novela (en el caso que conozco) para “adaptarla al gusto del lector”.
No quisiera acabar con este balde de agua fría. Hay editores y editores. Las prácticas varían mucho según los países y las épocas. El liberalismo (¡perdón Locke!) salvaje no es el contexto más propicio…
Decía “la pasión de traducir”, pero también puede existir la pasión de ser traducido, la fe infinita en la traducción. Hay un poemita de Ossip Mandelstam que lo expresa así:
Tártaros, uzbekos, nenets / todo el pueblo ucranio /
incluso los alemanes del Volga / y quizás en este
momento / un japonés/ me esté traduciendo al turco /
y alcance mi alma.




