Por Jorge Rodríguez Hidalgo
Se atribuye a Tito Flavio Vespasiano (9-79 d. C.), emperador romano (69-79 d. C.), la frase “pecunia non olet” (el dinero no huele). El sentido de la locución latina se avanza en muchos siglos a lo que el capitalismo asentó como un axioma en las testas del mundo occidental, fueran estas las de los pocos acaudalados o las de los muchos pobres y menesterosos que su lógica impone. Pero sí huele mal (ita, male olet): huele mal el dinero porque es la razón última de cualquier actividad política (relativa a la Res Publica), que, lejos de enderezarse a la procura de un bienestar general, busca la acumulación de dividendos, esto es, de poder, pasando por encima de los derechos fundamentales de la ciudadanía.
No es ajeno a tal consideración el llamado mundo -o negocio- editorial, cuyo elemento básico es el libro, pero cuya trayectoria, de acuerdo con las leyes del beneficio, ha transformado su realidad (el soporte físico) en una ilusión simbólica, pues el contenido ha dejado de constituir el fundamento de su existencia. Qué sea lo que un libro dice empieza a ser una cuestión menor; quién lo firme o avale, o a qué fines sirva, de relevante importancia -eso sí, siempre que el resultado pueda cuantificarse en dinero.
No deja de ser una paradoja que los responsables de la edición de los libros -portadores de conocimiento- mantengan en el mayor de los secretos los entresijos de una labor cultural que, supuestamente, ha de coadyuvar a dar luz a lo desconocido, entendimiento a lo confuso. Nada o muy poco sabemos de lo que a primera vista se presenta como un bien social, así como tampoco tenemos idea de quiénes son sus protagonistas o, en muchos casos, pseudoautores. Es digno de celebrar, entonces, que quien sí ha estado en el meollo editorial (el de los grandes “números”, se entiende) se atreva a desvelar sus entrañas y, como es el caso que nos va a ocupar, lo haga de forma lo suficientemente crítica como para que sintamos su olor y su aspecto, a veces nauseabundos. Nos referimos a Enrique Murillo y a su reciente obra Personaje secundario. La oscura trastienda de la edición[i].
Enrique Murillo (Barcelona, 1944) ha hecho del libro su vida desde bien joven, en que marchó a Londres, donde realizó trabajos de subsistencia antes de trabajar para la BBC británica y ejercer como corresponsal para algunos diarios españoles, mientras aprendía el inglés en profundidad, lo que le permitió traducir/descubrir a numerosos escritores en esa lengua (Nabokov, Martin Amis, Anaïs Nin, Capota, Henry James, Sam Shepard, Julian Barnes, Tom Wolfe…) y, posteriormente, darlos a conocer a los hispanohablantes. De formación autodidacta, la lectura, la traducción (que lleva implícita, obviamente, la lectura) y la edición han sido las grandes pasiones de un hombre que quiso modernizar (acuñó la etiqueta “Nueva Narrativa Española”) la adocenada y/o dormida narrativa española de su tiempo, en un país semicerrado al mundo a causa de la dictadura franquista. A finales de los años 70′, Murillo se inició como lector para el editor y poeta barcelonés Carlos Barral (1928-1989); casi seis décadas después, abandonó la edición tras vender un pequeño sello de su creación, Los Libros del Lince. En el ínterin, fue actor determinante en la editorial Anagrama que dirigía Jorge Herralde. Fue despedido de tres multinacionales de la edición y dimitió de otros dos sellos. Asimismo, encontró tiempo para escribir cuatro obras de ficción (entre las cuales, El secreto del arte) Hoy, a sus más de ochenta años, afirma que “no hay mayor placer editorial que descubrir el talento en manuscritos no solicitados”. En la actualidad, enseña en Cataluña el oficio de editor a jóvenes universitarios.
La publicación de Personaje secundario no ha pasado inadvertida en España, pues Murillo revela nombres de personas y empresas (solo queda sin identificar quien él llama “Ojos Verdes”, alguien que se oponía sistemáticamente a cuantas iniciativas presentaba) y describe situaciones reales que están incomodando en el seno de los comités editoriales y en los consejos de administración, así como da cuenta del estado de los derechos de autor, la mediación de las agencias literarias, los chanchullos en los premios literarios… Tras leer el libro, un volumen de más de quinientas páginas, se impone una pregunta: ¿qué hace que un exeditor quiera contar su experiencia profesional a sabiendas de que habrá de explicar lo que nadie ha querido, las irregularidades e inmoralidades de un mundo cultural convertido en un negocio poco claro donde han medrado gentes cuya reputación va a quedar en entredicho. Este libro autobiográfico se ocupa principalmente del aspecto profesional, pero, como el autor deja claro, la profesión es parte indisoluble de su vida, y por ello lo dedica “A Fe Blasco, ‘in memoriam’, la mujer de mi vida, por aguantar estoicamente a quien solo tuvo tiempo para editar”. No en vano, Enrique recuerda las palabras de Juan Murillo Mauri: “No leas tanto y haz algo de provecho”. Si aceptamos, entonces, que la edición fue “su vida”, hemos de convenir que nunca (al menos en el recuerdo) fue un “personaje secundario”, sino un actor principal que hubo de “soportar” a otros coprotagonistas, como el editor de Anagrama, Jorge Herralde, o al mencionado ‘Ojos Verdes’, un antagonista de quien nunca ha revelado el nombre verdadero. De la lectura de la obra se desprende que Murillo es un hombre tan pagado de sí mismo como capaz de enseñar sus dobleces. Esta, llamémosle, “bipolaridad”, quizá explique por qué aguantó tanto tiempo a un hombre/editor como Herralde (poco empático y práctico en demasía), algo que no sucedió con otros profesionales con los que trabajó.
Personaje secundario consta de tres partes, un intermedio y un epílogo: 1ª) “La edición literaria, por llamarlo de algún modo (1969-1999)”; 2ª) “La gran industria editorial”; 3ª) “Editar sin dinero”. El epílogo lo titula, significativamente, “Nos queda la esperanza”.
Principia el libro dando cuenta de su etapa de formación (siempre paralela a la del crecimiento individual). Como se ha dicho, tres son los ámbitos de interés y ejes de su actuación profesional: la lectura, la traducción (especialmente de obras escritas en inglés) y su negativa valoración de la narrativa que se estaba escribiendo en España. Su vocación lectora es la que origina las dos siguientes. Decepcionado por el panorama narrativo en español, sus básicos conocimientos iniciales del inglés le permitieron vislumbrar otros modos de escribir y “contar”. Si bien, consideraba a Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) el iniciador del gran cambio, con la novela “La verdad sobre el caso Savolta” (1975), la escasez de émulos le llevó, ya desde la editorial Anagrama, a intentar revolucionar la narrativa en español mediante la recuperación de la narratividad, siguiendo el parecer del escritor y editor vizcaíno Ramiro Pinilla (1923-2014), quien veía una gran diferencia entre ‘contar’ y ‘decir’: “Los españoles no cuentan las historias, las dicen”. ¿Por qué ‘recuperar’? Porque el arte de contar “ya estaba en ‘La Celestina’” (obra de Fernando de Rojas que data de finales del siglo XV). Así, Murillo se dio a la tarea de contratar las obras de autores primerizos de Gran Bretaña y Estados Unidos, así como favorecer la edición de escritores noveles en lengua española, como Álvaro Pombo, Rafael Chirbes o Ignacio Martínez de Pisón. Labor esta que se topó con la inapelable política de Herralde de anteponer el máximo beneficio, si bien, también de éste aprendió que podía sopesarse si un libro podía ser viable comercialmente sin desatender a la calidad literaria. El aprendizaje corrió paralelo a la “idea sagrada” de Murillo de que “sólo valía la innovación”. Y fue leyendo historia de la música como lo descubrió: supo que Mozart no fue el inventor de la “forma cuarteto” que tanto le gustaba, sino Haydn, “que no me gustaba apenas”. La evidencia le persuadió de que “la invención no era lo mejor que podía ocurrir en arte, o al menos no siempre. En ocasiones, las variaciones sobre una invención podían mejorar lo que había hecho su descubridor. Lo cual daba una muestra clara del error que había recorrido el siglo de la invención como fin último en todas las artes”.
Dada la importancia de la traducción para oxigenar la literatura estadiza que se escribía en España, Murillo denunciaba que “éste no es un país justo con sus talentos, ni la industria editorial cuenta entre sus méritos el de reconocer el inmenso valor del trabajo de los traductores”. Porque la literatura en español no salía de los presupuestos asfixiantes de una escritura limitada por la realidad política y la falta de tradición en que basarse: La “Literatura equivale a preguntarse: ¿por qué no soy capaz de saber siquiera de dónde salen los impulsos que me llevan de la perversión al crimen, del amor a la crueldad, del deseo de dominar al de ser dominado? ¿De dónde vienen esas ideas, actitudes, deseos e impulsos que rigen mi comportamiento sin que yo lo sospeche?” Al decir de Murillo, en España, “estas cuestiones no parecen haber interesado ni a la academia ni a la crítica. […] Para los escritores de nuestro país había un problema grave: la falta de tradición, porque no en vano los ejemplos previos de una novela de estas características no arrancaban en nuestro caso a finales del siglo XIX. España carecía casi por completo de antecedentes en narrativa, aunque sí los tuviera en poesía”. A este propósito, y a contrario sensu, Murillo recoge unas palabras del escritor colombiano Juan Gabriel Vàsquez (!973) sobre Jorge Luis Borges: “Borges escribió en los años 30 un ensayo que me importa mucho, El escritor argentino y la tradición, en el que reclama […] el derecho de apropiarnos de cualquier tradición, de cualquier lengua. La idea de las tradiciones nacionales, o incluso lingüísticas, como algo que te limita, que te cierra espacios, siempre ha sido para mí uno de los enemigos que hay que vencer”. Para Murillo, la comparación con los autores españoles era inevitable: “Que esto, aceptado por la crítica española para autores latinoamericanos, le haya sido negado a mi generación, la que dio ese mismo paso desde aquí para ser por ello denostada por ciertos guardianes de las tradiciones patrias, y que ni siquiera la crítica universitaria ha leído como lo que es, demuestra que en España hay cambios que jamás serán aceptados”. Congruente con tal afirmación, Murillo consideraba que la contribución de la lengua española a la literatura universal se había producido solamente por parte de autores latinoamericanos.
Enrique Murillo nunca firmó un contrato laboral a lo largo de su vida profesional, algo insólito en quien ha estado muy cerca del poder de decisión editorial. Es aún más llamativo si tenemos en cuenta su carácter resolutivo y firme determinación en la implementación de sus ideas. Él confiesa que llevó “una vida en la que tuve que protegerme con una armadura de cinismo, y reconvertir al talibán de los criterios editoriales literarios en un auténtico y fiero cazador de best-sellers, especialidad en la que llegué a destacar. Seguí siendo, pese a todo, un personaje secundario de la edición. Tan culo de mal asiento como siempre. E incapaz de callar si lo que veía me parecía feo”. ¿Y qué veía? Editores que abusaban de los autores; concentraciones editoriales exacerbadas; corrupciones flagrantes en la notación de tiradas y ventas de libros, con el consiguiente efecto en las regalías –royalties– de los autores; contratación en precario de obras; maltrato a los traductores (“todas las traducciones encargadas a traductores españoles eran propiedad eterna de los editores hasta que un par de especialistas en el oficio vimos que la aprobación el 11 de noviembre de 1987 de la Ley de Propiedad Intelectual abría una ventana y permitía, quizás, que las cosas cambiaran”); amaños en los premios literarios… La indefensión de los autores solo empezó a atenuarse con la aparición de las agencias literarias, que cubrieron, con artificios, el vacío legal que permitía tal situación.
¿Quién es, entonces, este lector, traductor y editor literario llamado Enrique Murillo, que ha estado en lo más alto de la industria editorial, cuya intervención en el panorama literario español ha sido evidente y que ha dado a conocer a una pléyade de escritores en las lenguas inglesa y española, que sin embargo nunca ha gozado de la simpatía de los grandes propietarios, por más que estos se hayan servido de sus conocimientos e intuiciones, que hubo de componérselas para poder cobrar una jubilación? Sin duda, un superviviente con “influencias” no remuneradas como es debido; un buen vasallo, si hubiese tenido buenos señores; un avanzado a su tiempo o importador de ideas y modos de hacer; un editor literario que acabó entendiendo que “es falsa la dicotomía entre calidad y comercialidad. No siempre, pero a veces la calidad se convierte en mito, y entonces sus ventas son extraordinarias”; un personaje, sí, secundario, pero declamando el papel del protagonista. Al final de su trayectoria profesional, Murillo llegó a crear, sin apenas dinero, un pequeño sello editorial, Ediciones del Lince, que acabó vendiendo a los propietarios de la editorial Malpaso. ¿Se convirtió por ello en personaje principal? ¿Ha dejado alguna vez de ser personaje secundario, o lo que ha hecho ha sido decir el texto que le ha convenido, incluso a despecho de su bienestar laboral y vital, aunque nunca editorial? Enrique Murillo ha sido, y es, editor literario, autor, traductor, lector, personaje de sí mismo, tan secundario como principal.
[i] Personaje secundario. La oscura trastienda de la edición. Enrique Murillo, Trama Editorial, Madrid, 2025





Esta reseña me parece equilibrada, señalando los méritos del libro examinado sin dejar de marcar distancia con algunas posiciones del autor. Todavía no leí el libro, pero creo que desnudar los entresijos del mundo editorial, español en este caso, es un ejercicio de decencia, tan valiente como necesario. Aunque solo desde la perspectiva «tangencial» del traductor, coincido con los comentarios de Murillo sobre alguno de los personajes que no quedan bien parados en su libro.