FILLOY ANTES DE FILLOY
Por Antonio M. Alvarez (Compilador)
Ironía y sarcasmo sobrevuelan, en riesgosas piruetas, las simpatías que Juan Filloy, a la sazón, hombre de la Justicia, experimenta por aquellos delincuentes de “guante blanco”. Podríamos buscar una posible respuesta a su reflexión en la última frase de la “Glosa…” atribuida a Madame de Staël: «Comprendre c’est pardonner« que encierra la idea: “Cuando realmente logramos entender las razones resulta más fácil perdonar errores”.
Glosa del día (12/08/1923)
«COMPRENDER ES PERDONAR»
La delincuencia es un modus-vivendi como otro cualquiera. Pero mejor que muchos. El trabajo honrado fastidia por su monotonía y cansa por su continuidad.
En el delito rara vez hay relajación de los músculos por la fatiga y depresión del espíritu por el dolor. Lo imprevisto y el riesgo son los dos factores de vitalidad. Del propio modo que en la variedad está la fuente de lo voluptuoso, en el riesgo reside el encanto de su emoción siempre renovada. De ahí es que Tomás Quincey clasificó ciertos delitos dentro de las bellas artes…
Estafar a un colono italiano su laborioso ahorro de diez años, «refalarle» la cartera bien nutrida a un criollo rico, «dársela con pianyentin» a un hispano opulento con más garbo que Pepe el Tranquilo, etc., son proezas que la sociedad debería premiar con algo más benigno que algunos años a la sombra…
La función social del delito es más provechosa de lo que se cree. El ladrón que roba los miles enmohecidos de un usurero, el «scrushante» que rompe el cráneo y la caja de un acaparador sin escrúpulo o el falsificador que «afana» lindamente a un financista protervo y sin patria, realizan una obra de altruismo tan considerable que merecerían elogios y estímulos. Una legión de honor o una insignia alegórica, bien podrían crearse a tal objeto. Habría un poquito de repulsión al principio, pero después todo pasaría en aras de los beneficios recibidos…
Lombrosso, que tenía ideas más o menos similares, pretendió fundar una ciencia en tal sentido: la simbiosis, que no era otra cosa que la utilización del delito.
Desgraciadamente, la autoridad, manteniendo diversos sistemas punitivos en virtud de vulgares prejuicios sobre la seguridad y la defensa, no quiso saber nada con ella. Es deplorable que así haya acontecido. Infinidad de sucesos traen aparejados magníficas enseñanzas y otra infinidad podrían haber prestado su ejemplo y una provechosa utilidad práctica.
Según telegramas de Barcelona, anteayer tuvo lugar un robo de una audacia casi poética. Un grupo de jóvenes, todos armados con revólvers, penetró en un banco céntrico de la ciudad condal, llevándose elegantemente, ante la estupefacción de todos, la bonita suma de doscientas mil pesetas. La persecución subsiguiente al hecho resultó infructuosa. Las ruines cafeteras de la policía formaron una caravana irrisoria tras los potentes limousines de los distinguidos delincuentes…
Si la sabia simbiosis del insigne criminólogo italiano existiera, todos los detalles del suceso hubiesen podido ser filmados por una hipotética «Corporación editora de films criminales auténticos». Y de ese modo, con las grandes ganancias de su exhibición devolver la suma al banco, dar un cuantioso porcentaje a los señores ladrones y hasta un dividendo a la policía… Pero, en Cataluña, a pesar de que ahora se hacen allí asaltos a tarifas módicas, no quieren ver otros Fantomas, Raffles y Lupines que los que en el mundo de la pantalla han sido…
Conviene, pues, rever la olvidada ciencia de la utilización del delito. En Buenos Aires, sin ir más lejos, los expertos de la cachiporra, de la furca y de las blabas a chauffeurs, constituirían una pléyade artística de difícil superación.
¡Qué fuente de recursos se está perdiendo! ¡Qué admirables aptitudes están malogrando arcaicos conceptos de la ciencia penal!
Urge, entonces, librar a tantos delincuentes de las garras de la ley. Su maldad será ejemplarizadora. Nunca mejor que aquí el precepto de Madame Stael: «Comprendrec’est pardonner«…


