Las diosas que hay en mí, de Amalia Sanchís

Por Silvia Rins

Leer Las diosas que hay en mí es adentrarse en un espacio donde poesía y mito dejan de caminar por separado. Amalia Sanchís convoca a las antiguas divinidades femeninas, pero no para reconstruir un viejo panteón ni para reivindicar una tradición perdida. Las llama porque intuye que aún tienen algo que decirnos. Bajo sus nombres antiguos siguen latiendo preguntas que pertenecen plenamente al presente.

Con una trayectoria vinculada tanto a la poesía discursiva como a la visual y experimental, Amalia Sanchís ha explorado siempre los espacios donde la palabra dialoga con otras formas de expresión. Sin embargo, en Las diosas que hay en mí, publicado por In-Verso Ediciones en una cuidada edición bilingüe —con traducción al catalán de Anna Aguilar-Amat—, esa búsqueda adquiere una dimensión especialmente íntima. Lejos de construir un catálogo mitológico, cada poema cede la palabra a una diosa distinta y, al hacerlo, rescata una genealogía femenina que durante siglos quedó relegada a los márgenes de los grandes relatos religiosos e históricos. Gaia, Isis, Inanna, Artemisa, Kuan Yin o Yemayá dejan de ser figuras arqueológicas para interpelarnos desde el ahora, donde sus nombres conservan intacta la capacidad de iluminar las preguntas esenciales sobre la identidad, la pérdida, el deseo, la creación o la libertad. Como anuncia Gaia, «señales que hemos ido dejando por el camino». 

Existe, además, un rasgo que confiere al libro una notable coherencia interna. Aunque las divinidades proceden de geografías y épocas muy distintas -están las madres primigenias, las heroínas griegas y las provenientes de culturas lejanas, desde el budismo chino hasta la cosmovisión andina-, ninguna aparece aislada de las demás. Todas parecen formar parte de una misma invocación plural, como si compartieran una raíz común que atraviesa las civilizaciones. El poemario sugiere así que, mucho antes de que los grandes relatos patriarcales terminaran imponiéndose, existió otra manera de comprender lo sagrado: una espiritualidad vinculada a la tierra, al cuerpo, a los ciclos de la naturaleza y a la experiencia femenina. No se trata de reconstruir un supuesto paraíso perdido, sino de escuchar los ecos de una tradición que, pese a haber sido silenciada durante siglos, continúa latiendo bajo la superficie de nuestro tiempo.

Mientras avanzaba en la lectura, no pude evitar evocar un libro ya clásico como La Diosa blanca, de Robert Graves. Pese a las evidentes diferencias entre ambas obras —la de Graves nace de una ambiciosa investigación poética y antropológica, mientras que la de Amalia Sanchís encuentra su lugar en la creación lírica contemporánea—, las dos parecen compartir una misma intuición: la de que los mitos constituyen una forma privilegiada de conocimiento. No explican el mundo; lo revelan.

Graves proponía una sugerente tipología del principio femenino a partir de la simbología de la luna. Sus fases —creciente, llena y menguante— correspondían a los tres grandes arquetipos: la Doncella, la Madre y la Anciana, tres rostros de una misma divinidad que encarnan, respectivamente, la rebeldía de los comienzos, la plenitud creadora y la sabiduría que nace de la transformación. Sin formularlo de manera explícita, Las diosas que hay en mí parece recorrer un itinerario semejante. Las distintas deidades convocadas por la autora acaban configurando un entramado simbólico donde esos tres arquetipos vuelven a desplegarse con naturalidad.

Así, Artemisa, Idun, Eos o la indómita Lilith remiten a la doncella que inaugura el mundo desde la independencia y el deseo de ser libre. Gaia, Isis, Deméter, Yemayá, Pachamama o Vesta encarnan las múltiples formas de la maternidad, entendida no solo como capacidad de engendrar, sino también de sostener, proteger y transmitir la vida. Finalmente, Inanna, Oyá, Coatlicue, Pelé o KuanYin representan el rostro más profundo de la experiencia: el de aquellas divinidades que conocen el descenso a las sombras y regresan de él convertidas en guías para las demás.

Sin embargo, la verdadera fuerza del poemario no reside únicamente en el universo mítico que convoca, sino en la manera en que consigue transformarlo en experiencia poética. Amalia Sanchís presta una voz nueva a estas divinidades. Una voz que no habla desde la solemnidad del mito, nacida de una intimidad herida, consciente de que las preguntas que atravesaron a aquellas deidades siguen siendo, en esencia, las nuestras. Como un secreto que se va transmitiendo de generación en generación. De mujer a mujer.

La tierra, el agua, la sangre, el fuego, el templo, los árboles, el mar o la piedra forman parte de un mismo vocabulario simbólico que recorre el libro de principio a fin. No son simples elementos de la naturaleza, sino lugares donde la materia y el espíritu vuelven a encontrarse. Cada imagen parece guardar la memoria de un antiguo rito; cada paisaje conserva la huella de una presencia femenina que el tiempo nunca consiguió borrar del todo.

El lenguaje de Amalia Sanchís no necesita imponerse. Sus poemas rehúyen el artificio y la grandilocuencia para instalarse en una expresión de aparente sencillez que, no obstante, encierra una notable densidad simbólica. Bajo esa transparencia discurre un entramado de referencias culturales, resonancias mitológicas y ecos espirituales que el lector va descubriendo de manera gradual, casi como quien se adentra en un bosque y comprende que cada sendero conduce a otro más antiguo.

Hay, además, un delicado equilibrio entre la dimensión colectiva y la experiencia personal. Aunque cada poema adopta la voz de una diosa concreta, nunca deja de percibirse, tras ella, la respiración de una mujer contemporánea que dialoga con esas figuras para comprender mejor su propia identidad. Quizá por eso Las diosas que hay en mí es, a la vez, un canto coral y un monólogo interior. Coral, porque en él resuenan voces procedentes de culturas y tiempos muy distintos que terminan componiendo una misma genealogía. Monólogo, porque todas esas voces confluyen finalmente en una sola conciencia: la de una mujer que, al nombrar a las antiguas diosas, emprende también un viaje hacia sí misma. No contemplamos a las diosas desde fuera; son ellas quienes terminan mirándonos.

No es casual que muchas hayan descendido a los infiernos, atravesado la pérdida o conocido el exilio. Como ocurre en los grandes relatos iniciáticos, el viaje importa menos que la metamorfosis. Y acaso sea esa la idea más profunda que recorre este poemario: comprender que toda búsqueda de lo sagrado acaba encontrando en nosotros su lugar. 

Con el último poema, las diosas regresan al territorio del mito. Sin embargo, ya no las contemplamos con los mismos ojos. Algo de ellas permanece en nuestra memoria, como ciertas imágenes que, sin saber muy bien por qué, continúan acompañándonos mucho después de haber terminado la lectura. Tal vez porque los mitos nunca dejan de hablarnos; solo esperan, pacientemente, que volvamos a escuchar su voz.

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