Perduración de un mito de la argentinidad

A cien años de la publicación de Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes

Por Pablo Dema

1 de julio de 2026, día de mi natalicio, entra un mensaje de Antonio Tello, editor de Once Varas, desde Barcelona. “Como sabes”, dice, “se cumple un siglo de la publicación de Don Segundo Sombra, ¿te gustaría escribir algo?”. Consulto calendarios, la sincronicidad es exacta. La primera edición de la novela de Güiraldes, impresa por Francisco A. Colombo en Buenos Aires, vio la luz el 1 de julio de 1926, hace exactamente un siglo. Se impone una pregunta que alguna vez Borges se hizo a propósito de la poesía de Evaristo Carriego[i]. El libro centenario de Ricardo Güiraldes, ¿pertenece a la literatura o a la historia de la literatura? ¿Es un documento que consultan especialistas o todavía una obra de arte que disfruta un lector corriente? Se impone el acto de la lectura en el presente. Vamos a ello.

Pero antes, un asombro. Según algunos estudiosos de la historia del libro, en 1926 se publicaron entre 500 y 1000 novedades en Argentina[ii]. La primera edición de Don Segundo Sombra fue “corta” (2000 ejemplares) y se agotó en un mes. En octubre de ese año salió la segunda, de 5000 ejemplares. En los años subsiguientes esa edición se reimprimió varias veces y a partir de entonces el libro se reeditó constantemente en todos los formatos imaginables, desde las incontables ediciones de bolsillo escolares hasta las imponentes ediciones críticas, en tapa dura como la de la Colección Archivos (1988) o editada en rústica en la Colección Letras Hispánicas (Editorial Cátedra, n.º 82, 1974) pasando por todas las variantes facturadas por Losada, Sudamericana, EUDEBA, Emecé, entre mil más.

Otro tanto se podría decir de las traducciones, las cuales no han cesado de multiplicarse, desde la temprana Don Segundo Sombra: Shadows on the Pampas, vertida al inglés por Harriet de Onís en 1935, hasta las versiones francesas, alemanas, italianas, checa y japonesa con las que cuenta la obra hasta hoy. En comparación, un siglo después en Argentina se publica alrededor de 35.000 novedades al año, pero con un promedio de 1.000 ejemplares por título. A la lectura de inicio de siglo XX le va bien el adjetivo “intensiva” (un público acotado leyendo y releyendo pocos libros) mientras que a la de inicio de siglo XXI parece calzarle mejor la de “extensiva”[iii] (muchos lectores realizando un “picoteo” superficial por muchísimos libros que pasan al olvido rápidamente, empujados por el frenesí de la novedad).

El tema de la edición y circulación del libro es asunto para otro momento, pero no deja de ser sugerente a la hora de responder a la pregunta inicial acerca de si Don Segundo Sombra es una novela que puede concitar la atención de un lector corriente en la actualidad o si es objeto de interés para académicos. Recuerdo un comentario de un profesor universitario en redes sociales que planteaba eso mismo dejando la respuesta en suspenso. Él releía Don Segundo Sombra porque tenía que enseñarla en clase, “me pregunto si hoy alguien más la lee por gusto”, se interrogaba, y agregaba, “creo que es la última vez que la releo”. Por mi parte, decidí hacer la prueba de la lectura. Fue, seguramente y si la memoria no me engaña, mi tercer acercamiento al libro. El primero en la escuela secundaria (más o menos a los catorce años, la edad del personaje narrador del libro); el segundo en la universidad (unos seis años después) y el tercero ahora, veinte años más tarde. Antes de releerlo recordaba poco de la experiencia estética que me produjo anteriormente, más bien el libro quedó en la memoria ubicado en un espacio definido por sus vecinos en una biblioteca menos personal que colectiva y cultural de un lector argentino. Es el lugar que le asignaron los lectores cultos y los críticos, desde Borges a Martín Prieto pasando por David Viñas, Beatriz Sarlo y Josefina Ludmer[iv]. Allí Don Segundo Sombra funge de episodio final de la literatura gauchesca fundada por los Cielitos patrióticos de Bartolomé Hidalgo y que tiene al Martin Fierro como su cúspide indiscutible. En la lectura de los críticos, más allá de las variantes (una mirada más política-economicista en el caso de Viñas, una más estético-culturalista en el caso de Sarlo) hay un consenso en afirmar que Güiraldes realiza una operación que fusiona dos elementos. Por una parte, el “contenido” de la literatura gauchesca tradicional: un espacio exterior (el campo)  y otros interiores (el rancho y la pulpería); los distintos perfiles del trabajador rural (resero, domador, baquiano); la presentación de la oralidad de los gauchos (la “voz”, el refranero, los modos del canto y la payada); sus alimentos y costumbres (el mate, el  asado, la galleta); ciertos rasgos del carácter y determinados valores del gaucho (coraje, nobleza, fidelidad, rusticidad, sabiduría y espíritu libre). Por otra parte, una “forma” novedosa, el abandono del verso octosilábico típico del género es reemplazado por una prosa que explota los recursos expresivos de las corrientes europeas finiseculares y de la primera vanguardia del siglo XX: el simbolismo francés, su variante Modernista americana y la imagen poética vanguardista-ultraísta. Pero lo europeo no es solo el estilo sino también la estructura genérica y la dupla de personajes protagonistas. En su célebre ensayo “El escritor argentino y la tradición” (1951), Borges dijo que el estilo de Don Segundo Sombra había sido aprendido por Güiraldes “en los cenáculos de Montmartre” mientras que su estructura genérica derivaba de la novela Kim, de Rudyard Kipling, ejemplo de la novela de aventuras y de aprendizaje europeo. Esta lectura viene a refrendar la existencia de la que el crítico italiano Franco Moretti llamó ley de Jameson, según la cual los países periféricos importan unas formas literarias extranjeras (géneros y estilos) y los llenan con un contenido social local.

¿Pero con qué me encuentro ahora al abrir el Don Segundo Sombra? En la escena inicial, un narrador anónimo en primera persona cuenta sus cuitas junto a un río de donde saca unas mojarras que le cambiará al pulpero por algunas monedas o golosinas. Esa escena es la primera de tres en las que el mismo personaje hará un balance o un “diario” sintético de su vida. Pero en la primera no es mucho lo que tiene para decir: sólo que fue llevado por su “protector”, un estanciero llamado Fabio Cáceres, empleador de su madre, a vivir con un par de tías en un pueblo con el propósito de asistir a la escuela a la que acude durante tres años. Como el protagonista de otra célebre novela de aprendizaje (Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain), el personaje padece a sus tías tutoras, se siente preso en una rutina de estudios y de misas y solo un par de veces su protector lo lleva a dar una vuelta a la estancia donde la madre realiza duras faenas. De su padre, ni noticias. Pero a sus catorce años, el innominado personaje que se siente en un “calabozo” encuentra la posibilidad de que su “verdadera naturaleza” se expanda “libre, borboteante”. El ser que catapulta su voluntad de movimiento es Don Segundo Sombra, un hombre que pasa por su pueblo y que lo impresiona al encontrarlo en una pulpería. Imponente, fuerte, de pocas, pero justas palabras, Don Segundo aparece como el modelo, el Maestro que le da entidad al personaje narrador, el aprendiz, que lo tomará como guía.

Lo que sigue es la historia de ese aprendizaje, el cual se desarrolla durante cinco años en los que el narrador aprende el oficio de resero. Viaje continuo por la pampa bonaerense, días apacibles e inclementes, tareas de doma, lesiones, bailes en estancias y romances frustrados, asados y mateadas al por mayor, cuentos de fogón, amistades y riñas que no pasan a mayores. En ese viaje Don Segundo ejerce su magisterio: “el fue el que me guió pacientemente hacia todos los conocimientos del hombre de pampa”[v]; pero además es una fuente de sabiduría “moral” que lo instruye sobre los peligros de la bebida, la “desconfianza para con las mujeres”, la “prudencia entre los forasteros” y la “fe en los amigos” (p. 94).

En ese recorrido, el niño “guacho[vi]” se hace “gaucho”, es decir un hombre sólido y digno. Transcurridos cinco años, el narrador pisa ya la veintena cuando llega la segunda escena-balance junto al agua, esta vez a la vera del río repasa sus andanzas, las marcas de la vida recia en su cuerpo de gaucho curtido y su creciente admiración por Don Segundo: “yo era un instrumento en manos de mi padrino, que me guiaba en cada gesto (221).

Si por una parte, como dijimos, el libro participa del género gauchesco por su tema (el modelo es la segunda parte de Martín Fierro, la “Vuelta”, la del gaucho que acepta los consejos, se hace peón y templa su ánimo); por otra despliega los recursos de la prosa simbolista-modernista-vanguardista. El recurso más explotado es la presentación analógica del mundo interior y el mundo exterior mediante un sinnúmero de variantes reversibles. La naturaleza refleja el mundo interior y, viceversa, el mundo exterior se embebe de la emocionalidad del personaje. Y las personas se definen con analogías provenientes de la naturaleza y los oficios rurales. Cuando llueve, “los postes, los alambrados, los cardos, lloraron de alegría” (p.91). “Las muchachas (que encuentra en un baile) eran tentadoras como las frutas maduras”. “Los rostros se volvieron hacia la puerta al modo de un trigal que se arquea mirando el viento” (p. 99). La gente que sale a bailar, forma un “tropel en el centro del salón, como hacienda sedienta en una aguada”. “Un paisano grande quería disparar, mientras lo echaban al medio donde quedó como un borrego que ha perdido el rumbo”. Una mujer joven, primero presentada como “fruta”, luego es una “(yegua) madrinita a la que no se le acollara mancarrón tan fiero” (p. 101). Desairado, el personaje se aparta “como potro sobre maneador seguro” y más luego, queda “sumido y triste como lechón que se ha dejado quitar la teta”. La metáfora campera, a menudo graciosa o pícara (y misógina, como no puede ser de otro modo en ese contexto) a veces asume la variante romántica para expresar las emociones más densas. El paisaje como estado del alma en momentos decisivos de la trama y de mayor lirismo: “Crucé unos charquitos llorones que quién sabe qué dijeron bajo los vasos del caballo. Pobre campo sufridor el de estos pagos, y tan guacho como yo de cariño. Y había tantas estrellas, que se me caían en los ojos como lágrimas que debiera llorar para adentro” (p. 188). Si bien a Güiraldes se lo asocia a los movimientos de vanguardia, en particular al grupo de autores nucleados en torno a la revista Proa, la cual, dicho sea de paso, toma su nombre de unos versos de Guiraldes del poema “Viajar” publicado en El cencerro de cristal (“Arrancarse de los conocido./ Beber lo que viene./ Tener alma de proa”) algunas pocas imágenes del libro adoptan la técnica de la figura plástica promovida por los Ultraístas y sus primos hermanos los Creacionistas. Sobre el final, cuando la silueta de Don Segundo se va perdiendo al bajar una hondonada, aparece una imagen que podría figurar tranquilamente en un libro de Vicente Huidobro o en las Calcomanías de Oliverio Girondo: el jinete montado en su caballo, a medida que baja “se fue reduciendo como si lo cortaran de abajo en repetidos tajos”.

Volviendo a la historia, recién cuando el narrador encuentra su esencia, cuando gaucho interior se realiza, se inscribe su nombre propio. Mediante un espectacular giro de la trama, el narrador recibe una carta de Don Leandro Galván en la que le revela su verdadera identidad. Aquel protector suyo, Fabio Cáceres, empleador de su madre, es en realidad su padre biológico, homónimo del hijo, y quien, al morir, le dejó en herencia su estancia. Es así que Fabio Cáceres (h) enfrenta el dilema de continuar con su vida errante junto a su “padrino” Don Segundo o asumir una vida cómoda y realizar como propietario su rol de patrón. El consejo sabio de Don Segundo y la tutoría de Don Leandro hasta que Fabio alcance la mayoría de edad lo ayudan a realizar la transición hasta asumir este nuevo destino, el cual no implica dejar de ser gaucho, porque, como le dice Don Segundo, aunque ahora Fabio sea patrón, “adonde quiera que vayas, irás con tu alma por delante” (p. 244). El movimiento temporal del personaje implica un ida y vuelta del interior al exterior del alma gaucha. De chico tiene en potencia la esencia de gaucho, sale de su pueblo y la realiza al vivir como resero y al final la introyecta nuevamente como un alma imperecedera. Los dueños de los campos argentinos son gauchos de alma, digamos.

Además, Fabio logra asumir su rol de propietario gracias al hijo de Don Leandro, Raucho. Este personaje es el protagonista de una previa novela homónima de Güiraldes, muy marcadamente autobiográfica, que cuenta los dilemas de un joven de una familia patricia que va a París y sufre un gran desamor. Desgarrado, retorna a su patria y a su vida en el campo, aunque no deja de lado su pasión por la lectura y la vida refinada. Al encontrarse Fabio y Raucho traban amistad y se definen jocosamente como opuestos simétricos. Fabio le dice a Raucho que es un “cajetilla agauchado”, es decir un hombre rico, culto y apto para moverse en la gran ciudad (ya sea Buenos Aires o París). Y Raucho le replica a Fabio que él dentro de poco “va a ser un gaucho acajetillado”. Según comenta Ludmer, en este intercambio se cifra la disolución del género gauchesco porque se diluye la diferencia que lo fundaba: el uso de la voz del gaucho por parte de un hombre ilustrado. Ahora, Fabio Cáceres se hace culto y cuenta su propia historia de gaucho. Conoce, a través de Raucho, libros en francés, italiano e inglés que le permitirán forjar la prosa que estamos leyendo. “Los libros y algunos viajes a Buenos Aires fueron transformándome exteriormente en lo que se llama un hombre culto” (p. 254), mientras que su esencia gaucha queda como núcleo moral.

Finalmente, Don Segundo, quien lleva la pauta de su carácter simbólico en el apellido (es una sombra, un espectro, un arquetipo y un ideal) parte, y al diluirse en el horizonte queda como mito de origen espiritual de la argentinidad. Desde el punto de vista político, el gaucho, reducido a un símbolo moral pero desactivado como sujeto conflictivo para la organización del Estado (ya no es ni libre, ni anárquico ni violento como el Martín Fierro de la “Ida”) sirve como elemento convergente y aglutinador social frente a la amenaza que podría significar para la estabilidad política la masa inmigratoria europea, como afirma Leopoldo Lugones en las páginas del diario La Nación en septiembre de 1926: el gaucho “constituye una entidad indivisible, que coopera en la formación de la patria”[vii].

Leído hoy, Don Segundo Sombra es un documento imprescindible para repensar la historia argentina y el principal género literario de la literatura nacional. Pero también, a partir de la experiencia de la lectura reciente, pienso que es una obra que mantiene vivo su encanto y depara no pocos momentos felices. No se me ocurre un espacio mejor que la escuela secundaria para unir estas dos funciones de la lectura literaria: un saber cultural nacional histórico y político y la posibilidad de una experiencia estética que puede ser significativa todavía hoy para un chico argentino de quince años que conozca las aventuras de Fabio…. de Fabio y, cómo no, de ese otro adolescente contemporáneo que es el Silvio Astier del Juguete rabioso, de Roberto Arlt. Otra novela centenaria y viva.


[i] Ver su Evaristo Carriego, Emecé, 1965

[ii] Ver Editores y políticas editoriales en Argentina (1880-2010), José Luis de Diego (Dir.), FCE, 2014.

[iii] La distinción entre lectura intensiva y extensiva fue acuñada por Rolf Engelsing en la década de 1970 para referirse al cambio que se dio en el siglo XVIII en los hábitos de lectura en Europa. Es retomada y discutida frecuentemente por historiadores de la lectura como Roger Chartier, Karin Littau y Alberto Manguel.

[iv] Viñas, David: Literatura argentina y realidad política (1964); Sarlo, Beatriz: Una modernidad periférica 1920-1930 (1988); Ludmer, Josefina: El género gauchesco. Un tratado sobre la patria (1988); Prieto, Martín: Breve historia de la literatura argentina (2006).

[v] Cito de la edición de bolsillo de Editores mexicanos unidos, 1991, p. 93.

[vi] Guacho o huacho. Voz derivada del quechua que significa, huérfano, indigente. (Nota del E.)

[vii] Lugones, citado por Martín Prieto, op. cit. p. 228.

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