Por Justo Serna[i]
Cuando oigo llamar «fascista» a alguien, antes de indignarme procuro averiguar qué quiere decir quien emplea esa palabra.
Es deformación de oficio. Mientras otros se enzarzan en la discusión, yo empiezo por el diccionario. A veces acierto. Otras veces llego tarde, que también forma parte de las costumbres de mi gremio.
Hace veinte años publiqué un artículo titulado «¿Quién es el fascista?»
No imaginaba entonces que seguiría corrigiéndolo dos décadas después. No porque hubiera cambiado de opinión, sino porque el mundo ha hecho el favor o la faena de complicar la pregunta.
Entre tanto leí a Emilio Gentile, releí a Umberto Eco y, sobre todo, observé lo que iba ocurriendo a mi alrededor.
Gentile, probablemente el mayor especialista vivo en el fascismo italiano, publicó hace unos años un libro cuyo título era ya toda una advertencia: ¿Quién es fascista?
Su tesis es sencilla, Tengan cuidado con las palabras: el fascismo no es un insulto; es un fenómeno histórico muy concreto.
Nació en Italia, en unas circunstancias determinadas; construyó un partido-milicia, elaboró una religión política, aspiró a un Estado totalitario y tuvo una cronología precisa.
Si llamamos fascista a cualquier dirigente autoritario o a cualquier demagogo, acabaremos por vaciar la palabra de contenido.
Hasta aquí, suscribo casi todo. Los conceptos sirven para distinguir, no para mezclar. El pasado merece un poco más de respeto que el que suelen dispensarle las redes sociales o algunas tertulias.
Pero entonces entra en escena Umberto Eco. Los italianos discuten con provecho. Gentile pone orden. Por su parte, Eco introduce la duda.
En un ensayo ya clásico, Umberto Eco sugería que el fascismo histórico había desaparecido, pero que algunas de las disposiciones culturales y políticas que lo hicieron posible seguían ahí, como brasas incandescentes.
No volverían necesariamente las camisas negras. Volverían, si acaso, ciertas maneras de pensar y de hacer política… fascista.
Gentile nunca aceptó esa idea. Temía, con razón, que el fascismo acabara convertido en una categoría tan elástica que terminara designando cualquier cosa desagradable.

Su propósito era devolverlo a la historia. Eco, por el contrario, quería impedir que la historia nos adormeciera.
No creo que fueran adversarios intelectuales. Respondían a peligros distintos. Gentile temía el abuso del lenguaje. Eco temía el abuso del olvido.
Durante mucho tiempo me pareció que Gentile llevaba ventaja y hasta razón.
Hoy ya no estoy tan seguro. ¿Acaso porque el fascismo ha vuelto? Esa afirmación sería tan rotunda como inexacta.
El fascismo italiano pertenece a un tiempo que no puede reproducirse mecánicamente un siglo después.
Lo que sí puede volver son determinadas lógicas políticas. Las ideas se desplazan mejor que los uniformes.
Enumeremos…
El relato obsesivo de una nación en decadencia; la necesidad permanente de encontrar culpables; la transformación del adversario en enemigo; la desconfianza hacia cualquier institución que limite la voluntad del supuesto pueblo auténtico; el desprecio por la negociación, presentada siempre como una rendición.
Nada de eso constituye, por sí solo, fascismo. Pero tampoco fortalece una cultura democrática.
Aquí, en el ámbito castizo, aparece Vox. Conviene mantener la cabeza fría. Llamar fascista a Voz, sin más, me parece históricamente incorrecto.
No todo nacionalismo excluyente desemboca en fascismo. Gentile tendría motivos para protestar si utilizáramos la etiqueta con esa alegría.
Sin embargo, hay otra pregunta que me parece bastante más importante.
¿Qué está consiguiendo Vox en la conversación pública? Su éxito no consiste únicamente en el número de diputados que obtiene. Consiste en haber desplazado el eje del debate.
Obliga a discutir sobre los asuntos que decide, con las palabras que elige y dentro del marco que establece. Fuerza también a una parte de la derecha tradicional a acomodarse, por cálculo o por miedo, a problemas, expresiones y prioridades que hace apenas unos años consideraba inaceptables.
Admitámoslo: no hace falta gobernar para modificar el clima intelectual de un país.
Hay un detalle que me parece decisivo.
Estas nuevas derechas consiguen con frecuencia que sean sus adversarios quienes hablen su lenguaje. Esa es una victoria cultural de primer orden.
Cuando logran imponer los temas de discusión y las palabras con que se discuten, ya han recorrido buena parte del camino. La política empieza mucho antes de las urnas. Empieza en el vocabulario.
Los historiadores solemos repetir que la historia no se repite. Es verdad. Nunca vuelve con la misma uniformidad. Cambia de ropa, cambia de lenguaje y aprende incluso a presentarse impecablemente peinada y con escaño parlamentario.
Precisamente por eso conviene desconfiar tanto de quienes descubren fascistas en cada esquina como de quienes sostienen que cualquier parecido con el pasado es una fantasía alarmista.
Marc Bloch escribió que la incomprensión del presente nace fatalmente de la ignorancia del pasado.
Me permitiría añadir una pequeña maldad. También puede nacer de la confianza excesiva en que el pasado jamás encontrará la manera de regresar.
Por eso sigo creyendo que no conviene llamar fascista a cualquiera. El insulto suele ahorrar el razonamiento.
Pero tampoco conviene hacer del rigor terminológico un refugio confortable. Mientras discutimos si una etiqueta resulta exactamente aplicable, la conversación pública puede haber cambiado ya de naturaleza.
No sé si la pregunta correcta es quién es fascista. Sospecho que no.
La pregunta verdaderamente incómoda es otra: ¿qué formas de hacer política de inspiración fascista estamos empezando a aceptar como normales?
Las democracias rara vez mueren de golpe. Se deterioran lentamente, por acumulación de pequeños hábitos, pequeñas renuncias y pequeñas cobardías.
Un día descubrimos que el aire ha cambiado y nos sorprende comprobar que llevábamos mucho tiempo respirándolo.
Seguiré procurando no llamar fascista a cualquiera. Las palabras tienen historia y merecen rigor.
Pero tampoco pienso acostumbrarme al olor del humo mientras seguimos discutiendo, con toda la precisión del mundo, si aquello que ocurre es exactamente un incendio.
[i] Justo Serna (Valencia, 1959). Historiador, catedrático de Historia contemporánea en la Universidad de Valencia (España).




