Cartas de la palabra Río
Por Claudio Asaad
Este Mar
Entonces imaginá el mar, aunque lo estés mirando en un rectángulo de 13 por 18. ¿Es una imagen deslucida por el paso del tiempo, el velo de lo real?
Este es el mar que ocultaron tus ojos, el que sonaba a furia y efervescencia, espuma y cosquilleo burbujeante sobre la arena.
Es tu mar, el que ahoga las voces, con una armadura de olas y espesura. El cuerpo rugiente de Neptuno y Poseidón.
El cielo narciso intenta espejarse sobre el manto inquietante de la marea.
Es tu mar, aunque tu cuerpo no llegó a amarlo sin temer al ahogo de la pasión.
Es tu mar, padre, el de los peces que huyen de la muerte como pueden, zigzaguean debajo del agua junto al salitre. Criaturas tornasoladas, crustáceos de linaje naranja y ámbar, tentáculos de yo qué sé.
Es tu mar, madre. La sal recuperada cada mañana aun con el sol devorando las sombras.
Es nuestro mar, aunque solo lo evoquemos como un muerto en una fotografía, los colores del fuego donde debería brillar el verde azulado.
Este mar es el de tus lágrimas, madre. El de las lluvias perdiéndose en el magma universal de todos los océanos.
Falta el olor a sal y hogar de animales ocultos bajo la capa oscura y profunda. El fondo marino, su fragancia a barcas de madera y metal, guerras corroídas por la garganta voraz de las aguas nocturnas.
Este es el mar, lienzo de Iván Aívazovsky, escenario de tormentosos rayos y centellas en las páginas de Herman Melville. Un poema de sirenas, cantos exprimidos a la médula de la historia.
Este es el mar que no muestra sus heridas, el que guarda el sangriento arpón y la medusa eléctrica, la roca coral. El anfitrión de los pescadores.
Placer para el cuerpo flotante, tumba voraz si lo demanda el destino, curva amiótica del espíritu sereno en el atardecer dorado.
Este es tu mar, hermano, el mar nuestro que no vemos y podemos imaginar.
Caverna, remolino que succiona el cristal del arenal y regresa sin cesar, como la voz de Alfonsina, los cantos medievales, el corazón latido a mares de vida, a pasos de la eternidad, de nunca al fin.
Elías




