Bach, de Kepa Murua, palabra ácima

Bach[i], de Kepa Murua, palabra ácima

Por Francisco Taboada

La mitad de la gente que conozco va a dejar de hablarme por perpetrar esta reseña. Un ateo irredento como yo escribiendo sobre un libro religioso, puaj. Hasta el propio autor exclamaría: ¡No es eso, te equivocas, no habla de eso! Ya lo sé, Kepa, es poesía, luego en el fondo trata sobre la poesía misma… pero apesta a incienso por los cuatro costados, ¿o no? Y entonces él cabecearía, alzarías las manos al cielo y lamentaría haberme pedido que lo leyera. A fin de cuentas, ambos compartimos madres estupendas que nos inculcaron sólidos valores morales rebozados en terminología católica, atestada de rosarios, jaculatorias y ánimas del purgatorio. Todavía ahora nos preguntamos cómo nos transmitieron tanto cariño y bondad utilizando esas palabras tan ¿detestables? Y sigue siendo un enigma que cuando Kepa ansía el silencio más profundo, entre en una iglesia vacía y se lo apropie, para marcharse de inmediato si entra otra persona. O que yo mismo, fan de los Ramones, acabara hace poco en la catedral de Viena escuchando el concierto de órgano más sacro de Johann Sebastian Bach con el corazón en un puño. Creo que se llama madurez intelectual, aquello del fondo y la forma. De modo que debo reconocerlo, y que Bakunin me perdone, pero Bach, Bajo al cielo hondo, de Kepa Murua (Zarautz, España, 1962) es un buen libro de poesía. Un libro magnífico, si me apuran.

     Tarde o temprano un escritor tan prolífico como Kepa Murua, cerca de cuarenta títulos de todos los géneros literarios, tenía que homenajear al creador por excelencia, un músico tan fértil que sus obras se numeran hasta superar el millar. Dice el maestro Regino Mateo en su ensayo Bach, La música infinita, que el genial músico alemán estuvo muy condicionado por su agitada época, los tiempos de Lutero y su Reforma, donde la religiosidad se volvió más íntima y reflexiva, demandando que los fieles comprendieran perfectamente los textos, que por vez primera no estaban en latín, sino en su lengua vernácula, y así meditan desde su propia experiencia, participan en la celebración. Para esta participación, la música resulta esencial, debe ser directa, emotiva, sencilla, solemne. Estas son precisamente las herramientas traslúcidas que utiliza Kepa Murua en este poemario. Incluso cuando se vuelve hermético, lo hace con las manos abiertas y las palabras claras como el agua. Nobleza y sinceridad en esta época oscura, de mentira generalizada, donde ya nadie cree en nada. Un libro valiente, arriesgado. Dividido en cuatro partes, las tres primeras están compuestas cada una por 38 poemas (ese número inquietante, mágico, de abundancia y creatividad; también de exilio y revelación, según la Biblia, ya que 38 son los años que vagó el pueblo de Israel en el desierto, después de dos de preludio hasta llegar a los cuarenta; y por supuesto un homenaje a la precisión numérica que se atribuye a Bach, constructor de laberintos sonoros en los que gusta perderse; o, en fin,  cualquier otra matemática tiniebla como la de Edgar Allan Poe, cuyo cuervo preclaro frecuenta este poemario, Ted Hughes mediante…) y, cerrando el libro, esa gloriosa cuarta parte, suma y origen, y destino, con un único poema serpiente, miltoniano y dantesco, donde el poeta baja al infierno en busca de un ángel caído, que supera las cincuenta páginas. En conjunto, es toda una experiencia que te deja tan exhausto y agradecido como después de escuchar las tres horas de la Pasión según san Mateo, BWV 244.  La señal que queda / después de todo / el rocío sobre la hierba / en un mar abierto (Paz, pag. 77);  Más allá de lo que se ve / hay un alma que vuela; / otra nos espera en una playa sin arena (Unidad, pag. 87); cuando nadie se acuerda que aquel / que elabora la herrumbre / termina por ahogarse solo (Terreno, pag. 88).

   Y quizá sea esa Herrumbre la clave íntima del libro. El modo tan sutil y apropiacionista empleado por Kepa Murua para utilizar el lenguaje religioso heredado y desgastarlo ante nuestros ojos, oxidándolo, cuestionándolo, sometiéndolo al espejo distorsionante de la duda metódica. Porque aquí se afirma que la verdad es todo y nada, que la luz es oscuridad, que quedan ya muy lejos los tiempos del pensamiento unívoco y plano, y que puedes saltar al vacío si crees que la levitación es algo más que un mito y no tienes miedo a partirte en pedazos. Solo son palabras. Una convención. El silencio vale mucho más. O menos. Tú decides. Y si lo necesitas puedes creer en la dupla Madre divina y Dios, tan gnóstica y ajustada al gusto contemporáneo, pero también puedes renegar de Ella/Él a voz en grito. Este libro necesita más que nunca un lector activo, implicado, que monte y desmonte el discurso, el sentido o sinsentido de cada poema, para avanzar sobre el escombro propio que va quedando tras la lectura.  Si de algo dispone este poemario es de recursos. Dios podría ser el tiempo que se nos escurre entre las manos (Fuimos a la Jerusalén perdida, pag. 226) Una niebla llamada alma / observa las piedras de la renuncia (Larga rama, pag. 63).

     Como ya hiciera en su poemario anterior, Ella lee, dedicado a su madre, pero más ostensiblemente que en sus libros anteriores, Kepa Murua consigue alcanzar en Bach, Bajo al cielo hondo una poesía totalizadora, integradora, con una cierta visión metafísica tipo Vicente Aleixandre, esa facultad poética que consiste en hablar de lo general cada vez que se menciona lo particular, como si cada palabra fuera un comodín susceptible de ser cambiado por lo que se necesite en cada ocasión. Eso es el Duende. La Gracia. Kepa lo llamaría sencillamente trabajo. El oficio del poeta: Prestar atención a todo porque todo es valioso, todo merece la pena. Sumergirse en la arena y nadar (Consumación, pag. 108).  


[i] Bach, bajo el cielo hondo, Kepa Murua, Ediciones Liliputienses, Cáceres, 2026.

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