Por Silvia Rins
Dicen que existen lugares en el mundo en los cuales la niebla llega a tal índice de densidad que la huella del cuerpo del caminante es capaz de preservarse esculpida como vacío de la materia gaseosa durante varias horas. De la misma forma, un lector puede imaginarse atravesando la obra de María Zambrano como si de un camino se tratara, dejando una estela fundamental de sí mismo impregnada en el paisaje, que acaso sólo recuperará en el momento en que se detenga para contemplar el largo trecho que ha recorrido, y antes de continuar avanzando con los ojos cerrados. Se diría que casi importa más el camino que nos lleva que el paisaje en sí, es más, se diría que en la obra de María Zambrano el paisaje consiste en el camino, se diría que caminamos realmente a ciegas guiados por el instinto y que los vericuetos laberínticos por los que nos vemos obligados a desplazarnos, todo lo que percibimos, es también todo lo que podemos llegar a aprehender con certeza.
Y es el camino precisamente una de las metáforas más significativas en la obra de María Zambrano: el camino recto, laboriosamente construido por el hombre, el allanado, desbrozado y finalmente adecentado, que es el de la filosofía, contrapuesto siempre a ese otro camino que discurre sinuoso su propio discurso, azaroso e intuitivo, a veces traicionero, ora subterráneo ora intransitable, que es el de la sabiduría y el de la poesía, en una de las dicotomías más fructíferas de la obra de la autora, que da lugar ya al título de uno de sus primeros libros: Filosofía y poesía (1939).
El conflicto entre la filosofía y la poesía es incomprensible si no tenemos en cuenta la previa distinción entre la esencia y la apariencia, el alzamiento de la primera barrera, que en un sentido estricto predomina en el pensamiento griego hasta la llegada de Platón. Como ya señaló Heidegger en su Introducción a la metafísica (1956), para los presocráticos el ser y el parecer estaban estrechamente vinculados ya que concebían el ser como lo que está siendo, es decir, cual una realidad cambiante, imprevisible, capaz de metamorfosearse. Incluso en Parménides y Heráclito, el ser y el parecer no llegan a oponerse, como tampoco se oponen el mitos y el logos, sino que se complementan , y aunque de forma difuminada, ambos aluden a una misma realidad: a las diversas manifestaciones posibles de una realidad.
La filosofía platónica fue la primera que opone firmemente el esposado par realidad-ser y ficción-apariencia. Sólo basta con que recordemos el celebrado Mito de la Caverna, en el cual un hombre destinado de por vida a creer en el fuego creador de sombras descubre un día la luz natural del sol, es decir, se encuentra con un conocimiento que se le impone violentamente, que le priva del sentido de la vista, hasta que sus doloridos ojos son capaces de acostumbrarse a semejante claridad. Luz solar, fuente de verdadero conocimiento, filosofía, podríamos añadir, frente a la sombra vil, artificial, la gran simuladora que nos hace errar, la poesía. Y por lo tanto, después de haber desentrañado esta analogía, no es de extrañar que Platón expulsara al poeta de su República ideal, el mentiroso por excelencia, el mayor criminal, el más perverso, puesto que recubre su ignorancia de un envoltorio imitativo deslumbrante que se disfraza de verdad. Mientras el filósofo avanza hacia la claridad del ser, el poeta maniobra desde inconfesables oscuridades, expone fantasmagorías, y persuade desde su posición marginal y siniestra, cuestionando el valor de la luz. Desde la apariencia, en definitiva, pone en peligro la hegemonía del ser.
Quizá resulte paradójico que Platón se base en el procedimiento metafórico para exponer su epistemología, siendo la metáfora también el instrumento clave con el cual María Zambrano nos conduce hacia una filosofía, aunque ella la utiliza para fines casi opuestos a los de Platón: para reivindicar la apariencia como forma de conocimiento del ser. La apariencia no es únicamente el dato que el hombre puede registrar acerca del ser gracias a sus propios sentidos, sino que es también el único medio del cual este dispone para captar a los diversos seres vivos o cosas, para relacionar una serie de afinidades y parentescos, que pueden llegar incluso a propiciar que una cosa sea nombrada con el nombre de otra, es decir, que dos realidades distintas se superpongan y se concilien, rebasando sus propias esencias.
No era ajena María Zambrano a esta importancia que adquiere la metáfora en su obra, pues a ella dedica una profunda reflexión en Notas de un método (1989), donde escribe: “La grandeza de una cultura quizás se aparezca en las metáforas que ha inventado, si es que las metáforas se inventan. Ya que todo lo que el hombre hace tiene además del sentido primario otro sentido, por lo menos, más oculto y recóndito que luego salta y se manifiesta. Y así sucede igualmente con lo que mira y discierne, con lo que fija su atención. Nada es solamente lo que es”. Como si fuera consciente del privilegio de contar con ciertas metáforas como la de la luz, la del corazón, la de la fuente, la del camino o la del fuego, que desde los tiempos más remotos han servido para dar forma a nuestros pensamientos y que continúan siempre vivas, hambrientas de nuevos significados. Y no importa que estas metáforas hayan sido ya utilizadas en otro sentido, ya que tienen la virtud de no gastarse. La metáfora no es un traje como lo puede ser un concepto, es una tonalidad de piel, o aún mejor, posee la transparencia del sol, del agua o del aire. Y este es precisamente el caso de la dicotomía luz-oscuridad, principal articuladora y coloreadora de los ensayos zambranianos, y clave a partir de la cual todos los misterios del ser y el sentir puedan ser explicados: dicotomía ancestral que todo lo resume y todo lo significa.
Con la ayuda de la metáfora, pues, se remonta María Zambrano al principio de los tiempos para explicar la compleja relación del hombre con los dioses o el Dios en El hombre y lo divino (1955). El hombre, ser inadaptado en la naturaleza, tiene necesidad de sentirse castigado o arropado por una instancia superior, de ahí que haya creado a los dioses. Pero los dioses griegos, que tenían en un principio la claridad tenue de las primeras horas de la mañana, la del mito, van a bifurcarse en dos direcciones opuestas: Apolo, que prefigurará la luz impasible del pensamiento filosófico, y Dionisos, la luz sombría de las entrañas, de lo no revelado todavía. Ambos persistirán a su manera hasta la actualidad, ya que el único que es capaz de morir es el Dios cristiano, el del sufrimiento y la redención, el que nos muestra que el crimen de la luz se sumerge en nuestras tinieblas para renacer de nuevo allí. Y el que nos condena a la soledad –ese infierno terrestre–, a ser portadores de la nada –último resquicio de lo sagrado–, a forjar un nuevo dios con la mueca del Futuro o del Estado por el que cualquiera vendería su alma voluntariamente con tal de escapar a la prisión temporal.
Y con el tiempo entramos en otro de los temas recurrente de su obra, analizado en sus múltiples manifestaciones. El tiempo que no es condena, sino felicidad. Posibilidad de saltarse el callejón sin salida. Luz donde un instante de oscuridad puede ser nuestra salvación. El presente: luz inaprehensible que se pierde en cada instante. Lección de humildad y resignación, pues estamos por completo en sus manos. El tiempo que asimismo es memoria, mirada hacia atrás, juego de constelaciones que en secreto se conducen las unas a las otras porque todo núcleo luminoso no es más que un hito en el camino; memoria que el hombre mutila salvajemente al someterla al tamiz de la conciencia que, implacable, destierra todo lo que no consigue limpiar –oscuros prejuicios, tenebrosas prohibiciones morales– a un pozo sin fondo, a una especie de vertedero que nosotros designamos con el nombre de Subconciencia. Porque María Zambrano, desde El sueño creador (1965) hasta su última obra publicada, Los sueños y el tiempo (1992), intenta describir igualmente las profundidades del tiempo abismal, los estados irracionales, los de la inconsciencia, reivindicando así esas zonas brumosas, esas luces opacas o lánguidas, olvidadas por una filosofía occidental que ha acabado reduciendo las diversas formas de iluminación a la omnipotente e inmaculada luz del mediodía. De ahí que la autora plantee directamente el conflicto en obras como Claros del bosque (1977), De la Aurora (1986) o El parpadeo de la luz (1991) y no se canse de reivindicar la existencia de ciertas zonas discontinuas de la luz y el tiempo, que parecen haber perdido sus derechos, salvo para la llamada psicología de lo profundo.
Y la vida. Y la muerte. Claros del bosque (1977) es una obra paradigmática en cuando la autora crea una serie de poemas en prosa, intuiciones sabias y líricas al mismo tiempo, con una fuerza y con una imaginería extraordinaria, a través de las cuales lleva a cabo un recorrido completo que comienza con “el despertar a la luz del ser” y finaliza con esa entrega indescifrable donde “luz y fuego se separan”. Entre los dos extremos oscila el alma, paloma ligera a la que ningún vuelo científico puede dar caza, la belleza, flor cuyo centro de luz comunica directamente con el abismo y el corazón, el único que puede llevar la luz hasta el interior para que allí dialogue con la oscuridad.
Paloma, belleza, corazón, metáforas que representan el misterio del amor, otro de los temas preferidos de María Zambrano, esa libertad de la que se decía ya en El hombre y lo divino (1955) que es real porque esclaviza. El amor escindido casi desde el principio en el eros pasional de la tragedia y el eros contemplativo de la filosofía: la enajenación y el conocimiento absoluto. El amor, que no es los sucedáneos, las banalizaciones del amor, que es la máxima fuente de terror que existe cuando hace que nuestra aspiración amada se desvanezca precipitándonos en el abismo luciferino de la carne, pero que cuando es verdadero siempre nos enseña que hemos perdido un resquicio de nuestra alma en alguna parte.
Porque el amor es metáfora de la relación del sujeto con la otredad. La realidad es luz también, llama a la existencia, a la salida al mundo exterior; y el ser es oscuridad, caverna, matriz, embobamiento, autocomplacencia. Y el destino del hombre es debatirse como un péndulo entre la realidad y el ser, encontrarse a sí mismo, el inalcanzable, fuera, en lo ajeno. Elevar el corazón hasta la luz y dejar que dormite en ella sin esfuerzo y sin protección. Únicamente en zona de aurora o de penumbra, que salve del peligro de consumirse por el fuego, es posible alcanzar ese estado de identidad entre ser y realidad, o en ese momento crepuscular en que el olvido impide que la luz solar y la oscuridad que llega se opongan en encarnizada lucha.
Un alto en estas panorámicas por la obra de María Zambrano a partir de sus metáforas más caras, acaso la mejor manera de no traicionar su pensamiento. En realidad, si la autora actúa más como portavoz de la poesía que de la filosofía o viceversa es algo difícil de dilucidar, como si hubiera conseguido con su escritura el prodigio, derribar el muro que separa la una de la otra. Pero indudablemente no nos encontramos frente a una filósofa en el sentido estricto de la palabra, o al menos la búsqueda de la verdad que esta lleva a cabo se materializa de un modo muy diverso al que nos tiene acostumbrados el discurso filosófico tradicional occidental. Ya en el prólogo a Filosofía y poesía (1939) la autora declaraba que “Filosofía, ella, y no por ser mujer, nunca la podría hacer”, cosa que no la eximía de iniciar su particular búsqueda de la Verdad, de una verdad quizá poco accesible precisamente por su cercanía, por su implicación directa con el ser humano, de una “verdad poética”. La verdad de la filosofía se había arrogado con el privilegio de ser la única verdad, y su luz –¿quizá iluminación artificial?– con sus ansias de universalidad y de abstracción –también de simplificación– había condenado al ostracismo todas esas oscuridades moribundas o neblinas densas y apagadas para las cuales no había lugar desde sus estrechas perspectivas: las diluía en la pureza de su luz o las ignoraba.
Y a la verdad poética correspondía una razón poética. ¿Pero qué es para María Zambrano la razón poética? En Notas de un método la autora intenta un esbozo de definición, sirviéndose de sus metáforas predilectas, es decir del lenguaje poético: “De la razón poética es muy difícil, casi imposible, hablar. Es como si hiciera morir y nacer a un tiempo; ser y no ser, silencio y palabra, sin caer en el martirio ni en el delirio que se apodera del insomnio del que no puede dormirse, solamente porque anda a solas. ¿Lo llamaríamos desamparo? Tal vez. Terror de perderse en la luz más aún que en la oscuridad, necesidad de la respiración acompasada, de la convivencia, de no estar sola en un mundo inerte; y de sentirla, no sólo con el pensamiento, sino con el cuerpo, aunque sea el minúsculo cuerpo de un pequeño animal que se agita: sentir la vida, donde está y donde no está, o donde no está todavía. En este “logos sumergido”, en eso que clama por ser dentro de la razón”. Y así María Zambrano dudó entre las diversas formas que son capaces de mediar entre el ser y la nada, y escogió finalmente la razón poética que es la que se sitúa entre el conocimiento filosófico y los abismos de nuestra conciencia.
Sin embargo, a la razón poética correspondía un lenguaje poético, un ritmo poético. Clave metodológica para comprender la obra de María Zambrano, y mensaje que encierra el prólogo a Notas de un método, donde se habla, en primer lugar, del plano del contenido, al señalar que su objeto de estudio son las manifestaciones de la existencia en un intento de acercarse a la “unidad cada vez más íntima y lograda de vida y pensamiento”, y a continuación del nivel formal, proponiendo el género discontinuo del fragmento y contraponiendo el ritmo rígido del concepto a lo que ella denomina melodía, ritmo creativo, revelador, imprevisible. Porque la razón poética se vierte especialmente a través de la escritura, cuya función original es la expresión del secreto, “lo que no puede decirse con la voz por ser demasiado verdad” (Por qué se escribe, 1934) pero que también es la queja (La confesión: género literario, 1943), la forma necesaria de huida de uno mismo para encontrarse con el otro, para ensordecer a ese otro con los gritos de uno y sentirse así un poco menos solo. La verdadera escritura debe estar siempre impregnada por el leve peso de un alma.
La filosofía es también lenguaje. Se construye desde y con el lenguaje, como cualquier falacia. María Zambrano no solo revela que no debemos desterrar la oscuridad, que únicamente la penumbra o la aurora son capaces de salvarnos, de no cegarnos, no se limita a señalar cuál va a ser el paisaje de su filosofía, sino que guía a través de su camino, obligándonos a tomar conciencia de que el lenguaje denotativo de la filosofía es insuficiente a la hora de enfrentarse a la complejidad de ciertos sentimientos, actitudes o relaciones humanas. La deducción parte de un juicio universal para llegar a otro singular, se dirige de lo abstracto a lo concreto. Y al ser un método que elimina las diferencias, también falsifica la realidad. Si Platón había creído librarse del influjo caótico de la poesía condenándola limpiamente a un destierro, Aristóteles, mucho más sutil, ya había dado el paso de aceptar de nuevo la poesía, eso sí, bajo el yugo de la filosofía, al considerar imparcialmente el fenómeno lingüístico y atribuir a la filosofía el ámbito del concepto y a la poesía el del tropo o la estilística. La capacidad analógica y metafórica del lenguaje quedaba, pues, en un principio, reducida a simple figura retórica al servicio de una gramática lógico- filosófica, pero permanecía ahí, operando sigilosamente como la carcoma, esperando convertirse un día ella misma en la propia filosofía.
La de María Zambrano es, pues, la razón poética consciente del poder inigualable del lenguaje, mas también de sus limitaciones. Esta razón se mueve sin miedo por los terrenos más abruptos y espinosos, por los desconocidos o ignorados, por los menos transitados. Avanza a través de meandros de pensamientos reemprendidos una y otra vez sin tregua hasta ser completados o matizados, de sucesiones de metáforas hábilmente engarzadas, de tensiones entre conceptos antitéticos que se retan en duelo al borde de sus significados, o por el contrario, de superposiciones significativas que enriquecen o dotan de cuerpo a referentes prácticamente inefables, propagadas sobre todo gracias a un ritmo musical que arrastra y agota, expandiéndose en pequeños círculos semánticos que acaban formando una espiral que nos integra en el texto, haciéndonos girar sobre nosotros mismos.
En su intento de acercar la filosofía a la vida, a los terrenos más íntimos o más indescifrables del ser y el sentir, María Zambrano adopta la razón poética. La más imperfecta, sí, la más limitada, pero quizá también la más cercana a el hombre, a quien la realidad sólo atañe en cuanto corrosivo de sus entrañas. Razón poética que la autora ya nos anunciaba, metafóricamente por supuesto, en su prólogo a Filosofía y poesía donde había escrito como si de una declaración de principios y de por vida se tratara: “He preferido la oscuridad que en un tiempo ya pasado descubrí como penumbra salvadora, que andar errante, solo, perdido, en los infiernos de la luz”.





Excelente artículo, Silvia. Me quedo con la idea de que en la penumbra también puede haber verdad y de que la metáfora cumple una función esencial: abrir una vía de conocimiento sin agotar el misterio. Tu lectura de Zambrano nos invita a demorarnos ante lo que todavía no podemos explicar