Los patios de Schweblin, Ocampo y Martel

Por Nélida Cañas

Mis vestiduras son demasiado torpes para este mundo.

Franz Kafka

Samanta Schweblin, la autora argentina residente en Berlín, acaba de obtener el Premio AENA de Narrativa Hispanoamericana con su libro de cuentos El buen mal, publicado en 2025 por Seix Barral. Lo leo vorazmente. Por la noche viene a mi mente el conmovedor cuento Un animal fabuloso. Escucho la voz de una madre que habla con su amiga para que le revele lo que sabe de lo que pasó esa noche, casi veinte años después. Quiere que le hable de su hijo. Del accidente. Y por esas cosas inexplicables que nos pasan, Leila recuerda después de mucho tiempo el caballo. Iba a la casa de Elena y vio junto a la ventanilla del taxi un caballo que era castigado por un hombre porque no quería avanzar.  Están tan cerca, Leila y el caballo, que podría haberlo tocado si sacaba su mano por la ventanilla. “Pero sobre todo me acuerdo de la manera en la que el caballo giró la cabeza y me miró. Me miró a mí directamente, con esos grandes ojos oscuros”. El cuento se desarrolla entre el diálogo de la madre, Elena, desde Hurlingham y Leila, su amiga, en Lyon, a quién Elena le requiere que le hable de su hijo. Se trata de un diálogo y los recuerdos de esa noche con el niño lo que estructuran el cuento. No diré más. Sólo que no sabía qué hacer con esa conmoción y escribí como si exhalara un trozo de noche:

«Era demasiado precioso para este mundo»

S.S.

“Tenía siete años y pintaba caballos. Amaba las constelaciones y las marcaba con un punzón en el techo de su cuarto.

Quería ser caballo. Practicaba para ser caballo: un pie delante del otro.

Dijo: cuando más cerrados los ojos más caballo se es. Y también cuando más alto

se está. 

Se imaginaba caballo. Quería serlo.

No saben si cerró los ojos y saltó. Fue el ruido del cuerpo contra las baldosas del patio.

Y ese caballo sufriente echado en el asfalto, que buscaba a alguien con sus ojos negros. Quizás como una confirmación del salto del niño, que dibujaba caballos”.

Tal vez esto que pude escribir acerca del niño sea una especie de epifanía que me reúne con otro patio.

En Buenos Aires, Silvina Ocampo publica en 1937 su primer libro de cuentos breves, Viaje olvidado. Ahí, entre sus cuentos, está Los funámbulos. Los funámbulos eran dos niños, Cipriano y Valerio, hijos de una planchadora sorda, a quien sus hijos se le hacían cada vez más desconocidos. Ellos no se entretenían como otros niños tirando piedras o recogiendo huevos celestes en los árboles. Sus gustos nacieron de un libro de cuentos de saltimbanquis, regalado por los dueños de la casa. Dice la narradora: “Cipriano saltaba a través de los arcos con galope de caballo blanco, y Valerio de vez en cuando hacía equilibrio sobre una silla rota y escondía cuidadosamente su afición por las muñecas”. La planchadora era eximia en su trabajo, ni siquiera necesitaba mirar la ropa. Miraba las bocas de sus hijos, tratando de adivinar en el movimiento de los labios sus extraños proyectos. “Acabó por acostumbrarse un poco a esa puerta cerrada que había entre ella y sus hijos”. Los niños seguían con sus juegos en el patio. Con sus “pruebas en imaginarios trapecios” …

Después fue lo del circo. Cipriano fue con su madre. Y ahí vivió la embriaguez y el vértigo. Fue todos los personajes, hasta el caballo blanco de la bailarina. Lo hizo todo y recibió aplausos que en su corazón sellaron el círculo del prodigio. Su madre sintió admiración y temor por aquel ser “desconocido y privilegiado”, que era su hijo. A su regreso Cipriano le contó lo vivido en el circo a su hermano Valerio que estaba enfermo. Desde entonces Cipriano vivió para volver al circo, Valerio para que Cipriano volviera al circo”.

“Un día no sentían ya el frío de la tarde sobre los brazos desnudos. Parados en el borde de una ventana del tercer piso, dieron un salto glorioso y envueltos en un saludo cayeron aplastados contra las baldosas del patio”. La madre siguió planchando“vio el gesto maravilloso y sintió, con una sonrisa, que de todas las ventanas se asomaban millones de gritos y de brazos aplaudiendo”.

Pero aún hay otro patio. Hace mucho tiempo vi La ciénaga (2001), película de Lucrecia Martel. No tengo los recuerdos precisos. Pero veo todavía un patio interior, pequeño. Una escalera apoyada en la medianera. Una madre ocupada en sus asuntos y a un niño inquieto de unos cinco años. Recuerdo la cámara moviéndose hacia el interior, siguiendo a la madre. Y de pronto el golpe seco en las baldosas del patio. Solo eso. Un golpe seco une a las tres obras de una manera atroz. Todo lo demás está elidido, suprimido. Lo que resta es lo que el espectador o el lector hace con eso.

La inocencia de la niñez. La pasión por el juego, que los atrapa hasta ser uno y el mismo con lo soñado, caballo o funámbulos. Da lo mismo. La imaginación o el delirio, ¿qué los abraza? Yo sabía entrar cuando niña en una especie de delirio. Miraba el sol de frente hasta que mis ojos se llenaban de estrellas y luego caminaba ciega con los brazos extendidos sobre una cuerda dibujada en el patio. Así entraba en un estado de extrañeza en la que sentía mi cuerpo liviano como si levitara. Y no sabía nada de los místicos ni de magos.

Todo se vuelve interrogante: el desconcierto de los mayores ante estos niños “excéntricos”. Los sitios hacia donde navega nuestra imaginación y cómoByung Chul Han dice en su libro El aroma del tiempo“El goce inmediato no da lugar a lo bello, puesto que la belleza de una cosa se manifiesta “mucho después”, a la luz de otra, por la significatividad de una reminiscencia. Lo bello responde a la duración, a una síntesis contemplativa. Lo bello no es el resplandor o la atracción fugaz, sino una persistencia, una fosforescencia de las cosas. […] Solo cuando uno se detiene a contemplar, desde el recogimiento estético, las cosas revelan su belleza, su esencia aromática. Se compone de sedimentos temporales que fosforescen”.

Podría decir que el cuento de Samanta Schweblin creó en mí un recogimiento estético. El cuento es bello a pesar de lo terrible de su trama. Una trama engarzada como una joya con hilos de oro. Esa reminiscencia unió los patios. El de Schweblin con el de Silvina Ocampo y el Lucrecia Martel. Se dio en mí que la belleza o lo terrible de una cosa se manifestó por la significatividad de otra que iluminó los patios distanciados en el tiempo.

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