Desde el mirador

Por Kepa Murua

Vacío

Hay días en los que te levantas vacío, pero como respirar es seguir para delante como si no pasara nada, vuelves a sonreír delante del espejo pensando que quizá este sea un buen día. Sales de tu casa al trabajo y aunque sabes que es difícil, porque lo necesitas, imaginas que algún día pasará algo que sea verdaderamente emocionante, algo que te sorprenda. Hace días que no lees la prensa, total para lo que sirve, te dices. Pero es verdad que algo ha cambiado. Hace tiempo que en tu ciudad las cosas no parecen tan crispadas, hace tiempo que en tu país las cosas no se ven tan enfrentadas, hace tiempo que en la nación, las cosas parecen más relajadas. Ha habido además algún que otro cambio: muchos rostros de la política han sido sustituidos por otros, algunas firmas hace tiempo que están en reposo, algunos viejos cantantes en el olvido, se ven nuevos escritores, jóvenes artistas, nuevos directores de cine, se ven mujeres por fin en estos cotarros, con un discurso nuevo e interesante. Se ve además que el verano aligera la carga emocional de las confesiones más dolorosas. Todo parece más bello y a veces hasta mejor. Tampoco se habla de los muertos. Quizá es verdad que vivimos en paz con lo que nos rodea. La violencia pierde su sentido cada día que pasa y si el resto del mundo parece perdido y un poco loco, por lo menos, en tu ciudad la gente recobra la alegría por vivir con nuevas maneras. La solidaridad es una cosa extraña, reconoce lo mejor de todos nosotros, pero a la par nos desenmascara frente a nuestros prejuicios, que a su vez se confunden con la ideología y la cultura de cada uno. ¿Recuerdas lo de Bolonia, lo de Madrid, lo de Bagdad?, ¿lo de tantos otros sitios antes y también después? Como fueron una salvajada que no pudimos imaginar, todos ahora –quién lo iba a decir– se apuntan a ese carro de la solidaridad y juntan sus manos y sus palabras en homenajes sentidos y verdaderos. Es reconfortante ver que se hace como que no se olvida. Pero qué extraño es ver a gente que mira a otro lado cuando la violencia le toca un poco más de cerca. Todos tenemos un prejuicio a mano para eludir y rechazar de lleno la solidaridad que se nos solicita sin nada a cambio. Por eso, a veces la hipocresía se confunde con la solidaridad cuando se unen a la verdad tantos matices como imposibles de justificar son los actos que se quieren justificar. Son cosas que pasan. Ojalá todo infierno sirviera para que llegara el cielo de las cosas humildes que nos permitiera vivir en paz algún día. Es cosa de prejuicios, también de egoísmo. Cuando le pasa a otro, no nos importa, pero cuando nos pasa a nosotros, que somos el centro del mundo, todo el mundo debería entendernos. ¿No será que el último en reconocerlo es el que de verdad no se entera de nada? En todo caso, todavía hay tiempo.

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