Por Romina Soledad Bada
La escuela es mucho más que un sitio donde aprendemos fechas, fórmulas o diversos conceptos. Se trata, sobre todo, de un lugar de encuentros. Allí, cada mañana, nos cruzamos con rostros, con historias, con mundos interiores que no conocemos. En ese cruce cotidiano comienza una de las experiencias más profundas de la vida: el descubrir que el otro existe y que su existencia puede cambiar la nuestra. Encontrarnos con otros es una forma, en cierto modo, de salir de uno mismo; porque antes del encuentro con el otro, el mundo parecía estar organizado en relación a nuestra propia mirada: nuestras preocupaciones, deseos, certezas. Pero basta que alguien se siente a nuestro lado, que nos contradiga, que nos escuche o que, simplemente, permanezca en silencio junto a nosotros, para que esa aparente totalidad se rompa. El otro introduce algunas preguntas: ¿Quién es? ¿Qué siente? ¿Qué historia lleva consigo? ¿Qué puedo aprender de aquello que no soy yo?
La escuela puede pensarse, al mismo tiempo, como un espacio de alteridad. Allí sabemos que no todos sienten igual, que no todos piensan igual y que la misma realidad puede ser mirada desde diferentes lugares. Parafraseando a Carlos Skylar (2017), el encuentro educativo no debería reducirse a una mera transmisión de saberes, porque es un espacio que permite a las personas reconocerse y construir sentido junto a otros. Aprender, entonces, no es únicamente incorporar contenidos, es también dejarse atravesar por la presencia del otro, permitiendo que esta modifique nuestra vida.
Kaplan (2016), en su reflexión en torno a la experiencia escolar y a los vínculos que ahí se generan, nos permite comprender que la escuela está hecha de afectos, de miradas y de reconocimientos. La comunidad educativa está constituida por personas que reclaman ser reconocidas, escuchadas y valoradas. Una palabra de un docente puede ser capaz de despertar confianza; una amistad puede convertirse en refugio; una mirada indiferente puede doler más de lo que parece. La escuela deja huellas, no únicamente en aquello que sabemos, sino también en aquello en lo que llegamos a creer de nosotros mismos.
Quizás por esta razón uno de los aprendizajes más importantes de la escuela no está escrito en ningún programa. Se trata de aprender a convivir con la diferencia. El otro nos puede incomodar porque no confirma nuestras certezas, puede hablar de otra manera, pensar distinto, tener otras costumbres, otros sueños, otras heridas. Pero, precisamente, en ese punto reside su valor. Si todos fuéramos iguales el encuentro no sería más que una extensión de nosotros mismos.
La convivencia escolar también nos enfrenta con el conflicto. No todo encuentro es armonía. A veces hay discusiones, exclusiones, prejuicios o silencios. Hay palabras que hieren, hay gestos que dejan a alguien en soledad en medio de muchos. Así pues, encontrarse con otros también implica una responsabilidad: la de aprender a mirar a quien queda al margen, escuchar a quien no suele ser escuchado y aprender que nuestras acciones pueden herir incluso del modo más profundo a los que nos rodean.
Quizás la verdadera educación empiece a partir del momento en que dejamos de preguntarnos solamente ¿qué debo aprender? y empezamos a preguntarnos ¿cómo quiero estar con los demás? Porque el saber puede perder parte de su sentido si no nos devuelve miradas, dialogo, cuidado. Una escuela que verdaderamente educa no se limita a formar personas que sepan dar respuestas, se ocupa de formar personas aptas para formular preguntas sobre el mundo.
Hay algo poético en saber que, durante muchos años, hemos vivido en el mismo espacio con personas a las que tal vez jamás volvamos a ver. Compañeros con los que hemos intercalado sonrisas, discusiones, secretos y silencios. Docentes que, a veces sin quererlo, nos han regalado alguna frase que quedará en nuestra memoria mucho tiempo. Rostros cotidianos que acaban formando parte de nuestra historia.
En consecuencia, la escuela constituye, por tanto, una pequeña comunidad y un ensayo de la vida misma. Allí podemos aprender que nadie construye su identidad completamente solo. Nuestra identidad se va conformando con los otros: somos también las palabras que nos supieron decir, las manos que nos supieron acoger, las personas que nos supieron preguntar y aquellas que supieron obligarnos a mirar más allá de nosotros mismos.
Educar es aceptar que nunca estamos acabados. Cada persona que se va acercando a nuestras vidas abre una puerta a lo desconocido. Por eso educar y educarse son experiencias de apertura. Abrirse a la diferencia, al diálogo, a la duda, a la posibilidad de cambiar, abrirse a los otros.
Quizás cuando abandonemos la escuela llevemos con nosotros menos respuestas de las que creemos, pero muchas preguntas que comenzaron allí. Entre ellas, una de las más importantes: ¿qué hacemos con la existencia del otro?
La respuesta no está solamente en los libros. Está en cada gesto cotidiano: en escuchar, compartir, incluir, respetar, acompañar. Está en comprender que al otro no se lo encuentra verdaderamente cuando simplemente lo vemos, sino cuando somos capaces de reconocerlo como alguien que, igual que nosotros, busca un lugar en el mundo.
Y quizá ese sea el aprendizaje más hermoso que puede dejarnos la escuela: descubrir que educarnos es también aprender a encontrarnos. Que cada rostro es un universo. Que cada vínculo puede transformarnos. Y que, en definitiva, nadie aprende verdaderamente solo.
Referencias:
Kaplan, C. V. (2008). Talentos, dones e inteligencias: El fracaso escolar no es un destino. Buenos Aires: Colihue.
Kaplan, C. V. (2016). El poder de las palabras en la construcción de subjetividades escolares. Buenos Aires: Miño y Dávila.
Skliar, C. (2017) Pedagogías de las diferencias. Notas, fragmentos, incertidumbres. Buenos Aires: Ed. Noveduc/perfiles




