Antártica, de Gladys Alazraque 

Por Fabiana León

 ¿Puede hablar de poesía de camino? Un viaje literario al interior desde el paisaje externo 

(y extremo) para encontrar sentidos profundos del propio ser.  Antártica[i], el último libro de Gladys Alazraque es una indagación sobre un territorio deseado que ha sido transformado para siempre por la ausencia de quien debió ser parte.

Si el periplo fue pensado para conjugar el amor de pareja en cumplimiento de una promesa pergeñada en la infancia, la prepotencia de la vida ha arrasado esa posibilidad: el destino del viaje se ha mantenido, pero el destino que teje el tiempo entre los seres ha hecho del amor una falta y del dolor, las huellas del hielo que se enmarañan al corazón y al pensamiento de la poeta.

El cuerpo de ella es lágrima y escucha, mientras de él queda el filo de sus huesos que arman otra geografía. Como si viajar al continente blanco hubiera pausado la pérdida mientras se ensaya una nueva forma de eternidad, una vibración que también es disolución, “como si cada copo que cae supiera el nombre exacto de lo que cubre’, dice Gladys.

Hay en Antártica una lágrima a punto de caer, un eco que exhala apenas …..y la luz que sueña con brillar para siempre. ¿Habla el territorio? ¿La mujer ante su pérdida?

Agua y alma, tierra y mujer conjugan sus paisajes para alcanzar la voz más profunda que permita comprensión a la viajera, redención, tal vez.

La materia del cuerpo, de la tierra, del mar, del cielo. Aquello que tiene bordes y espesura, como la existencia humana, con esa bruma que nos inquieta permanentemente y hacemos conscientes solo en momentos precisos.

La autora sale a explorar un territorio deseado, conjuga deseo y oportunidad, materia y espíritu en medio del territorio habitado por una respiración milenaria que la ha seducido desde la niñez: aquel continente que no cabe en la hoja, ilimitado, de algún modo, como el lenguaje, como la poesía.

En la segunda parte del libro, Gladys juega con el tiempo y regresa a la infancia y a las preguntas que mantuvieron su inocencia y su inquietud intactas.

¿De qué está hecho el glaciar? ¿Quién gobierna los cielos de la Antártida? ¿Quién pinta la nieve? ¿Por qué no tiene fronteras el océano del sur? Indagaciones sobre la materia, sus formas y estados, sus efectos sobre otros cuerpos.

Y esta maravilla que habla no sólo de los pingüinos: “criar bajo cero/ser nido y centinela/ llevar la especie como secreto/ es un acto de fe antártica/ una rebelión contra la lógica/ un pacto que la cultura no traduce/ una voluntad anterior al lenguaje”. Una voluntad anterior al lenguaje, dice y habla también de los y las poetas.

“No hay épica más extrema”, concluye sobre este habitante del continente blanco. Y se permite un tono lúdico, otra arista del fecundo prisma que siempre ofrece el lenguaje.

En estos tiempos de redes que enmarañan nuestra humanidad en una aparente hiperinformación donde los cuerpos se borran, a miles de kilómetros el hielo conserva el silencio primigenio, el secreto de la transformación y la conservación. Un mantra repetido del agua en sus diversos estados, de la soledad en su estado puro.

“Que la pregunta nunca responda nunca…”, dice la autora, con esa convicción de los poetas que saben que todo es incierto e informe hasta que el poema ofrece, dadivoso, una alternativa transitoria al caos.

En la tercera parte, el hielo se hace pensamiento puro, indagación que profundiza algunas ideas ya esbozadas desde el comienzo del libro.

“Las ideas caen y se enfrían antes de tocar tierra…”, afirma y admite que el cuerpo del agua se transforma en gesto, el pensamiento retoma su original liquidez previo al lenguaje que marca, crea fronteras, limita. Como un paraíso preexistente atrapado bajo el hielo, donde las especies conviven en armonía antes de la llegada del hombre, antes de las fisuras que provoca lo nombrado.

La dimensión filosófica del poemario está plasmada fuertemente a través de preguntas y especialmente en el poema La razón del hielo, donde gana la ironía; en tanto, el aspecto político aparece sugerido desde la arquitectura del hielo, que ofrece diversos escenarios donde subyace la idea de saqueo, explotación, fisuras.

“En la geopolítica de la nieve/ la paz/ es frágil fortaleza”, sostiene la poeta, allí donde  el hielo congela la máscara y ya no es cárcel el hielo, sino espera.

Antártica. Blancos secretos del frío rojo abraza desde la poesía un territorio propio y ajeno a la vez, recreado desde los ámbitos escolares pero sin que terminemos de integrarlo al todo.

El libro es, en definitiva, un viaje extremo a los abismos de la líquida subjetividad que liquida y a la vez inaugura una nueva forma de habitarse en el mundo, después de la pérdida irremediable. Una travesía en busca de eternidad a partir del lenguaje. Como dice Susana Thenon, “El poema es una venturosa excursión por lo ignorado”.


[i] Antártica, Gladys Alazraque, Ediciones del Callejón, Los Hornillos, 2026.

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